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LA PERONIZACION DEL ESTABLISHMENT   Lista de mensajes  
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La peronización del establishment

Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION


Confieso que no soy gorila. He sentido incluso, en el pasado, intermitentes
simpatías por ese traje a medida que los argentinos se construyeron a sí mismos
para cambiar de parecer, practicar el oportunismo internacional, ejercer la
autoridad y gobernar lo ingobernable: este país.

Estamos cruzando, como dicen los intelectuales, el siglo peronista. Alguna
virtud debe de poseer este artefacto complejo e indestructible llamado,
prosaicamente, "el peronismo".

Lo que no puedo digerir es que el virus de la peronización avance sobre todos
los sectores. La uniformidad del color, sea cual fuere, siempre me hace acordar
a las dictaduras.

Ese virus de alto contagio ha tomado ahora al establishment empresario, una
parte del cual -para bien o para mal- cumplió el rol de anticuerpo histórico de
la hegemonía peronista. Carlos Menem, en los años 90, cambió la estrategia y se
amoldó al establishment , para el que el riojano fue un niño mimado por encarnar
sus políticas de fondo. Con Fernando de la Rúa , el empresariado no tenía
negocios para realizar ( la Argentina de la hiperrecesión no daba para más), y
con la llegada de Néstor Kirchner, inflamado de hostilidad mediática, pareció
que el establishment lucharía a brazo partido contra sus ideas "populistas".

Nada de eso ocurrió. Por el contrario, ciertos empresarios argentinos no
resisten hoy la tentación de ser un poco peronistas: arrojaron a la basura la
ideología, obedecieron las consignas del macho alfa de la manada (el Presidente)
y corrieron desaforadamente detrás del queso. También como los peronistas
clásicos hablan en privado pestes del Gobierno, se benefician con subsidios,
adjudicaciones y negocios, y luego se dejan fotografiar en la Casa Rosada cuando
la Jefatura de Gabinete o el Ministerio de Planificación los llama para que
avalen públicamente políticas de Estado, con las cuales están en absoluto
desacuerdo.

Mimetizados con el modus operandi de los barones del conurbano bonaerense, nada
les importa más que la caja (el negocio), y se sienten exculpados de ese
oportunismo llorando miseria por las pérdidas de 2001, devorando literatura de
management y esgrimiendo otras coartadas del pragmatismo empresario, de la
resignación burguesa y del descompromiso social. Hay excepciones encomiables,
por cierto.

Si usted los escucha en la intimidad, aquéllos dan realmente pena. Han
convertido al secretario de Comercio, Guillermo Moreno, en un monstruo
apocalíptico; al ministro Alberto Fernández, en Torquemada, y al matrimonio
Kirchner, en un dúo de asesinos seriales.

Resulta que este cuarteto impiadoso tiene amedrentados a poderosos empresarios
argentinos y a multinacionales que deben soportar todo tipo de amenazas y
afrentas, y que resultan, por supuesto, inocentes de todo cuanto ocurre en la
República. A derecha e izquierda, qué versión tan tranquilizadora: los buenos
son sojuzgados perversamente por los malos, o al revés, los malos están siendo
vigilados
heroicamente por los buenos. Y todos en paz, ¿no es cierto?

La verdad es, como siempre, un poco más complicada.
Hace tres años, Ricardo López Murphy fue invitado a almorzar con algunos de los
empresarios más fuertes de la Argentina. Luego de exponer crudamente los
problemas del modelo económico kirchnerista, un cacique le dijo la verdad:
"Mirá, Ricardo, estamos de acuerdo con lo que decís, pero ¿por qué te
apoyaríamos? ¿Qué tenemos nosotros para ganar? ¿Un legislador en el Congreso?
¿Para qué? Si con este gobierno estamos haciendo buenos negocios y, además, si
se enteran de que te ayudamos nos cortan los víveres".

López Murphy, el "candidato del establishment ", según la publicidad
kirchnerista, hizo campaña en ómnibus, comió en parrillas ominosas de la
provincia de Buenos Aires y caminó el desierto de la política descalzo. Creía
que, como antes, el empresariado no dejaría solo a uno de sus hijos dilectos,
pero resulta que el establishment se había peronizado, y que nadie se había dado
cuenta. En verdad, el candidato del establishment era quien le daba de comer:
Néstor Kirchner. Y nadie más.

La crisis de 2001 también terminó con la "ideología empresaria", si es que eso
alguna vez existió. Desde entonces, la mayoría de los empresarios se ubicó en
tres cordones.

