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MI SAL Y MI PIMIENTA. CAPS. 1-4   Lista de mensajes  
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Holas!!
Muchas grax a todas por sus buenos deseos, yo tambien espero que la hayan pasado muuuuy bien este 24 y que Dios los colme de bendiciones hoy y siempre, a ustedes y a sus familias.
Pasando a otra cosa, hoy iba a enviar los premio por lo del aniversario del grupo, pero... Nally, me faltan las otras tarjetas por fis!!! Sólo tengo la de Bry y los baners.
Natty y Bety FELICIDADES POR SUS CUMPLES!!! Aunque Bety, el tuyo es en unas hrs jeje. Que todos sus deseos se hagan realidad y que ojalá haya muchos regalos o que sigan llegando jeje!! Las kero!
Y bueno, este es mi regalo de navidad...el regreso a las andadas jeje...
CuAdRiToS
PD. Pongo los primeros capos para darles una recordadita! Y dos más...
 
CAP. 1
 
-        ¡Levántate! Rápido… rápido… ¡Oh Dios! –aquella última frase de mi tía contrastaba con sus constantes y bruscos gritos, así como sus jalones a mi pequeño cuerpo.
 
         Froté mis ojos y traté de acostumbrarlos aquella luz que recién se había hecho, mientras me desperezaba mi tía ponía uno de mis vestidos azules sobre mi cama y decía no sé que tantas cosas, a la vez que lloraba.
-        Liy vístete, tus padres murieron –dijo de la forma más simple y saliendo del cuarto, ni siquiera me dirigió una mirada de compasión.
 
         Yo me quedé ahí, sintiendo por primera vez en mi corta vida, un balde de agua fría cayendo por todo mi ser y comencé a llorar, a llorar, a llorar y a llorar sin hallar consuelo alguno. Ni un abrazo, ni una caricia hubieron en aquellos momentos para mí… la nueva huérfana del pueblo.
-        ¡No te has cambiado niña! ¡Apúrate! ¿Piensas que tus padres estarán toda la noche en la morgue?
-        Ya voy tío James.
 
         Los funerales pasaron, ante las miradas de todo el pueblo sobre mí, pero nadie, a excepción de los Mcfadden, de Dana y del Padre William, me brindó un poco de apoyo en esos duros momentos.
 
         Yo tenía ocho años cuando la tragedia ocurrió, vivía en Sligo, un pequeño pueblo de Irlanda, con mis padres. Mi única abuela había muerto hacía un año y mis tíos, bueno, no eran lo mejor para ser mi única familia. Mi padre, Patrick Logan, era un rico ganadero; mi madre, María Logan, un ama de casa ejemplar; esa noche viajaban a Dublín por unos asuntos del rancho de mi padre, un accidente automovilístico cambió mi vida. Mis tíos, Carol y James, se harían cargo de mí. Mi tía era una mujer hipócrita, decía seguir las costumbres religiosas de la familia, iba a misa, comulgaba, hacía bailes de caridad, pero ni bien ponía un pie fuera de la iglesia, su lengua se ejercitaba perfectamente criticando a medio pueblo; y de mi tío, resumiré su sucia existencia en decir que fue un apostador y mujeriego.
 
         Yo soy toda una mezcla de culturas, mi padre irlandés, mi madre mexicana; católica hasta los codos, mis padres se encargaron de convertirme en hija de Dios y de la iglesia apenas a los cuarenta días de nacida, un mes atrás de su muerte había hecho mi primera comunión, testigos fieles de aquellos eventos y de la boda religiosa de mis padres, eran los fotos que adornaban la pared de  la sala de mi casa; mi físico era un acertijo para cualquier conocedor de razas, una niña de ojos azul cielo, piel clara con su toque moreno, cabello completamente rizado y negro, y unos finos labios rojos como las cerezas; para dar el toque final, mi nombre era de origen mam, la lengua de un pueblo ubicado en uno de los estados del sureste mexicano, que en español significaba, María, mi madre lo escogió porque mi padre seguía necio en que yo llevara el nombre de mamá y como ella decía que era muy repetitivo, no tuvo más opción. Al principio eso del nombre era un enredo, mi madre me llamaba Liy y mi padre Mary.
         Mi vida, mis abuelos maternos habían muerto hace ya mucho tiempo sólo los conocía por fotografías; mi abuelo paterno. se divorció de la abuela Erie cuando la tía Carol cumplió dos años, nada sabíamos de él; mis amigos eran Dana Anderson y Bryan Mcfadden, ambos de mi edad; Dana era la hija de una de las grandes amigas de mi tía, por ello nuestras familias se frecuentaban demasiado, aunque los padres de ella nunca agradaron a los míos; Bry era hijo de Mairead y Brendan Mcfadden, una familia de Dublín que llegó a este pueblito para olvidar la pérdida de su pequeña Susan; el Padre William, sacerdote del pueblo y amigo incondicional de la familia, era quien velaba que mi educación católica fuese la mejor, aparentaba ser un hombre de unos cincuenta años, tan cariñoso, tan bueno. Así de sencilla era mi vida, pero muy feliz al lado de mis padres y abuela, hasta que ellos me dejaron, entonces conocí, la parte no tan dulce de la vida.
 
