EL ¨MOVIMIENTO INDÍGENA¨ Y LAS CUESTIONES PENDIENTES EN AMERICA LATINA[1]
No es poca la letra gastada, dentro y fuera de América Latina, sobre el así llamado ¨movimiento indígena¨, en especial después de la insurgencia de Chiapas en enero de 1994 y, recientemente, en atención a los sucesos políticos de Bolivia y de Ecuador. Eso probablemente expresa, ante todo, un preocupado reconocimiento del impacto político inmediato de las acciones de los ¨indígenas¨, de los conflictos que tales acciones desencadenan y que amenazan desencadenar en el resto de la población, poniendo en riesgo, en cada vez mayor número de países, la estabilidad de los actuales regímenes autodefinidos como democráticos y la ¨gobernabilidad¨ de una población cada vez más descontenta porque sus necesidades son cada vez menos satisfechas, y que está aprendiendo a organizarse con modos nuevos y a plantear demandas inesperadas, obviamente, para sus dominadores. Sin embargo, quizá la mayor parte de la literatura se refiere al tema de la identidad, aunque más bien como una demostración de la infinitud del discurso sobre la cultura, la multiculturalidad, la hibridez cultural, etc, en fin, de la siempre creciente familia de términos que envuelven la cuestión de la identidad para mantenerla lejos de la cuestión del poder. En cambio, son aún delgadas e incipientes otras líneas de reflexión sobre implicaciones más complejas y de más largo plazo de las acciones de los actuales ¨indígenas¨ latinoamericanos, en particular respecto de las condiciones de otras formas de control del trabajo y de la autoridad colectiva, en la trayectoria de, hacia, otras formas de existencia social.
Aquí lo que me propongo, principalmente, es abrir dos de las cuestiones que respecto del ¨movimiento indígena¨ no son aún suficientemente discutidas, pero que a mi juicio son, podrían ser, las de más decisiva reverberación sobre la próxima historia latinoamericana: su relación con el estado-nación y con la democracia dentro del actual patrón de poder.
NOTA SOBRE LO ¨INDIGENA¨ Y
LA COLONIALIDAD DEL PODER
Para ese propósito es indispensable abrir de nuevo la cuestión de lo ¨indígena¨ en América Latina. Pero en esta ocasión, en un espacio limitado, me restringiré a plantear las propuestas más significativas para su indagación y debate.
En primer término, es necesario reconocer que tanto los que hoy se autoidentifican como ¨indígenas¨ en vez de ¨indios, como aquellos otros que admiten ahora identificarlos como ¨indígenas¨, ¨nativos¨, ¨aborígenes¨ u ¨originarios¨, son exactamente lo mismo, si se trata del lugar de su nacimiento o, incluso para una inmensa mayoría, si se trata de la antigüedad¨ - de lo ¨aborígen¨, pues - parcial o total, de su linaje familiar. Esto es, desde esa perspectiva todos y cada uno de cualquiera de ambos lados caben, exactamente, bajo los mismos calificativos identificatorios. En cambio, los unos y los otros no son lo mismo, de ninguna manera, si se trata de su relación con los ¨blancos¨ y con lo ¨europeo¨ [2]
Y esa es, precisamente, la cuestión: cualquiera de tales ¨categorías”, en América, en especial en América Latina, sólo tienen sentido en referencia al patrón de poder que se origina en la experiencia colonial y que desde entonces no ha dejado de reproducirse y desarrollarse manteniendo sus mismos fundamentos de origen y de carácter colonial. En otros términos, se trata de un patrón de poder que no deja, no puede dejar, su colonialidad.
LA COLONIALIDAD DEL ACTUAL PATRON DE PODER
Para lo que aquí específicamente interesa, los principales productos de la experiencia colonial son:
1) La “racialización” de las relaciones entre colonizadores y colonizados. En adelante, “raza”, un constructo mental moderno, sin nada que ver con nada en la previa realidad, generado para naturalizar las relaciones sociales de dominación producidas por la conquista, se constituye en la piedra basal del nuevo sistema de dominación, ya que las formas de dominación precedentes, como entre sexos y edades, son redefinidos en torno de la hegemonía de “raza¨ [3]. Los originarios términos extremos de ese nuevo sistema de dominación son, de un lado, los ¨indios¨, término colonial en el cual son embutidas las numerosas identidades históricas que habitaban este continente antes de la conquista ibérica y, del otro, los colonizadores, que desde el siglo XVIII se autoidentificarán, respecto de los “indios”, “negros”y “mestizos”, como ¨blancos¨ y ¨europeos¨.
