REVISTA VERTICE - EL DIARIO DE HOY
8 de febrero de 2004
REPORTAJE
El crimen de Juan Gerardi
¿Quién mató al obispo?
El asesinato del obispo guatemalteco, Juan Gerardi, es un laberinto
de personajes turbios: una mafia de ladrones de imágenes religiosas,
sacerdotes de dudosa conducta, testigos falsos, militares resentidos
con el presidente Álvaro Arzú. Desenredar esa tenebrosa madeja
les tomó tres años de investigaciones a los periodistas Bertrand de
La Grange y Maite Rico.
Álvaro Cruz Rojas
vertice@...
FOTO: LA ESPAÑOLA MATE RICO y el francés Bertrand de la Grege
presentaron el libro controversial en Guatemala.
FOTO: El obispo gerardi es descrito en el libro como un hombre
alegre que le gustaba el fútbol y la buena comida.
Gerardi, según los autores, decía que la teología de la liberación
era "una pendejada" inútil.
Bertrand de la Grange y Maite Rico se sentaron a presenciar el
juicio contra cinco personas acusadas de asesinar al obispo
guatemalteco, Juan Gerardi. Creían tener ante sí a los verdaderos
culpables del crimen: tres militares, un extraño sacerdote y una
cocinera.
Al transcurrir las audiencias, estos dos periodistas descubrieron lo
que describen como "una fabricación, en la que han participado
fiscales, jueces y funcionarios del gobierno de Alfonso Portillo. Y,
lo que es más desconcertante, la Oficina de Derechos Humanos del
Arzobispado (ODHA), fundada por el propio Gerardi y querellante
adhesivo en el caso".
Ambos son los autores del libro "¿Quién mató al obispo?", presentado
en diciembre en Guatemala y que ha roto récords de venta en el
vecino país. "Hemos constatado, por ejemplo, que se utilizaron
testigos falsos, y que las actas del juicio fueron alteradas. A
partir de esta realidad, hemos recabado una serie de indicios que
apuntan a una hipótesis muy distinta a la versión oficial: el crimen
no fue tramado, como lo afirma la ODHA, por el ex presidente Álvaro
Arzú y su Estado Mayor Presidencial, sino por sus enemigos
políticos, con el propósito de desestabilizar al gobierno (que había
firmado la paz en 1996) y allanar el camino a la victoria del Frente
Republicano Guatemalteco (FRG) del general Efraín Ríos Montt y a su
candidato, Alfonso Portillo", aseguran los autores, en una
entrevista con EL DIARIO DE HOY.
Según de la Grange y Rico, los indicios que han recabado ubican la
conspiración en un sector descontento con el gobierno de Arzú, y que
incluye a oficiales depurados del Ejército tras ser acusados de
pertenecer a la llamada Red Moreno, una organización vinculada al
contrabando y al crimen organizado. Estos oficiales tenían
relaciones con el FRG, el partido de Portillo.
"Pero el complot no incluye únicamente el asesinato, sino que abarca
también la manipulación del proceso para desviar la investigación y
señalar a los culpables", agregan.
Según el libro, en este proceso de manipulación, cuentan con la
inestimable ayuda de los colaboradores del obispo Gerardi, que
protegen y presentan testigos falsos. Dos "herederos" del obispo,
Ronalth Ochaeta, director de la Oficina de Derechos Humanos del
Arzobispado (ODHA), y Edgar Gutiérrez, terminan como funcionarios
del FRG (el primero como embajador, y el segundo, como jefe de los
servicios civiles de inteligencia y luego canciller).
Los dos periodistas empezaron a sospechar de la versión oficial
por "la falta de lógica" de la acusación.
La versión oficial, sostenida por la Fiscalía y por la ODHA, es que
el Estado Mayor Presidencial de Arzú mata a Gerardi en venganza por
el informe de derechos humanos que acababa de presentar. Los
militares de confianza de Arzú habían sido escogidos, precisamente,
por su "currículum" limpio: eran oficiales con formación
universitaria, sin trayectoria guerrera y sin antecedentes de
abusos: es decir, el informe de Gerardi no les afectaba para nada.
Un "golpe" político
Por otro lado, la paz era la gran carta de presentación del
gobierno, y la popularidad de Arzú y de su grupo, el Partido de
Avanzada Nacional, era muy alta. Es obvio que el asesinato golpea de
lleno al gobierno, y que Arzú y su equipo se convierten en las
víctimas políticas del caso.
Según los periodistas, con el asesinato de Gerardi, se logran tres
objetivos: en primer lugar, se pone en cuestión la "pacificación"
del país, principal logro del gobierno; en segundo lugar, se
despiertan sospechas sobre el Ejército, como institución, lo que
salpica inevitablemente a la cúpula militar de Arzú y al propio
presidente, como jefe de las fuerzas armadas. En tercer lugar, se
ajustan las cuentas con la Iglesia, por el apoyo que algunos
religiosos dieron a la guerrilla en los años ochenta.
"Nosotros pensamos que la banda Valle del Sol es utilizada
como `mano de obra' para ejecutar el crimen. Esa banda, que por
cierto tiene ramificaciones por toda Centroamérica, incluido El
Salvador, se dedicaba a los atracos bancarios, secuestros, robo de
arte religioso y trabajos como sicarios", aseguran.
