Holas!
Pensaba mandar dos capos, pero el 7 es de la 2da temporada jeje, además quiero dejarlas en suspenso un ratito. Insisto, el fic va rápido, ya lo notarán con los siguientes capos.
Qué bueno que odien a Bryan!! Hasta el capo que subí hoy a la compu (11), yo también lo sigo detestando jajaja. Y esta vez no lo defrenderé jeje.
Grax por sus comentarios, y no se quejen de saturar sus correos que ustedes pidieron que volviera, ahora se aguantan jajaja broma!
Besitos
CuAdRiToS 

CAP. 6
El Padre William nos hizo pasar a la sala de su casa.
- ¿Recuerda lo que platicamos, Padre?
- Claro hija –seguí la conversación con la vista.
- Seguí su consejo. Liy, hoy mismo te vas a Londres –bofetada tras bofetada contra la realidad-. Mire Padre, aquí están todos los papeles y sólo necesito que los firme como referencia y recomendación -¿a alguien le interesaba mi opinión?
Observé la firma del Padre William estampándose en esas hojas, debía explicarme.
- Nos vamos Padre, Liy sale hoy a las cinco.
- Déjame hablar con ella un momento, después yo mismo la llevaré a casa.
- Sólo porque se trata de usted –salió sin decirme adiós, tan sólo besando la mano del Padre.
- ¿Y bien? Me explica lo que ocurre –sin tartamudear y sin miedos fui directo al grano.
- Te enviará a un colegio de monjas, te quiere lejos de casa, mejor dicho, quiere que te vayas para
siempre.
- ¿Ella se lo ha dicho? –él negó-. Lo imaginé, no sería tan descarada. ¿Por qué? ¿Por qué la está apoyando? Esta es mi casa, aquí nací y crecí…
- Yo no la apoyo, te apoyo a ti. El convento al que te mando será un verdadero hogar para ti, le hice creer que era un lugar para niñas que merecen un castigo; pero no es así, es para chicas como tú, que necesitan del calor de casa –lo miré con los ojos llorosos y lo abracé con todas mis fuerzas, ahora sólo lo tenía a él, sólo a él-. Te echaré de menos,
hija.
- También yo. Pero antes de irme quiero confesarme.
- Adelante –contestó después de colocarse esa especie de banda-. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo –ambos hicimos la señal de la cruz-. Ave María purísima...
- Sin pecado concebida
–respondí.
- Dime tus pecados.
- Yo…
Fui diciéndolos uno a uno, liberando mi alma. Llegué al punto de esa noche, acepté cometer adulterio sabiendo que era un pecado del cual no me arrepentía. Por último hablé del odio, de mi odio, de cómo me había convertido en
alguien más humano. Tenía que decirlo, porque sino lo hacía, el rencor se apoderaría de mí y me perseguiría como una sombra que tarde o temprano me arrastraría a un infierno inclemente. Era necesario decir que lo odiaba, para así algún día, dejar de amarlo.
Vinieron los consejos del Padre y una absolución que me permitió respirar en paz.
Faltaban tres horas para mi partida, el Padre William y yo caminábamos hacia la casa de mi tía…
- ¡Padre, Padre! Al fin los alcanzo –era el sacristán de la iglesia, el chico era de tez blanca pero venía rojo de tanto correr, apoyó sus manos contra sus rodillas mientras tomaba aire.
- ¿Qué pasa?
- Acaba de llegar el Obispo, viene con otros sacerdotes.
- ¡Santo Dios! Había olvidado la visita del Obispo. Liy, ya estamos cerca de tu casa, te dejaré aquí, coméntale a tu tía porque no te llevé a casa como lo prometí.
- Si Padre, pierda cuidado.
- Antes quiero darte mi bendición –incliné mi rostro al tiempo que él me cubría con la santa cruz-. ¡Qué Dios te acompañe! Cuídate mucho, mi niña
–selló su despedida con un paternal beso en mi frente, lo único que se me ocurrió fue abrazarlo, dejando en él lo único que de mí quedaba en ese pueblo.
Las tres últimas cuadras que faltaban para llegar a casa fueron hechas con pisadas de dolor, de desencanto y desventura, pintadas con el gris de mis ojos y el llanto de mi alma. Ensimismada, perdida en el tiempo y espacio detuve bruscamente mi torpe marcha, al contacto repentino de una mano en mi hombro. Reaccioné con velocidad, después de dar un pequeño salto de susto; no podía creer lo que tenía frente a mí, eran sus ojos,
esos mismos ojos azules, esos que me habían enseñado del amor y desamor, esos por los que había llegado a odiar; era él, frente a frente, cara a cara.
- ¡Suéltame! –le ordené molesta, pero sin alterar el tono de mi voz para evitar a los curiosos que por ahí pasaban.
- Liy, por favor, déjame hablar, explicarte…
- Ahórrate tus palabras, bien claro tengo lo que vengas a explicarme. Con tu permiso, pero mi tía me espera en casa y no deseo tener más problemas.
- No me hagas esto, permite que te cuente todo lo que pasó ese día, tienes que darme una oportunidad para que hablemos –él caminaba a mi par, con ese sonido de clemencia en su voz-, por favor, no quiero que sigas enojada conmigo –justo cruzábamos la calle que me separaba de casa, cuando me detuve y lo miré con firmeza.