2) La configuración de un nuevo sistema de explotación que articula en una única estructura conjunta a todas las formas históricas de control del trabajo o explotación (esclavitud, servidumbre, pequeña producción mercantil simple, reciprocidad, capital), para la producción de mercaderías para el mercado mundial, en torno de la hegemonía del capital, lo que otorga al conjunto del nuevo sistema de explotación su carácter capitalista.
3) El eurocentrismo como el nuevo modo de producción y de control de sujetividad - imaginario, conocimiento, memoria - y ante todo del conocimiento. Expresa la nueva subjetividad, las relaciones intersubjetivas, que se procesan en el nuevo patrón de poder. Es decir, los nuevos intereses sociales y las nuevas necesidades sociales que se generan y se desarrollan dentro de la experiencia de la colonialidad del poder, en especial de las relaciones entre el nuevo sistema de dominación social ordenado en torno de la idea de ¨raza¨ y el nuevo sistema de explotación capitalista. Ese es el contexto que modula la novedad de la experiencia del tiempo nuevo, de radicales cambios histórico-sociales, de nuevas relaciones con el tiempo y con el espacio, el desplazamiento del pasado por el futuro como la nueva edad dorada de realización de los anhelos de la especie. En suma, el proceso que será nombrado pronto como modernidad. El eurocentramiento del control del nuevo patrón de poder implicó que la elaboración intelectual sistemática del modo de producción y de control del conocimiento tuviera lugar, precisamente, en
la Europa Occidental que se va constituyendo en el mismo tiempo y en el mismo movimiento histórico. Y la expansión mundial del colonialismo europeo lleva también a la hegemonía mundial del eurocentrismo.
4) Finalmente, el establecimiento de un sistema nuevo de control de la autoridad colectiva, en torno de la hegemonía del Estado - Estado-Nación después del siglo XVIII - y de un sistema de Estados, de cuya generación y control son excluídas las poblaciones ¨racialmente¨ clasificadas como ¨inferiores¨. En otros términos, se trata de un sistema privado de control de la autoridad colectiva, en tanto que exclusivo atributo de los colonizadores, ergo ¨europeos¨o ¨blancos [4].
Ese patrón de poder, que comenzó a ser constituído hace cinco siglos, es mundialmente hegemóníco desde el siglo XVIII. Si bien las luchas anticolonialistas han logrado desconcentrar relativamente el control del poder, arrebatando a los colonizadores el control local de la autoridad colectiva y en gran parte del mundo ésta incluso se ha hecho formalmente pública, admitiendo la participación, en general pro-forma, de los miembros de las “razas inferirores”, el control central y mundial no ha dejado de ser eurocentrado. Más aún, está en curso un proceso de reconcentración del control mundial o global de dicha autoridad, en beneficio de los europeos [5]. Y en una buena parte del mundo actual excolonial, principalmente en América y Oceanía, los ¨blancos¨ y lo ¨europeo¨ han logrado mantener el control local del poder en cada una de sus dimensiones básicas. En América, por eso, las cuestiones referidas al debate de lo ¨indígena¨ no pueden ser indagadas, ni debatidas, sino en relación a la colonialidad del patrón de poder que nos habita, y desde esa perspectiva, pues fuera de ella no tendrìan sentido. Es decir, la cuestión de lo ¨indígena¨ en América y en particular en América Latina, es una cuestión de la colonialidad del patrón de poder vigente, al mismo título que las categorías ¨indio¨, ¨negro¨, ¨mestizo¨, ¨blanco¨.
