Los Acaxees, Xiximes Y Neyuncame.
Por Enrique Martínez G. (enmago7@...)
El grupo mesoamericano de acaxee, o acaxete, pertenece
uno de los antiguos pueblos que residían en el Estado
de Puebla, ambos vocablos, según los expertos derivan
de acaxitl, palabra compuesta de atl (agua), y de
caxitl (cazuela, recipiente, cajete o alberca), se
dice que en Acaxete "hay una caja o arca de agua de
piedra de cantería, en que se recogen las que bajan de
la sierra y se conducen a Tepeaca"; el nombre, nos
indica en su significado esotérico el receptáculo del
sacro líquido que viene depurándose a través de largo
viaje por entre las montañas y para el iniciado,
además de refrescar su garganta y nutrir su cuerpo,
refresca la memoria de su espíritu y nutre su relación
con el entorno, grandiosa muestra de Tonatzin.
Existe una narración de las costumbres de este
ancestral pueblo indios la obra del religioso Andrés
Pérez de Ribas quien por supuesto solo podía tener una
visión muy limitada debido su formación religiosa, sin
embargo para aquellos hermanos que saben descifrar los
símbolos de los ancestros, este será un valioso
material:
“Vivían los acaxees junto a los ojos y charcos de agua
en pequeñas fracciones, y sobre los picachos o mogotes
difíciles de trepar, porque aunque eran de una misma
nación y lengua, se hacían entre sí continuada guerra;
la causa era que por pequeño que fuera el agravio que
alguno recibía, luego recogía a sus parientes y con
ellos tomaba cumplida venganza; y a su turno este
segundo tornaba a la carga, y así nunca terminaba la
querella. Iban a la guerra con todas las riquezas que
tenían en sus casas de tilmas, chalchihuites, plumería
y armas. Estas consistían en arcos, flechas, carcaxes
de pellejos de pumas, lanzas coloradas, y se adornaban
con una cola hecha de gamuzas teñidas negras, y
sacadas unas tiras largas que salen de un espejo
redondo, puesta en una rodaja de palo tan grande como
un plato pequeño, y esa asentada en el fin del
espinazo, baja la cola hasta las corvas en un cordel
con que van ceñidos.”
“La macana llevaban atravesada como daga, la tilma
cruzada por el pecho, y la cara, las piernas y los
brazos pintados o engrasados de amarillo, o de negro
de hollín del comal y ceniza; el chimal guarnecido de
plumería, «los cuales son como las vaseras de vidrios
y cálices, con los cuales se revuelven y escudan
metiendo todo el cuerpo debajo de ellos.» En la mano
izquierda tienen el arco y la lanza, con la derecha
flechan, y en cayendo un enemigo, con una hacha
pequeña, que también tienen, le cortan la cabeza, y
esta se llevan, si no pueden todo el cuerpo.
En volviendo a sus tierras, las mujeres que ayunaban
mientras iban a la guerra, y las demás que están en el
pueblo le salgan a recibir. Llegados a sus casas, que
son de terrado y con puerta muy pequeña, junto al
árbol de zapote que tienen en el patio (y al pie del
cual dejaron una flecha o un hueso de muerto para que
su ídolo les diese victoria).
“Ayunan rigurosamente, y mientras dura, ni comen cosa
con sal, ni tocan persona, ni hacen nada; sólo comen
un poco de maíz tostado o pinole, que beben en una
calabacilla que traen colgada en señal de que ayunan:
esta ceremonia guardan cuando van a la guerra, o si
ven algún xixime, que son sus enemigos, cuando
siembran, cosechan, pasean o lo hacen por devoción.
Llaman a sus ídolos Tesaba, y al principal Neyuncame,
el que todo lo hace: el dios que cuidaba las
sementeras tenía la forma de conejo o venado, para que
estos animales no las talaran; el que cuidaba de la
caza de los ciervos que se cogían para hacer tamales
al recoger las sementeras, eran unas grandes astas de
venado; una águila muerta era el numen para la
volatería, y un navajón de pedernal servía para que
las flechas no se descompusieran. Otros ídolos había
en figuras humanas, o solo las cabezas, no faltando
uno que «era la cabeza de un hombre bien hecha, con un
cucurucho como de capilla de un fraile capuchino.”
