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Opinión: Socialismo real: Lecciones de una c risis

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    Opinión: Socialismo real: Lecciones de una crisis (I)(II)(III)(IV)(V) OPINION… ARGOS: MARZO 2 DE 2008... xJorge Gómez Barata* Por razones insuficientemente
    Mensaje 1 de 1 , 7 mar 2009
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      Opinión: Socialismo real: Lecciones de una crisis

      (I)(II)(III)(IV)(V)

      OPINION… ARGOS: MARZO 2 DE 2008...

      xJorge Gómez Barata*

      Por razones insuficientemente investigadas, los sistemas políticos y los gobiernos existentes en la Unión Soviética y en una docena de países europeos, conocidos como

      socialismo real, luego de 70 y 50 años de existencia respectivamente, período histórico en el que soportaron pruebas y tensiones enormes, sucumbieron, entre otras cosas porque no fueron defendidos.

      Las poderosas cúpulas de los partidos en el poder con decenas de millones de militantes presentes en todos los centros de trabajo y estudio, entidades científicas y culturales, unidades militares y dependencias de la seguridad, una inmensa burocracia estatal que controlaba toda la vida y la actividad social, la famosa KGB y unas fuerzas armadas integradas por millones de hombres, miles de generales y cientos de mariscales, no identificaron a los reformistas como enemigos del sistema y en lugar de confrontarlos, pactaron o se sometieron a ellos.

      Si bien desde los años cincuenta en varios países de Europa Oriental, especialmente Polonia y Hungría y más tarde en Checoslovaquia y Rumania y, en menor medida en todos los demás, existían elementos de oposición, manifestaciones de descontento y movimientos reformistas al interior de los partidos en el poder, nunca fueron suficientemente considerables como para predecir un derrumbe total, mucho menos en la Unión Soviética, cuyos déficit y defectos no auguraban un final como el que tuvo.

      Frente a carencias visibles, se alzaba una enorme obra de desarrollo material, cultural y moral que parecía compensar cualquier deficiencia. En una misma generación, el antediluviano imperio zarista fue transformado en la Unión Soviética, un inmenso Estado de 22 millones de kilómetros cuadrados que abarcaba la sexta parte del planeta y reunía a veinte repúblicas y cientos de nacionalidades. Los niños que en el primer año del poder soviético vinieron al mundo en el país más atrasado de Europa, arribaron a la mayoría de edad como ciudadanos de una de las dos superpotencias del planeta.

      Nunca hubo palabras suficientemente expresivas para ponderar semejante hazaña que, a pesar de las campañas propagandísticas en su contra, hizo del sistema socialista, implantado también en China, en una docena de países de Europa Oriental y en Cuba, un paradigma no sólo para los pueblos pobres, sino también para importantes sectores de la clase obrera de Europa Occidental donde como en Francia, Italia y otros países, los partidos comunistas disputaban el poder a la burguesía, que aterrada por aquellas ideas, se apresuró a maniobrar.

      Los avances sociales y la democracia política que en Europa Occidental condujeron a los llamados

      Estados de bienestar, no fueron concesiones gratuitas de la burguesía, sino triunfos de una versión del socialismo que, aunque tildada de reformista, resultó eficaz en algunos entornos euro occidentales donde, conservando las estructuras del capitalismo y la democracia parlamentaria, se alcanzó una visible equidad en la distribución y la participación.

      Nadie que los conociera niega que los ciudadanos soviéticos, no sólo rusos, sino también ucranianos, bielorusos, armenios, uzbecos, kirguisios y otros vivieran felices y orgullosos de su país al que consideraban como su obra, sentimientos compartidos por importantes segmentos de la población de los países de Europa Oriental respecto a sus propias realizaciones.

      El espectacular aumento del nivel y la calidad de la vida, la autoestima y el orgullo nacional de una Nación que venció el atraso secular y se levantó de la destrucción originada por dos guerra mundiales y la guerra civil, edificó la segunda economía mundial, construyó bombas atómicas, se dotó de una impresionante cohetería, accedió al espacio, practicó la solidaridad y resistió las tensiones de la Guerra Fría, no fueron suficientes para sostener un sistema que, de un día para otro, sin que mediara un disparo, se desplomó dejando perpleja a la humanidad.

