Holas!!
Grax por leer, no saben como estoy de feliz por los resultados jeje.
Ya he recibido quejas en contra de Mcfadden, es bueno saber que lo odian jajaja, y para que ese sentimiento no pase, les dejo el siguiente capítulo... ah! Lo siento, el silencio de Feehily seguirá presente, ya veremos que resulta al final!
Las kero
CuAdRiToS 

CAP. 10
- Podemos regresar si lo quieres –al parecer también Kian había notado la intranquilidad de Liy.
- No, todo está bien, además ya
estamos aquí –al fin se apartó de la ventanilla del tren, no sin antes tratar de ocultar sus lágrimas.
El viaje fue pesado, el ambiente que envolvía a Liy era de temor. Mark también se encontraba nervioso, lo noté en la transpiración de su mano, yo no podía hacer más que apretarla con mayor fuerza, era mi forma de decirle que contaba conmigo en estos momentos.
- ¿Segura que estás bien? No es
necesario que hagas esto, a todos nosotros nos queda claro la gran persona que eres, no tienes que demostrar nada –Ivi colocó su mano en el hombro de Liy, ésta sólo apretó sus ojos para tragarse sus lágrimas, había prometido no llorar.
- No se preocupen, estoy bien y quiero hacer esto. Durante años me esforcé para demostrarle a mí tía quien era y este es el momento de que ella sepa quien es Liy Logan –sentenció con determinación.
Sligo, no sólo yo había cambiado, aquel pueblito provinciano había evolucionado mucho, tampoco era la gran ciudad, pero al menos había ganado algunas comodidades.
- ¿Podría llevarnos al centro de Sligo? –pregunté al conductor de uno de los tantos taxis que aparcaban fuera de la
estación de trenes.
- Claro señorita, aunque le recomendaría llevar otro taxi por el equipaje.
- ¿Me haría el favor de buscar otro?
- Con gusto, suban, el otro taxista y yo nos encargaremos de las maletas.
- Gracias –Ivi, Mariana y yo nos acomodamos en el asiento trasero, Kian y Mark checaban el equipaje.
La única señal que tuve para no perderme o equivocarme de casa fue la iglesia, a una cuadra de ella estaba ubicado el hogar en que pasé los primeros años de
mi vida. Y sí, ahí estaba, la casa era grande, estilo victoriana, con un descuidado jardín al frente y un enrejado un tanto oxidado. Pero ni los deterioros del tiempo habían podido acabar con su belleza y mis memorias.
Abrí la reja, y al pisar el primer peldaño de la escalera, los matorrales se transformaron en bellos rosales y árboles enormes repletos de manzanas rojas; respiré profundo antes de girar la llave en la puerta de entrada, con delicadeza abrí; observé con detenimiento, el olor característico del vacío y la vejez no se hizo esperar, y por mucho que lo había prometido, comencé a llorar, los muebles cubiertos por las sábanas ya no tan blancas me recordaron el día en que mi tía
Carol me obligó a acompañarla y ponerlas…
- ¿Miras todo esto? –asentí-. Pues es la última vez que lo verás.
- ¿Pero mis papás y yo donde viviremos? –que sabía yo de la
muerte a mis ocho años.
- Yo sé que el Padre William te ha dicho que tus padres fueron a dar un largo paseo con tu abuela, pero ya es hora de que sepas cual es exactamente tu realidad. Tus padres murieron…
- Sí, y el Padre William dijo que eso sólo es un paseo al
cielo.
- Pues no es así, tus padres nunca más regresarán, debiste haber entendido eso desde el primer momento.
- Ellos no me pueden dejar –dije entre sollozos.
- Los hicieron, de hecho, ni siquiera están en el cielo, sino en unas cajas bajo la tierra, ahí se los comerán los gusanos.
- ¡No! ¡No! Mentira, mis padres fueron con Dios, no tía, dime que es mentira, no pueden, no. Tía vamos a sacarlos de esas cajitas, por favor, tía los gusanitos se los van a comer, hay que sacarlos –con
insistencia halé su falda, mi pequeño rostro estaba lleno de sal y agua.
- ¡Por favor Liy! No seas tonta, en la caja están y en la caja se quedan –con brusquedad apartó mi mano de su falda-. Y ahora pon estas sábanas sobre los muebles, rápido y sin llorar, me fastidian tus lloriqueos, mi hermano y tu madre te tenían muy consentida –tuve que aguantarme mi llanto y mi dolor, para seguir las órdenes de mi tía.
- Calma, no te vamos a dejar –sentí los brazos de Ivi rodeándome y volví a mi presente.
- Será mejor que subas a dormir.
- No Mariana, son apenas las cuatro y tenemos que limpiar las habitaciones. Vengan, les enseñaré donde pueden quedarse.
Limpiamos durante toda la tarde. Mark y Kian, se quedarían en las habitaciones del lado izquierdo; Mar e Ivi, en las del centro, y yo en mi antigua recámara, del lado derecho, la cual daba a la calle y del otro lado a la habitación de mis padres.
Kian y Mark se la pasaron arreglando la TV y el equipo de sonido, Egan dijo que era necesario traer tecnología avanzada a esta casa, todos reímos. La sala lucía tan bien con esos cuatro sentadotes en los sillones, el ambiente que se respiraba era de familia. Agradecí que Sligo ya no fuera ese pequeño pueblo, donde al instante hubiéramos tenido a los metiches.
- ¿A dónde vas? –Mariana me miró por sobre su hombro desde el sillón, yo me ponía el abrigo y sujetaba los aguantes con la mano izquierda, el otoño nos iba dejando y los vientos fríos de la costa
volvían.