«Tienen estos ídolos unos altares muy fijos, hechos de
figura circular, comenzando con un círculo muy
pequeño, de compás de dos palmos, y sube una vara en
alto, hecho de piedras llanas con barro y luego otro
mayor que cerca aquel del mismo altar, y luego otro y
otro hasta que viene a ser un compás de dos varas. En
este altar tenían los ídolos y ofrecían las ofrendas,
y cuando no había otra cosa, ofrecían y ofrecen
todavía una hoja de árbol puesta una piedrecita
encima; otras veces un manojo de zacate, y encima la
piedra para que no se vaya. En las juntas de los
caminos suelen tener un montón de piedra, en el cual
ponen un manojito de zacate y una piedra encima para
no cansarse en el camino.”
“Comúnmente andan desnudos; en la cintura llevan
ceñido un cordel delgado, con flecos o borlas de un
geme de largo y cuatro o seis dedos de ancho en la
parte delantera; cúbrense algunos con tilmas de
algodón, o de, pita sacada del maguey, que tiñen
algunas veces de azul, o de pieles adobadas. Se
sientan sobre la planta del pie derecho, doblando la
rodilla y poniendo contra el suelo el empeine del pie,
causa por la cual tienen allí muchos callos. Conservan
largo el cabello y lo cuidan con esmero; se lo trenzan
con cintas blancas de algodón. Traen al cuello grandes
sartas de caracoles y de coscates de algunos mariscos,
y lo mismo en las muñecas de las manos: se agujeran la
ternilla de la nariz, y se cuelgan con un cordón una
piedra verde de las que llaman chalchihuites; traen en
las orejas muchos zarcillos negros, cada uno con una
cuenta blanca, o arillos de plata o de cobre «tan
grandes como manillas, y en grandísima afrenta entran
ellos cuando alguna vez, le desgarran las orejas.
Traen algunos liga en las piernas de las garras de los
venados que han muerto, y lo mismo en la garganta del
pie, porqué dicen que así trepan las montañas con
facilidad; si se cansan, se sangran de las piernas con
una flecha aguda; lo mismo practican en la frente y
cerca de las sienes cuando les duele la cabeza.
Yendo de camino las mujeres llevan la carga en un
cacastle, que tiene la forma de un huacal, solo que es
angosto por abajo y ancho por arriba; en estos va la
comida, que es el maíz blando en mazorca, y sobre ella
los utensilios para comer, y envuelto en una tilma el
niño arriba de todo, que allí va durmiendo, y a veces
van dos: a los lados van los papagayos y las
guacamayas, que crían y cuidan para tomarles las
plumas y adornarse con ellas; y además penden las
patas de los venados matados por el marido ensartadas
en unos cañutos de caña, y los huesos de los mismos,
que hacen ruido como cascabeles: cargando el marido a
la espalda el muchacho más grande, van en esta forma
hombre y mujer, llevando a cuestas toda su hacienda.
Comen en los caminos y en la guerra un poco de maíz
tostado, y como alguno derraman al sacarlo, si van
muchos juntos, les siguen los cuervos para comer el
desperdicio.
Es gente mediana de cuerpo, bien agestada y
proporcionada, de color no muy oscuro, y no se rayan
el rostro; son fáciles, alegres, y conversan con
afabilidad y risa; ni son huraños, ni esquivos, ni
melancólicos, ni retirados, ni temerosos, ni
encogidos, sino largos, atrevidos y muy liberales, que
acostumbran poner a la puerta de su casa una olla de
pinole, y de ella bebe todo el que pasa, sea propio o
extraño. Gozan de buen entendimiento, prosiguen con
tesón lo comenzado, y no les eran extraños algunos
rasgos caballerosos.
Juegan a la pelota como los antiguos mexicanos, con
grandes esferas de hule, que no se tocan durante la
partida, sino con los hombros o los cuadriles: en
todos los pueblos hay para el efecto el vatey o plaza,
y juegan los vecinos o unos pueblos contra otros,
preparándose en este caso con tres días de
anticipación con bailes, cantos y algunas ceremonias:
apuestan sus efectos más preciosos o cosas como
arrancarse las pestañas o pasarse chile bravo por los
ojos abiertos. Las mujeres juegan al patole «que son
cuatro cañas abiertas, y según caen, dando con ellas
en una piedra, así van contando las rayas en unas
piedras que tienen puestas en ringlera con dos puertas
que han de salvar con el número que sale sin caer en
ellas, que llaman ellos quemaderos, porque si caen en
ellas comienzan a contar de nuevo: pongo por ejemplo,
faltándome dos para llegar a la puerta: si caen tres,
salvo la puerta, y si caen dos caigo en ella, y así
vuelvo al principio.”
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