BOLIVIA: CRÓNICA DE UNA INSURRECCIÓN SEÑORIAL
Por Rafael Bautista S.
Una oligarquía que ve seriamente resentida su hegemonía, acude
primeramente a recomponer esta de modo discursivo; es decir,
retóricamente busca recomponer su hegemonía cooptando a su favor una
situación revolucionaria. Subsumiendo el discurso revolucionario
(que cuestiona explícitamente la dominación y la injusticia) subsume
toda crítica y la instrumentaliza para perfeccionar de mejor modo su
dominación. Cuando el discurso revolucionario queda atrapado en los
esquemas conservadores entonces asistimos a una recomposición de la
hegemonía dominante. La nueva situación y las nuevas perspectivas se
diluyen en la aceptación inevitable de lo establecido; toda
esperanza queda aplazada y las utopías son denunciadas desde el
realismo cínico del beneficiario de la dominación. Por eso las
oligarquías salen siempre de sus crisis robando a los oprimidos sus
banderas de lucha y apareciendo después como sus redentores. La
lógica de la inversión es la lógica que adopta el que transforma la
liberación en justificación de la dominación; así se subsume lo
nuevo que aparece y se lo domestica bajo los esquemas establecidos:
nadie derrama vino nuevo en odres viejos, pero un discurso de
dominación siempre hace eso. Pertinente a este discurso actúa
también una política que instrumentaliza toda rebelión, de modo que
todos sus propósitos se diluyen en una simple "resolución de
conflictos" (donde la justicia y el hambre son asunto de
beneficencia, no de ciencia). La performatividad del sistema es la
que opera en toda esta suerte de praxis política instrumental y así
el sistema se sigue recomponiendo por la "domesticación" de la
crítica y la rebelión.
Así opera una oligarquía cuando tiene capacidad, no sólo de
retórica, sino de argumentación; la subsunsión es posible si las
argucias intelectuales todavía funcionan, si pueden todavía
aglutinar en torno a ella misma (y a sus valores) al conjunto de la
nación que dice representar. Porque la oligarquía pretende siempre
fundar todo proceso de liberación bajo su perspectiva histórica; de
ese modo, todo proceso de liberación lo subsume como producto de su
propia emancipación. Por eso la oligarquía boliviana trató
infructuosamente de cooptar la Constituyente como fruto de su
emancipación criollo-racista-eurocéntrica y derivar las
transformaciones de sus estructuras políticas y jurídicas en la
conservación de su legalidad y su sistema institucional. Como
procedió el MNR, derivando la revolución del 52 en un nuevo y más
refinado sometimiento; desde entonces nuestra dependencia se hizo
tácita y siempre tuvimos que golpear las puertas de la embajada
gringa para pedirles permiso si podíamos tener algo de lo nuestro
(hace poco el embajador Goldberg tuvo que retractarse ante el
gobierno boliviano, cosa inédita en nuestra historia, lo que
demuestra que las cosas sí están cambiando, y en serio).
Pero cuando la oligarquía pierde la capacidad de cooptación, es
cuando opta por desenmascarar lo que en realidad es: fascismo.
Porque una hegemonía ficticia (la estatua de bronce con pies de
barro) tiene siempre como último recurso la violencia, que demuestra
la imposición nunca legítima de su presencia. Eso es lo que aparece
en Santa Cruz y Sucre. Aunque la ceguera es evidente en la sedición
camba, en Sucre sucede todavía una suerte de aglutinación simbólica,
donde el provincianismo de plazuela acude, de modo ignaro, a cruces
inquisitoriales y "cédulas reales", para justificar pretensiones de
nuevo rico. Esa asunción simbólica muestra el pasado que reclaman y
la clase de ley que prescribe su inconsciente: es la ilusión
monárquica que pide la devolución de sus títulos, la santificación
de sus fracasos históricos y la regresión de toda aspiración
nacional-popular a sus propias aspiraciones mezquinas de balcón y
apellido rimbombante. Por eso el nuevo rico que aparece en el
espectro político adopta los símbolos monárquicos realistas del
dominio español que sufrimos, porque su afán es también dominar y
por eso adopta el pasado del dominador para reivindicar sus afanes
provincianos. Por eso vuelve, de modo retrógrado, a las cruces
potentadas de la inquisición (aquellas que perseguían en el Nuevo
Mundo a marranos, conversos, indios y todos los "herejes" que
perseguía la cristiandad española, limpiando la "pureza de sangre"
que reclamaba el primer racismo mundial, el que se produjo en el
primer imperio moderno: el cristiano español).
