Inglés o español, el nuevo debate
MIAMI.- Hawthorne es una pequeña ciudad al sur de Los Angeles, en California. Tiene 84.000 habitantes, de los cuales el 44,3% es hispano; el 33%, negro, y sólo el 13% es blanco no hispano. Pero algunas semanas atrás, un miembro del concejo municipal, alarmada por no comprender el significado de un cartel colgado en un negocio, que decía: "Migún. Camas terapéuticas. Terapia gratis", presentó un proyecto que, de aprobarse, obligaría a los comercios a poner sus anuncios en inglés.
El "migún" del cartel aludía a unas camas terapéuticas coreanas; de allí, el significado de la leyenda. El propietario del negocio, un inmigrante coreano, explicó que en Hawthorne, "si uno no habla español, no puede vender nada".
El incidente ilustra perfectamente la complejidad de la controversia lingüística que esta teniendo lugar en los Estados Unidos y que en estos días ha resurgido como consecuencia del debate sobre la ley de inmigración en el Congreso.
La polémica enmascara un conflicto mucho más profundo y que resulta del hecho de que Estados Unidos tiene hoy unos 40 millones de hispanos y que su flujo, resultado de la inmigración legal e ilegal, no decrece. Muchas ciudades grandes y pequeñas se han tornado espontáneamente bilingües y, en algunos casos, como el de Miami, el español prevalece sobre el inglés.
La incomodidad que muchos anglohablantes sienten ante la preeminencia del español no es sólo un problema de comunicación. Muchos ventilan su resentimiento por lo que perciben como la invasión de una cultura foránea que, a su juicio, erosiona la cultura nacional y degrada los niveles educativos. Estos sectores, que tienen una fuerte representatividad en el Congreso, están presionando para que se declare al inglés lenguaje oficial de la nación.
De hecho, en mayo, el Senado aprobó un proyecto, contenido en la enmienda a la ley de inmigración, donde se designa al inglés idioma nacional. El proyecto aún debe ser sancionado por la Cámara de Representantes.
El texto aprobado por el Senado contiene una importante sutileza: designa al inglés "idioma nacional" y no "idioma oficial", y esta distinción, según los expertos, si bien reconoce al inglés como parte de la cultura nacional, no convierte su uso en una compulsión.
La misma enmienda insta al gobierno a "preservar y realzar el papel del inglés" y aún incluye otra cláusula, que ha causado alarma entre los defensores del bilingüismo, que establece que nadie tiene derecho a exigir que los servicios gubernamentales sean provistos en un idioma distinto del inglés.
Más allá de las motivaciones políticas e ideológicas que inspiren a cada una de las partes en este debate, nadie niega que un idioma común cumple una función unificadora en una sociedad. Estados Unidos es uno de los pocos países cuya Constitución no reconoce un idioma nacional y los norteamericanos han sido igualmente refractarios a la idea de una academia de la lengua encargada de regir sobre el uso de vocablos y de formas gramaticales. Delegan esta responsabilidad en los diccionarios independientes.
Pero, al mismo tiempo, nadie puede ignorar que Estados Unidos es una nación extraordinariamente diversa, formada por el influjo de una sucesión de olas inmigratorias.
No es que los defensores del bilingüismo excluyan la necesidad de aprender y hablar inglés. Una encuesta de la organización Pew, en 2003, demostró que una gran mayoría de inmigrantes considera imperativo hablar inglés para integrarse a la sociedad norteamericana.
Pero combatir el idioma de un grupo étnico y promover compulsivamente su reemplazo no ayuda a fortalecer la unidad de una nación, sino todo lo contrario. Cuando la conexión con el origen se esfuma en la distancia, siempre nos queda el idioma para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.
Por Mario Diament