      A casi veinte años de aquellos sucesos todavía no sabemos por qué ocurrió un desastre que originó el mayor ajuste geopolítico de la era moderna.

      Encontrar una respuesta no es un lujo académico ni un divertimento propio de diletantes sino una necesidad, no solo para la izquierda radical o moderada y para quienes creen en el socialismo, sino incluso para los que, en América Latina, por vía de reformas y avances parciales, quisieran edificar sociedades más justas, equitativas y humanas. Allá vamos.

      Quien quiera que aplicara la palabra

      derrumbe a los sucesos que en los países de Europa Oriental y la Unión Soviética pusieron fin a la experiencia socialista, encontró una expresión exacta. Derrumbe alude a una edificación que colapsa y cae debido a fallas estructurales.

      Referidos a la sociedad, las estructuras están constituidas por las relaciones sociales, especialmente la economía, el modo de producción, las formas de propiedad, el modelo y las políticas económicas, el poder, las formas de gobierno, la sociedad civil, así como a las esencias de la participación, la democracia, los derechos, los mecanismos de control del poder, el liderazgo y otros asuntos de la misma entidad.

      En Europa, el único de los continentes donde no se manifestó el fenómeno del colonialismo y el neocolonialismo, esas estructuras y sus correcciones se formaron como parte del devenir histórico, mediante procesos objetivos que no dependieron de la voluntad de los individuos, estuvieron dotados de capacidad para el automovimiento y de una lógica interna propia.

      Al expresarse de esa manera, la realidad histórica permitió a los filósofos europeos, de Platón a Hegel y a Carlos Marx, extraer conclusiones acerca del carácter de los procesos sociales. Particularmente Marx, usando los recursos y la metodología de la ciencia de su época, elaboró una comprensión de la historia determinista y ajena al voluntarismo.

      Según esa lógica, los avances de la sociedad son determinados por el desarrollo económico, expresado en estructuras económicas que al ensamblarse forman la base de la sociedad. El andamiaje estructural incluye al Estado, el Derecho, la política, el poder, las leyes, las instituciones, la sociedad civil e incluso la espiritualidad.. Ese proceso que Marx comprendió cabalmente condujo a la humanidad de los estadios primitivos al capitalismo y presuntamente debía llevarla al socialismo.

      El único capitalismo que Marx conoció fue el capitalismo salvaje y como la mayor parte de los pensadores sociales de su época, lo rechazó y lo combatió desde el optimismo histórico que lo persuadió de que el desarrollo capitalista, inexorablemente llevaría a la humanidad a la fase socialista la que correspondería un nuevo tipo de Estado y nuevas relaciones de poder.

      El rechazó unánime del capitalismo salvaje, no sólo por la intelectualidad avanzada europea, sino por la clase obrera de aquel continente, creo necesidades y expectativas políticas y sobre todo un colosal movimiento anticapitalista que influyó poderosamente en los revolucionarios, que como Lenin, actuaban en el terreno histórico y asumían tareas concretas, en este caso en la lucha contra el despotismo y la autocracia zarista en Rusia.

      Ningún científico y ningún líder político de los siglos XIX y XX estudió y conoció tan profundamente ni se identificó tanto con la obra de Marx como Vladímir Ilich Lenin, que consagró su intensa, amplia y prolongada actividad política a trabajar por poner en práctica sus postulados, con la particularidad de hacerlo precisamente en Rusia, el más atrasado de los países europeos de entonces.

      En la letra y el espíritu del marxismo encontró Lenin las municiones teóricas que necesitaba para dar al movimiento revolucionario ruso una dimensión que ni el propio Marx imaginó.. En lugar de esperar a que el desarrollo capitalista creara las condiciones para el transito al socialismo en los países más avanzados, Lenin se propuso conquistar el poder político y construir conscientemente, con arreglo a un plan, la nueva sociedad.

      La opción no sólo sobrecoge por su audacia y por su escala, sino también porque altera profundamente la concepción marxista del devenir histórico, introduciendo de modo decisivo, elementos de voluntarismo y subjetivismo incompatibles con el determinismo científico y la objetividad que caracterizan a sus teorías. La idea de enmendar la historia y construir una sociedad enteramente nueva, no sólo a nivel de un país como Rusia, sino para toda la humanidad, corta el aliento, no sólo por su desmesura, sino porque semejante plan no existía y nunca fue creado.