El nuevo rico que aparece abraza el neoliberalismo como forma de
vida y hace de su moral el credo que justifica acabar con todo y con
todos. Es un individuo de-formado en el egoísmo, presentado como
interés privado, que establece su derecho como el único posible; mal-
educado en la acumulación y la ganancia extraordinaria, no sabe otra
forma de perder sino haciendo perder a todos, es decir, si él pierde
algo los demás deben de perder todo. Esa es una moral propia de la
mafia: destruir todo, que no quede piedra sobre piedra. Por eso opta
por la desintegración y la desaparición del país, y para eso se
apoya en intereses extranjeros (como siempre se apoya aquel que no
tiene respaldo interno): clama por la intervención extranjera, que
es, en definitiva, la que sostiene una hegemonía construida a partir
del visto bueno del imperio y el capital transnacional. Por eso este
nuevo rico jamás podrá constituirse como burguesía (aunque pretenda,
su dependencia es la que hace imposible este proyecto), porque no es
ni siquiera consciente de lo que eso significa; adoctrinado en la
dependencia sistemática, estima como lo único conveniente para sus
propósitos, servir del mejor modo posible al capital transnacional,
no sabiendo que eso mismo significa el no desarrollo de su propia
independencia. Por eso vive pendiente de lo que se le ofrezca al
capital extranjero, para brindarle todo lo que contenga esta tierra,
como sucede con los madereros del oriente (entre ellos el dueño de
la red UNITEL), que no les preocupa deforestar inmensas extensiones
de tierra boliviana, mientras sigan cumpliendo la demanda de carbón
vegetal que reclaman empresas, como la EBX del Brasil. Este nuevo
rico no tiene ninguna proyección nacional, porque sus mezquinas
pretensiones no conciben algo que no sea su propio beneficio; por
eso se atrincheran ahora, de algún modo, defendiendo los espacios
que se asignaron ellos mismos en una disgregación político-
administrativa de este país, sobre todo prefecturas.
Desde esa descomposición, preparada en los gobiernos del Goni y su
pupilo Mesa, operada por los actuales prefectos de la "media luna",
atentan a la integridad nacional y preparan la destrucción de un
país que ya no es más su hacienda (por eso amenazan con declarar su
independencia, es decir, la autonomía de facto). Esta mentalidad es
la que pervivió en la idiosincrasia de quienes gobernaron este país,
por eso Víctor Paz decía que Bolivia se nos muere, cuando el
moribundo era él y su proyecto. El país moría para ellos porque se
les escapaba de las manos, y el remedio (que ni siquiera imaginaban
ellos, sino sus asesores gringos) era prometer todo de nuevo para
seguir robando siempre; su dependencia les imposibilitaba imaginar
otra suerte para este país que no sea abrirle las puertas al capital
transnacional, ya que nunca fueron actores reales y siempre
persiguieron la subordinación como forma de vida. Deslumbrados por
el mito de la conquista, nunca se propusieron el esfuerzo como
mediación para conseguir sus ambiciones, de modo que todo consistió
en extender la mano afuera. Su quimera siempre consistió en el mito
del excedente sin el menor esfuerzo, en esperar que todo les sea
entregado en bandeja de plata o de gas (para correr la voz y que
vengan los de afuera y premiarles la presteza); por eso nunca
imaginaron un patrón de desarrollo, nunca una política exterior de
Estado, nunca una independencia económica, nunca una soberanía digna
(hasta en el fútbol, la desidia y desamor de las dirigencias
corruptas arrastraron a nuestro fútbol al último lugar de la
región). Por eso no es raro que los neoliberales cívicos de Sucre
conciban que el desarrollo de su región consista en una pura
acumulación burocrática, en tener el poder en sus manos. Afán típico
de patrón que, látigo en mano, cree que la superioridad se mide
ostentando poder y títulos; prejuicio propio de caballero medieval,
cuya ostentación de su rango consistía en la cantidad extravagante
de servidumbre que ostentaba y en el gasto irracional que hacía
alarde de su posición. Los cívicos de Sucre no quieren desarrollo
sino ostentación de poder; pero no lo quieren porque sí. Quieren el
poder para hacer imposible cualquier cambio.