En consecuencia, no es complicado entender que en todos los contextos donde el control inmediato del poder local no lo tienen los ¨blancos¨, ni lo ¨europeo¨, el término ¨indígena¨ no tiene la misma significación, ergo tampoco las mismas implicaciones. Así, en el Sudeste de Asia, en India, Indonesia, Filipinas, en los países situados en la antigua Indochina, quienes son identificados como ¨indígenas¨ y han terminado aceptando tal identificación, así como quienes los identifican de ese modo, no mientan para nada ninguna referencia con lo ¨europeo¨, con lo ¨blanco¨, en suma con el colonialismo europeo. Allá los grupos o poblaciones ¨indígenas¨ son aquellos que habitan las zonas más aisladas, más pobres, por lo general en la floresta o en la tundra, cuyos principales recursos de vida, a veces los únicos, son el bosque, la tierra, los ríos, y sus respectivos habitantes, vegetales o animales. Tales poblaciones son oprimidas, discriminadas, despojadas de sus recursos, sobre todo ahora en tiempos de la ¨globalización¨, por los otros grupos no ¨blancos¨, ni ¨europeos¨ (por lo mismo, tan ¨nativos¨, ¨aborígenes¨ u ¨originarios¨ como los otros) que en esos países tienen hoy el control inmediato del poder, aunque sin duda asociados a la burguesía ¨global¨ cuya hegemonía corresponde a los ¨europeos¨ y ¨blancos¨. En países como India, la clasificación de la población en términos de castas, agrava esa situación de los adivasi (¨indígenas¨), los vincula y equipara a los dalit (¨intocables¨), al imponerles un secular sistema institucionalizado de discriminación y de opresión [6]. Y bajo el renovado dominio de los brahmines y su fundamentalismo ¨comunalista¨, esa situación es hoy aún peor y más violenta. Las demandas de los ¨indígenas¨ del Sudeste asiático son, pues, en todo lo fundamental, diferentes que los de sus homónimos latinoamericanos. Sus movimientos de resistencia son cada vez más amplios y organizados y los conflictos regionales que ya producen irán en la misma dirección. La actual virulencia del chauvinismo fundamentalista del ¨comunalismo¨ es una de sus claras señales [7].
LA COLONIALIDAD DEL PODER YLA CUESTION NACIONAL EN AMERICA.
Con la derrota del colonialismo británico primero, e ibérico después, en América se instala una paradoja histórica específica: estados independientes articulados a sociedades coloniales.
Ciertamente en el caso de Estados Unidos, la nacionalidad del nuevo estado correspondió a la de la mayoría de la población del nuevo país, que no obstante su origen y filiación ¨europea¨ y ¨blanca¨, con su victoria anticolonial se otorga una nueva nacionalidad. La población ¨negra¨, inicialmente la única sometida a la colonialidad del nuevo poder dentro de las sociedades coloniales britano-americanas, e impedida de tener parte alguna en la generación y control del nuevo estado, era minoritaria a pesar de su importancia económica, como lo será pronto la población ¨india¨ que sobrevivió a su cuasi exterminio, a la conquista de sus tierras y a su colonización con posterioridad a la constitución del nuevo país, de la nueva nación y de su nuevo estado.
En el caso de los países que se constituyen en
la América que se desprende del colonialismo ibérico, sea en el área española o más tarde en la portuguesa, el proceso es radicalmente diferente: los que logran asumir finalmente el control del proceso estatal forman, de un lado, una reducida minoría de origen ¨europeo¨ o ¨blanco¨, frente a la abrumadora mayoría de ¨indios¨, de ¨negros¨ y de sus correspondientes ¨mestizos¨. De otro lado, los ¨indios¨ eran siervos en su mayoría y los ¨negros¨, salvo en el Haití resultante de la primera gran revolución social y nacional americana del período de la modernidad, eran esclavos. Esto es, esas poblaciones no sólo estaban legal y socialmente impedidas de tomar alguna participación en la generación y en la gestión del proceso estatal, en su condición de siervos y de esclavos, sino que además no habían dejado de ser poblaciones colonizadas en tanto ¨indios¨¨, ¨negros¨ y ¨mestizos¨ y, en consecuencia, tampoco tenían opción alguna de participar en el proceso estatal. La sociedad continuó organizada, largamente, según el patrón de poder producido bajo el colonialismo. Era, pues, seguía siendo, una sociedad colonial, en los mismos tiempo y movimiento histórico en que se independizaba, se formaba y se definía el nuevo estado. Ese nuevo Estado era independiente del poder colonial, pero, simultáneamente, en su carácter de centro de control del poder, era una ceñida expresión de la colonialidad del poder en la sociedad.