Entre los miembros de la banda, estaba Ana Lucía Escobar, hija de
monseñor Efraín Hernández, el todopoderoso canciller de la curia y
amigo de Gerardi. En el caso termina detenido también el cura Mario
Orantes, auxiliar de Gerardi en la parroquia San Sebastián, a quien
los autores califican como "una de las grandes incógnitas del caso".
"Él estaba presente cuando asesinan a Gerardi: el cadáver del obispo
presenta, incluso, mordeduras del pastor alemán de Orantes", dicen
los autores.
De la Grange y Rico sostienen en su libro que el cura incurrió en
contradicciones insalvables y alteró la escena del crimen antes de
la llegada de la policía, que fue avisada tres horas después del
asesinato.
"De Orantes, que por cierto era amigo de Ana Lucía Escobar, se puede
decir, cuando menos, que está encubriendo. Si hablara, se resolvería
el crimen. Pero ha mantenido silencio durante todo este tiempo, y ha
contado con el apoyo de la jerarquía eclesial, lo que le ha
permitido pasar tres años no en la cárcel, sino en un hospital
religioso, aquejado de migraña", agregan los autores.
De la Grange y Rico sostienen que el mayor obstáculo sufrido durante
la investigación periodística que termina conformando el libro, fue
el acceso a la información.
"Por intereses, o por miedo, nos encontramos con muchas
resistencias. Nos llevó mucho tiempo dar con los interlocutores
clave y labrarnos su confianza", afirman.
"Otro gran obstáculo ha sido el "consenso" que existía alrededor de
la versión oficial. La comunidad internacional, más que todo la
misión de Naciones Unidas y los embajadores de Estados Unidos y
Suecia, "compraron" la historia con los ojos cerrados y avalaron un
proceso viciado, dando muestras de una tremenda irresponsabilidad",
señalan.
"Non gratos"
Los periodistas sufrieron intimidaciones durante su investigación y
tuvieron que salir de Guatemala. Tras la publicación del libro, se
lanzó una campaña de descrédito en contra de la pareja.
El libro describe a Gerardi como una persona que gozaba la vida: le
encantaba la buena comida, la música, el fútbol, los chistes, estar
con su familia... Ni aspiraba al martirio, ni era un amargado, ni un
radical.
"Era un sacerdote tradicional en términos pastorales, aunque en
privado mostraba bastante apertura hacia temas como el control de la
natalidad, por ejemplo. No es cierto que fuera partidario de la
teología de la liberación: llegó a decir que eso era `una pendejada
que no había servido para nada'. Él seguía la línea de la doctrina
social de la Iglesia", aseguran.
Rico y de la Grange describen el caso como "complicado y truculento,
con tantos intereses, que vemos difícil que pueda llegarse al fondo".
"En una situación normal, esperaríamos que el libro provocara la
liberación de los condenados (incluido el padre Orantes, que fue
condenado con un falso testigo), la revisión del proceso, y el
castigo de los abogados, jueces y fiscales que manipularon el
expediente", afirman.
A los autores les resultó "decepcionante que la prensa guatemalteca"
en lugar de dar seguimiento a los elementos aportados en el
libro "se dedica únicamente a reproducir las protestas de la ODHA".
"Obviamente algo anda muy mal por ahí. Otra cosa es la opinión
pública, que obviamente desconfía de la versión oficial. El mejor
indicio es que la primera edición del libro se agotó en dos días",
agregan.
De La Grange y Rico han sido corresponsales de los diarios Le Monde
(Francia) y El País (España) y han vivido durante años en
Centroamérica y México. Ambos escribieron también el libro "Marcos,
la genial impostura". "Nuestros libros son el resultado de
investigaciones serias. Ese proceso de `hurgar', de ir al fondo de
las cosas, nos ha conducido, en ambos casos, a derribar mitos y
mentiras creados al calor de la corrección política, esa nueva plaga
que invade universidades, medios de comunicación y círculos
intelectuales", afirman.
FOTOS:
El libro fue un éxito de librería en la capital Guatemalteca. Una
segunda edición está en caminio
Un crimen misterioso
El 24 de abril de 1998, el obispo auxiliar de la capital
guatemalteca era asesinado a una cuadra del Palacio Nacional, en el
zaguán de su casa. Desde el inicio, el crimen estuvo lleno de
misterios.
El cuerpo de Juan Gerardi yace en la entrada de la casa parroquial
de la Iglesia San Sebastián, en la capital guatemalteca.
Los cuatro condenados: Byron Miguel Lima Oliva,el sacerdote Mario
Orantes Nájera, Byron Disrael Lima Estrada y el ex oficial José
Obdulio Villanueva, éste último asesinado en la prisión.
Alfonso portillo concluyó su periodo el 14 de enero pasado, dejando
un legado de corrupción e impunidad. El libro lo acusa de fabricar
el caso Gerardi.
Álvaro Arzú era el presidente de Guatemala al momento del crimen. Un
gobernante que depuró el ejército y firmó los acuerdos de paz con la
guerrilla.