         Mis tíos nunca pudieron tener hijos, a mí me llevaron a vivir a casa de ellos, anteriormente la casa de la abuela. De mi cuarto no me puedo quejar, al menos el cubrir las apariencias me valió para no ir directo al cuarto de servicio. Mi tía decía que yo era una niña sumamente mimada, así que desde el primer momento me trató con mano dura; me despertaba a las seis de la mañana para ir a misa, me asignaba tareas del hogar, como lavar mi ropa, servirle el té, lavar los trastes, barrer el enorme patio trasero y todos los quehaceres de mi habitación corrían por cuenta propia, sin importarle que hubiesen cinco trabajadores en la casa; de pilón, no podía salir en las tardes a jugar. Mi herencia la administró ella, fue así como mi ropa comenzó a escasear y se construyó otro guardarropa para sus nuevos y lujosos vestidos. Por si fuese poco, constantemente soportaba los pleitos entre ella y su esposo y los regaños que me propinaba para desquitarse.
 
         La escuela era mi mejor momento, Bryan siempre estaba ahí para cuidarme, desde aquella vez que nos conocimos en el jardín de niños, se esforzaba por mi seguridad, me invitaba golosinas, reíamos juntos y con Dana formábamos el trío de “los 3 chiflados”, aunque ella en ocasiones terminaba riñendo conmigo. Fuimos inseparables hasta la secundaria, cuando Dana se convirtió en la ‘princesita’ de papá y mamá y se unió al grupo de las ‘niñas lindas’ del colegio, de la amistad que hubo entre nosotras no existían ni rastros, al contrario, se volvió mi enemiga y junto con las otras presumidas, se encargó de llamarme, “la huérfana”; extrañamente no perdió contacto con Bryan, las veces que podía lo apartaba de mi lado para dejarme sin defensa ante sus amigas, montó un excelente teatro ante él, siempre fue la niña dulce y perfecta delante de Bryan. Pero ni eso le sirvió para robarme su cariño, yo estaría primero que ella para Bryan.
 
         Mi otro refugio era la iglesia, siempre estuve constante en las catequesis, hice mi confirmación y a partir de los dieciséis años, me encargué de preparar a los más pequeños de la iglesia para su comunión. La familia de Bryan era asidua a la vida católica, él prefería formar parte del coro y a los quince se convirtió en el coordinador. Dana, pues bien, ella para variar, entró al coro. Fui considerada la consentida del Padre William y en cualquier festejo, era la primera de los jóvenes que llamaba, él decía que yo era como mi abuela.
 
         Y quizás, mejor dicho, fue por Bryan, el padre William, la señora Mairead y el señor Brendan, que pude soportar el veneno de Dana y mi tía. Estaba muy agradecida con Dios por haberme dado aquellos ángeles, por no haberme dejado sola.
 
         Tenía yo diecisiete años y Bry casi dieciocho, en la iglesia celebrábamos la misa del 24 de diciembre, la Noche Buena, parecía que todo el cielo complotaba en derredor nuestro.
-        ¿Y qué tal? –me dijo Bryan en el patio de la iglesia al terminar la misa, su guitarra se apoyaba en el suelo.
-        Mmm… creo que… ¡Excelente! –contesté con una sonrisa-. Los villancicos que escogieron eran muy bonitos.
-        Gracias señorita Logan. Oye, ¿escuchaste cuando el Padre dijo de la misa de mañana?
-        No –claro que no, toda la misa no había apartado mi atención de él, se veía tan guapo con su pantalón de vestir negro y su camisa verde militar de mangas largas, además de su peinado a la moda… ¡no! era mi amigo, me repetí por centésima ocasión.
-        Chispas. Por cierto, luces… bueno… tú sabes… muy… bonita –él tartamudeaba y yo me ponía como tomate, hermoso par formábamos.
-        ¿Te gusta? –dije moldeando mi vestido lila-. Tu madre lo ha hecho.
-        Si, aunque no tanto como tú –le escuché decir entre dientes.
-        ¿Qué dices?
-        ¡Hace mucho frío! ¿Vendrás a la cena en mi casa?
-        Si, total mi tía hará su baile de Noche Buena, invitará a medio pueblo y pues me dio permiso, dice que como no soy nada sociable –ambos reímos-… Hasta me dio chance de quedarme en tu casa, gracias a que tu madre se lo pidió.
-        Ya ves, los milagros existen –y no pude evitar la carcajada-. Pero si es raro que no haya puesto un pero –lo era, bien sabíamos que mi tía no simpatizaba con la madre de Bryan, decía que era una oportunista y falsa, que se las daba de caritativa para quedar bien con todos en la iglesia, a mi parecer, era al revés.
-        Tú lo dijiste, los milagros existen –ambos volvimos a reír.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAP. 2
 