      Nadie sabe qué hubiera ocurrido si en las excepcionales circunstancias creadas por el triunfo de los bolcheviques encabezados por Lenin y Trotski en Rusia, aquella vanguardia, la más ilustrada, sacrificada y cohesionada con que ha contado el movimiento revolucionario en todos los tiempos, hubiera podido poner en práctica sus ideas. No ocurrió así.

      A diferencia de los revolucionaros norteamericanos de 1776 y de los franceses de 1789 que no encontraron prácticamente ninguna resistencia interna y no fueron agredidos desde el exterior, la primera experiencia socialista fue implacablemente confrontada por la reacción internacional. Lenin, Trotski y sus compañeros creyeron que la Revolución Bolchevique sería el detonante de la revolución mundial. La burguesía europea que también había leído a Marx temió lo mismo y reaccionó aterrada. Luego les cuento.

      Los defectos estructurales que hicieron colapsar la experiencia socialista soviética, no se derivan exclusivamente de las circunstancias económicas sociales y políticas de Rusia que, desde el punto de la teoría marxista la hacían poco indicada para transitar a marcha forzada de una formación social a otra.

      Al primitivismo político derivados de tres siglos de dominio absolutista por la dinastía de los Romanov, en su último tramo asesorada por Rasputín, la ruina y el drama humano provocado por la Primera Guerra Mundial y la capacidad de los cabecillas de la nobleza feudal para manipular a siervos recién emancipados, la revolución sumó la necesidad de responder con fuego al fuego y con violencia a la violencia.

      En conjunto aquellas circunstancias históricas y el apremio que fue sometida provocaron una radicalización de la Revolución que sus líderes no pudieron prever. Con la excepción de Stalin, la dirección bolchevique estaba formado por intelectuales que como Lenin, Trotski, Bujarin, Zinoviev, Kamenev y otros, habían pasado la mayor parte de sus vidas en la cárcel y el exilio, escrito libros, publicados artículos y polemizado pero jamás empuñado un arma.

      Todavía impresionan hazañas como la de León Trotski, a quien sin experiencia militar alguna, se encomendó la tarea de fundar el Ejército Rojo y dirigir la lucha contra la contrarrevolución. Reconvertir a los ripios del ejército zarista derrotado y desmoralizado en los frentes de la Primera Guerra Mundial en un ejército revolucionario mandado por oficiales monárquicos, vigilados por comisarios políticos y conducirlo a la victoria en la más terrible de las guerra civiles del siglo XX, es una hazaña militar y política inigualable.

      Ninguna de las revoluciones anteriores fue confrontada de modo tan masivo, brutal y decisivo. Frente a las revoluciones de Estados Unidos, Francia y México que precedieron a la rusa, no hubo nada parecido a caudillos como Kolchak, Denikin o Wrangel.

      La ferocidad de la lucha y la ruina económica provocada por la guerra y el zarismo, obligaron a la implantación de un estado de excepción, denominado

      Comunismo de Guerra que conllevó a la estatización de toda la economía, la supresión del mercado y la obligación de los campesinos de entregar al Estado sus cosechas.

      Terminada la guerra civil, la revolución intentó retomar su curso y bajo la denominación genérica de Nueva Política Económica, Lenin trató de introducir reformas económicas y Trotski promovió la democratización del Partido y del país, mediante la llamada

      oposición obrera, tales esfuerzos resultaron fallidos.

      En torno a lo que hubiera podido ser reformas estructurales económicas y políticas de fondo tuvieron lugar las primeras divisiones en la dirección bolchevique; no obstante la revolución sobrevivió por el liderazgo y la capacidad de consenso de Lenin.

      Desafortunadamente en 1921 Lenin fue baleado durante un mitin en una fábrica, nunca se repuso de las heridas recibidas y en 1922 y sufrió varios ataques cerebrales que mermaron su capacidad de trabajo y finalmente le ocasionaron la muerte, circunstancia en que se desató la lucha por el poder de las que emergió victorioso Stalin que implantó un régimen que a la larga resultó incompatible con el proyecto revolucionario de crear una sociedad superior que obviamente debería ser más democrática, abierta, justa, participativa y eficaz que el capitalismo.