En el primer cordón están los parientes directos de la gran familia
kirchnerista. A ese capitalismo de amigos se suman los empresarios del segundo
cordón, que tienen negocios afines con el Estado. El primer y el segundo cordón
integran lo que, pomposamente, sigue llamándose "la burguesía nacional".

Marx, que detestaba los populismos, afirmaba que "el Estado moderno no es otra
cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía".
Finalmente, está el tercer cordón, donde figuran empresas que reciben algún tipo
de subsidio (bajo regulaciones u otras formas creativas), y que acompañan
complacientemente al oficialismo para no ser castigadas.

No hay para todos ellos, como para la mayoría de la población, una
convertibilidad de 3 a 1. Cada sector, al estar semirregulado, tiene su propio
dólar. Antes, el rey Néstor, y ahora, la reina Cristina, deciden sobre ellos con
premios y castigos, según cómo se comporten.
El capital es cobarde. Y esa es la ley primera. Pero ciertas cobardías de hoy
son inéditas. Altos ejecutivos se prestan a cualquier show del oficialismo con
tal de no ser descartados. A pedido del Gobierno, envían a los medios
comunicados que apoyan decisiones oficiales que no comparten. Cuando deben
comunicarle algo a la sociedad, antes le "faxean" un borrador al Gobierno para
que algún ministro pueda darles el visto bueno o corregirles alguna línea. Nunca
formulan declaraciones públicas sinceras que puedan molestar el oído sensible
del matrimonio gobernante.

Algunas entidades financieras han dejado de producir informes económicos de
coyuntura para no enojar al Gobierno. Altísimos directivos de firmas
multinacionales se dejan presionar en París o en Madrid, y mandan órdenes a sus
gerentes locales para que revean políticas o levanten pautas publicitarias a
periodistas o medios independientes que han osado criticar a Kirchner. Blanden
el ejemplo de Shell, que fue demonizada por el entonces presidente y acosada por
piqueteros oficiales, para ceder ellos ante el Ejecutivo y cerrar la boca.

¿Qué pasaría si el empresario estuviera, alguna vez, dispuesto a perder para
mantener su convicción? ¿Les importan a los empresarios la independencia
periodística, la libertad de mercado y el republicanismo? Como lectores, los
empresarios siempre nos reclaman en privado a los periodistas que seamos
valientes y digamos la verdad. Pero como fuentes, la mayoría son temerosos y se
arrodillan para que no publiquemos sus pensamientos.

Una vez, en pleno gobierno de la Alianza , el presidente de un poderoso grupo
español invitó a seis periodistas a almorzar en el restaurante Pedemonte. Un
español en un local de Avenida de Mayo era casi un cliché. Pero nada de lo que
dijo aquella vez el empresario fue un lugar común. Luego de escucharnos a todos
y a cada uno, admitió que estaba pensando en invertir en nuestro país y que
quería saber cuánto duraría la convertibilidad. Todos les dijimos lo mismo: para
siempre. No había posibilidad alguna de que el 1 a 1 cayera en desgracia
-creíamos-. Y cualquier candidato que quisiera salirse de ese régimen de cambio
fijo sería repudiado y perdería las elecciones. El anfitrión pagó la cuenta y
cuando dio la propina dolarizada que el mozo recogió con indiferencia, miró esos
billetes perdidos y nos dijo que para todo el mundo era una obviedad que la
convertibilidad estallaría por los aires y que la Argentina devaluaría.

Yo le hice una simple pregunta: ¿por qué si los gobiernos europeos sabían que
eso inexorablemente ocurriría le seguían prestando plata a nuestro país? El
empresario sonrió de costado y explicó que sus colegas europeos, que cobraban
aquí su rentabilidad en dólares, les pedían a sus gobiernos que sostuvieran lo
insostenible. Entonces los gobiernos votaban, dentro del FMI, a favor de una
deuda monstruosa.
Sólo algunos años después, cuando vino la debacle, entendí aquella pequeña
lección. Lo empresarios sabían que todo se vendría abajo. En lugar de reclamar
que no se le siguiera suministrando alcohol al ebrio, pedían exactamente lo
contrario. ¿Por qué? Simplemente porque les convenía.

Los empresarios, además de hacerse ricos, tienen otras obligaciones. Tienen,
como cualquiera, obligaciones políticas, morales y ciudadanas.
Sin esa fe, sólo les quedaría, como a cierto pejotismo bonaerense, la ideología
de la caja y la queja entre dientes.

Voltaire decía: "Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo
todo por dinero".



Vie, 22 de Feb, 2008 10:16 am

jorgedeurquiza
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Jorge de Urquiza
jorgedeurquiza
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1 de Mar, 2008
2:41 pm
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