-        ¿Listos muchachos? –nos preguntó el Padre William que por detrás nos tomó de los hombros-. Tus padres ya nos esperan en casa –se dirigió a Bryan-, y sinceramente, mi estómago hace un ruido poco grato –dijo llevándose las manos al lugar indicado e hizo un gesto roba sonrisas.
-        ¡Listos! –contestamos a coro.
-        Padre William, necesitamos hablar con usted urgentemente –nos marchábamos cuando un grupo de personas se acercó a nosotros.
-        Bryan, Liy adelántense, llegaré un poco más tarde.
-        Claro Padre, dejaremos la camioneta para que Louis lo llevé.
-        ¿Y ustedes en que irán?
-        Pues en mi caballo, si a Liy no le molesta.
-        Para nada, el Malteadito me quiere mucho y no creo que me tire…
-        ¡¡Rayo!! –gritó Bry histérico.
-        Bueno pues, Rayo; aunque Malteadito me gusta más –dije para molestarlo mientras me alejaba.
-        Paciencia Bryan, ya la conoces, nunca pierde una discusión.
-        Nunca ha discutido conmigo.
 
         El camino a la Hacienda Mcfadden era largo, una hora a caballo, teníamos que atravesar unos enormes sembradíos. A pesar de que el trayecto era casi solitario, no había algún peligro.
-        ¡Qué hermoso! –suspiré al comenzar nuestro camino por el campo libre, al tiempo que veía el cielo cubierto de estrellas.
-        Gracias, ya sabía yo que era hermoso.
-        Presumido, yo estoy hablando del cielo.
-        Bueno, también –lo golpeé levemente en su cabeza por estar de engreído y payaso-. ¡Hey! –exclamó deteniendo el caballo-. Ese golpe me dolió, como se ve que no aguantas una broma.
-        No te pegué fuerte, ahora dile a Malteadito que avance o llegaremos tarde.
-        Se llama Rayo, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? Y para que aprendas, Rayo y yo no nos movemos de aquí hasta que le pidas disculpas y lo llames por su nombre -¿qué? Disculpas debería pedir él a Malteadito, me quejé.
-        No te das cuenta, Malteadito es el nombre que le gusta.
-        Sabes, que decida él. Bajemos y que nos diga que nombre prefiere.
-        Te ganaré.
-        No, yo te ganaré –me ayudó a bajar y como loquitos nos colocamos frente al hermoso caballo-. Haber chico, es hora de que escojas tu nombre, piénsalo muy bien porque es el que tendrás por el resto de tu vida, el que te representará ante la sociedad y…
-        Bryan, nos estás aburriendo. Vamos nene, ¿Rayo –el animal ni se inmutó-, ó Malteadito? –el relinchar gozoso me daba el triunfo-. Lo ves –me estaba burlando de Bryan-, te gané –sí lo sé, Malteadito no era un nombre muy adecuado para el animal, pero que importaba, a mí y a él nos gustaba.
-        ¡Es trampa! -¿por qué las personas nunca aprenden a perder?
-        Acéptalo, perdiste, perdiste –repetí burlona hasta acabar con la paciencia de Bry
-        ¿Ah sí? Pues entonces te mereces un regalo –yo puse mi mejor cara, me fascinaban los regalos- ¡¡Una ración triple de cosquillas!!
         El pobre Malteadito acabaría con mareo de tanto vernos correr alrededor de él, finalmente me di por vencida apoyándome en el cuerpo del caballo.
-        ¡Paz Bryan, paz! –pedí clemencia con el poco aliento que me quedaba.
-        Mmm déjame pensarlo –me respondió adoptando una pose muy seria-. ¡No! –exclamó con una enorme sonrisa y comenzando a hacerme reír con sus manos.
 
         Aún no comprendía porque a nuestra edad seguíamos con ese juego tan infantil, aunque realmente a mí me gustaba mucho.
-        ¡Ya, ya, ya! –gritaba entre carcajadas.
-        Está bien –se detuvo de pronto y lo que pasó después, fue el inicio de todo esto…
 
         Yo seguía entre el caballo y Bryan, ambos nos mirábamos fijamente como nunca antes lo habíamos hecho o al menos, como nunca antes nos habíamos dado cuenta. El silencio de la noche se mezclaba con los sonidos de la naturaleza, la luna nos iluminaba por completo, si había algún lunar o algún rasgo que yo no conociera del rostro de Bryan, en ese momento nada se ocultaría. Su mano llegó hasta mi quijada, acariciándola suavemente y entonces yo hice lo mismo con él; el viento soplaba meciendo mi cabellera suelta y jugando con los mechones de Bryan, siempre pensé que mi primer beso sería acompañado de te amos y te quiero, de miles de caricias, de una cita bien planeada y escenas de película… pero cambiaba todo eso, porque fuese ahí, en ese instante.
         El tiempo, el mundo, todo se detuvo mientras sus labios se iban acercando lentamente a los míos y sus manos temblorosas llegaban hasta mi cintura, de pronto, una calidez enorme inundó mi ser cuando al fin su boca se mezcló con la mía; nos reímos entre besos, nos reímos de nuestra inexperiencia, nos reímos de nuestra inocencia y nos reímos, sobre todo, de que nuestros sentimientos fuesen mutuos.
         Mi cabeza en su hombro y la suya en el mío, ahí, callados los dos, rememorando momentos, agradeciéndole a Dios…
-        Te amo –dijo encontrando nuestras miradas.
         Comencé a besar todo su rostro, a derramar lágrimas, a abrazarlo tan fuerte.
-        Muchas gracias Bryan, muchas gracias –él con dulzura tomó mi quijada.
-        ¿Por qué lloras? ¿Por qué me agradeces? –preguntó entre susto y preocupación y pude notar el brillo acuoso en sus ojos…
-        No te preocupes, te agradezco por ser la persona que me ha dicho esas hermosas palabras en diez años, no sabes cuan feliz me haces. También yo te amo, te amé todo el tiempo sin saberlo, te amo por todo lo que eres, por todo lo bueno que has sido conmigo…
-        No digas más, soy yo quien debe estar agradecido contigo por amarme tanto como yo lo hago, te amo.
 
