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La crisis mexicana / Javier Sicilia

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  • Ricardo Ocampo
    To: Red Mexicana de Luz Cc: Foro Encuentro Date: Wed, 01 Feb 2006 12:03:05
    Mensaje 1 de 1 , 1 feb 2006
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      To: Red Mexicana de Luz <redmexicanadeluz@...>
      Cc: Foro Encuentro <EncuentroMexicoenConciencia@...>
      Date: Wed, 01 Feb 2006 12:03:05 -0600
      Subject: La crisis mexicana / Javier Sicilia



      LA CRISIS MEXICANA

      Autor: Javier Sicilia
      Fecha: 29-Ene-2006
      Apro
       
      El término griego krisis significa momento de decisión, ese tiempo extraño
      en la vida de los hombres en que de cara a un horizonte de significados
      morales se tiene que elegir para lo mejor o lo peor. San Ignacio lo sabía
      bien cuando escribió sus Ejercicios espirituales, hechos para acompañar el
      discernimiento del alma en los grandes períodos de la vida.
      Hoy en día, la palabra ha degenerado. Bajo el mundo técnico que pretende
      controlar todo, la crisis evoca una amenaza siniestra que sólo puede
      controlarse mediante dosis de dinero, empleo y dependencia institucional. De
      la misma manera en que al moribundo se le somete a terapias intensivas y lo
      amputan de su propia elección, al hombre sano se le despoja de sus medios de
      subsistencia -alegando que son pobres- y se le somete a la educación, al
      empleo remunerado, a la asistencia institucional y al consumo de objetos
      inútiles, y, si no logra obtenerlos, al desempleo y la frustración. Nadie es
      ya libre para elegir y crear desde su condición de hombre aquello que es
      vital para su existencia. Nos hemos convertido en niños adultos que demandan
      constantemente, a quienes se han apropiado de la producción y de la
      administración de la vida, los satisfactores que la creatividad humana podía
      y puede generar.
      Vista desde este ángulo, la crisis se ha vuelto benéfica no sólo para los
      administradores, los policías y los que dicen poseer el control de los
      medios de producción, sino también, como lo ha mostrado Iván Illich, para
      aquellos que se alimentan de "los efectos secundarios e indeseables del
      crecimiento" económico, es decir, para aquellos que llamamos con el pomposo
      nombre de profesionales; por ejemplo, "los educadores que viven de la
      alienación de la sociedad; los médicos que prosperan porque el trabajo y el
      ocio (racionalizados) han destruido la salud; los políticos que se ceban con
      la distribución de los fondos de ayuda social, constituidos precisamente por
      aquellos mismos a los que ahora se les llama beneficiarios".
      Muy pocos escapan a ese modelo que las campañas políticas de los partidos
      explotan. Los proyectos políticos promueven este modelo que, al buscar
      solucionar la crisis, es consentida y ahondada para beneficio de aquéllos.
      Lo que los políticos, los industriales, los profesionales y la mayoría de la
      gente sometida a las ofertas de la sociedad económica no ven es que el
      despojo de la producción de subsistencia, con la que durante milenios el
      hombre ha vivido, y su permuta por una economía de mercado y de
      productividad sin límite, producen miseria. Franqueados ciertos umbrales, la
      multiplicación de necesidades -ya sea de mercancías o de servicios- genera
      la incapacidad, la destrucción de las relaciones comunitarias que hacen
      posible la vida común, y la parálisis social. A mayor oferta de "riqueza" o
      de distribución de ella, mayor producción de miseria y de dependencia
      económica.
      La iniciativa -tan característica de las políticas actuales- de cambiar los
      usos del suelo en beneficio de la inversión, de urbanizar el campo para
      provecho de los fraccionadores de bienes raíces, de más educación, más
      salud, más carreteras, despoja a la gente de lo que tenía, destruye su
      creatividad y beneficia el mercado del empleo y sus terribles consecuencias.
      Así, la adicción a la abundancia termina en la ruina y la miseria de los que
      alguna vez tuvieron un mundo, y en su construcción como sujetos despojados
      en busca de ofertas de empleo y de seguridades sociales.
      Esta forma de "desutilidad", que nace de la proliferación de mercancías
      industriales y de necesidades, escapa constantemente a la mirada de la
      mayoría de la gente por la razón de que en un mundo extremadamente
      economizado, esta "desutilidad" no tiene espacio dentro de las medidas
      económicas porque no puede "operacionalizarse". Los parámetros de la
      economía moderna -que han sustituido el sentido económico de cuidado de la
      casa por el de la escasez que se combate con producción de mercancías y
      servicios- no disponen de un medio que permita incluir en sus cálculos la
      pérdida que sufre la sociedad cada vez que se priva a la gente de un género
      de satisfacción que no tiene un equivalente mercantil. Por ello los
      campesinos -avergonzados de sus modos de vida a fuerza de ofertas
      económicas- venden sus tierras e ingresan al mercado del empleo, es decir,
      de la dependencia económica; por ello se arrasa el medio ambiente en nombre
      del asfalto, de la industria vehicular, de la inversión y de la producción
      indiscriminada de mercancías; por eso se abate la capacidad de la gente de
      aprender y hacer por sí misma; por eso hay un crecimiento de la miseria y
      una concentración de riquezas; por ello los políticos, los economistas y los
      industriales, que se benefician de esas pérdidas, promueven la crisis, en su
      sentido degradado, y ofertan satisfactores que no harán más que ahondarla.
      Sólo hay una alternativa que vuelve a colocar la crisis en su sentido
      correcto, en el de momento de decisión: el zapatismo y La otra campaña, que
      oscuramente -y digo oscuramente por los elementos marxistas que arrastran y
      que al beber de la fuente de la economía moderna quieren beneficiar a la
      gente con lo mismo que constituye su despojo- apuntan, con las autonomías, a
      un rescate de aquello que hace la vida libre: cambiar la falsa justicia
      distributiva por una justicia participativa en la que, dentro de una
      economía posindustrial, la gente pueda reducir su dependencia de mercancías
      y de servicios que ofertan el Estado y la industria moderna, y proteger -por
      medios políticos- una infraestructura en la que las técnicas y las
      herramientas sirvan, en primer lugar, para crear valores de uso y de
      servicio generoso no cuantificables por los fabricantes profesionales de
      despojo, necesidades y empleo. Esto, por muy nebuloso que aún sea, es poner
      la crisis de México en su justo sitio.
      Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a
      todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva y
      esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez.


       
      © Proceso Com S.A. de C.V.
      www.apro.com.mx
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