El Entrevistador
por Pedro Alejandro Matta
La mujer, en la penumbra del pasillo, trataba de inclinarse todo lo
que sus amarras le permitían. Quería ver lo que sucedía mas allá de
los pocos metros a los cuales tenia acceso visual. No estaba con la
vista vendada, tal como la mayoría de los demás prisioneros. Es más,
la mantenían aislada del resto de ellos. Quizás eso se debía a que
era particularmente hermosa y a los torturadores les agradaba ver su
rostro asustado y sus labios entreabiertos cada vez que pasaban
frente a ella.... Tendría unos dieciocho anos, de cabello largo y
suelto que le caía sobre los hombros, piel clara, y ojos oscuros.
Pocos metros mas allá ella podía divisar una puerta cerrada. A
través de la puerta, y a intervalos irregulares, se escuchaba el
zumbido de descargas eléctricas, seguidos de gemidos, a veces
alaridos, y sollozos. Estos eran acompañados por gritos,
imprecaciones, golpes, y ruidos diversos que no eran fácilmente
discernibles. Los primeros eran emitidos por el hombre al que
estaban interrogando; los otros provenían de sus interrogadores....
Al termino del pasillo, detrás de otra puerta semiabierta, se
escuchaban los quejidos de una mujer, que estaba fuera del ángulo de
vista de la primera mujer, sentada en el banco en el pasillo. Los
gemidos de la mujer, y la respiración agitada y palabras obscenas de
un par de hombres que escuchaba dentro de la habitación no le dejaban
lugar a dudas sobre lo que realmente estaba ocurriendo en su
interior...
Pensó entonces que lo mismo le iba a tocar a ella..., y sintió un
escalofrío que le recorrió la espalda, un sudor frío cubrió poco a
poco su cuerpo, y posteriormente experimentó náuseas al pensar lo que
le esperaba. Palpó sus ligaduras. Permanecían firmes y sólidas, y
pensó que no le era posible deshacerse de ellas. Se recostó contra
el frío muro a sus espaldas y trató de pensar en otra cosa.
Recordó a su novio, el apuesto y moreno estudiante que en esos
momentos se estaría preguntando que pasó con ella. Seguramente la
esperó y la esperó en la esquina donde habían quedado de juntarse.
Fueron pasando los minutos y ella no aparecía. Probablemente, el
habría mirado su reloj, ese antiguo reloj pulsera con cadena metálica
que era su orgullo y que le había regalado su padre cuando cumplió
los dieciocho anos... Seguramente interrogó con los ojos la
manecilla del reloj que, rítmicamente, avanzaba sin detenerse a
través del dial. Pasó otra media hora. El joven seguramente
siguió esperando, esperando y mirando hacia la esquina por donde ella
debería aparecer...
En ese momento, a poca distancia suya, el ruido de la puerta cerrada
que ahora se abría la sacó de sus cavilaciones. Trató de esconderse,
de achicarse, de pasar desapercibida, de acurrucarse en el banco
adosado a la muralla de tal modo que fuera indistinguible en la
penumbra..., de mimetizarse con el color indefinible del manchado y
sucio muro a sus espaldas.
La luz de una bombilla eléctrica encendida se filtró hacia el pasillo
ahuyentando la penumbra y dejándola en evidencia. Se sintió casi
desnuda ante esa luz que hería sus pupilas y revelaba su cuerpo. La
silueta de un hombre se dibujó en el dintel: reconoció al detective
que ella había visto a menudo caminando por las calles, en otros
tiempos, y cumpliendo otras funciones..., en otra vida... Lo
recordaba sentado en la mesa de un restaurant bebiendo cerveza y
riendo ruidosamente en medio de un grupo de hombres que le dirigieron
miradas insolentes y palabras atrevidas cuando ella pasaba. O
sentado en la plaza, a la sombra de los añosos tilos, acompañado por
una mujer joven vestida provocativamente y de aspecto vulgar.
El hombre, ahora vestido con jeans y camisa de manga corta a cuadros,
pasó a su lado dirigiéndole una pulla y una sonrisa lasciva. El
sudor empapaba su camisa y de sus gruesos zapatos se desprendía un
fuerte olor a orines y a vómito. Entró en el baño que se encontraba
en el mismo pasillo a unos pocos pasos de distancia... Escuchó el
correr del agua del lavamanos y poco después el funcionamiento del
inodoro...