         Después de otros besos y tantas palabras de amor retomamos nuestro camino.
-        Está bien, será nuestro secreto –sabíamos muy bien que sus padres no se opondrían, pero irían con mi tía a pedir su aprobación y ella diría que no, lo cual no nos importaba, el problema era que haría hasta lo imposible por alejarnos.
-        Yo también quisiera gritarle al mundo lo nuestro, pero es lo mejor por el momento. Será nuestro secreto –y no el único ni el primero, sería otro a nuestra cuenta, como la vez en que rompí el jarrón de colección de la tía o la ocasión en que Bryan chocó la camioneta, lamentablemente ese último fue descubierto por el señor Brendan quien no nos creyó nuestra historia del asesino en serie y el fantasma, y que además, había observado cuando Bryan chocó contra el poste.
-        Sí, tú secreto y mi secreto –íbamos a besarnos cuando Malteadito relinchó-, bueno, tuyo, mío y de Malteadito –reímos.
 
         La Hacienda Mcfadden era enorme, pero nunca perdía su apariencia acogedora y la calidez hogareña que la inundaba, me gustaba estar ahí, recordar como era mi casa cuando mis padres vivían, me gustaba estar con Mairead, contarle todo lo que se le cuenta a una madre; me encantaba dejarme consentir por el señor Brendan, que me tratara como a su hija. Realmente era agradable sentirse parte de esa familia… tener en ellos una verdadera familia.
         Esta sería una cena de navidad muy especial para mí, porque de nueva cuenta la pasaría en “familia”, aunque las circunstancias me hacían sentirme tonta.
-        Padre somos muy afortunados, no todo el tiempo se cena en compañía de dos hermosas mujeres –la cena transcurría entre las innumerables y gratas charlas de los Mcfadden y el Padre William, Bryan y yo, frente a frente, permanecíamos en silencio y mirándonos constantemente.
-        Así es hijo. La juventud de hoy, incomprensible –sentí como de súbito la conversación cambiaba de rumbo-, no hay misa en la que no sorprenda a los chicos conversando, como si no les alcanzara su tiempo libre; pero eso sí, cuando hay una reunión ni siquiera dicen ‘pío’, ¿o no Bryan? –sí, nuestro silencio era notorio, lo comprendí cuando el Padre William nos observó.
-        Eh… sí… ¿qué dijo Padre? -¡ay! Ahora venía el interrogatorio.
-        ¿Dónde estás hijo? –preguntó Mairead, y en mi mente pensé que estaba en el mismo lugar que yo… en la luna.
-        Aquí –los adultos lo miraron raro-, quiero decir, que… ¡madre, qué rico te quedó el pavo! –yo cerré los ojos con terror porque…
-        Hijo, hay una enorme diferencia entre el sabor del pavo y el de las langostas.
-        Ah… -¡Dios mío! Me tocaba mi turno, no me habían preguntado algo y ya temblaba.
-        ¿Tú sabes que le pasa a Bryan, hija? –la gran mentira que había formulado se vino abajo cuando Brendan me llamó ‘hija’.
-        Yo… bueno… realmente no sé… creo que debió ser… ¡sí!... eso…
-        ¿Alguno de ustedes dos me puede explicar? –Bryan y yo nos miramos para después sonrojarnos y volver nuestros ojos a la mesa.
-        Insisto, juventud incomprensible, seguramente alguna travesura hicieron, además ya los conocen, este par es demasiado raro.
 
         La cena terminó sin demás trabas y la noche siguió tranquila. En punto de las 12 hicimos todo el festejo religioso y después, cada uno obtuvo su regalo; Bryan y yo nos sentamos en el piso, junto al árbol de navidad, y como niños ansiosos  comenzamos a romper la envoltura de nuestros respectivos obsequios.
         Al siguiente día, muy temprano, regresé al pueblo acompañada del Padre William.
CAP. 3
 
         La familia Mcfadden pasó el resto de las fiestas dicembrinas en Dublín, con algunos parientes. A mí no me fue tan mal en aquella ocasión, mi tía se tomó unas vacaciones con los Anderson y mi tío no paraba en casa y cuando lo hacía conversábamos interminablemente; lo cual fue muy extraño al inicio, pero después fui sospechando el porque, hasta llegar al día en que descubrí una gran verdad.
 
