
Mi Sal y Mi Pimienta
CAP. 1
- ¡Levántate! Rápido… rápido… ¡Oh Dios! –aquella última frase de mi tía contrastaba con sus constantes y bruscos gritos, así como sus jalones a mi pequeño cuerpo.
Froté mis ojos y traté de acostumbrarlos aquella luz que recién se había hecho, mientras me desperezaba mi tía ponía uno de mis vestidos azules sobre mi cama y decía no sé que tantas cosas, a la vez que lloraba.
- Liy vístete, tus padres murieron –dijo de la forma más simple y saliendo del cuarto, ni siquiera me dirigió una mirada de compasión.
Yo me quedé ahí, sintiendo por primera vez en mi corta vida, un balde de agua fría cayendo por todo mi ser y comencé a llorar, a llorar, a llorar y a llorar sin hallar consuelo alguno. Ni un abrazo, ni una caricia hubieron en aquellos momentos para mí… la nueva huérfana del pueblo.
- ¡No te has cambiado niña! ¡Apúrate! ¿Piensas que tus padres estarán toda la noche en la morgue?
- Ya voy tío James.
Los funerales pasaron, ante las miradas de todo el pueblo sobre mí, pero nadie, a excepción de los Mcfadden, de Dana y del Padre William, me brindó un poco de apoyo en esos duros momentos.
Yo tenía ocho años cuando la tragedia ocurrió, vivía en Sligo, un pequeño pueblo de Irlanda, con mis padres. Mi única abuela había muerto hacía un año y mis tíos, bueno, no eran lo mejor para ser mi única familia. Mi padre, Patrick Logan, era un rico ganadero; mi madre, María Logan, un ama de casa ejemplar; esa noche viajaban a Dublín por unos asuntos del rancho de mi padre, un accidente automovilístico cambió mi vida. Mis tíos, Carol y James, se harían cargo de mí. Mi tía era una mujer hipócrita, decía seguir las costumbres religiosas de la familia, iba a misa, comulgaba, hacía bailes de caridad, pero ni bien ponía un pie fuera de la iglesia, su lengua se ejercitaba perfectamente criticando a medio pueblo; y de mi tío, resumiré su sucia existencia en decir que fue un
apostador y mujeriego.
Yo soy toda una mezcla de culturas, mi padre irlandés, mi madre mexicana; católica hasta los codos, mis padres se encargaron de convertirme en hija de Dios y de la iglesia apenas a los cuarenta días de nacida, un mes atrás de su muerte había hecho mi primera comunión, testigos fieles de aquellos eventos y de la boda religiosa de mis padres, eran los fotos que adornaban la pared de la sala de mi casa; mi físico era un acertijo para cualquier conocedor de razas, una niña de ojos azul cielo, piel clara con su toque moreno, cabello completamente rizado y negro, y unos finos labios rojos como las cerezas; para dar el toque final, mi nombre era de origen mam, la lengua de un pueblo ubicado en uno de los estados del sureste mexicano,
que en español significaba, María, mi madre lo escogió porque mi padre seguía necio en que yo llevara el nombre de mamá y como ella decía que era muy repetitivo, no tuvo más opción. Al principio eso del nombre era un enredo, mi madre me llamaba Liy y mi padre Mary.
Mi vida, mis abuelos maternos habían muerto hace ya mucho tiempo sólo los conocía por fotografías; mi abuelo paterno. se divorció de la abuela Erie cuando la tía Carol cumplió dos años, nada sabíamos de él; mis amigos eran Dana Anderson y Bryan Mcfadden, ambos de mi edad; Dana era la hija de una de las grandes amigas de mi tía, por ello nuestras familias se frecuentaban demasiado, aunque los padres de ella nunca agradaron a los míos; Bry era hijo de Mairead y Brendan Mcfadden, una familia de Dublín que llegó a este pueblito para olvidar la pérdida de su pequeña Susan; el Padre William, sacerdote del pueblo y amigo incondicional de la familia, era quien velaba que mi educación católica fuese la mejor, aparentaba ser un hombre de unos cincuenta años, tan cariñoso, tan bueno.
Así de sencilla era mi vida, pero muy feliz al lado de mis padres y abuela, hasta que ellos me dejaron, entonces conocí, la parte no tan dulce de la vida.
