EL SALVADOR
por Hernán López Echagüe
(artículo publicado en la revista Brecha, Montevideo, el 4/1/02)
El derrotero político de Eduardo Alberto Duhalde trae a la memoria las
andanzas del "hombre Corcho", proverbial personaje porteño que Roberto Arlt
supo retratar con genio en una de sus Aguafuertes: "El hombre Corcho, el
hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en
que está mezclado". Ocurre que al cabo de una rápida inspección, la
apariencia del impensado presidente argentino no es otra que la de un
político de conducta irreprochable: eficaz en su gestión y en el contacto
directo con la gente; buen marido y atento padre de familia. Un hombre, en
fin, que a primera vista no presenta fisuras notorias.
No obstante, quizá convenga volver en el tiempo y compendiar algunos de
los acontecimientos turbios que lo han tenido como protagonista a lo largo
de la última década.
Septiembre de 1989
Menem se encuentra en Yugoslavia, en la reunión del Movimiento de Países no
Alineados. El vicepresidente Duhalde, a cargo del Poder Ejecutivo, designa
en el cargo de Asesor Especial en la Aduana del Aeropuerto de Ezeiza,
mediante el decreto 682, a un coronel sirio con escasos conocimientos no ya
del idioma español, también de los bemoles del control aduanero: Ibrahim Al
Ibrahim, ex esposo de Amira Yoma, cuñada de Menem y directora de Audiencias
de la Presidencia de la Nación. A partir de entonces, gracias a los buenos
oficios de Ibrahim, Ezeiza habrá de convertirse en una peculiar verbena.
Alberto Bujía, secretario privado de Duhalde, y Alberto Pierri, presidente
de la Cámara de Diputados de la Nación e inseparable compinche de Duhalde,
visitarán al sirio por lo menos seis veces en cuatro meses; a hurtadillas, a
salvo de cualquier control aduanero, retirarán valijas y paquetes que de
inmediato le harán llegar a su jefe; recibirán misteriosos pasajeros que el
sirio, a esa altura diplomado en el don del ademán, hará ingresar al país a
través de puertas oficiales desprovistas de inspección alguna. Pero el
festín en la Aduana habrá de durar poco tiempo. En marzo de 1991, la revista
española Cambio 16 pone al descubierto el sutil mecanismo del lavado de
narcodólares que, desde la asunción del coronel sirio en la Aduana de
Ezeiza, habría sido llevado a cabo por un triunvirato de notables: Ibrahim,
Amira y Mario Caserta, director de Agua Potable y fiel amigo de Duhalde.
Víctima de íntimos y lógicos temores, Duhalde tomará el teléfono y llamará
al juez español Baltasar Garzón, a cargo de la investigación, y esgrimiendo
excusas inverosímiles procurará conocer su situación en el expediente.
Fastidiado ya de las intromisiones de los políticos argentinos, el juez sólo
replicará: “Duhalde, yo sé qué clase de hombre es usted”. Y cortará la
comunicación. Y Zulema Yoma dirá a la prensa: “Si quieren saber sobre la
droga, pregúntenle a Menem y Duhalde”. Por fin, le tocará a la cándida
Mirtha Legrand echarle otra palada de tierra al abrumado vicepresidente. Lo
hará durante uno de sus almuerzos y sin perder la sonrisa: “Dígame, doctor,
¿usted es narcotraficante, como se dice?”. Al corte, desde luego.
Abril de 1992
Ya gobernador de la provincia de Buenos Aires, Duhalde recibe del gobierno
nacional un obsequio colosal: cada año, el 10 por ciento de la recaudación
del impuesto a las ganancias será destinado a la provincia. Programas
sociales, reparación histórica, argumentan. Seiscientos, setecientos
millones de dólares por año. Dos millones por día que el gobernador podrá
emplear del modo que repute más conveniente. Dinero, por supuesto, a salvo
de indiscretas inspecciones contables. Dinero a carretadas. El gobernador,
pues, crea el célebre Fondo del Conurbano Bonaerense y en la presidencia del
nuevo organismo coloca a su vecino y amigo Antonio Arcuri.