-        Hizo bien, no lo imagino de doctor, tío.
-        Ni yo, aunque es una buena profesión. Liy –dijo tomando un aire de seriedad-, todos estos años con nosotros no han sido los mejores, te hemos excluido de esta familia, como si tenerte fuese una gran obra de caridad, cuando bien pagada tienes tu estancia aquí –sabía muy bien a que se refería con ello, a mi enorme herencia económica-. Sin embargo tú siempre has sido noble y obediente, quizá por eso me hiciste comprender todos mis errores. Me veo en la obligación moral y familiar de hacerte parte de esta situación que cambiará el rumbo de la familia –no entendí, o mejor dicho, quise pensar que todo era parte de mi imaginación.
-        No comprendo tío, ¿a qué se refiere?
-        Me divorciaré de tu tía –no pude disimular mi sorpresa, y no porque no me lo esperaba, sino porque jamás pensé que a mi tío le importara mi opinión al respecto-. No quiero culpar a tu tía de todos estos años de desdicha, sólo mi cobardía y yo somos responsables. Me voy, comenzaré una nueva vida con la mujer que siempre he amado y con mi hijo –no negaré que los ojos se me pusieron de plato, yo nunca supe de la existencia de tal niño-. Tu tía me obligó a aguardar ese secreto –dijo, seguramente por expresión de mi rostro-. Tiene tu edad y vive aquí, con su madre –completó.
 
         No pude juzgar a mi tío de querer separarse de mi tía, aunque parezca cruel, estaba de su lado. Hacía un par de años escuché, en unas de sus tantas discusiones, como mi tío le reprochaba el nunca haber querido tener hijos. Yo siempre pensé que eso era por problemas de salud o algo así, pero aquel día, oí de los labios de mi tía, la forma tan cruda de argumentar que nunca se embarazaría para no deforma su físico, además de que no estaba dispuesta a esclavizarse por un niño estorboso. Ese día comprendí, su falta de afecto para conmigo.
         Creo que culpé de mi tío de no haber tomado esa decisión antes, de haber desperdiciado su vida al lado de una mujer frívola y cruel, de haber vivido alejado de la mujer que era el amor de su vida y, sobre todo, de haberle negado a ese pequeño el derecho a tener un padre.
 
-        ¡Qué Dios lo bendiga! –fue lo único que le contesté mientras le regalaba una sonrisa y me ponía en pie.
-        Gracias –respondió tomando mis manos entre las suyas.
         Caminé hacia mi cuarto y desaparecí por el resto del día. Nunca me interesé por saber el nombre de aquel chico, ni nada sobre su origen.
 
 
- Días después -
-        ¿Ya la viste? En todo el día no se le ha despegado a Bryan y andan muy contentos
-        Para mí que ya son novios.
-        ¡Están locas! Le tiene tanto miedo a la tía que no la creo capaz, además, Bryan sólo puede ser para mí…
-        ¿Aún él sólo tenga ojos para la ‘huerfanita’? –miré a la hipócrita de Jessy, a veces, muy en el fondo, extrañaba a Liy y su amistad.
-        Tonterías las tuyas, y si fuese así, lo siento por ella, Bryan sólo puede ser mío –repetí
-        ¡Ay Dana! Tienes un montón de chavos tras de ti y un novio que te ama, olvídate de Bryan –Tina era la única de esas dos que pisaba la tierra, pero nunca lo acepté.
-        ¡Cómo sea! Bryan es mi porvenir seguro y ninguna huérfana me lo va a quitar.
 
 
-        ¡Lárgate! Pobre diablo, ahora me vienes que te vas con la mujer que amas… ¡mediocre! Anda, vete con esa…
-        Cállate Carol, no olvides quien es.
-        Una cualquiera, eso es. Ya me encargaré yo de que ese bastardo me las pague.
-        Cuidado con lo que haces, también yo puedo hacerte daño…
-        ¡No te atrevas a amenazarme!
-        Entonces no te metas con mi familia Carol, ya hiciste suficiente, bastantes secretos te he guardado…
-        Y más te vale seguir callado, o esa estúpida pagará las consecuencias. Y ni se les ocurra venir por algo a esta casa, es sólo mía. ¿Entiendes?!
-        No te preocupes Carol, tú dinero no nos interesa, ¿o debería decir el dinero de esa niña?
-        No me vengas ahora con melancolías…
 
         Discutieron por largo rato, yo la verdad no entendía, era como si mi tía estuviera enterada de todo; ese asunto acerca de los secretos me perturbó y pensaba porque mi tía había dicho “Ni se les ocurra venir por algo a esta casa”, lo gritó de una forma tan pluralizada que me afloraron tantas dudas. Apenas lograba salir de las sorpresas, cuando aquel grito horroroso salió de la boca de mi tía…
-        ¡¡Ella es una bastarda!! ¡Un odioso estorbo! ¡Un estorbo de toda mi vida!
 