- Caminaré un poco, quiero reconocer el pueblo…
- ¿Te acompañamos? –la pregunta de Mark me sonó más a afirmación, no sé porque se preocupaba tanto por mí en los últimos días.
- No, descansen, además no quiero quitarles su momento.
- Con cuidado, recuerda estar tranquila por cualquier cosa.
- Tranquilo, no voy a la guerra, sólo a respirar un poco de aire fresco.
- De todos modos cuídate, recuerda que ya no sabes que tan peligroso sea el lugar.
- Gracias Kian, gracias a todos por preocuparse. ¡Ah! Traeré la cena.
Cerré la puerta tras de mí y noté que hacía más frío de lo habitual para estas fechas; al instante me acomodé la boina negra, sujeté muy bien la bufanda al cuello, me coloqué los guantes y metí las manos en las grandes bolsas del abrigo.
Apenas eran las ocho de la noche de un miércoles, las calles comenzaban a quedarse vacías, quizá por el frío o, seguramente, Sligo, con todas sus nuevas comodidades, seguía siendo un pueblito costeño de Irlanda, en el que las personas dormían temprano.
Di vuelta a toda la cuadra, reconociendo lo viejo y conociendo lo nuevo, sinceramente no había muchas variantes, más allá de una tienda de abarrotes, una boutique y un pequeño casino, todo seguía igual, o al menos parecido. Justo llegué a la esquina de la iglesia, ¡cuánto había cambiado!
El patio parroquial tapizado de pasto (en primavera debía ser de un verde exquisito) y plantas florales por doquier, se veía bella. La construcción tenía algunas modernidades,
como la cúpula en el campanario y la entrada de cedro; colores más vivos la pintaban. ¡Tanto tiempo! ¿Seguiría el Padre William a cargo? Sólo había una forma de averiguarlo, yendo allá, aún estaba abierta, y si la memoria no me fallaba, los miércoles la misa terminaba a las 8:45 p. m.
Entré, todavía quedaban algunas personas que ya iban saliendo, a lo lejos vi al Padre William frente al altar, eso me alegró; esperaría a que todos se fueran y hablaría con él, ¡lo sorprendería! Me senté en la penúltima banca, me arrodillé, me persigné, hice una pequeña oración y de nuevo tomé asiento, nada fuera de lo normal. Cuando alcé la vista el Padre venía acompañado de una chica y un joven, no los
reconocí a primera instancia, a veces la mente nos traiciona, el corazón no.
Una de esas personas era Dana, el cabello más largo y recogido en una coleta, sombra en los ojos, rubor en las mejillas, delineador y lápiz labial, un corsé poco ajustado de flores azules grandes, una falda larga en color azul, zapatillas, un chal blanco, aretes largos de plata… definitivamente Dana, ¿quién más le daba tanta importancia a los accesorios y al maquillaje en ese pueblo? Sino Dana Anderson. Con un meneo de cabeza y una sonrisa sarcástica quité mi vista de ella.
El chico… él… él, ¿cómo comenzar?, ¿cómo?...
- Dentro de tres meses Padre. ¿Usted cree que estarían bien alcatraces? ¿No se le hace muy común? –justo se situaron unas bancas adelante, parados en el pasillo para conversar; Dana y sus comentarios huecos.
- Dana eso es lo de menos, lo importante es el sacramento. ¿Qué dices Bryan?, ¿no es así? –Bryan, no me había equivocado, era él.
- Si Padre, como usted dice, importa el sacramento. Pero Dana, puedes poner las flores que gustes, es tu día.
- Nuestro día, mi amor -¿mi amor? Todo el suelo se movió bajó mis pies-. Te recuerdo que se trata
de nuestra boda –ni siquiera me repuse de la noticia anterior, cuando aquella frase golpeó mi pecho; boda, fue la única palabra que quedó en mi mente-, sé que importa el sacramento, pero también quiero que sea el evento del año, que todos sepan de mi felicidad.
- Será como digas, pronto serás mi esposa y quiero que desde ahora seas muy feliz -¡Dios me perdonara por regresar el odio a mi corazón en su propia casa!
- Que bueno que son felices –miré al Padre, siquiera sonrió.
- Nos vemos Padre, es noche y llevaré a Dana a su casa, no quiero que sus padres se preocupen.
- Vayan con Dios, hijos –ambos besaron la mano del Padre a su turno.
Dana venía adelante, pasó sin reparar en mí. Yo seguía tan atontada por todo lo recién ocurrido, que al ponerme de pie tropecé con alguien y sino fuese por la rápida acción de esa persona, hubiera dado al suelo.
- Lo siento, ¿se encuentra bien? -¿por qué tenía que haber sido él?
- Sí, gracias –me entretuve sacudiendo mi abrigo para no levantar el rostro.
- Bien, me alegra saberlo –sentí que Bryan intentaba mirarme, debió pensar que era alguna turista, por muy cambiado que estuviera el pueblo, mi ropa era demasiado citadina.
- Amor, ¿nos vamos? –vi como Dana tiraba de la mano de Bryan, y
vi, su reluciente anillo de compromiso.
- Felicidades, noto que están comprometidos –no pude evitarlo, tenía que sacarme esta rabia de alguna manera.
- Gracias –como siempre, Dana de altanera.
- Gracias señorita…
- De nada –no, aún no les daría el ‘gusto’ de saber que Liy Logan estaba de regreso. Ellos salieron después, hasta entonces levanté la vista y los vi salir.
- ¿Puedo ayudarla en algo? –me había quedado entretenida en ver como ese par se alejaba, que no pude evitar asustarme con la voz del Padre
William, inmediatamente giré…
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