Catalina de Erauzo, una mujer de armas llevar
En los tiempos de la conquista hispana, ser mujer era probablemente más
difícil que en estos días. Aquellas sociedades no admitían que una dama
renegara de su obligatorio papel de ama de casa y madre, preferentemente de
prole numerosa. Las pocas féminas que se negaron a ejercer ese rol, pasaron
a la historia como desquiciadas y con rótulos infamantes. Una de esas
rebeldes fue Catalina de Erauzo, mujer diestra con la espada, pendenciera a
ultranza, que se disfrazó de hombre y realizó una brillante carrera como
soldado.
Según el historiador Mario Pacho O'Donnell, uno de los pocos que prestó
atención a la historia de esta mujer, luego que Catalina fuera herida en una
trifulca con bastante gravedad para recibir ayuda, los médicos descubrieron
que aquel macho renombrado por sus agallas, era hembra. Por tal superchería,
desde luego, los hombres de aquella época le hubieran hecho pagar todas
juntas, de manera que la mujer no tuvo más remedio que solicitar al papa "un
jubileo", es decir el perdón para sus faltas. En ese pedido, donde el
protocolo exigía que contara su vida, tuvo que narrar la razón de sus
andanzas y reiteradas reyertas. Por ese pormenorizado informe,
precisamente, se conocen sus aventuras y desventuras.
"Nací yo, doña Catalina de Erauzo -dijo en su solicitud de jubileo-, en la
villa de San Sebastián de Guipúzcoa en el año de 1585, hija del capitán don
Miguel de Erauzo y de doña María Pérez de Galarraga y Arce, naturales y
vecinos de aquella villa". Contó luego que había sido abandonada por sus
padres y criada por una tía, que la internó en un convento de monjas
dominicas cuando apenas tenía cuatro años de edad. Es que la tal tía arguyó
que deseaba encarrilarla en la vida contemplativa, o sea, para no andar con
rodeos, que apeló a la dialéctica monacal para sacarse de encima a la niña.
A los quince años, siendo novicia, tuvo uno de sus continuos altercados con
una de las religiosas, una monja muy robusta y de agrio talante, decidida
partidaria de incentivar las vocaciones piadosas a cachetazos, quien le
propinó una paliza que Catalina decidió fuera la última. Esa misma noche
robó las llaves del convento, encerró a las monjas mientras rezaban maitines
y se escapó dejando atrás un piadoso griterío. Después confesó que en esos
momentos resolvió rechazar la femineidad que aquella sociedad de hombres
reservaba a las mujeres. Se enroló entonces como grumete en la flota del
capitán Luis Fajardo y comenzó así su nueva vida mientras navegaba rumbo a
América.
En Nombre de Dios, la actual Panamá, punto final de ese su primer viaje,
abandonó la vida marinera y se internó en el territorio con quinientos pesos
que le sustrajo a Fajardo, quien -dicho sea de paso-, se ganó la rapiña por
su renuencia a pagar los salarios del grumete, que desde el principio y por
razones obvias, se haría llamar Catalino. En la ciudad de Saña se desempeñó
como tendero, que fue el trabajo más femenino que desempeñó en su vida. Sin
embargo, mientras vendía telas a las damas de Saña, se inició como
espadachín propenso a las trifulcas.
Conforme con la historia que Mario O'Donnell incluyó en su libro "Los héroes
malditos", cierta vez que Catalino concurrió a presenciar una obra de teatro
en un "corral de comedias" -apelativo dado por los antiguos panameños al
teatro-, un corpulento espectador de la fila de adelante le impedía ver el
escenario. Catalino le pidió amablemente que se apartara un poco, pero
recibió una respuesta amenazante:
¡Cállese so palurdo y mándese a mudar ya mismo o le corto la cara!
Al día siguiente el ex grumete (o más bien deberíamos decir la ex grumeta),
volvió al "corral" para encontrar el insolente. Se le acercó por detrás y le
tocó el hombro. Cuando el otro se dio vuelta preguntando "¿qué quiere?",
Catalina/Catalino le rajó la cara con su cuchillo, al tiempo que le decía
"ésta, señor, es la cara que se corta, no la mía". El hombre se desplomó en
su silla con la cara ensangrentada, mientras uno de sus amigos se le fue
encima a Catalina/lino con su espada desenvainada. La mujer contó el
episodio a su manera: "El sacó su espada y yo la mía. Se vino con ella a por
mí y yo me fui con la mía a por él. Tiramos los dos, yo hice a un lado su
acero y le entré con el mío por el lado izquierdo traspasándolo. Se cayó
encima de su amigo de la cara rajada con los ojos en blanco".
Como consecuencia de esta pelea, Catalina/lino tuvo que refugiarse en una
iglesia, de donde la rescató su patrón el tendero, a condición de que se
casara con una tal Beatriz de Cárdenas. Muy atractivo debía resultar
Catalina con su traje de hombre, pues tuvo que quitarse de encima a la tal
Beatriz de malos modos.
Es que según su peculiar narración, "...una noche me encerró y declaró que a
pesar del diablo yo tenía que dormir con ella, porque no daba más.
Apretándome en esto estaba de tal modo, que tuve que alargarle la mano y
salirme rompiendo la puerta".
Pocos días más tarde se emitió un bando buscando soldados para formar seis
compañías que irían a Chile, a lo que Catalina, convertida definitivamente
en Catalino, sentó plaza en una de ellas a las órdenes del capitán Gonzalo
Rodríguez.
Estuvo destinada a servir en el fuerte de Paicabí, uno de los más
peligrosos, donde combatió contra los indios por espacio de tres años. En un
informe al rey de España refirió que "...en un ataque de los naturales del
lugar mataron al alférez y capturaron la bandera. Me abalancé a recuperarla
y en la acción murieron los cinco soldados que me acompañaban y yo resulté
gravemente herido. Así y todo maté al cacique que llevaba la bandera, se la
quité y atropellé con mi caballo matando e hiriendo a una infinidad. Al
final, traspasado por tres flechas y con la moharra de una lanza clavada en
el hombro izquierdo me caí del caballo".
En reconocimiento de su heroísmo aquella vez se la nombró alférez y durante
cinco años se desempeñó en ese cargo. Incluso comandó la compañía cuando el
capitán Rodríguez murió combatiendo en Purén. Como cabía esperar, Catalino
se cobró lo de Rodríguez, pues salió a buscar al matador: "...me topé con él
a los dos días. Era un capitán de indios, ya cristianado, llamado Francisco
Quispichagua, hombre de causar alarma que nos traía bien inquietos.
Batallando con él lo derribé del caballo y se rindió. No le valió de nada.
Al punto lo hice colgar de un árbol".
Catalina de Erauzo pasó los últimos años de su vida en Veracruz, México,
ejerciendo como arriera, transportando pasajeros y equipajes. Uno de sus
clientes fue fray Diego de Sevilla, quien describió a la "monja alférez"
poco antes que muriera en 1650. Dijo que "...era de buen cuerpo, no pocas
carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote, traía espada
y daga con guarniciones de plata y me parece que sería entonces como de
cincuenta años".
Gracias Francisco Zamora