A Duhalde no le lleva mucho tiempo comprender que entre las manos tiene un
formidable instrumento político. Una máquina excepcional que, empleada con
astucia, le proporcionará el respaldo que anhela para llevar adelante su
proyecto. De modo que la echa a andar: desagües pluviales, pavimentos,
refacciones de escuelas, redes cloacales, remodelaciones de plazas y paseos
públicos, iluminación de calles. Y subsidios, en particular millonarios y
fantasmagóricos subsidios que, al decir de las planillas oficiales,
continúan revoloteando por alguna parte. También, claro, el gobernador no
habrá de descuidar su imagen: entre agosto de 1992 y junio de 1995 (informe
de la Tesorería General de la provincia) invertirá 96 millones de dólares en
publicidad estatal y partidaria.
Poco menos de cien mil dólares diarios.
Agosto de 1994
Convención Constituyente de la provincia de Buenos Aires. En el cráneo del
gobernador Duhalde sólo hay cabida para un tenaz pensamiento: lograr la
aprobación de una cláusula que posibilite su reelección. Los votos, sin
embargo, son insuficientes; la Unión Cívica Radical y el Frente Grande se
oponen. Las cuentas no cierran. Faltan cinco, tan sólo cinco votos. El
sostén de los hombres del Modin, partido que lidera el desastrado y
levantisco ex militar Aldo Rico, se tornan indispensables.¿Qué hacer para
obtenerlos? Duhalde resuelve echar mano de todas las artimañas posibles. A
través de distintos emisarios ofrece a Rico el cargo que más le plazca, pero
el ex militar, hombre diestro en el arte de la negociación, formula una
contraoferta atendible: 12 millones de dólares para distribuir entre sus
convencionales. Un precio que Duhalde juzga sensato, razón por la cual el
acuerdo final se lleva a cabo el día 4 de agosto en la residencia de Alberto
“Toto” Lentini, amigo de Rico, en la calle Francisco Bourel 141, Bella
Vista. Carlos “El Indio” Castillo, guardaespaldas de Rico, será el encargado
de recibir, inspeccionar y transportar la maleta con el dinero.
Convencionales del Modin, como Santiago Chervo y Hernán de Benedetti, que no
aceptaron el dinero, oportunamente tornarían público el carácter mafioso del
pacto. Duhalde, desde luego, fue reelecto.
. . .
Los habitantes de la provincia de Buenos Aires mucho le deben a Duhalde.
Asumió la gobernación con una tasa de desempleo del 6,5 por ciento, y se
marchó luego de elevarla al 17,6. Por lo demás, tuvo el buen tino de montar
una estructura policial de visibles rasgos criminales. Policía que, entre
infinidad de atropellos y vejámenes en extremo conocidos, colaboró
activamente en el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. “Tenemos la
mejor policía del mundo”, razonó en cierta ocasión.
Es dable averiguar si los honorables miembros de la Asamblea Legislativa
que alzaron su mano para consagrar presidente de la Nación a Eduardo Alberto
Duhalde, no padecen algún tipo de tara. Pérdida de la memoria, por ejemplo;
estreñimiento ético, quizá; abyecta habituación a soltar enormes y hediondas
deposiciones en el rostro de la gente que dicen representar. Cabe
preguntarles a estos representantes del pueblo argentino, que debieron
ocultarse, deliberar y resolver circundados de vallas de acero y de cientos
de policías hercúleos y feroces, cabe preguntarles, digo, qué respuesta
habrán de ofrecer a los familiares de las tres decenas de personas que,
quince días atrás, fueron asesinadas en las calles de distintas ciudades de
la Argentina mientras cometían el terrible pecado de pedir, a los gritos,
que algo cambie. ¿Todo fue para sentar en un solio de plumas y paja al
perdidoso Duhalde?
Suena a insulto procaz.
* * *