Pero el poder no es algo que se posee. Es, en última instancia, la
voluntad de vivir que expresa el pueblo en tanto sujeto histórico.
Por eso el pueblo (reunido como un conjunto de naciones originarias)
es el sujeto constituyente, que se brinda las constituciones que
crea necesarias, para producir, reproducir, desarrollar y ampliar la
vida de toda esta comunidad política llamada Bolivia. Reconociendo
al sujeto, reconocemos su memoria y reconocemos lo que proyecta: la
emancipación criolla es nada frente a la liberación real de los
oprimidos (oprimidos por los criollos). Cuando la oligarquía muestra
su cara fascista, es cuando ya no hay posibilidad de cooptación, y
es cuando apuesta por el "todo o nada", curiosamente la misma
consigna de los "capitalistas" de Sucre: lógica del que ha tenido
siempre todo (cuando hablan los cívicos de Sucre, ¿hablan ellos o
la "media luna"?). El "todo o nada" es una consigna sin moral, que
busca el que apuesta al suicidio colectivo: la única forma de perder
es que todos pierdan. Y es la cara fascista hecha discurso. Frente
al cual no hay argumento posible, porque el "todo o nada" no escucha
nada ni acepta nada, sólo el todo. Si no hay todo para el
inconforme, entonces que todos se conformen con la nada que
procurará este. La dilatación en la Asamblea Constituyente y, ahora,
el franco atentado contra ella en Sucre, evidencia una
intransigencia dispuesta a la destrucción de todo. Esta
intransigencia muestra la verdadera cara de una idiosincrasia que
gobernó este país en los últimos veinte años; irresponsable y ciega
de las consecuencias que desata sus fallos: si destruye a todos no
sobrevive nadie para demostrarle su error.
Es lo que produce la globalización moderna, con su expansión
destruye a la humanidad y al planeta; y como acaba también con
quienes le señalan su injusticia, acaba amputándose toda posibilidad
de remediar aquello que en verdad produce: destruyendo todo, como es
la tendencia del desarrollo moderno, se destruye ella misma. De modo
que, el desarrollo moderno o la actual globalización, en el mediano
plazo, significa una carrera por el suicidio colectivo. Por eso no
es raro lo que acontece en Sucre y demuestra una mentalidad que está
dispuesta a acabar con todo, antes de perder algo ella. Es una
mentalidad que tiene 2000 años de historia, por eso el tamaño de su
ceguera es histórico; permanece escondida en el inconsciente
colectivo y se activa cuando las crisis remueven la estabilidad de
sus certidumbres y creencias. San Agustín, ya en el siglo V, decía a
propósito de la frase cristiana "y Dios se hizo hombre" que, por
voluntad divina, "fuéramos dioses por participación y no por
rebelión". El teólogo del imperio justifica al imperio, pues este
siempre busca la obediencia vía sometimiento, demonizando toda
rebelión y divinizando al imperio. Cuando el imperio toma el lugar
de Dios y la religión se hace su portavoz, lo que la religión
declara ya no es palabra de Dios sino retórica del imperio. Se
invierte, de ese modo, una religión de los pobres y los desposeídos.
Una teología de liberación (como fue el cristianismo de los primeros
siglos) aparece justificando al imperio. El Dios que "se hizo
hombre" es ahora servidor del imperio y, como servidor, no puede
rebelarse, sólo someterse; por eso las crucifixiones no acaban con
el Mesías, sino que siguen a lo largo de la historia de la
cristiandad (tanto en el viejo como en el Nuevo Mundo). La iglesia
es la que administra la "ciudad de Caín" y es la que interpreta y
justifica las acciones del imperio, siempre en nombre de Dios. Como
imperio, busca expandirse, dominar, y la justificación que sostiene
esta voluntad de dominio es que se hace siempre en nombre de Dios.