-
No te preocupes, no estoy enojada –una sonrisa se dibujaba en sus labios-, solamente te odio –aquel timbre de seriedad regresó a mí.
No me importó dejarlo estacionado a media calle, con la sorpresa y el dolor en su alma; de hoy en adelante era así, basta de compadecer a mis verdugos, basta de ser la tonta de todos, basta de ser la torpe e indefensa… “huérfana del pueblo”.
- No pierdes oportunidad –apenas puse un pie en casa y la tía Carol comenzó con sus regaños-. No te bastó con ser la comidilla de medio pueblo, ahora quieres arruinarle la vida a ese pobre muchacho.
- ¿Puedo saber a que se deben todos tus reclamos? –pregunté al pie de las escaleras, donde ya me encontraba.
- ¿Piensas que no te he visto? De hecho, todo Sligo te vio vendiéndote en la calle…
- ¡Cállate!-le grité enfrentándola, debió estar furiosa por tal falta de respeto, automáticamente su mano derecha se levantó con la intención de estrellarse en mi mejilla-. ¿Me vas a pegar? Hazlo, es lo último que te falta; quiero ver como terminas de devorar la mano que te da de comer…
- Niña insolente, ¿qué quieres decirme? –el rojo se inyectaba en sus ojos verdes.
- ¿A qué me refiero? A que eres una ladrona, a que has vivido de mi herencia, ¿pero que más podía esperarse de una pordiosera como tú? Sino sólo, que en cuando viste todo ese dinero, que ni siquiera alguna vez imaginaste tener entre tus manos, comenzaras a abusar de la confianza que mi padre dejó en ti al confiarte el dinero que era para mi bienestar…
- ¡Silencio! –la escuché tartamudear de rabia, una humillación para ella.
- No, no esta vez. Lograste lo que
querías, alejarme de Sligo para seguir dándote la vida de millonaria que tienes gracias a mi fortuna; entre más lejos yo, mejor, ¿no? Pero sabes, tía –dije con sarcasmo-, tú nunca serás una señora como mi madre, y eso es lo que te duele, saber que esa a la que llamas cualquiera, tenía clase y era, muy por encima de ti, una señora –acentué con orgullo y solemnidad mi palabras.
- ¡No es cierto, no es cierto! ¿Qué puedes saber tú?... tú que sólo eres una huérfana, una recogida, una prostituta…
Sus insultos
se iban perdiendo tras los escalones que mis pies dejaban; me había quitado mi hogar, el lugar donde nací, donde quedaba toda mi vida, me había ganado la batalla, pero al menos, su orgullo había quedado fracturado irreparablemente.
Mi valija, muy cubierta por el polvo de los años, comenzó a perder ese sabor de vacío y se fue llenando con mis pocas pertenencias. Perdí muchos minutos contemplando mis escasas fotos, abracé con fervor esa amarillenta imagen donde mi padre me sostenía entre sus brazos, mi abuela y mi madre sonreían a cada uno de sus lados, y yo, aún muy pequeña,
me asía del dedo índice de mi padre; mis dedos pasearon por el infantil rostro de Dana, era la foto de nuestra primera comunión y ambas nos abrazábamos, ¿cómo es que el tiempo puede cambiar a las personas?; la pasada navidad me dejó el retrato de Mairead y Brendan, me dolía mucho no poder despedirme de ellos, y no lo pude evitar más, una gruesa lágrima resbaló por mi mejilla, ellos eran como unos padres; sonreí con aquella graciosa foto del Padre William y su sombrero de paja, sí que lo echaría de menos; y al final, como siempre lo estaba, mis fotos con Bryan, sus fotos, lo odiaba con todo mi ser y no entendía mi deseo por conservarlas y no romperlas en ese mismo instante, destruyendo con ellas todo este rencor, pero sobre todo, el enorme amor que todavía le profesaba. Sólo me faltaba empacar lo que estaba en el cajón de mi buró, fui metiendo plumas, libretas pequeñas, mi Biblia, mi rosario y, allá en el fondo, encontré la caja de terciopelo y extraje mi velo; con él sequé todas las
lágrimas que ya empañaban mi rostro, lo oprimí a mi pecho justo cuando la película de los buenos recuerdos con Bryan corría por mi mente. Después de tranquilizarme, regresé el velo a su estuche y con cuidado lo puse dentro de la maleta, para bien o para mal, el amor por Bryan ser iría conmigo.
Para mi sorpresa, la tía Carol no salió triunfante a observar mi salida, mejor así. No reparé mucho en la casa, todo lo que tenía iba en mi maleta, solamente me dolía despedirme de Alexa, la única que había sido noble conmigo en el lugar, la
pobrecilla lloró por mí. Afuera me esperaba el chofer con el carro, subí sin mediar palabra. La estación de tren estaba a orillas de Sligo, le dije al chofer que regresara a casa, pero no lo hizo hasta que me vio abordar y el tren comenzó su marcha, al igual que yo lo hacía con mi nueva y nada prometedora vida…
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