"El mensaje profético de nuestro obispo mártir monseñor Óscar Arnulfo Romero,
desde un claro apostolado, dijo que la iglesia tendría una opción preferencial
por los pobres. Esa será la ruta de mi accionar, buscando siempre favorecer en
forma preferencial a los pobres y excluidos".
- Mauricio Funes, presidente-electo de El Salvador.
Entre los reacomodamientos de realidad que va a experimentar El Salvador durante
el primer año del gobierno Funes se encuentran dos eventos: el vigésimo
aniversario de la masacre de la UCA este año, y el 30° aniversario de Mons.
Romero en marzo del próximo año. Por primera vez en la historia las
conmemoraciones podrán contar con un mandatario salvadoreño que se hace presente
en los tributos. La participación presidencial podría elevar esos memoriales a
la dignidad de conmemoración oficial que ambos aniversarios (especialmente el
vigésimo del uno y el trigésimo del otro), y que ya no sean tratados con el
desconocimiento oficial a que injustamente han sido relegados por los gobiernos
previos.
El presidente electo ha señalado que considera su elección un tipo de
"reconciliación nacional" y hace bien al ofrecer esa esperanza. Sería
interesante si pudiera utilizar estos aniversarios para tratar de reunir a todo
el pueblo en solidaridad alrededor de las víctimas, invitando "sin revanchas"
como promete actuar en todos estos entornos, a hacer la memoria histórica que ha
sido estorbada por gobiernos anteriores que han preferido fingir que no había
historia, con el pretexto de no re-abrir las heridas. Esto es una oportunidad
para enseñar que las heridas no solo se ignoran, sino que deben ser tratadas.
No es suficiente solamente que el nuevo presidente llegue a los memoriales,
porque entonces se convertiría en un juego de alternancia partidista: los
efemenelistas visitarían a Romero, y los areneros a D'Aubuisson.
La participación que el Presidente Funes debe tener en un evento Romero debe ser
completamente distinto a la promoción que ARENA le ha dado a D'Aubuisson. Si
revisamos los tributos que hacen los presidentes areneros en la tumba de su
fundador o la proclamación que intentaron obtener por el en la asamblea, todos
los tributos tienen un aspecto cerrado, oculto, hasta prepotente. Lo hacen
porque tienen el poder de hacerlo y les vale menos lo que opinen los demás. El
caso de Mons. Romero no se puede tratar así, como un tema partidista, que lo va
a impulsar un solo elemento político, sin concertar, sin consultar, sin invitar
a otros sectores. Como lo dijo el Sr. Funes cuando era todavía un comentador
televisivo, hacen mal "quienes con malicia, intentan atribuir al pensamiento y
obra de Mons. Romero motivaciones de tipo partidista y alejadas del Evangelio"
(24 de marzo de 2003).