¿De cuál ¨nación¨ eran los nuevos estados que se constituían? ¿De los ¨europeos¨ o ¨blancos¨ que se llamaban ahora ¨mexicanos¨, ¨peruanos¨o ¨brasileños¨, esto es que también se otorgaban una nueva identidad nacional? Pero estos eran una minoría realmente muy pequeña en todas partes, aunque relativamente no tanto en Chile, donde la mayoría de la población ¨india¨ no habia sido colonizada y ocupaba todo el territorio al Sur del Bío-Bío y resistió aún por otro siglo antes de ser cuasi exterminada y colonizada, como lo había sido más temprano en Argentina y en Uruguay, bajo otras condiciones y con otros resultados. Por el contrario, la nacionalidad de dichos estados no tenía nada que ver con las poblaciones colonizadas de ¨indios¨, ¨negros¨ y ¨mestizos¨. No obstante, éstas eran la abrumadora mayoría de quienes quedaban encuadradas dentro de las fronteras de los nuevos estados. La nacionalidad de los nuevos estados no representaba a las identidades de la abrumadora mayoría de la población sometida a los nuevos estados. En rigor, originalmente les era contraria.
Esa peculiar situación de la nueva sociedad ex – colonial no quedó del todo oculta para una parte de los nuevos dueños del poder. Inmediatamente después de la consolidación de la victoria anticolonial, al promediar la segunda década del Siglo XIX, en el área hispana ya está en debate la cuestión del carácter del Estado y los problemas de ciudadanía. Para los liberales, en particular, eran demasiado visibles, por inmensas, las distancias entre sus modelos políticos. entonces procedentes sobre todo del discurso de la revolución liberal en Europa Occidental, y las condiciones concretas de su implantación en esta América. Y la población ¨india¨ será percibida pronto como un problema para la implantación del moderno estado-nación, para la modernización de la sociedad, de la cultura. Así, en el debate político latinoamericano se instala, desde la partida, lo que se denominó por casi dos siglos el ¨problema indígena¨. Se podría decir, en verdad, que tal ¨problema indígena¨ es coetáneo con la fundación de las repúblicas ibero-americanas.
¿Porqué eran los ¨indios¨ un problema en el debate sobre la implantación del moderno estado-nación en esas nuevas repúblicas ?. Fuera de la colonialidad del poder en las nuevas repúblicas, semejante problema no tendría sentido. En cambio, desde esa perspectiva, los ¨indios¨ no eran solamente siervos, como eran esclavos los ¨negros¨. Eran, primero que nada, ¨razas inferiores¨. Y la idea de ¨raza¨ había sido impuesta no solamente como parte de la materialidad de las relaciones sociales – como era el caso de la esclavitud o de la servidumbre, lo que, en consecuencia, puede cambiar – sino como parte de la materialidad de las propias gentes, como era, precisamente, el caso con los ¨indios¨, con los ¨negros¨, con los ¨blancos¨. Y en este nivel, por lo tanto, no habían cambios posibles. Y éste era, exactamente, el ¨problema indígena¨ : no era suficiente quitar a los ¨indios¨ el peso de las formas no salariales de división del trabajo, como la servidumbre, para hacerlos iguales a los demás, como había sido posible en Europa en el curso de las revoluciones liberales. O las marcas del colonialismo tradicional, como el ¨tributo indígena¨, para descolonizar las relaciones de dominación, como había ocurrido al ser derrotadas o desintegrados los colonialismos anteriores. Y, encima, los sectores hegemónicos dentro de la fauna dominante se oponian con todas sus fuerzas a la eliminación del tributo, pero sobre todo de la servidumbre. ¿ Quién trabajaría entonces para los dueños del poder ?. Y era, precisamente, el argumento ¨racial¨ el instrumento, explìcito o sobrentendido, para la defensa de los intereses sociales de los dominadores.
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