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SEMBREMOS FELICIDAD

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  • Víctor Manuel Guzmán Villena
    SEMBREMOS FELICIDAD ... no tengo derecho a pensar en mi felicidad. estas palabras suenan bien, pero son falaces. Tienen una apariciencia de verdad, pero en el
    Mensaje 1 de 1 , 9 may 2012
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      SEMBREMOS FELICIDAD
       
       
       

      VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
       
       
       
      Se dice que mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad. estas palabras suenan bien, pero son falaces. Tienen una apariciencia de verdad, pero en el fondo, son erroneas. A la primera observación del misterio humano, saltarán a nuestros ohjos una serie de evidencias como éstas: los amados aman. Sólo los amados aman. Los amados pudieran dejar de amar.

      En cambio, lo
       
      s
       
      que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesitan molestar y lanzar sus dardos contra los que triunfan. Los resentidos inundan de resentimiento su entorno vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es su alivio para su propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fracasos ajenos, y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre magnificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.



      Los sembradores de conflictos en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismo. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a sí mismos.


      Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamo
       
      s. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. El precepto “Amar al prójimo como a sí mismo” La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un alto ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por sí mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.



      Al respecto no faltarán quienes arguyan alegremente que eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores m
       
      atizaciones, no deja de ser una superficialidad. Efectivamente buscarse a sí mismo, sin otro objetivo qu
       
      e el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en un estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, está fatalmente
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