El Mesías declaraba que su reino no era de este mundo, ahora el
reino de este mundo somete al Mesías como garante de su dominio. La
gloria de Dios es ahora gloria del imperio y consiste en la
conquista de todo el mundo. El Dios del bien se transforma en Dios
del mal y su apetito cobra como 50 millones de víctimas en su
primera expansión fuera de Europa: la conquista del Nuevo Mundo;
porque la gloria de Dios también se mide en riquezas, de modo que se
conquista para Dios los lugares donde haya riquezas (así como antes
se llevaba "la civilización" a lugares ricos en plata u oro, ahora
se lleva "libertad y democracia" a lugares que preferentemente
tengan petróleo o gas).
Este tipo de mentalidad interpreta que la conquista de la tierra
para Dios es recompensada por las riquezas que se obtiene en dicha
conquista; sus actos se justifican porque al perseguir la gloria de
Dios, el premio a recibir es siempre todo, por eso no se persigue
algo sino todo. Una vez devaluado el Mesías en el Kristos del
imperio y secularizado el Dios medieval por medio de las ciencias y
la filosofía modernas, la conquista ya no necesita justificarse
teológicamente, ahora la conquista se justifica retóricamente, pues
es en nombre de los valores de la sociedad moderna que se comete
crucifixiones de pueblos enteros: en nombre de la libertad se
persigue, en nombre de la democracia se financia dictaduras, en
nombre de los derechos humanos se los viola, en nombre del libre
mercado se cierran las fronteras a la humanidad, etc. La recompensa
es inmensa para el que comete esta violencia y esa recompensa la
interpreta como retribución divina. Este tipo de mentalidad es la
que imagina un "choque de civilizaciones" o un "eje del mal". En
nuestros lados, la defensa intransigente de la legalidad neoliberal,
adopta inconscientemente un maniqueísmo imposible de enfrentar de
modo racional y argumentativo. Una situación de diálogo es sólo
posible desde el respeto soberano de la dignidad de la humanidad del
otro. Esto supone una honesta y seria pretensión de comunicatividad;
es decir, de no usar el dialogo para instrumentalizar al oponente,
sino para escuchar y aprender y ceder ("ceder es entender", dice el
canciller Choquehuanca). Pero esto es imposible si el diálogo está
digitado por el racismo criollo propio de la oligarquía boliviana
(capitaneada ahora por el sector más fascista del país: la
oligarquía camba) y por un encubierto interés en destruir todo
intento de revisar siquiera las estructuras jurídicas y políticas de
este país. Como ya dijimos en un artículo anterior, se trata de una
lógica del rapto: se rapta todo el proceso de cambios y como pago
nos exigen renunciar a todo cambio.
Nuestra situación es por eso difícil: padecer un orden de cinco
siglos de exclusión y negación sistemática y el renacimiento
irrevocable de las aspiraciones más justas de todas nuestras
generaciones. Por eso, desde el lado del pueblo, lo que se argumenta
no es una mera retórica (a la cual nos tienen acostumbrados los
doctorcitos de los medios de comunicación) sino que muestra la
profunda esperanza de restaurar una base significativa para una
nueva forma de vida donde todos "vivan bien". Lo que vemos en Sucre
o Santa Cruz es, como en la época nazi, la refutación radical de
todo aquello que es esencialmente digno y sagrado: la humanidad de
todo ser humano. El racismo declarado de la oligarquía (y sus
reclutados, por los medios) es la negación de la humanidad del otro,
y es antesala de toda la destrucción que desate la derecha política,
en su afán de acabar con todo, siempre en nombre de todo aquello que
socava ella misma.
El racismo manifiesto que estalla en contra de la Asamblea
Constituyente y en contra del presidente indio no es un desvarío
fascista sino que expresa la experiencia original de la dominación
moderna. La experiencia del conquistador europeo es
constitutivamente racista y es su formalización, expresada en las
ciencias y la filosofía, que clasifica a la población mundial, con
la consecuente división mundial del trabajo; de ese modo nunca
fuimos sino tierra a disposición, mano de obra sobrante, hasta
deposito de desechos y, ahora, población prescindible, cuya
desaparición es un costo más que puede asumir el capital
trasnacional. Estas víctimas que produce el capital, gracias a la
categoría de raza, son transformadas en inferiores; de modo que la
violencia cometida contra ellos ya no es violencia sino "un bien que
se les hace": si el inferior no reconoce la autoridad del superior
es por barbarie e incultura, lo cual merece un castigo ejemplar, que
se realiza por el propio bien de su raza, para que aprenda a
someterse a la autoridad de su señor (que viene del latín dominus, o
sea, señor es quien domina, de modo que los domingos, el dominus
dei, con la mediación de la iglesia, en realidad hacemos un culto a
los señores que nos oprimen).