      En el ambiente creado por aquellos excesos y la hostilidad de occidente que los explotaba para exacerbar el anticomunismo más primitivo, lejos de florecer la democracia revolucionaria, se acentuaron el autoritarismo y la dirección unipersonal, fenómenos negativos profundizados cuando se desencadenó la II Guerra Mundial y la invasión nazi que convirtió el defecto en virtud y glorificó a Stalin que copó todos los cargos y se atribuyó todos los meritos por la victoria frente a los nazis.

      El estalinismo es el pensamiento burocrático trasladado a la esfera de la dirección política que, cuando se asocia al dogmatismo, a la represión y a las violaciones de la legalidad, deviene devastador y, más temprano que tarde, autodestructivo. Al suprimir la democracia revolucionaria, la dirección colectiva y la crítica, el período estalinista fue el principio del fin del socialismo en la Unión Soviética.

      En el XX Congreso del Partido Comunista soviético efectuado en 1956, se realizó la denuncia de las desviaciones de la etapa de 30 años en que Stalin gobernó al país, eufemísticamente denominado

      período de culto a la personalidad. Pese a su dramatismo, aquel evento no constituyó una autocrítica, no conllevó a la reconstrucción del partido ni a una rectificación genuina y profunda en los métodos de dirección de la sociedad. En lugar de resolverse los problemas y los defectos se acentuaron.

      No obstante, la revolución era tan querida por las masas y fue tan portentoso el caudal de energías, inteligencia y vitalidad moral engendrada por ella que prevaleció, refugiándose en los empeños para desarrollar al país. Alimentándose con sus propias realizaciones y con sus avances, el socialismo soviético sobrevivió a los graves errores internos, a la agresión y al aislamiento de la burguesía internacional y a la Guerra Fría, más su blindaje no era impenetrable ni la revolución era irreversible.

      Ningún líder político ha detestado la hipocresía implícita en la democracia liberal y el parlamentarismo como Lenin, razón por la cual se negó a aceptar que la abdicación del último zar de Rusia condujera a la implantación de la república liberal como intentó hacer el gobierno provisional establecido en febrero de 1917. Al

      regreso del exilio declaró: La república fruto de la insurrección de febrero, no es nuestra repúblicaIniciaremos la revolución internacional…”

      Aun cuando se comparta la tesis expuesta por Marx, acerca de que la evolución del capitalismo conduciría al socialismo en los países más avanzados, es difícil comprender de dónde, hombres del talento y la sagacidad de Lenin, Trotski y Bujarin que habían vivido en Suiza y Alemania incluso en Estados Unidos, alimentaban la convicción de que avanzado el siglo XX, la Revolución Rusa actuaría como detonante de una Revolución mundial.

      Cuatro años después, ante la evidencia de que tal cosa no ocurriría, se dio otra vuelta a la tuerca en la reinterpretación del marxismo, al asumir que el socialismo podía ser construido en un solo país. Idea, que si bien no pertenecía a Marx, pareció más realista que la de una explosión revolucionaria en Europa.

      La tesis del socialismo en un solo país parecía viable al estar respaldada por las excepcionales condiciones de Rusia que constituía la sexta parte del planeta y contaba con recursos que, en los niveles del desarrollo de principios del siglo XX y el umbral de las aspiraciones de sus pueblos, le permitían una autarquía económica y una capacidad de resistencia que ninguna otra nación europea poseía.

      Ese punto de vista, resultado tanto de la decepción por el escaso impacto internacional que en lo inmediato tuvo el triunfo del proletariado ruso, como del realismo y la madurez alcanzada por la dirección bolchevique que, aunque victoriosa frente a la contrarrevolución y la intervención extranjera regresaba de las ilusiones concibiendo una Nueva Política Económica, que sugería una rectificación de fondo a la creencia de que el Estado podía encargarse de organizar con eficiencia la economía, la industria, la agricultura y el comercio a escala de todo el país.

      Tal vez Lenin asumía que la Nueva Política Económica (NEP) y la tesis del socialismo en un solo país pudieron ser parte de la misma respuesta. Stalin que no lo entendió de ese modo y que como era habitual no participó en los debates teóricos a que la propuesta dio lugar, al tomar el poder descartó la primera y asumió la segunda, entre otras cosas porque confrontaba a Trotski, ideólogo de la

      Revolución Permanente..