-        Señorita Liy –Alexa me habló con baja voz y tan de sorpresa, que di un salto
-        ¡Alexa! –exclamé a un suspiro.
-        Vamos señorita, no es bueno que siga aquí –dijo metiéndome a la cocina.
 
- Más tarde -
-        Llévame un té al cuarto -mi tía llegó ordenando a gritos-, y tú, ven conmigo.
-        Si tía.
-        Cierra la puerta –dijo cuando entramos a su cuarto.
-        Dígame tía.
-        El bueno para nada de James se quiere divorciar de mí –fingía asombro-, por tanto, no tiene derecho a poner un pie en esta casa y tampoco te quiero cerca de él, es un pecador, un… -lanzó blasfemias entre palabras santas, observé como movía los labios tratando de poner la mente en blanco para no escuchar su obsceno discurso-… Escúchame bien –su mano oprimiendo mi brazo me volvió al momento-, te mato si le diriges la palabra.
 
         Ese día conocí el verdadero terror cuando vi sus amenazadores ojos clavándose en los míos, casi era ver el infierno mismo. En ese instante no supe porque le preocupaba tanto mi cercanía con el tío James.
-        E… entiendo…t… tía –me llevé la mano contraria a mi adolorido brazo en cuanto me soltó.
-        Sal –después caminó hacia la ventana, dándome la espalda y a prisa obedecí su orden.
 
-        ¿Le pasa algo señorita? –Alexa llegó con el té y dejó la bandeja en la mesita del pasillo para ver que ocurría conmigo.
-        Na… na… nada –logré al fin decir y corrí a mi cuarto, aún temblando me tiré sobre la cama, y así, temerosa, me quedé por horas…
 
         Por la noche tocaron a la puerta de mi recámara.
-        Adelante –era mi tía, esa sensación de miedo regresó.
-        Hija lo siento, Alexa no tuvo cuidado al lavarlo –dijo mostrando el velo que había pertenecido a mi madre y que solía usar-, ya la he regañado.
-        No… es el velo de mi mamá –cuando tuve aquellos dos trozos de tela a los que se veía reducido el velo, no pude evitar llorar, era la única herencia de mi madre.
-        Lo siento, ya compraremos otro –no quise verla, pero pude sentir su sonrisa de gusto-. Hasta mañana, hija –sus labios en mi frente me sabían a hipocresía pura, las dos sabíamos muy bien que la culpable no era Alexa…
 
 
-        Es imposible.
-        No creas, te digo, toda la semana la han pasado muy juntitos y se pierden por la escuela; están muy raros, y esas miraditas…
-        ¡Cállate Dana! –miré a Carol con enojo.
-        Recuerda que no soy la tonta de tu sobrinita, a mí no vengas con esos tonos.
-        Ya basta. Pero no creo, Liy sería incapaz de faltar a mis órdenes.
-        Pues yo no sé, es lo único que te digo. Te dejo, ya empieza la misa y tengo que ir con el coro.
-        Claro, nos vemos al rato.
 
 
-        Toma –a la entrada de la iglesia, Bryan me entregó un estuche de terciopelo beige.
-        ¿Qué es? –pregunté analizando el paquete.
-        Ábrelo –respondió con la mirada baja.
         Destapé la cajita y grande fue mi sorpresa. Extraje el contenido, era un velo de encaje de seda nacarada, que en sus cortes formaba pequeñas y hermosas flores de lis, y en el centro, entre olivos y vides, dibujaba una bella cruz. Era tan parecido al de mi madre.
-        ¿Cómo se me ve? –pregunté al probármelo.
-        Te queda bien.
-        Muchas gracias –dije estampándole un sonoro beso en la mejilla.
-        De nada –ambos sonreímos, quizá, olvidando por un instante el momento y el lugar.
 
 
-        ¿Me crees ahora? –me acerqué de nuevo a Carol y sonreí con gusto al ver su cara de coraje mientras observaba a Bryan y a la tonta de Liy parados a la entrada de la iglesia-. Es una desvergonzada, mira que portarse de esa forma aquí.
-        No me vengas con dramas Dana, tú y yo sabemos que no es eso lo que nos interesa.
-        ¿Nos interesa? Te interesará a ti, queridita, a mí me tiene sin cuidado la vida de Liy.
-        No finjas conmigo, en todo este pueblo no hay mejor partido que Bryan Mcfadden. Así que mejor has tu parte, sino quieres terminar casada con alguno de estos pueblerinos perdedores.
-        ¡Agr! –bufé y me di media vuelta con el enojo corriendo por mis venas.
 