El fascismo nazi, en realidad, no negó al Kristos; sino que, en su
nombre, desató una violencia de tal magnitud, que hace necesario
buscar, en la sedimentación histórica que constituye a la
subjetividad europea, el origen de esa violencia. Lo que hay detrás
de esa violencia son 1500 años de odio cristiano a los judíos. Odio
que se expresará después en la primera experiencia de dominación
real (gracias a su superioridad sólo bélica) que tendrá Europa en el
Nuevo Mundo (imposible ante árabes o hindúes o chinos que, hasta el
siglo XVII, eran superiores en todo, a comparación de una Europa
atrasada y marginada del comercio mundial); realizando un proceso de
subjetivación de ese dominio que se formalizará en las categorías
básicas de la filosofía moderna. De modo que ese odio se transforma
en odio a todo lo que no es europeo; con el aditamento de que, desde
el siglo XVI, Europa se convierte en centro del sistema-mundo
moderno (con el robo acumulado del Nuevo Mundo), desde donde
reorganiza a la humanidad, expandiendo su economía militarmente,
destruyendo las economías mundiales y subsumiéndolas en torno a la
lógica del capital: el excedente no es más propiedad de la humanidad
sino del capital y la división mundial del trabajo consiste en
suministrar al mundo moderno europeo (después norteamericano) de
todo aquello que se le apetece. Por eso, Adam Smith analiza como
último capítulo de la economía liberal, la defensa de la riqueza. La
imposición y la defensa del sistema-mundo moderno fue siempre
bélica, que es la instancia siempre presente en la conservación de
este sistema de cinco siglos.
El señor es siempre magnánimo si el esclavo se somete
voluntariamente, que es el modo como entiende su política: "la
dominación legítima sobre obedientes" (así lo expresa Weber, el
teórico de la dominación). Como ninguna dominación es legítima, pues
se realiza por coacción, del mismo modo, si hay legitimidad no hay
obedientes, pues la obediencia es sólo sumisión (esa definición
weberiana es un puro contrasentido). Por eso el señor puede parecer
hasta simpático, sobre todo cuando hace de la caridad espectáculo
(mientras, por otro lado, apoya políticas que condenan a las grandes
mayorías a la miseria); pero cuando aparece la rebelión es cuando
empieza a sacarse la máscara y mostrar su verdadero rostro. Es
cuando 2000 años de negación de toda otra humanidad, que no sea la
suya, le empujan a desatar un odio milenario que le exige
sacrificios: los "herejes" deben ser quemados en las hogueras para
expiar el pecado de todos, porque se han atrevido a rebelarse, y la
pena por la rebelión es la condena eterna, de modo que él se vuelve
un "escogido" y 2000 años le dan la razón, él es el héroe que
devuelve la paz a la "ciudad de Caín", el orden al "reino del
milenio"; el capital reclama sacrificios y él está dispuesto a
ofrecérselos. Por eso aparece la insurrección señorial y en el
éxtasis que le provoca resurgir como cruzado (bajo la misma consigna
de Bernardo de Clarabal: "si ya no existe la misericordia tampoco se
dará el sentimiento de la compasión"), portando las cruces que
también llevaban los templarios (de quienes decía un sultán
otomano: "es inconcebible esa sed que tienen de sangre y muerte, al
grado de desear con los ojos abiertos la propia muerte"), no puede
estimar ni ser consciente que acabando con todos acaba consigo
mismo. La conciencia de que asesinato es suicidio es imposible para
una racionalidad que no es capaz de hacerse responsable de las
consecuencias que provoca. Cuando la racionalidad moderna formaliza
aquel odio milenario y encubre este fundamento ideológicamente, es
cuando la negación y exclusión del otro, su constitución histórica
en despojado, aparece como natural: los pobres son porque así lo
quiso Dios. El robo queda justificado y ya no aparece como robo sino
como "aprovechamiento de oportunidades". Los piadosos del Dios de
este mundo (del "In Gold We Trust"), fieles a su tradición
sacrificial, milenarista, no temen a la destrucción de todo, es más,
la desean, porque así creen que su salvador aparecerá desde el cielo
e impondrá la tierra nueva (no es de extrañar que Reagan confiara en
cristianos fundamentalistas para activar las bombas nucleares);
creencia que aparece en la edad media europea y resurge cada vez que
el orden se siente amenazado.