      La Nueva Política Económica, según reconocía Lenin no era una concesión gratuita, sino un precio que era necesario pagar para salvar el socialismo, que implicaba un retroceso estratégico que era preciso asumir. El proyecto incluía: fin del Comunismo de Guerra, en especial de la obligación de los campesinos de entregar sus cosechas al Estado y restablecimiento del mercado de granos y abastos y, naturalmente de la libre concurrencia, con sus añadidos asociados a la ley de valor, el cálculo económico y el papel del dinero.

      Un elemento clave de la idea y el más polémico se relacionaba con la implantación del

      Capitalismo de Estado concebido como una mezcla de propiedad estatal con gerencia capitalista para poner orden en la economía, restablecer la contabilidad e introducir la planificación; acompañado por una liberalización que permitiría la participación de cooperativas y de capital privado extranjero e incluso nacional en la economía de matriz socialista.

      Como era habitual en el estilo de Lenin, la introducción de la NEP dio lugar a un debate en la cual el líder de la revolución, como mismo había ocurrido respecto al tratado de Brest-Litovsk, quedaba en la

      derecha, de la dirección del partido, defendiendo la paradójica posición de reintroducir elementos del capitalismo para salvar el socialismo, mientras Trotski y otros formaban una izquierda defensora de la pureza del ideal de la estatización plena.

      Aquellas ideas no avanzaron suficientemente por varias razones. La primera era que la ruina económica no era resultado sólo de aspectos gerenciales derivados de la ineficacia estatal, sino un desastre real y físico ocasionado por las políticas zaristas, la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil, a lo que se añadía el bloqueo externo y el sabotaje contrarrevolucionario.

      Al no poder desplegarse tanto por desacuerdos y sabotajes y al fuego amigo recibido por Lenin como porque no aparecieron los capitalistas interesados en asociarse a los bolcheviques, se creó una contradicción entre la liberalización de los ambientes campesinos y el mantenimiento del monopolio estatal en la industria y el comercio. Una vez en el poder, Stalin resolvió el entuerto a la tremenda: sepultó la NEP y aplicó la colectivización forzosa de la tierra.

      Por imponderables de diversos tipos, principalmente por la muerte de Lenin, la NEP fue un proyecto fallido que quedó como una alternativa que nunca recibió oportunidades para mostrar sus meritos y como evidencia de que una figura tan coherente e insospechable como Lenin, cuya firmeza y convicciones socialistas están más allá de toda duda, consideró inviable un sistema económico basado exclusivamente en la propiedad y la gestión estatal.

      Nadie duda de que el líder bolchevique supiera a lo que se exponía y que una rectificación de semejante calibre no puede hacerse sin grandes implicaciones políticas e ideológicas. Como varias veces probó, para Lenin salvar el socialismo era más importante que salvar la doctrina.

      Durante los treinta años en que gobernó Stalin, ni siquiera en los círculos académicos se mencionaba a la NEP que reaparecía cuando en algún país del socialismo real, un reformista quería legitimar sus intenciones. No obstante, siempre fue rechazada quedando como otra oportunidad perdida.

      Por una extraña paradoja, sin complejos ideológicos y sin temor a los peligro que ello pudiera entrañar, el capitalismo aplica elementos del socialismo, mejora su imagen y se hace socialmente más eficiente, construyendo incluso

      estados de bienestar, mientras ante una sugerencia inversa, por tímida que fuera, el socialismo real levantaba la más radical de todas las consignas conservadoras: Atrás Satanás.

      Al no tener oportunidad de intentarlo, nunca se sabrá cómo habrían diseñado los bolcheviques el sistema político que unido a un modo de producción basado en la propiedad estatal, conformarían el nuevo orden social. No ocurrió así porque la contrarrevolución interna y la reacción mundial torcieron el árbol al nacer.

      En su confrontación con el gobierno provisional y en los esfuerzos por derrocarlo, Lenin apostó por los soviets que eran una estructura parlamentaria, no ejecutiva, nacida durante la Revolución de Febrero y no en la de Octubre. En el primer caso se trataba de derrocar al zarismo e implantar la democracia liberal y en segundo de acabar con el liberalismo y establecer la dictadura del proletariado. Aquello que era bueno para lo uno no tenia que serlo para lo otro, mas no había opción.