         Sin importar todas las tretas y malas jugadas que Carol y yo planeábamos para separar a Liy de Bryan, ellos seguían juntos con el pasar de los días y tal pareciera que más enamorados que al principio. Pero ellos mismos nos abrirían la puerta que necesitábamos para separarlos.
         Los meses habían transcurrido, y las fiestas de cuaresma ya casi concluían en la iglesia. Liy seguía con su ángel brillando y yo la odiaba cada día más, envidiaba su buena fortuna y que tuviera al hombre que yo quería.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAP. 4
 
-        ¿Dónde has estado?
-        Buenas noches tía.
-        Pregunté que dónde has estado.
-        En la iglesia.
-        Pues habrá sido en la capilla Sextina, porque acabo de regresar de la iglesia del pueblo y no te he visto –no supe que contestar, ¿por qué las pocas veces que mentía terminaban descubriéndome?-. Has estado con ese muchachillo, ¿verdad? Mira Liy, no dejaré que andes poniendo en boca de medio pueblo el santo nombre de esta familia…
-        Tía no he hecho nada malo…
-        ¡Y todavía te atreves a contestarme! ¿Es así como agradeces todos estos años que te he dado? ¡Desconsiderada! Pero que más se podía esperar de la hija de una mujerzuela.
-        ¡¡Mi madre…!!
-        ¡Tu madre era una cualquiera! Ya va siendo hora que sepas la clase de mujer que era tu madre. Y escúchame bien jovencita, yo no voy a permitir que ensucies la memoria de mi pobre hermano con tus andanzas desvergonzadas con ese chico. Además, no voy a dejar que por tu culpa el compromiso entre Dana y Bryan se venga abajo…
-        Usted sabe que eso es una mentira, que Dana sólo lo ha dicho para molestarme.
-        Como sea. Hija entiende, es lo mejor, Dana es una niña hermosa y educada, sus padres poseen una gran fortuna, es la candidata perfecta para Bryan, el chico más adinerado de todo Sligo. Mírate nena, tú, huérfana, realmente no eres bella y si te comprometieras con él, todo el pueblo diría que eres una aprovechada, busca fortunas; te recuerdo que tu padre sólo te dejó deudas y pobreza.
-        Basta tía, ya entendí.
-        Nena no te enojes, lo hago por tu bien, para que en tu cabecita no se formen ideas vanas de cosas a las que tú no puedes aspirar –me tragué las lágrimas y el orgullo apretando los puños y los dientes.
 
         La misa de Jueves Santo transcurrió sin muchas nuevas, apenas crucé saludo con Bryan para regresar temprano a casa en compañía de mi tía, quien no me quitó la vista de encima en toda la misa; era como si me vigilara en busca de algo.
 
         El viernes me levantó más temprano de lo acostumbrado, exponiendo un sin fin de tareas que debían realizarse antes de ir al vía cruciz.
-        ¿No se ven lindos? –mi tía caminaba apoyándose de mi brazo y cuando se dio cuenta de mi insistente mirada hacía donde el coro estaba, no dudó en comenzar con su veneno.
-        Aja –Dana me miraba con burla, mientras se sujetaba más al brazo de Bryan.
 
 
         La miré con suma alegría, la muy tonta se estaba muriendo de los celos.
-        ¿Ya estás mejor Dana?
-        Todavía no, aún me duele el tobillo –le dije a Bryan, poniendo mi mejor cara de sufrimiento.
-        Está bien, continuemos –la miré mientras recargaba mi cabeza en el hombro de Bryan.
 
 
-        ¡Hola! –la iglesia estaba al tope, yo preferí escuchar misa desde fuera, ahí estaba yo, en pleno “perdón, oh Dios mío, perdón y clemencia…”, cuando Bryan me dio un rápido y disimulado beso en los labios.
-        ¿Qué haces aquí? Se supone que deberías estar con el coro –muchas veces escuché que los celos eran veneno puro, hoy lo estaba comprobando.
-        Ay mucho calor, con ese pretexto aproveché para escaparme un ratito y venir a saludarte; ¿pasa algo? Estás como molesta.
-        Pasa que –comencé por subir la voz, cosa que raras veces hacía-… lo siento –me disculpé con una señora que me miró.
-        ¿Por qué estás enojada? ¿Qué te hizo tu tía? –yo seguía callada, no sabía que decirle, no quería pelear con él, de hecho, nunca habíamos discutido-. Sea lo que sea, espero que sepas que cuentas conmigo y te amo mucho.
         Realmente era una tonta, no había motivos para mis celos.
-        Yo también te amo.
-        ¿Te podré ver más tarde?
-        No sé, conoces a mi tía…
-        Creo que ya es hora de decirle…
-        ¡No! Ella haría hasta lo imposible por alejarnos y entonces…
-        Calma –dijo secando una de mis lágrimas con su dedo-. Se hará como tú digas. Me tengo que ir, la misa aún no termina y hay que seguir cantando.
-        Entiendo –el acercamiento de Bryan me había dejado más contenta.
 
-        ¿A dónde vas? –después de la misa vinieron los rosarios ante la imagen que representaba el cuerpo muerto de Jesucristo, quise tomar un tiempo para ir con Bry mientras mi tía rezaba, pero ella me lo impidió.
-        A ningún lado, sólo que me cansé de estar hincada –me perdonara Dios todas las mentiras y excusas que giraban en su nombre.
 