En esos momentos, la puerta de la habitación por donde había salido
se abrió aún más: primero apareció una mano cubierta de oscuros
vellos que se aferró al marco de la puerta, después, el hombro del
mismo hombre, que poco a poco fue saliendo al pasillo. También
vestía jeans y camisa de manga corta; era alto y macizo, con pelo
grasiento y ensortijado, y por un momento permaneció en el umbral
como vacilando y mirando hacia el interior de la habitación. La
cercanía del hombre le permitió advertir que también despedía un
fuerte olor a sudor, vómitos, orines, y excremento humano. Poco a
poco, fue saliendo hacia el pasillo retrocediendo de medio lado y
sujetando algo. Entonces ella notó que, alrededor del cuello del
hombre había otro brazo al que éste aferraba con fuerza, brazo que
pertenecía a un segundo hombre que estaba siendo sacado de la
habitación, sostenido por el ya mencionado y por un tercer individuo
cuya silueta adivinaba un paso mas allá. El grupo completo
finalmente apareció en el pasillo. Si ella se hubiera inclinado
quizás los habría podido tocar. Poco a poco y tambaleantes por el
peso del hombre en el medio, el grupo avanzó por el pasillo hacia una
puerta que se divisaba al fondo. El hombre de en medio iba
completamente desnudo y con la cabeza caída sobre el pecho. Sus
ropas, manchadas con sangre seca, las llevaba el tercer personaje en
su mano derecha. A medida que el grupo avanzaba por el pasillo con
piso de cemento, el hombre desnudo, con sus pies colgantes y
exánimes, iba dejando un rastro mezcla de orines y de sangre, como
mudo testigo de lo que había ocurrido poco antes en la habitación...
El pasillo se llenó de un olor difícilmente describible: el olor del
miedo.
Al paso de la comitiva, la mujer se acurrucó en el rincón más lejano,
y que ella pensó más protegido, para no interferir, para no ser
percibida, para no ser vista, para dejar de existir, para no ser...
El sonido de la caída del agua del inodoro del baño la trajo de
regreso. El ruido la obligaba a ser nuevamente consciente de su
triste condición. El detective que salía en ese momento del baño
estaba ajustándose el cinturón y permanecía con la bragueta del
pantalón aun abierta..., se detuvo un momento para cerrar la puerta
del baño, y al volverse para regresar al pasillo y a la habitación
desde donde había emergido pocos momentos antes, la vio...
acurrucada e inerme, silenciosa y aterrorizada, con un rictus de
dolor, de espanto, y de repugnancia. Con una sonrisa provocadora e
insolente se detuvo frente a ella y, en vez de continuar cerrando la
bragueta, volvió a abrir el cierre y se le acercó. Su silueta quedó
dibujada frente a ella obstruyendo la luz que venía de la bombilla
eléctrica de la habitación atrás, y al levantar ella la vista sintió
los ojos oscuros de él, brillantes en la oscuridad, clavados en sus
labios. Después, mirándola fijamente, introdujo su mano derecha al
interior del pantalón, y la sacó aferrando el pene. Por ser bajo de
estatura, el pene del hombre quedó, flaccido y aún húmedo, a pocos
centímetros bajo su boca. El detective intentó empinarse sobre las
puntas de sus pies sujetando su pene con la mano derecha y
dirigiéndolo hacia su boca. Ella no creía lo que le estaba
pasando..., su vista se clavo incrédula y fascinada en ese pene que
la amenazaba desde unos pocos centímetros de distancia y un poco más
abajo de sus ojos, acompañado del fuerte olor a vómitos y a orín que
despedía su dueño... Y entonces, como en una película de cámara
lenta en la cual ella poco a poco se desdoblaba de su cuerpo y pasaba
a ser espectadora, sintió como el hombre la asía con violencia de sus
cabellos con su otra mano y poco a poco forzaba su cabeza y su boca
en dirección al pene. Sintió la flaccidez del órgano en sus
labios, y sintió la fuerza ejercida detrás de su cabeza. Sus labios
se abrieron ante la presión, y el pene del detective ingresó a su
destino... El hombre sonrió satisfecho, dijo unas palabras que ella
no alcanzó a comprender, se separó de ella y cerró el cierre de su
pantalón. Después, se acercó a la puerta que permanecía abierta y,
antes de entrar a la habitación de la cual había salido momentos
antes, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa,
colocó uno de ellos en la comisura de sus labios, lo encendió con un
fósforo, y lanzó una voluta de humo al interior de la habitación,
desapareciendo en ella tras cerrar la puerta. Nuevamente el pasillo
quedó en la penumbra, y los gemidos de la mujer en la habitación del
fondo se escuchaban cada vez más débiles...
