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Catolicos hipocritas / Javier Sicilia   Lista de mensajes  
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FELIPE CALDERÓN Y EL CATÓLICO HIPÓCRITA
Javier Sicilia
08-Abr-2006
Apro
 
Me contaba mi padre, un hombre frente al cual se podía mirar la grandeza de
ser católico, que un día el hermano del doctor Rojo de la Vega -el famoso
médico de los toreros-, en la cantina donde éste departía con algunos
amigos, irrumpió exclamando: "¡Católicos de mierda!". El doctor, indignado,
se levantó y lo increpó: "Recuerda que tu padre y tu madre eran también
católicos"; a lo que el hermano respondió: "Sí, pero de mierda". El doctor,
de un golpe lo puso en el suelo. Desde allí, el hermano, señalándolo con el
dedo, lo llamó "Caín".

La anécdota no dejaría de ser sólo una buena historia de sobremesa si no
guardara una realidad espantosa. Ser, como mexicanamente se dice, "un
mierda", es no valer nada humanamente; ser un católico así es peor: es haber
llevado lo mejor de lo humano a lo peor, a su envilecimiento más atroz.

Alguna vez, al referirme a Santiago Creel, usé la palabra pudrimiento
(Proceso 1500). Pero, lo que en Creel, que terminó concesionando casas de
apuesta a Televisa, gastando 26 millones de pesos en una precampaña inútil y
utilizando el poder para su provecho personal, fue una lenta degradación, en
Felipe Calderón, Diego Fernández de Cevallos -ese encomendero extraviado en
el tiempo-, Espino y la mayoría de la bancada panista es su producto. Votar
en favor de la Ley Televisa es no sólo haber golpeado la democracia y
abierto las puertas al último de los totalitarismos -el más sutil de todos,
porque se enmascara tras la apariencia de la libertad-, el del mercado y sus
controles publicitarios, sino haber traicionado uno de los temas
fundamentales del panismo y de la Doctrina Social de la Iglesia: la
subsidiareidad, es decir, la no sustitución de los organismos pequeños por
los grandes, y el apoyo del Estado para que aquéllos conquisten su plena
libertad.

Con la Ley Televisa, aquellos que desde su laicismo dicen representar el
espíritu católico han hecho de Mammón el Dios, y de los valores más extremos
e inanes de la burguesía, las virtudes del cristianismo. Ellos, tan
estúpidamente preocupados por la píldora del día siguiente, por el condón,
por los homosexuales, por mirar la paja en el ojo ajeno, no se han inmutado
un ápice por arrodillarse y arrodillar al país ante el gran capital y sus
monopolios ni por lo que eso trae de humillación a uno de los más altos
valores del cristianismo y de la vida democrática: la libertad. Tras su
puritanismo se esconde la hipocresía del libertino y del burgués, de
aquellos que, arropados bajo el abriguito de la moral de las buenas
conciencias, han hecho de los vicios privados virtudes públicas.

Felipe Calderón, quien, como alguna vez dijo Denise Dresser, significaba
para el panismo el regreso a los principios, prefirió, frente a la brecha
que le lleva López Obrador en la contienda electoral, traicionarlos y
vender, como Esaú, su primogenitura por un plato de lentejas.

El asunto de su corrupción, sin embargo, viene de más lejos. Contra lo que
su padre, Luis Calderón Vega, le enseñó del valor de la subsidiariedad que
estaba en las bases del PAN -luchar "por crear una conciencia humanista,
comunitaria, en los mexicanos, con el fin de hacerlos participar en los
procesos políticos y satisfacer las exigencias del bien común" (Proceso
380)-, Felipe, ya desde su condición de dirigente del PAN, optó, al impulsar
la creación del Fobaproa, por servir a una sola clase, la de los
empresarios. Desde entonces (el apoyo que le dio a la Ley Televisa lo
constata de manera absoluta), no ha hecho más que arrastrarse ante los
intereses legales más sucios y degradantes.

Podrá objetarse, sin embargo, que, en el caso de la Ley Televisa, hizo lo
mismo el PRI y, de una manera más sutil e hipócrita, el PRD. Sin embargo, lo
que indigna de Calderón y los panistas es que ellos lo han hecho con la
hipocresía del saduceo. Del PRI y del PRD no se esperaba menos. Son hijos de
la corrupción que trajo la realpolitik a la nobleza de la política. En
cambio, de un hombre que significaba el retorno a los principios panistas,
de un hombre que fue formado en los valores cristianos, de un hombre para el
que la dignidad de la persona debía estar por encima de todo y a ella debía
servir la vida política, es intolerable. Su actitud, como la de todos esos
que, llamándose católicos, lo han acompañado poniendo de rodillas al país
ante los grandes monopolios, no sólo humilla a México, sino a aquellos que
aún tenemos un alto sentido de lo que ser cristiano significa en un mundo
como éste.

Felipe y esos católicos que, con toda justicia, habría que llamar de mierda,
al pugnar y aprobar la Ley Televisa, olvidaron que el diálogo a la altura
del hombre cuesta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias
-llámense marxismo, fascismo, mercado o ideología católica- monologado y
dictado desde los solitarios púlpitos de los medios; olvidaron que, tanto en
la familia como en la ciudad, el monólogo precede a la muerte; que los
cristianos -no los rezanderos, como ellos-, por el simple hecho de anteponer
al hombre por encima de todo, se comprometen a luchar contra la servidumbre,
la mentira y la indignidad.

Ellos han renunciado a su primogenitura, por las migajas que los nuevos
dioses, los de los totalitarismos mercantiles, les han dado haciéndoles
creer que mercado y cristianismo son iguales; que los valores de la
burguesía, a la que han decidido servir, son los mismos que mecieron la cuna
del cristianismo. Sus traiciones, sus corrupciones, no son más que la
confirmación de la crítica que Emmanuel Mounier, tan caro a los fundadores
del panismo, dirigió a la burguesía católica de principios del siglo XX, esa
burguesía que, como ellos lo hacen ahora, había homologado los valores del
mercado con los de la más alta tradición: "el desorden establecido del
cristianismo", un desorden que en México hiede por todas partes.

¿Hay una manera de redimir toda esta basura? Sí: que Vicente Fox, quien
también se dice católico, rechace desde su investidura presidencial la Ley
Televisa, y que Felipe Calderón y las huestes del PAN vuelvan a los
principios y sitúen su campaña, no en la denostación a López Obrador, sino
en una propuesta política que reivindique lo que algún día le dio al panismo
su mejor presencia. Lo que sería un milagro porque, hasta ahora, Vicente
Fox, Felipe Calderón y la mayor parte de las huestes panistas no se han
distinguido de esos católicos que un día el hermano del doctor Rojo de la
Vega definió con tanto acierto y de los que, para nuestra desgracia, sólo
han sido odiosos representantes.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a
todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva,
esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez y sacar a la Minera San
Xavier del Cerro de San Pedro.


www.proceso.com.mx


----------------



Lun, 17 de Abr, 2006 9:52 pm

anahuak2001
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FELIPE CALDERÓN Y EL CATÓLICO HIPÓCRITA Javier Sicilia 08-Abr-2006 Apro   Me contaba mi padre, un hombre frente al cual se podía mirar la grandeza de ser...
Ricardo Ocampo
anahuak2001
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17 de Abr, 2006
10:11 pm
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