Pero la palabra no habla de un Dios de la muerte sino de la vida, y
el Mesías recuerda los Salmos cuando declara: "misericordia quiero
no sacrificios", es decir, la palabra se realiza en la justicia, por
eso las bienaventuranzas son dadas a los pobres, no a los ricos,
porque estos quitan al pobre su jornal y eso entregan como ofrenda.
En los profetas eso es abominación, es como sacrificar al hijo en
vista del padre; la exhortación es clara: "si quieres seguirme
abandona tus cosas y dáselos a los pobres", porque la vida en torno
de la riqueza no redime a nadie sino que maldice a todos. La ética
moderna es anulación de toda ética. Por eso la apuesta por los necro-
combustibles no considera la vida del planeta y la humanidad, sólo
las ganancias que se estiman por la demanda creciente en el primer
mundo. Si sólo el acuerdo entre Bush y Lula ya provocó el alza del
precio de los alimentos en toda la región, ¿qué pasará cuando el
acuerdo sea producción acelerada, en desmedro de la alimentación de
nuestros países? Sumado a esto los desastres que ocasionará una
producción masiva y acelerada, en el frágil ecosistema de la región.
La ciencia moderna primero pretendió desligarse de la teología,
luego las ciencias humanas pretendieron desligarse de la filosofía,
ahora la economía y la política desterraron de sus dominios a la
ética; si esto es así, no es raro que un ideólogo del
neoliberalismo, como Hayek, afirme que: "demandas de justicia son
sencillamente incompatibles con cualquier proceso natural de
carácter evolutivo". El mercado moderno neoliberal se presenta
como "natural", de modo que el que se oponga a este resulta estar en
contra del "proceso natural de carácter evolutivo". La racionalidad
moderna expresa de este modo su propia lógica: subordina no sólo la
historia y la humanidad, sino también la naturaleza a sus propias
exigencias. Agravando la cosa, subordina a la realidad, por eso
anula toda ética; porque si la ética (desde Aristóteles hasta
Habermas) es la relación práctica que establecen entre sí los seres
humanos, acabando con estos y con lo que hace posible la vida de
estos, la tierra, se acaba con lo que hace posible toda ética. Si no
hay vida no hay nada; y una ética que no considera la miseria del
80% del planeta y la crisis medioambiental producida por una
racionalidad que sólo estima sus beneficios y no se responsabiliza
por las consecuencias que provoca, no es ética. Se trata más bien de
la moral del ladrón y del asesino. Es Caín contra Abel. A este le
persiguen los gritos de la muerte del hermano, por eso no deja de
matar, para acallar los gritos que viene desde la tierra. Por eso
construye ciudades y les pone murallas, como sus leyes, para
defenderse de los gritos del hermano; por eso insulta y calumnia,
por eso hace hogueras e intimida la memoria de las víctimas
anunciando otra inquisición, otro holocausto. Por eso acude a sus
símbolos amenazadores, a su tradición sacrificial, y ese peso
histórico hincha su soberbia en improperios altisonantes, propagados
por todos sus medios de comunicación.
"Dice el insensato en su corazón: no hay Dios"; por eso no teme
escupir al cielo y a la tierra con sus mentiras, por eso destruye la
democracia en nombre de la democracia, se burla de toda ley en
nombre del imperio de la ley, pisotea los derechos de los demás en
nombre del derecho de todos, en nombre de la paz y la libertad
persigue y golpea. Ayer fueron indígenas en Santa Cruz, luego en
Cochabamba, hoy son constituyentes (representantes elegidos
democráticamente) los agredidos. La sedición empezó siempre así. El
gobierno de Allende fue el laboratorio donde aprendió el imperio
cómo desestabilizar una democracia desde adentro; la especulación y
la subida de precios son parte de una estratagema de erosión de la
economía (sobre todo cuando, como en nuestro país, el Estado se
encuentra imposibilitado del control de precios de la canasta
familiar y todo está diseñado para que el mercado regule estos, es
decir, para que el empresario haga su agosto); lo mismo sucede con
el boicot parlamentario, imposibilitando al gobierno de realizar
cambios estructurales (hasta el colmo de acusarlo
constitucionalmente, como hicieron con Allende) y privarle de todas
las atribuciones que gozaron los gobiernos de derecha (no otra cosa
fue la inconstitucional elección de prefectos, para desarmar el
aparato político del Estado).