La mujer comprendió que, tras el regreso de los dos hombres que
habían sacado al prisionero desnudo y exánime por la puerta del fondo
del pasillo, le correspondería ahora a ella ingresar a la habitación
con la bombilla eléctrica encendida...
II
Allí estaba el..., sorprendida e incrédula, miraba la fotografía
publicada en la primera página del periódico:
"NOMBRADO NUEVO DIRECTOR DE LA POLICIA DE INVESTIGACIONES"
decía el titular..., y la fotografía de él, vestido en la foto no con
jeans y camisa cuadrillé, sino que con un elegante terno azul marino,
camisa blanca, corbata oscura, y lustrosos zapatos negros, parecía la
imagen misma de la probidad, de la rectitud, de la integridad, y de
la solvencia. Su sonrisa..., esa sonrisa que la había perseguido
por años en su memoria, ahora había desaparecido; en su lugar, la
fotografía mostraba un rostro serio, casi adusto, incluso
distinguido...., los años habían raleado su cabello y encanecido sus
sienes. Sus ojos, que ella evocaba brillantes en la penumbra, ahora
la escrutaban desde la fotografía detrás de unos espejuelos de marco
dorado. Y realzaba su aire de estudiada y cuidada distinción con un
fino bigote que cubría el labio superior. Sin embargo, era el...,
no cabía duda, era el mismo, detrás de su recortado bigote, de sus
sienes plateadas, de su cuidado cabello, de su traje y de su apostura
-cuidadosamente estudiada para colocar el mejor ángulo para la foto-
seguía siendo el mismo. Probablemente ahora no olería a sudor,
vómitos, orines y heces, pero para ella igual evocaba los alaridos
del hombre desconocido torturado en la habitación cercana a quien
ella nunca pudo ver el rostro, y de la mujer violada en la habitación
del fondo...
Más de dieciocho años habían pasado..., ¿cuántos hombres torturados?
¿cuantas mujeres violadas?, quizás que cosas habían visto esos ojos
que se protegían tras los elegantes espejuelos...
Nuevamente sintió un escalofrío en la espalda y el sudor frío que la
invadía..., se apartó del quiosco de periódicos y se acercó al borde
de la acera sintiendo las náuseas que la sacudían, se apoyó con una
mano en el poste del alumbrado público, se dobló sobre sí misma, y
vomitó...
-Señora, ¿qué le sucede...? ¿se siente mal? - escuchó la voz a sus espaldas.
Al volverse, con los ojos llorosos, enfrentó los ojos oscuros de un
hombre de mediana edad, cabello gris, vestido correctamente con un
terno azul marino y anteojos, que la miraba con atención.
Antes de poder articular palabra para responder, incontroladamente,
le volvieron las náuseas y nuevamente vomitó...
III
La joven periodista miró al hombre cómodamente arrellanado en el
sillón al lado opuesto del enorme escritorio. Parecía tranquilo,
calmo, en control... Parecía la personificación del poder. Era el
poder...
Y el elegante mobiliario y las dimensiones de la inmensa oficina
entregaban un mensaje de poder... La oficina, o lo que se veía de
ella, ocupaba una superficie similar a la de un pequeño
departamento. Una gruesa alfombra la cubría completamente y ayudaba
a apagar el ruido de los pasos de quien la ocupaba y de ocasionales
visitantes. Un living de estilo permitía sostener una importante
reunión en un ambiente más casual y relajado. A lo largo de las
paredes, elegantes bibliotecas en maderas naturales mostraban decenas
de volúmenes encuadernados. Sobre una gran mesa de centro con
cubierta de cristal se acumulaban objetos de arte, porcelanas, un
sable de samurai en un atril, y distintos obsequios recibidos por
quien la ocupaba, durante sus viajes a diversos países del mundo...