      No obstante, bajo las circunstancias históricas locales y un contexto internacional excepcional, el programa urgente de los bolcheviques que consistía en sacar a Rusia de la Primera Guerra Mundial, poner fin a la hambruna y entregar la tierra a los campesinos, calzó la consigna política de Todo el poder para los soviets, maniobra táctica que funcionó.

      El problema comenzó cuando en el poder los soviets rebelaron su complejidad, al tratarse de estructuras políticas pluripartidistas en las cuales los bolcheviques no ocupaban ni el treinta por ciento de los escaños y donde estaban representados no sólo elementos liberales, sino incluso monárquicos. Lenin pudo cambiar aquella composición, lo que no pudo fue evadir los costos políticos estratégicos de semejante accionar.

      Mediante maniobras que condujeron a confrontaciones con todas las agrupaciones políticas rusas y a debates en el seno de la dirección revolucionaria, Lenin logró excluir de los soviets a los partidos hostiles al bolchevismo, más tarde hubo que prohibir a los partidos y luego las fracciones dentro de su propio partido.

      Si bien aquellas acciones facilitaron el control sobre la situación política y permitieron organizar la resistencia, al ser sacralizadas como postulados leninistas, originaron deformaciones estructurales que el modelo eurosoviético del socialismo jamás pudo resolver. Muerto Lenin, toda rectificación se hizo imposible.

      El socialismo real transformó la necesidad en virtud y asumió que en Europa podía edificarse un sistema político con déficit de democracia, transparencia, participación y libertades ciudadanas que sucesivamente fue dejando de ser aceptable para algunos líderes bolcheviques, para la opinión pública internacional y más tarde para importantes sectores de la militancia comunista e incluso de la clase obrera. A esos fenómenos se sumaron confusiones que identificaron al Estado socialista con los gobiernos de turno y al partido con el gobierno y no con el proyecto revolucionario en su conjunto.

      Esas confusiones institucionales condujeron al error de rechazar la democracia que pudo haber asumido un formato revolucionario y de clase, suprimir la transparencia informativa evitando que la prensa y los medios de difusión desempeñaran con eficacia el cometido de ser organizadores colectivos, mutilaron la libertad de creación artística en nombre de una absurda devoción formal por el socialismo y por último, convirtieron el liderazgo del partido en la revolución y la sociedad en un precepto que ocupó apenas unas líneas en las constituciones estatales.

      Esas deformaciones estructurales condujeron al infausto hecho de que, en los países del socialismo real, el Estado socialista, la condición de dirigente de los partidos comunistas, incluso el propio sistema socialista, no lograran sobrevivir al cese de ciertos líderes y a la remoción de algunos gobiernos. Un dato curioso es que allí donde la sucesión ocurrió en vida de los líderes históricos y en alguna medida conducida por ellos mismos: China, Vietnam y Cuba, los resultados han sido diferentes.

      Al margen de las circunstancias dramáticas que rodearon la solicitud de Fidel Castro de no ser reelecto para sus altos cargos y de inesperadas revelaciones que han desviado la atención de su significado más estratégico, la reestructuración gubernamental realizada por el nuevo presidente, Raúl Castro, contribuye a la introducción de una sana rotación periódica de los equipos dirigentes y ofrecen a las instituciones cubanas oportunidades de renovación que sus homologas de los países ex socialista no supieron o no pudieron aprovechar.

      Habría que tener las habilidades de un virtuoso para recrear el dramatismo del invierno de 1923, cuando en un remoto paraje de la campiña rusa, en condiciones físicas deplorables, privado del movimiento y del habla, Lenin libraba sus últimas batallas, no contra las dolencias que lo aquejaban, sino contra fuerzas y circunstancias que ponían en peligro la revolución y el partido bolchevique y a espaldas de sus médicos, dictaba las notas que contenían su testamento y sus dos últimos proyectos: la reorganización del partido sumando 100 obreros a su Comité Central y la reestructuración del Estado, mediante la creación de un Comisariado del Pueblo para la Inspección Obrera y Campesina.

