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Tres lecturas sobre el pecado y una observación personal

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    Tres lecturas sobre el pecado y una observación personal Por: Jaime Torres Mendoza. LIc. M.A Catedrático de la Facultad de Letras en la U A de C Para Julia
    Mensaje 1 de 1 , 11 oct 2007
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      Tres lecturas sobre el pecado y una observación personal

      Por: Jaime Torres Mendoza. LIc. M.A
      Catedrático de la Facultad de Letras en la U A de C
      Para Julia Berenice, porque es de Dios


      Arrepiéntete, pues, de esa tu maldad y ruega al Señor
      a ver si se te perdona ese pensamiento de tu corazón.
      He. 8:22


      A manera de introducción

      El término tiene una connotación perfectamente religiosa. No es la
      transgresión de una norma moral o jurídica, sino la transgresión de
      una norma que se considera impuesta por la divinidad.
      El reconocimiento del carácter divino de una norma y la
      intención de violarla, son elementos sin los cuales el concepto mismo
      es y se confunde con la culpa, delito o error.
      El pecado siempre es una violación de todo aquello que la
      gloria de Dios exige. Es, en otros términos, lo que se opone a Dios.


      La lectura filosófica

      El concepto fue elaborado inicialmente en los términos anteriores por
      la teología cristiana. San Agustín lo definió como lo dicho, hecho o
      deseado contra la ley eterna, entendiendo esto último como voluntad
      divina.
      Santo Tomás aceptó esa definición pero agregó que la ley
      eterna es doble para el hombre: una próxima y homogénea que se
      traduce como razón; y otra lejana y primera, es decir, la razón mismo
      Dios.
      Pero más tarde, dos filósofos se ocuparon del tema dándole
      una interpretación filosófica y no teológica: Kant y Kierkegaard.
      Kant reflexiona diciendo que el pecado es la transgresión
      de la ley moral en cuanto mandamiento divino. El hombre, dice, es
      conocedor de la ley moral y al escoger alejarse de esa ley no hace
      sino responder a su disposición hacia el mal.
      Por su parte, Kierkegaard afirma que el pecado está delante
      de Dios y que consiste en la desesperación del hombre de no tener fe.
      La privación de Dios lo angustia porque despierta en él la
      posibilidad de la libertad.
      Tanto para Kant como para Kierkegaard, el pecado consiste
      en plantearse una posibilidad que, como tal, implica en cualquier
      caso, infracción a la norma moral y a la prohibición divina.


      La lectura de la iglesia católica

      El catecismo de la iglesia católica, considera que el pecado es una
      falta contra la razón y la verdad; al mismo tiempo es una ofensa
      contra Dios y un acto voluntario contrario a la ley eterna.
      La diversidad de pecados es amplia y la gravedad de los
      mismos queda dividido en: pecado mortal y pecado venial. El pecado
      mortal destruye la caridad en el corazón del hombre y lo aparta de
      Dios. Requiere plena conciencia y entero consentimiento; es decir, es
      una elección personal.
      El pecado venial es un desorden moral que debilita la
      caridad del corazón humano, pero no la destruye. Merece penas
      temporales y es humanamente reparable por la caridad. No rompe la
      alianza con Dios.
      La proliferación del pecado tiene que ver con la
      reiteración y la repetición de actos; es decir, el pecado tiende a
      reproducirse y a reforzarse.


      La lectura de los teólogos

      Mariano Vidal, teólogo español, considera el pecado como un fracaso
      en la vida moral cristiana. Para conceptualizarlo establece que,
      dentro de la realidad del pecado, existen dos dimensiones: ética y
      religiosa.
      La dimensión ética hace referencia a lo humano. Su radio de
      acción se circunscribe a la realidad de los hombres. Tiene la
      característica de la negatividad y ha de interpretarse dentro de los
      cuadros de la historicidad humana. El pecado es la verificación
      práxica de esa posibilidad negadora.
      La dimensión religiosa se refiere a que la apertura a la
      trascendencia religiosa implica que es en esa dimensión donde la
      culpabilidad ética se descubre y se encuentra a sí misma con todo el
      sentido trágico y con toda la carga del mal.


      Observación personal

      El pecado es siempre una transgresión y al mismo tiempo una ofensa
      contra Dios; por extensión, también contra el resto de los hombres.
      El pecado dispersa, implica alejamiento. Es una negación de
      todas las posibilidades que marcan una tendencia hacia el bien, que
      es sustituida por el egoísmo y la desintegración.
      Pero valorado en su dimensión más profunda, el pecado
      recibe la superación de la salvación mediante la confesión: ésta es
      una llamada a la salvación.
      Sin embargo, el pecado es una especie de necesidad en
      función de la condición humana que tiene que ver con su
      responsabilidad. Es un ejercicio de prueba.


      Final para una lectura actualizada a manera de ejemplo

      Aplicado este sentido del pecado a la ética, en la actuación humana,
      concluiríamos tal vez, que la satisfacción de necesidades como fin
      supremo del quehacer del Estado, por ejemplo, no se cumple.
      Si se atiende que la moral se halla insertada en el orbe
      ético, entendemos entonces que se enfrenta con el universo de
      acciones que permanece indiferente a la actuación justa.
      En ese sentido el Estado comete pecado pues la mayoría de
      la población padece miseria creciente, justicia pospuesta, libertad
      circunscrita a criterios jurídicos, porque la globalización de los
      quehaceres del Estado aporta nuevos mecanismos para explotar y
      saquear grandes recursos a base de represión y bajos salarios
      amparados en los falsos mitos de la productividad y el lucro,
      haciendo a un lado la universalidad de los bienes económicos y su
      distribución igualitaria entre la familia humana. por citar un
      ejemplo en torno a la economía.
      Esta aspiración cristiana choca con el desequilibrio que la
      realidad plantea. A todas luces es una especie de pecado por cuanto
      se transgredí la norma de convivencia, de igualdad y de hermandad. Al
      mismo tiempo constituye una ofensa contra el género humano y, por
      tanto, contra Dios.
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