Armas y antigüedades se podían observar en otros anaqueles, también
en madera natural. Tras el inmenso escritorio, grandes ventanales
permitían una vista panorámica de gran parte de Santiago y, al fondo,
de los cerros de Pudahuel. El sol del ocaso, filtrándose a través
de las persianas, le entregaba un tinte cálido a objetos, muebles, y
personas. Varias fotografías con personajes importantes cubrían
parte de las paredes y se mezclaban y confundían con los enmarcados
diplomas y distinciones obtenidas por el hombre arrellanado en el
sillón.
Éste, vestido con un impecable terno azul oscuro, corbata en el tono,
camisa blanca cuyos puños asomaban luciendo colleras de oro, y con el
cabello gris perfectamente ordenado para realzar su amplia frente y
cuidado bigote, terminó de limpiar los espejuelos de marco dorado y
volvió pausadamente a colocárselos. Examinó a la periodista con
detención a través de ellos. Calculó que andaría cerca de los
treinta años -probablemente sólo con unos pocos años de experiencia
en su profesión, pensó- , menuda de cuerpo, cabello con visos rubios
sujeto en un moño encima de la nuca, soltera -no llevaba anillo en
su mano, aunque uno nunca podía estar seguro en estos días...- .
Vestía una falda de color crema que le realzaba sus bien torneadas
piernas, cinturón ancho con una hebilla en cuero, una blusa de buen
corte abotonada en el nacimiento de los pechos, casaquilla que hacía
juego con la falda, y una cartera en el mismo tono que los zapatos
de medio taco. La indumentaria se completaba con un collar de
fantasía de buena calidad, aretes, un pequeño y discreto reloj en la
muñeca izquierda, y un estuche que contenía un ordenador portátil.
Una mujer independiente, esforzada, trabajólica, responsable,
inquisitiva, práctica, quizás un poco crédula pero también ambiciosa
y competitiva, con aspecto de eficiencia y pulcritud, ...concluyó.
Sobre el regazo de la mujer descansaba un block de notas, y en la
parte más próxima a ella, sobre el escritorio, había colocado una
grabadora cuya cinta había empezado a girar lentamente esperando sus
palabras... Al lado de la grabadora, el periódico de la tarde,
doblado, dejaba ver el titular:
"DIRECTOR DE INVESTIGACIONES ANUNCIA QUERELLA CRIMINAL EN CONTRA DE
SU ACUSADORA"
La mujer cruzó sus piernas y se inclinó un poco hacia delante desde
la silla donde se había acomodado mirándolo con atención.
El hombre hizo girar lentamente su sillón en dirección al ventanal.
Por un momento, un destello de sol se reflejó en sus elegantes
espejuelos. Después, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo
de la camisa, colocó uno de ellos en la comisura de los labios, lo
encendió, y lanzó una voluta de humo azulado que quedó suspendida en
el aire mientras poco a poco se disolvía. Sus ojos brillaban tras
los cristales cuando nuevamente hizo girar su sillón, esta vez, para
enfrentarla.
La pregunta, formulada momentos antes, había quedado flotando en el
ambiente, y la calmada respuesta, pronunciada en un tono dolido, no
se hizo esperar:
-Señorita: No conozco a esa dama. A ella nunca la vi. No dudo
de que lo que ha dicho es cierto, todos sabían que allí se torturaba,
pero creo que ella me confunde con otra persona. Han pasado ya casi
treinta años... Yo estuve allí durante el tiempo que esta señora
dice que estuvo detenida. Pero yo no torture a nadie. Nunca.
Tampoco vi torturar. Tuve que pedirle a mi abogado que entablara
una querella en su contra en defensa de mi honor. Mi trabajo era
sólo entrevistar prisioneros..., yo sólo fui un entrevistador...