Imaynalla kashankis
| Quiropraxia inca |
| Iván Reyna es un quiropráctico que se reclama heredero de las técnicas incas en el oficio de enderezar columnas y articulaciones. Es algo así como un huesero del siglo XXI. Por Jorge Loayza. Fotos: Melissa Merino.
Sus dedos regordetes como ollucos han recogido los conocimientos de primera mano de hueseros, ajustadores y arregladores de diferentes pueblos. Iván Reyna nació y creció en Santiago de Chuco, donde vio desde pequeño cómo su abuelo solucionaba luxaciones y fracturas. Hecho a mano De joven ingresó a la Universidad Villarreal para estudiar Medicina Humana, pero la crisis económica lo mandó a Estados Unidos y solo regresó dieciocho años después para concluir su carrera. Allí estudió medicina natural y también se dio cuenta de que la quiropraxia se estudiaba en instituciones especializadas. Cuando la empezó a conocer supo que muchas cosas las había aprendido en
nuestra serranía. Luego de recorrer los Andes, hace cinco años Iván Reyna colgó su letrero: quiropraxia inca. El objetivo era diferenciar su trabajo del realizado por los quiroprácticos estadounidenses y que la cultura popular ha bautizado como hueseros gringos. "La principal diferencia es que mientras la quiropraxia norteamericana corrige una escoliosis en varias sesiones, la inca generalmente lo logra en una", aclara. "Hay otras diferencias", dice. Su tratamiento no es traumático y lo primero que logra es enderezar la columna para seguir con otras correcciones. Aclara que es inca porque usa una lliclla (manto inca), un chiqanchay (corrector de vértebras) y un desinflamante de yerbas nativas. Reyna compara el cuerpo humano con los carros: así como estos tienen problemas con la dirección, la
mayoría de personas sufre de la columna vertebral aunque no se den cuenta. "Cuando una vértebra está fuera de sitio impide la buena circulación del órgano adonde se dirige el nervio".
En su
consultorio de Huachipa, hay cuatro ambientes precariamente divididos y dos asistentes, una de ellas su esposa. Ante la falta de un voluntario para demostrar su método, me dice que lo hará en mi propia columna vertebral. La terapia del inca Con el torso descubierto y echado sobre una camilla, lo primero que hace Iván Reyna es pasar su mano por la columna. Al minuto dice que está doblada hacia la izquierda y los huesos sobresalidos. "Tienes escoliosis. Además hay gran contracción muscular por la tensión", precisa. Luego, su asistente esparce la crema de hierbas desinflamantes y cubre mi espalda con su colorida manta. Lo que sigue son unos
movimientos de "ajuste" como si cada vértebra fuese una pieza de Lego mal encajada. A los pocos minutos, la reportera gráfica que me acompaña comprueba que, en verdad, mi columna ha perdido una curva que la hacía parecer un tramo de la vía expresa de Javier Prado. Los sonidos de "conejos" no son extraños. Por momentos, los brazos del quiropráctico "inca" actúan como una llave de mecánico automotriz. Con el chiqanchay –o almohadilla– perfecciona la rectitud de la columna y amasa la espalda con manos de panificador. En la parte final, ajusta la cervical torciendo mi cabeza en un movimiento similar al que se hace con una llave para quitar las tuercas de una llanta. Tal vez mi caso no fue el más grave. El especialista me invitó a ver el de un paciente de otra camilla. "Toca, esto se llama pico de loro", me dijo. Cierto, cuando palpé la parte superior de su
columna sentí una protuberancia similar al pico de un ave. Luego de un par de movimientos, el grotesco bulto desapareció.
Lo raro sucedió cuando nos retirábamos. Encontramos de casualidad a la señora Luisa Sotelo luego de someterse a veinte minutos de terapia. Durante la conversación nos dijo que su papá, Emiberto Sotelo, con 77 años, también había probado las virtudes de esta singular técnica. La diferencia era que don Emiberto había sido víctima de una hemiplejia y en ningún hospital lo pudieron curar. Cuando llegó aquí fue sometido a baños de hierbas, una terapia de reflexología para disolver sustancias minerales acumuladas en ciertas partes y finalmente echarse sobre una camilla en la que Iván Reyna le
corrigió ciertas contracturas en la columna vertebral. Y, cierto, vimos cómo don Emiberto caminaba, aunque lo hiciera como esos niños que recién aprenden a dar sus primeros pasos.¿Huesero o quiropráctico?El director general del Centro Nacional de Salud Intercultural (Centsi), Oswaldo Salaverry, sostiene que se debe separar la labor del típico "huesero" andino de la de una persona que practica una "quiropraxia inca". "El caso de este doctor (Iván Reyna) es muy singular porque el huesero no llega a hacer cosas que ejecuta un quiropráctico. Además, la quiropraxia tiene diversos grados de aceptación y no garantiza una efectividad total en los casos óseo- musculares", sostiene el médico. Asimismo, manifiesta que un quiropráctico debe ser una persona capacitada en una escuela del extranjero, pues en nuestro país no se enseña esa técnica. Además, manifestó que, de
acuerdo a nuestra Ley General de Salud, todo el que brinde un servicio médico debe ser un profesional de la salud. "Esas personas (los quiroprácticos) están en el limbo. Es cierto que una persona tiene la libertad de atenderse donde mejor crea conveniente, pero debe tener cuidado porque esa técnica alternativa le puede causar daño", advierte.
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