Desarmando política y administrativamente al Estado, juegan a la
desintegración de este, pero eso no les importa, su ceguera es la
misma en 180 años, así desmembraron la unidad territorial de este
país, quedando reducido a menos de la mitad en su vida republicana;
otra escisión más no les importa a quienes jamás tuvieron conciencia
nacional (menos a la oligarquía camba, que es más chilena, brasilera
o croata que boliviana). Como en el Chile de Allende, les queda el
golpe, auspiciado siempre por la embajada gringa (el nombramiento
del embajador Goldberg es estratégico; se dice que este fue uno de
los artífices de la desmembración de la ex Yugoslavia), que es lo
que viene después de toda esta antesala de conflictos digitados
desde las prefecturas, los comités cívicos, las universidades, y
gozando siempre con ingentes cantidades de dólares que se reparte
adonde se pueda comprar conciencias para acentuar más los
conflictos. En esta hora crítica nuestro pueblo debe de saber
mostrar cuánto ha acumulado como capacidad histórica. Porque el
pueblo no se constituye de una vez y para siempre, la forma de su
constitución es su constante autodeterminación. Enfrentado a la
intransigencia señorial, que siempre tratará de desarticularlo, se
enfrenta siempre a la capitulación. Por eso su aglutinación no puede
ser efímera sino firme e inquebrantable. Si en el proceso de
resistencia eso era necesario, lo es más en el proceso de
constitución de un orden nuevo. La oligarquía, en el "todo o nada",
ya ha apostado a la destrucción total. Consciente de que no puede
recuperar el gobierno de todo el país, opta por la escisión, para
eso moviliza a sus contingentes, a su reserva de reclutamiento (sus
nuevos sayones, que dan la cara por otros), para provocar y
justificar la insurgencia. Después de la concentración de los
abuelos y abuelas en Santa Cruz, no le queda sino la confrontación
directa, promovida ya en la última reunión autonómica, donde los
prefectos ya calculan sus intereses; de modo que (cosa ya maquinada
por la embajada gringa) lo que se perfila no es ni siquiera otro
país, sino seis republiquetas, enfrentadas después las unas a las
otras. El laboratorio de los Balcanes hace ver ya un modelo de lo
que sería todo aquello. La última declaración de los senadores,
exhortando al gobierno a no permitir la injerencia del presidente
Chávez, es otra de las estrategias, pues representa el colchón
congresal que le brindará justificación posterior a una intervención
gringa. Provocada la insurgencia, sobre todo en Sucre o Santa Cruz,
se buscará el enfrentamiento (en Sucre esperan que La Paz se
movilice para derramar sangre), lo cual justificará una intervención
(diplomática primero), y el senado (vacío el tribunal
constitucional) acusará de inconstitucionalidad al gobierno,
haciendo una sucesión constitucional para que el poder ejecutivo
recaiga en manos de la derecha (PODEMOS, UN y MNR, donde se prevé
que se pelearan, como de costumbre, y tendrán que "pactar",
repartiéndose el patrimonio nacional); tendrán que disolver el
congreso, pero sí disolverán la Asamblea Constituyente, después
derogarán el decreto de nacionalización, la ley de tierras y todas
aquellas medidas que estuvo realizando el gobierno de Evo Morales.
Pero todo esto presupone una derecha por lo menos compacta y
consistente (ya que inteligencia no le sobra), así que la primera
instancia, la más descabellada, es la más probable. No hay peor
contrincante que el más predecible. Y la oligarquía boliviana,
además de fascista, nunca ha poseído las virtudes de la prudencia y
el tacto, por eso su historia política está llena de traiciones y
vilezas; por eso ha arribado a este desenlace abanderando la
soberbia y la ignorancia, como único patrimonio en el baúl de sus
evocaciones. Por eso ofrece, como única perspectiva suya, la
disgregación de su propio
país.
La Paz, noviembre de 2007
Rafael Bautista S.
Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA" y
"LA MEMORIA OBSTINADA"
Editorial "Tercera Piel"
rafaelcorso@...