LA PROTECTORA Y LA LIBERTADORA
Ricardo Palma
Yo, que tuve la suerte de conocer y tratar a la favorita de San Martín y a
la favorita de Bolívar, puedo establecer cardinales diferencias entre ambas
física y moralmente eran tipos contrapuestos.
En la Campusano vi a la mujer con toda la delicadeza de sentimientos y
debilidades propias de su sexo.
En el corazón de Rosa había un deposito de lagrimas y de afectos tiernos y
Dios le concedió hasta el goce de la maternidad, que negó a la Sáenz.
Doña Manuela era una equivocación de la Naturaleza que en formas
esculturalmente femeninas encarno espíritu y aspiraciones varoniles. No
sabia llorar sino encolerizarse como los hombres de carácter duro.
La Protectora amaba el hogar y la vida muelle de la ciudad y la Libertadora
e encontraba como en su centro en medio de la turbulencia de los cuarteles y
del campamento. La primera nunca paseo sino en calesa. A la otra se le vio
en las calles de Quito y en las de Lima cabalgada a manera de hombre en
brioso corcel, escoltada por dos lanceros de Colombia y vistiendo dolman
rojo con brandenburgos de oro y pantalón bombacho con cotaina blanca.
La Sáenz renunciaba a su sexo, mientras la Campusano se enorgullecía de ser
mujer. Esta se preocupaba de la moda en el traje y la otra vestía al gusto
de la costurera. Doña Manuela uso siempre dos arillos de oro o coral por
pendientes y la Campusano deslumbraba por la profusión de pedrería fina.
La primera, educada por monjas y en la austeridad de un claustro, era
librepensadora. La segunda, que paso su infancia en medio de la agitación
social, era devota creyente.
Aquella dominaba sus nervios, conservándose serena y enérgica en medio de
las balas y al frente de las lanzas y espadas tintas de sangre o del afilado
puñal de los asesinos. Esta sabia desmayarse o disforzarse, como todos esos
seres preciosos y engreídos que estilan vestirse por la cabeza, ante el
graznar fatídico del búho o la carrera del asustadizo ratoncillo.
La Campusano perfumaba su pañuelo con los mas exquisitos extractos ingleses.
La otra usaba la hombruna agua de verbena.
Hasta en sus gustos literarios había completa oposición.
Cuando se restableció el absolutismo y con el la Inquisición, porque turbas
estúpidas y embriagadas rodeaban en Madrid la carroza en que se pavoneaba
Fernando VII a los gritos de "¡viva el rey! ¡vivan las cadenas!" y el
monarca con aire socarrón les contestaba "¿Queréis cadenas, hijitos? Pues
tranquilizaos, que se os complacerá a pedir de boca", el nombre de Doña Rosa
Campusano figuro en el registro secreto del Santo Oficio por lectora de
Eloísa y Abelardo y de libritos pornográficos. Lluvia de librejos tales hubo
en Lima por aquel año, y precisamente la persecución que los padres de
familia emprendieron para que aquellos no se introdujesen en el hogar, hizo
que hasta las mojigatas se diesen un buen atracón de lectura para tener algo
que contarle al padre confesor en la Cuaresma.
El galante Arriaza y el dulcísimo Melendez eran los poetas de Rosita.
¡Que contraste con las aficiones de Doña Manuela! Esta leía a Tácito y a
Plutarco; estudiaba la historia de la Península en el padre Mariana y la de
América en Solís y Garcilaso; era apasionada de Cervantes y para ella no
había poetas mas allá de Cienfuegos, Quintana y Olmedo. Se sabía de coro el
Canto a Junín y parlamentos enteros del Pelayo, y sus ojos, un tanto
abotagados ya por el peso de los años, chispeaban de entusiasmo al declamar
los versos de sus vates predilectos. En la época en que la conocí, una de
sus lecturas favoritas era la hermosa traducción de los Salmos por el
peruano Valdés. Doña Manuela empezaba a tener ráfagas de ascetismo y sus
antiguos humos de racionalista iban evaporándose.
Decididamente Rosa Campusano era toda una mujer, y sin escrúpulo, a haber
sido yo joven en sus días de gentileza, me habría inscrito en la lista de
sus enamorados... platónicos. La Sáenz, aun en tiempos en que era una
hermosura, no me habría inspirado sino el respetuoso sentimiento de amistad
que le profese en su vejez.
La Campusano fue la mujer-mujer.
La Sáenz fue la mujer-hombre