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Vargas Llosa y su visión holística del erotismo en la novela

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  • Victor Andrés Montero Cam
    La presencia del sexo en una novela no me interesa como a ,pun frío observador, para estudiralo prefiero un manual. Cada vez que se suscita un problema de
    Mensaje 1 de 1 , 30 nov 2003
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    • 0 Archivo adjunto
      "La presencia del sexo en una novela no me interesa como a ,pun frío
      observador, para estudiralo prefiero un manual. Cada vez que se
      suscita un problema de censura, la defensa del libro incriminado se
      hace a partir de ciertas afirmaciones básicas (como las de Maitre
      Sénard respondiendo a Maitre Pinard) que son hipócritas: la
      descripción literaria de acciones y órganos sexuales, la invención
      de situaciones eróticas se haría con un propósito científico, para
      instruir al lector, o con ánimo moralizante (pintar el pecado para
      combatirlo), o la belleza de la forma ha sublimado de tal manera la
      materia sexual que ésta ya sólo puede provocar elevados goces
      espirituales; únicamente la pornografía comercial persigue excitar a
      los lectores, función incompatible con la auténtica literatura.
      ¡Cuántas patrañas!En mi caso, ninguna novela me produce gran
      entusiasmo, hechizo, plenitud, si no hace las veces, siquiera en una
      dosis mínima, de estimulante erótico. He comprobado que la
      excitación es más profunda en la medida en que lo sexual no es
      exclusivo ni dominante, sino se complementa con otras materias, se
      halla integrado en un contexto vital complejo y diverso, como ocurre
      en la realidad: me excita menos un libro de Sade, donde el
      monotematismo desvitaliza el sexo y lo convierte en algo mental,
      que, por ejemplo, los episodios eróticos (muy escasos) de Splendeurs
      et miseres des courtisanes, de Balzac (recuerdo sobre todo los roces
      de unas rodillas en un carruaje), o los que salpican Las mil y una
      noches en la versión del doctor Mardrus. En Madame Bovary lo erótico
      es fundamental, pero, aunque Flaubert quería contarlo todo, se vio
      obligado a tomar precauciones para sortear los escollos de la
      censura (no sólo la oficial: su propio amigo, el escritor Maxime Du
      Camp, amparó los cortes que hizo al libro La Revue de Paris). Pero
      que lo sexual sea más implícito que explícito no significa que esos
      datos escondidos, esos hechos narrados por omisión, sean menos
      eficaces. El clímax erótico de la novela es un hiato genial, un
      escamoteo que consigue, justamente, potenciar al máximo el material
      ocultado al lector."

      (VARGAS LLOSA, Mario. La orgía perpetua. Barcelona: Bruguera, 1978,
      pp. 28-29).
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