Lo bajamos...
Le pusimos más cerca de la tierra,
mas cerca del pueblo que lo venera,
de las alegrías y angustias de ese pueblo venerador,
para que no ande por las nubes
pensando
que todo lo que pasa es designio del cielo.
El uso de vestimentas rojas
no son para no apoyar ningún partido político
ni para recordarar el pueblo judío oprimido
luchando contra el opresor:
es simplemente tradición.
No es símbolo de la destrucción de la civilización cuscatleca
a manos de la civilización más moderna y humana:
el humanismo no mata.
No nos bastó bajarlo del mundo:
lo paseamos por el cielo,
entre las nubes navegó,
y entró,
sin visa de turista,
a los Estados Unidos de Norteamérica:
milagro no haber sido estampado de sospechoso
ni auscultado por potencial terrorista
(los entendidos en cosas de la seguridad
hablan de extranjeros fundamentalistas y barbudos
originarios de la Palestina mítica e histórica).
Dicen testigos presenciales
que el Cristo transfigurado
poseído por un espíritu santo
señalaba el camino del pueblo hacia la liberación
con la cristalina verdad de justicia que emanaba de su palabra.
El invasor imperialista,
molesto por las verdades pronunciadas,
inventó cargos y delitos que imputarle,
puso precio a su cabeza,
designó verdugos entre los súbditos leales,
quizo ahogar en sangre el apoyo del pueblo,
compró mentiras elaboradas por lacayos especializados.
La idea cristiana sobrevivió al imperio de la época
y a muchos imperios posteriores.
No pudieron enterrar en el olvido
la fuerza de la verdad
de la necesidad de justicia social
ni la opción preferencial por los pobres.
Por eso en Centro América paseamos por la calles
a un Cristo negro
sin importar que venga un historiador y nos señale la blasfemia
o un señorito se sienta difamado, por considerar la raza humana,
exclusiva de los blancos.
Miércoles 6 de agosto 2003.
Atte.
Pipilenca
http://www.geocities.com/pipilenca