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LA TENIENTE CORONELA Y LA VENDEDORA CALLEJERA   Lista de mensajes  
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LA TENIENTE CORONELA Y LA VENDEDORA CALLEJERA

Juana Azurduy pasó los años de su infancia entre la ciudad y el campo, donde
su padre poseía algunas fincas. Allí aprendió a amar la libertad, a defender
la justicia y a respetar a las personas por humildes que fueran; también
aprendió a cabalgar como el más consumado de los jinetes varones y a curtir
su cuerpo y su espíritu en las duras condiciones de vida del Alto Perú.
Pronto quedó huérfana de padre y madre, cumpliendo con un destino trágico
que desde sus años más precoces la enfrentó implacablemente con la muerte de
sus seres más queridos.
Su vecino de finca es Manuel Ascencio Padilla, con quien funde sentimientos
amorosos. Ambos se identifican en sus ansias de justicia y contraen
matrimonio en 1805, cuando Juana tenia 25 años y Manuel Ascencio 30.
Todo transcurrió normalmente para los esposos Padilla Azurduy durante varios
años. La dicha hogareña se complementó con el nacimiento de los hijos
Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes. La tranquilidad de la vida campesina
era turbada, de vez en cuando, por la agitación de los indios y la
efervescencia revolucionaria en la vecina Chuquisaca, especialmente en los
claustros de la Universidad de San Francisco Xavier. Hasta que, el 25 de
mayo de 1809, con la anuencia de su mujer, Manuel toma partido por la causa
de la libertad aleccionando a los indios en favor de los revoltosos y en
contra de los chapetones. Por estas actividades son perseguidos por las
huestes realistas.
Juana Azurduy se unió a su esposo en Tarabuco, y desde entonces luchará a su
lado, con coraje y sagacidad ejemplares. Dedicándose a recorrer las comarcas
vecinas reclutando hombres para la guerra, organizó un batallón que bautizó
con el nombre de Leales, al que, como devastadora amazona, comandó en varias
acciones contra la dominación española.
La vida de los esposos Padilla, secundados por su fiel lugarteniente Juan
Huallparrimachi, fue una incesante huida por una geografía cruel que cobraba
su precio de hambre, enfermedades y temperaturas extremas, interrumpidas por
sangrientas escaramuzas con el enemigo.
El sufrimiento no la doblegó sino que acrecentó su odio contra los españoles
y dio mayores fuerzas a su brazo para empuñar la espada. Así estuvo junto a
su esposo demostrando serenidad y valentía sin limites en Badohondo y
Carachimayu; sufrió también amargamente en el desastre del cerro de las
Carretas, luego del cual los esposos se retiraron al pueblo de Pitantora,
donde la renombrada amazona, a cuya cabeza los godos habían puesto el mismo
precio que a la de su marido, diez mil pesos, trajo al mundo su quinto
vástago, una mujercita a quien pusieron el nombre de Luisa y que sería su
compañía hasta el fin de sus días. Momentos después del alumbramiento, con
la placenta a medio expulsar, tuvieron que abandonar el pueblo ante la
amenazante presencia del enemigo.
El 5 de mayo de 1816 doña Juana Azurduy de Padilla alcanzó la gloria: al
frente de 30 fusileros criollos y 200 indios armados de hondas, palos y
flechas venció a los españoles en la batalla de "El Villar", siendo premiada
por el gobierno de Buenos Aires con el grado de "Teniente Coronela".
Pero no fue ella la única mujer que arriesgó su vida en aquellas sangrientas
jornadas. Haremos justicia con una dama de la alta sociedad salteña, doña
María Loreto Sánchez de Peón, quien cumplió tareas que hoy llamaríamos de
“inteligencia”, necesarias para la causa patriota.
Para ello, simulando ser una vendedora callejera de pan, masas y alfajores,
por ella misma preparados, se deslizaba en los patios delos cuarteles
realistas y, ofreciendo sus productos, aguardaba el momento del pase de
lista.
"Como la mayor parte de las mujeres de su tiempo, era doña Maria Loreto poco
fuerte en el arte de contar, pero ella, para no equivocarse, echó mano de un
expediente muy ingenioso.
"Llevaba en la cesta que usaba para sus ventas una buena cantidad de granos
de maíz y atadas a ambos lados de la cintura dos bolsas vacías. Cuando el
soldado cuyo nombre se gritaba respondía 'presente', la fingida vendedora
deslizaba un grano en el bolsillo de la derecha; haciendo lo propio en el de
la izquierda cuando se escuchaba 'ausente'.
“Concluida la lista continuaba acurrucada en su rincón con la canasta
depositada en el suelo, ofreciendo a los soldados de la causa del Rey,
insinuante y humilde, el pan y las masas, contestando con chanzas y donaire
las bromas de unos y las groserías de no pocos. Al fin, haciendo que le
dolía dejar el puesto sin haber vendido todas sus vituallas, abandonaba el
patio compelida por las rudas insinuaciones de algún avinagrado sargento de
pésimo genio.
"Volvía a su casa ya entrada la noche, disimuladamente y esquivando testigos
inoportunos, para vaciar las bolsas atadas a su aristocrático talle y
transmitir a Güemes, después de bien contados los granos de maíz, el número
exacto de los enemigos a quienes debía combatir"

Conf.: Aubin, José María, Anecdotario argentino, Estrada, Buenos Aires, 1910





Vie, 8 de Jul, 2005 6:56 pm

alemanpars
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LA TENIENTE CORONELA Y LA VENDEDORA CALLEJERA Juana Azurduy pasó los años de su infancia entre la ciudad y el campo, donde su padre poseía algunas fincas....
Dr. Rodolfo E. Parbst
alemanpars
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8 de Jul, 2005
7:53 pm
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