MONSEÑOR ROMERO: Los santos vienen marchando
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Sergio Ramírez
01 de mayo de 2005
De todos los lugares de Londres que recorren con disciplina escolar
las parvadas de turistas que bajan de los relucientes autobuses de
dos pisos, urgidos por las voces de mando de los guías, la abadía de
Westminster es de los preferidos. En esta imponente iglesia, erigida
primero por Eduardo el Confesor en el siglo XI y llevada a su estilo
gótico 200 años después, han sido coronados siempre los soberanos de
Inglaterra,y aquí están enterrados muchos de ellos, compartiendo
honores con músicos como Händel y Purcell, escritores como Chaucer,
Dickens y Thomas Hardy, actores como sir Lawrence Olivier y
científicos como Newton. Y aquí también, la mejor de las
atracciones, se celebraron los funerales de la desgraciada princesa
Diana de Gales.
El visitante desprevenido ignora que en Jueves Santo la abadía está
cerrada y debe conformarse con recorrer sus exteriores. Se alza en
una imponente vecindad, al oriente el Parlamento de las tarjetas
postales, con la afamada torre del Big Ben, el reloj cuyas
campanadas mi padre buscaba oír sonar en las transmisiones lejanas
de onda corta de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial, para
saber si la torre seguía en pie, Londres bajo los bombardeos. Y al
otro lado de la calle, el edificio del gabinete de guerra, debajo
los subterráneos desde donde Churchill dirigía las operaciones, sin
haber dejado de vaciar, según la leyenda, un litro de whisky al día.
En el frontispicio occidental de la abadía, detrás de la reja
implacablemente clausurada, el ojo registra los ornamentos sabidos
de las iglesias góticas, sin faltar, encima del portal en ojiva, la
galería de nichos que guardan siempre estatuas de santos cuyos
relieves han venido desgastando los siglos. Santos cuyos nombres
resultará siempre difícil, o tedioso, averiguar. Sin embargo, estos
santos, tras un rato de examen, atraen la atención porque a pesar de
que el trabajo del cincel sobre la piedra parece igualarlos a todos,
es posible notar que sus indumentarias no parecen medievales.
Algunos de ellos llevan túnicas y sotanas, es cierto; otros lucen
mitras de obispos y, alguna de las santas, hábito de monja. Pero hay
una mujer vestida con túnica hindú, con la mano sobre el parche de
un tamboril; otra, en atuendo africano; hay otro de turbante, con un
libro abierto sobre el pecho; otro, que muestra el nudo de una
corbata del siglo XX por encima del cuello de una vestidura talar;
otro, con rizado cabello afro, en el pecho desnudo una cruz. Y otro
en, fin, que carga en sus brazos al Niño Jesús, lleva anteojos de
grueso marco.
¿Qué santos son estos? Una tabla cercana a la reja lo explica al
visitante distraído: son santos del siglo XX, que el arzobispo de
Canterbury, cabeza de la iglesia anglicana, decidió entronizar en
1998 en esos 10 nichos que estuvieron vacíos por varios siglos, en
una ceremonia en la que estuvo presente la reina de Inglaterra.
Mártires, explica la tabla; la iglesia anglicana, desprendida en el
pasado de la Iglesia Católica, no canoniza. Las estatuas son obra
del escultor Tim Crawley y fueron labradas en piedra de Richemont,
llevada de Francia.
El que lleva anteojos y carga al niño Jesús es monseñor Óscar
Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado el 24 de marzo
de 1980 por la bala de un francotirador a sueldo de conspiradores,
mientras oficiaba misa temprana en la capilla del asilo de leprosos
donde vivía. El de corbata es el reverendo Martin Luther King,
fundador del movimiento de derecho civiles en Estados Unidos,
asesinado en Memphis en 1968; el del turbante es Wang Zhiming,
ejecutado en 1973 durante la revolución cultural, en Wuding, en la
región de Yunnan, en China; la que viste con túnica hindú es Qamar
Zia, brutalmente acuchillada mientras dormía, en el Punjab; la de
atuendo africano es Manche Masemola, de la tribu pedi, asesinada a
los 15 años de edad en 1928 en Sudáfrica, por sus propios padres,
adversos a su fe; y el del pelo afro es Lucian Tapiedi, asesinado en
1942 por las tropas japonesas que invadieron Papua, Nueva Guinea,
junto con centenares más.
Y también están Janani Luwum, obispo de Uganda, víctima del dictador
Idi Amín; Dietrich Bonhoeffer, ejecutado en la cárcel, víctima de
los nazis; Maximilian Kolbe, sacerdote polaco muerto en el campo de
concentración de Auschwitz; la religiosa Elizabeth de Hesse
Darmstadt, que tenía el título de duquesa, ejecutada por los
bolcheviques en Rusia en 1918. Todos ellos eran cristianos de
distintas denominaciones, pero en esta galería han sido juntados por
el martirio y, precisamente por haber sido todos ellos cristianos
consecuentes con su fe y comprometidos con sus convicciones
humanistas y su entrega a los demás, hasta el final.
Cuando el visitante se aleja del frontispicio de la abadía, no ha
reparado aún que este encuentro fortuito con monseñor Romero y con
los santos del siglo XX, que habrán de quedar por los siglos en esos
nichos ya centenarios, se da precisamente en un 24 de marzo,
aniversario del asesinato del obispo salvadoreño. Después, en el
noticiero de la noche, el presentador informa de manera escueta que
el Vaticano ha iniciado, por fin, el proceso de su canonización.
Si monseñor Romero ha empezado ya sus milagros, llevar mis pasos
hasta la abadía en el aniversario de su muerte, un jueves santo, y
en el día en que se anuncia el inicio de su canonización, es uno de
esos milagros.
Sergio Ramírez es un escritor nicaragüense.
Enviado desde el sitio de Frankie Flores:
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