      Tal vez lo más amargo de su situación era el aislamiento, no sólo por encontrarse lejos de Moscú y apartado del trabajo, sino porque carecía de interlocutores y apenas tenía en quien confiar. Ante sus ojos, sin que pudiera impedirlo, la obra revolucionaria en ciernes amenazaba con colapsar, no sólo por la ruina económica y la pobreza ocasionada por la Primera Guerra Mundial, la guerra civil y la intervención extranjera, sino también por el desorden, la ineficiencia, la ineptitud, la corrupción, el burocratismo y la falta de mecanismos para controlar la gestión estatal e impulsar la economía y todas las tareas que le conciernen en la construcción del socialismo.

      Se trataba de búsquedas institucionales desesperadas para ordenar un país que ocupaba la sexta parte del planeta y al que los bolcheviques encontraron en ruinas y postrado y cuya población urbana apenas llegaba al 15 por ciento, mientras los campesinos, recién liberados de la servidumbre, pasaban del 80. En 1917 los obreros rusos eran apenas tres millones, el partido bolchevique contaba con 25 000 militantes y estaba dirigido por una docena de personas.

      Aunque no lo he encontrado expresamente escrito, probablemente lo peor haya sido asistir impotente a la lucha por el poder entre Trotski y Stalin, a la sazón, los dos miembros más destacados del Buró Político, cosa que inevitablemente provocaría una escisión en la dirección del Partido y el Estado que obviamente comprometía el presente y el porvenir del proceso revolucionario en su conjunto.

      Tal vez por eso, con la prisa de quien sabe o teme próximo un desenlace final, Lenin intentó dejar como legado unos pocos consejos acerca de las cualidades que deberían tener los líderes encargados de continuar la Revolución y los defectos inaceptables en ellos.

      No obstante, a esas alturas de su vida, con su sabiduría y la enorme experiencia acumulada, el curtido jefe revolucionario comprendía que no bastaría con consejos, ni siquiera con buena fe y que era preciso encontrar el modo de sanear y revitalizar al partido y crear una capacidad que no poseían los soviets para fiscalizar la gestión estatal y resolver, desde una perspectiva popular obrera y campesina, no exenta de idealismo, una de las carencias de su anhelada dictadura del proletariado, que era el control social del poder.

      Lo inaudito de la situación que se había creado en el seno de la vanguardia bolchevique fue de una naturaleza y envergadura tal que escapó incluso a la experiencia y la sagacidad de Lenin, que conocía como a sí mismo a cada uno de los integrantes del Comité Central y no podía suponer que Stalin tendría la vileza y la capacidad para desconocer sus postreras palabras y lograr que el órgano dirigente del Partido que él mismo había forjado, acordara desestimarlas.

      Una vez muerto, Lenin fue deificado pero ignorado y para consolidar su poder Stalin acudió a métodos disciplinarios y de control completamente ajenos al leninismo y en lugar del reforzamiento de la capacidad del partido como instancia política y de un órgano de control del poder y la gestión estatal inspirados en la mentalidad obrera como el de Comisariado diseñado por Lenin, acudió a los servicios secretos, a policía, a la manipulación de los tribunales y a los procesos amañados.

      Ese modo de actuar ocasionó al socialismo real dos líneas de daños irreparables: los órganos policíacos no lograron controlar al poder que obviamente cuenta con recursos para anularlos, entre ellos los funestos preceptos de obediencia debida a la vez que corrompió a esos órganos, diseñados no para vigilar, acosar y perseguir a los revolucionarios, sino para actuar contra el enemigo. En los países del socialismo real esa confusión resultó fatal.

      En la educación de los militantes revolucionarios ningún control y ninguna disciplina formal, sustituye a la devoción conque cada militante consciente, educado en la reflexión, el análisis y el debate, poseedor de una cultura política general integral participa en le edificación de la obra; con razón unas veces y equivocado otras pero siempre fiel y siempre coherente. Entre un revolucionario y un vocal de virtud la diferencia es irrelevante.

      *Jorge Gómez Barata - Periodista y profesor… Graduado del Instituto Pedagógico y colaborador de medios

      Cuba-Nos y Extranjeros. En su columna, el autor incluye además de artículos exclusivos para CubAhora’— materiales suyos publicados por el diario mexicano !Por Esto!, las emisoras Radio Habana Cuba y Radio Taíno, y otros difundidos por la Agencia ecuatoriana ALTERCOM y Director Regional de la Agencia de Contrainformación ArgosIs-Internacional en la República de Cuba…


      Marcos Jesús Concepción Albala 
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