EN
“Atacaron como si
fuera una guerra”
Los indígenas tienen miedo de hablar, pero cuando lo hacen cuentan
que cuando el ejército atacó ellos estaban desarmando el piquete y que después
de la matanza, un helicóptero hizo varios viajes para recoger los cadáveres.
Por Carlos
Noriega/ Página 12
Desde Bagua
Para llegar a la comunidad aguaruna de Yamayaca, un poblado de 300
personas, hay que viajar tres horas en camioneta por una pista de tierra mal
afirmada que parte de la ciudad de Bagua y se interna en la selva y luego
cruzar el río Marañón, afluente del Amazonas, en una canoa o en un pequeño bote
de madera, llamado “peque peque” por el ruido que hace su lento
motor. Los aguarunas pertenecen a la familia étnica de los jíbaros. Su
territorio tiene
Después de muchas dudas, Bacilio accede a contarnos lo que vio
durante el cruento operativo policial para desalojar a los indígenas que
bloqueaban una carretera en las afueras de Bagua, en la zona llamada
A una hora de Yamayaca está la comunidad de Wawas. Mientras camina
entre las pequeñas casas de caña, madera y techo de hojas de palmera en las que
viven los 600 pobladores de Wawas, el apu (jefe) de la comunidad, Heriberto
Tiwijan, nos relata su historia sobre lo ocurrido en
Tiwijan nos lleva hasta la casa de uno de los heridos. Grimaniel
César, que tiene 26 años y un hijo, está echado sobre el piso de tierra de su
casa. Recibió un balazo en la pierna y no se puede parar. Apenas puede hablar
por el dolor. “La bala me cayó en la parte de arriba de la pierna. Me
entró por delante y salió por atrás. El dolor es muy fuerte. Siento que me
quema por dentro. No tengo ninguna medicina para tomar.” Grimaniel
respira profundo, hace un esfuerzo para aguantar el dolor, que se refleja con
intensidad en su rostro, y continúa: “Subí al cerro cuando nos comenzaron
a disparar desde ahí para pedir que no disparen. Los policías disparaban al
cuerpo, a matar. Nunca pensamos que eso podía pasar. Las balas volaban por
todos lados. Vi a diez hermanos caer muertos ahí en el cerro (el gobierno
asegura que en el cerro murieron tres nativos). Los heridos en el cerro eran
tantos que no se podían contar. Todos corrían para salvar su vida. Me impactó
una bala en la pierna y caí al suelo. Un amigo tuvo valor y me cargó hasta la
pista, donde había una ambulancia. Si la policía me encontraba herido seguro me
mataba”.
Sekut Díaz, una mujer aguaruna de 36 años, también estuvo en
Huyendo de
En su casa de un ambiente en Wawas, la joven viuda de Felipe Sabio
llora la muerte de su esposo con su pequeño hijo de pocos días de nacido en
brazos. Es el cuarto de sus hijos y nació el 11 de junio, seis días después de
que mataron a su padre. “Mis hijos se han quedado sin padre, sin nadie
que vea por ellos. Dicen que las esposas y los hijos de los policías muertos
están sufriendo y por eso el gobierno les va a dar una indemnización, pero a
nosotros no nos reconocen nada. También exigimos una indemnización... ¿o acaso
nosotros no estamos sufriendo, acaso mi esposo es un perro que ha muerto, acaso
nosotros no somos también seres humanos?”, reclama, con la voz
entrecortada y lágrimas de dolor, pero también de indignación y rabia por la
manera como mataron a su esposo, y por la forma como el gobierno le hace sentir
el olvido y marginación en que viven los pueblos indígenas.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-127705-2009-07-04.html
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