Mis tíos nunca pudieron tener hijos, a mí me llevaron a vivir a casa de ellos, anteriormente la casa de la abuela. De mi cuarto no me puedo quejar, al menos el cubrir las apariencias me valió para no ir directo al cuarto de servicio. Mi tía decía que yo era una niña sumamente mimada, así que desde el primer momento me trató con mano dura; me despertaba a las seis de la mañana para ir a misa, me asignaba tareas del hogar, como lavar mi ropa, servirle el té, lavar los trastes, barrer el enorme patio trasero y todos los quehaceres de mi habitación corrían por cuenta propia, sin importarle que hubiesen cinco trabajadores en la casa; de pilón, no podía salir en las tardes a jugar. Mi herencia la administró ella, fue así como mi ropa comenzó a escasear y se construyó otro
guardarropa para sus nuevos y lujosos vestidos. Por si fuese poco, constantemente soportaba los pleitos entre ella y su esposo y los regaños que me propinaba para desquitarse.
La escuela era mi mejor momento, Bryan siempre estaba ahí para cuidarme, desde aquella vez que nos conocimos en el jardín de niños, se esforzaba por mi seguridad, me invitaba golosinas, reíamos juntos y con Dana formábamos el trío de “los 3 chiflados”, aunque ella en ocasiones terminaba riñendo conmigo. Fuimos inseparables hasta la secundaria, cuando Dana se convirtió en la ‘princesita’ de papá y mamá y se unió al grupo de las ‘niñas lindas’ del colegio, de la amistad que hubo entre nosotras no existían ni rastros, al contrario, se volvió mi enemiga y junto con las otras presumidas, se encargó de llamarme, “la huérfana”; extrañamente no perdió contacto con Bryan, las veces que podía lo apartaba de mi lado para dejarme sin defensa ante sus amigas, montó un excelente teatro
ante él, siempre fue la niña dulce y perfecta delante de Bryan. Pero ni eso le sirvió para robarme su cariño, yo estaría primero que ella para Bryan.
Mi otro refugio era la iglesia, siempre estuve constante en las catequesis, hice mi confirmación y a partir de los dieciséis años, me encargué de preparar a los más pequeños de la iglesia para su comunión. La familia de Bryan era asidua a la vida católica, él prefería formar parte del coro y a los quince se convirtió en el coordinador. Dana, pues bien, ella para variar, entró al coro. Fui considerada la consentida del Padre William y en cualquier festejo, era la primera de los jóvenes que llamaba, él decía que yo era como mi abuela.
Y quizás, mejor dicho, fue por Bryan, el padre William, la señora Mairead y el señor Brendan, que pude soportar el veneno de Dana y mi tía. Estaba muy agradecida con Dios por haberme dado aquellos ángeles, por no haberme dejado sola.
Tenía yo diecisiete años y Bry casi dieciocho, en la iglesia celebrábamos la misa del 24 de diciembre, la Noche Buena, parecía que todo el cielo complotaba en derredor nuestro.
- ¿Y qué tal? –me dijo Bryan en el patio de la iglesia al terminar la misa, su guitarra se apoyaba en el suelo.
- Mmm… creo que… ¡Excelente! –contesté con una sonrisa-. Los villancicos que escogieron eran muy bonitos.
- Gracias señorita Logan. Oye, ¿escuchaste cuando el Padre dijo de la misa de mañana?
- No –claro que no, toda la misa no había apartado mi atención de él, se veía tan guapo con su pantalón de vestir negro y su camisa verde militar de mangas largas, además de su peinado a la moda… ¡no! era mi amigo, me repetí por centésima ocasión.
- Chispas. Por cierto, luces… bueno… tú sabes… muy… bonita –él tartamudeaba y yo me ponía como tomate, hermoso par formábamos.
- ¿Te gusta? –dije moldeando mi vestido lila-. Tu madre lo ha hecho.
- Si, aunque no tanto como tú –le escuché decir entre dientes.
- ¿Qué dices?
- ¡Hace mucho frío! ¿Vendrás a la cena en mi casa?
- Si, total mi tía hará su baile de Noche Buena, invitará a medio pueblo y pues me dio permiso, dice que como no soy nada sociable –ambos reímos-… Hasta me dio chance de quedarme en tu casa, gracias a que tu madre se lo pidió.
- Ya ves, los milagros existen –y no pude evitar la carcajada-. Pero si es raro que no haya puesto un pero –lo era, bien sabíamos que mi tía no simpatizaba con la madre de Bryan, decía que era una oportunista y falsa, que se las daba de caritativa para quedar bien con todos en la iglesia, a mi parecer, era al revés.
- Tú lo dijiste, los milagros existen –ambos volvimos a reír.
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