 
-        ¡Padre, Padre William! –atravesé todo el patio parroquial en busca del sacerdote, caminé por detrás de su casa cuando escuché aquella conversación.
-        …la misa de hoy será larga.
-        Sí, el año pasado la misa de Sábado Santo duró hasta las tres de la madrugada con todo y la fiesta –eran ellos dos, la plática no era emocionante y ya seguía con mi camino, cuando…
-        ¿Y si nos escapamos? Nadie se dará cuenta y como los catecúmenos son los encargados de cantar en la misa, pues no haremos mucha falta –esto si que era noticia, le diría a Carol, los encontraría juntos y entonces ese noviazgo terminaría y yo tendría el camino libre.
-        Dana, ¿qué haces aquí? –disfrutaba de mi plan pero justo en ese momento apareció el Padre William.
-        ¡Ah! Me espantó Padre. Pues lo estaba buscando para decirle que ya terminé con el adorno del altar.
-        Perfecto. Ahora ven conmigo, falta mucho por hacer.
-        Sólo…
-        Sin excusas, te necesito ahora mismo, tengo algunas cosas que debemos llevar dentro de la iglesia, los otros chicos ya están ayudando –no pude averiguar a donde irían, pero que importaba, ya lo sabría después.
 
 
-        No sé si sea buena idea Bry, además, ¿a dónde iríamos? Casi todo el pueblo está en la iglesia a esas horas.
-        Ya buscaré un lugar para nosotros, pero por favor acepta. Toda esta semana hemos estado separados –la forma tan tierna en que tomaba mis manos y la manera dulce en que sus ojos me observaban me decía que su amor hacía mí era inmenso.
-        Está bien. Te veo en la misa, búscame para ponernos de acuerdo. Te quiero –eran curiosas las despedidas entre nosotros, un corto beso en los labios y salir corriendo peor que ardillas asustadas; hoy me rió de mi inocencia.
 
         “La noche de Resurrección”, o Sábado Santo, la iglesia estaba abarrotada de gente, la misa estaba por comenzar; el coro catecúmeno irrumpió el silencio que se acababa de formar con los primeros acordes de aquel cántico que aún resuena en mis oídos… “Caballo y caballero, caballo y caballero…”
-        ¿Qué ocurre?
-        El Padre William me llama –antes de su entrada al templo, un gesto de las manos del Padre me llamó-. Regreso luego –caminé por la alfombra roja que vestía el pasillo parroquial.
 
-        ¿Están listas todas las personas que leerán?
-        Si Padre.
-        Bien, eres tan parecida a tu abuela. ¡Dios te bendiga! –jamás entendí aquella actitud del Padre William, quizá lo hacía recordando que hoy cumplía un año más de fallecida mi abuela; pero en ese instante, un sentimiento inexplicable llenó mi ser- Cuídate mucho hija –debí haberlo hecho…
 
         Un tanto confusa me quedé estática por unos segundos…
-        Ven –susurró Bryan halando mi brazo hasta llevarme completamente fuera del templo.
-        Ya empieza la misa –repliqué.
-        ¡Ay no seas mala! Ahora es cuando podemos escaparnos, regresaremos en tres horas, la misa dura más.
-        Bien –acepté después de observar a mi tía, seguía tan entretenida en la misa.
 
         “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…” esas fueron las últimas palabras que escuché de boca del Padre William esa noche, mientras de un brinco montaba a Malteadito y Bryan golpeando levemente con sus zapatos, nos hacía emprender el camino.
-        ¿A dónde iremos?
-        A mi casa, no haremos nada malo –me contestó cuando lo miré con asombro.
-        Perfecto…
         A diferencia de otras ocasiones, Malteadito galopó tan rápido que en menos de cuarenta y cinco minutos, llegamos a la hacienda Mcfadden.
-        Ves, no tardaremos mucho.
-        Eso espero, no quiero problemas con mi tía.
-        Te amo –entramos a la casa, todo era oscuridad, Bryan encendió las velas de un candelabro, apenas veíamos nuestros rostros-. Eres tan hermosa.
 
         Sus manos fueron apoderándose de mi cintura y su boca fue adueñándose de la mía. Correspondí a ese beso, tan diferente a los otros, tan nuestro, cargado de pasión y falto de inocencia.
         Comencé a sentir una descarga en todo mi cuerpo, mis manos no temblaron más al rodear su cuello y mi piel no se erizaba ya ante sus caricias. Era como empezar a ser mujer y dejar de ser niña, era amar son límites, sin reglas, sin el “¿qué dirán?”. Era unir en una caricia mar y fuego.
-        Te amo, te amo y te amaré siempre –era infierno sabiendo a gloria, era deseo y amor; y cuando la pasión se respira en el ambiente, la moral se olvida muchas veces.
-        También yo te amo –le contesté, nos besamos, como si fuésemos expertos en el quehacer.
 
         El amor, el crecer tan rápido nos fueron moviendo poco a poco. ¿Era el demonio? ¿Algún ángel? Jamás me detuve a preguntar eso, jamás…
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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Mar, 27 de Dic, 2005 5:50 am

bryan_deutzy...
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Holas!! Muchas grax a todas por sus buenos deseos, yo tambien espero que la hayan pasado muuuuy bien este 24 y que Dios los colme de bendiciones hoy y siempre,...
Claudia Lizbeth Mart€...
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27 de Dic, 2005
2:00 pm
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