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La fuerza imprescindible y suficiente de la oración

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    La fuerza imprescindible y suficiente de la oración Día 1 Santa Teresa del Niño Jesús Evangelio: Lc 9, 57-62: Mientras iban de camino, uno le dijo: —Te
    Mensaje 1 de 2 , 1 oct 2004
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      La fuerza imprescindible y suficiente de la oraci�n





      D�a 1 Santa Teresa del Ni�o Jes�s

      Evangelio: Lc 9, 57-62: Mientras iban de camino, uno le dijo:
      �Te seguir� adonde vayas.
      Jes�s le dijo:
      �Las zorras tienen sus guaridas y los p�jaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene d�nde reclinar la cabeza.
      A otro le dijo:
      �S�gueme.
      Pero �ste contest�:
      �Se�or, perm�teme ir primero a enterrar a mi padre.
      �Deja a los muertos enterrar a sus muertos �le respondi� Jes�s�; t� vete a anunciar el Reino de Dios.
      Y otro dijo:
      �Te seguir�, Se�or, pero primero perm�teme despedirme de los de mi casa.
      Jes�s le dijo:
      �Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atr�s es apto para el Reino de Dios.


      La fuerza imprescindible y suficiente de la oraci�n
      Comenzamos el mes de octubre conmemorando a santa Teresa de Lisieux, Carmelita Descalza, conocida tambi�n por santa Teresita del Ni�o Jes�s. Se trata de una religiosa que dedic� su vida a la oraci�n contemplativa, que nos puede ense�ar la primac�a de la intimidad con Dios para que tenga sentido cualquiera de nuestros quehaceres. Como es sabido, el Santo Padre Juan Pablo II, proclam� a esta santa Doctora de Iglesia.

      Esta religiosa, que, fiel a su regla, no abandon� su convento en Francia, es, sin embargo, la patrona de las misiones. Podr�a pensarse que muchos otros santos �los hay con la vida cargada de movimiento apost�lico, visible y conocido� ser�an m�s apropiados que la santa de Lisieux para ser presentados como ejemplo de esp�ritu misionero, y como intercerores ante Dios para esta importante tarea. De hecho, el af�n por llevar a los hombres al calor de la fe y a la riqueza incomparable de la posesi�n de Dios, posiblemente queda m�s claro en algunos santos llenos de actividad exterior. Pero la Iglesia ha querido reconocer ante el mundo, pensando en Teresa de Lisieux como patrona del movimiento misionero, que el secreto y fundamento de toda eficacia apost�lica es, ante todo, la oraci�n.

      Teresa de Lisieux, sin salir de su convento, consagr� su vida a rezar y sacrificarse por las misiones. En su coloquio con Dios vibraba impaciente por tantos lugares donde deb�a a�n implantarse la fe, ofreciendo al Se�or el �precio� de sus sacrificios y s�plicas por gentes lejanas, desconocidas muchas veces. Otras, encomendaba expresamente a Dios la tarea evangelizadora de alg�n misionero que conoc�a. Siguiendo al pie de la letra la advertencia del Se�or a sus Ap�stoles �sin M� no pod�is hacer nada�, interced�a por los que lejos se fatigaban por Cristo y por la felicidad de otros al abrazar la fe. En su oraci�n y sacrificio encontraba la fuerza para la fatiga de aquellos que, muy lejos casi siempre de Francia, hablaban de Dios y de su salvaci�n a la gente. Tambi�n en la oraci�n consegu�a luz para las inteligencias de cuantos o�an por primera vez hablar de Cristo.

      Primero, oraci�n; despu�s, expiaci�n; en tercer lugar, muy en �tercer lugar�, acci�n. As� se expresaba san Josemar�a en Camino, y as� son las cosas en la vida de todos los que desean ser verdaderos ap�stoles de Nuestro Se�or. Pregunt�monos cu�nto rezamos para que mejoren esas personas �perfectamente conocidas, tal vez� que deben enmendarse, que provocan nuestra cr�tica, aunque s�lo sea interior� �C�mo nos unimos a la oraci�n del Santo Padre por las necesidades de la Iglesia y del mundo? �Ofrecemos sacrificios por los dem�s?

      Los que siguen a Cristo, por el mundo o, como esta santa, apartados de los afanes mundanos, son impulsados en todo caso por el propio Cristo a difundir su ense�anza. El Hijo del Hombre no tiene d�nde reclinar su cabeza, nos advierte el Se�or; y esa es tambi�n la suerte del disc�pulo que le acompa�a, apartado del mundo o metido de lleno en los afanes terrenos. No es el disc�pulo m�s que su maestro, ni el siervo m�s que su se�or, aclarar�a Jes�s en otro momento. Una existencia inc�moda y un trabajo intenso est�n garantizados para el disc�pulo de Cristo. Comparte as� con El su misma calidad de vida. Pero, precisamente por esto, ya que viven siempre juntos, quien sigue al Se�or para el apostolado cuenta donde quiera que se encuentre con su compa��a: el disc�pulo tampoco tiene d�nde reclinar su cabeza, pero jam�s se siente solo. Tiene, por el contrario, con el inapreciable tesoro de su Dios junto a s�.

      Nos conviene �y es, por otra parte, manifestaci�n de realismo� considerar habitualmente la seguridad que, como cristianos, debemos sentir con el mismo Dios, que no nos abandona un solo instante. Es bueno librarse de la pesadumbre imaginaria por una vida marcada con la cruz. No, ciertamente, eliminando de nuestra vida lo que cuesta, ni fomentando compensaciones humanas que contrarresten la dureza de caminar con Cristo. Se tratar�, m�s bien, de perderle el miedo al dolor. Perderle el miedo al dolor por la oraci�n: contemplando al Se�or con nosotros, de nuestra parte, queri�ndonos; y, no de cualquier modo, porque quiere y puede hacernos verdaderamente felices. S�lo la oraci�n que contempla es capaz de descubrir, en el misterio de Dios, su poder y su bondad para hacernos felices, aunque no tengamos d�nde reclinar la cabeza. La dureza del seguimiento del Se�or nunca ser� insoportable, con su ayuda que nuna falta, pues todo lo puedo en Aquel que me conforta, como dec�a san Pablo.

      �Que el ejemplo y la intercesi�n de santa Teresita nos animen! Pid�mosle amar de coraz�n a Dios y a muchas almas, y ser felices contemplando la grandeza de una vida as�. Que ser� quiz�, sin embargo, sencilla, como la de Nuestra Madre, Santa Mar�a.


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