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MALVINAS: EL CRIMEN, LA GUERRA Y EL SIMULACRO   Lista de mensajes  
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por Carlos Abel Suárez*


Los 25 años transcurridos desde aquel 2 de abril de 1982 no han sido suficientes
para hacer un balance compartido por la mayoría de los argentinos sobre la
guerra de Malvinas. Más todavía: no hay un consenso para examinar, a la
distancia, las posiciones y las actitudes del progresismo frente al
acontecimiento. Guerra absurda, guerra inútil. Aventura criminal. Todos,
calificativos posibles.

Con su aguda ironía, no siempre feliz en los temas políticos, decía Jorge Luis
Borges pocos meses después de la capitulación de las tropas argentinas que “la
de Malvinas fue una guerra entre dos calvos que se disputaban un peine”. Y
agregaba: “los militares argentinos que gobiernan actualmente son ignorantes e
incompetentes, y mucho más peligrosos para sus compatriotas que para el
enemigo”.

Sin disputa, Malvinas fue un crimen, como toda guerra, y una aventura criminal,
según quedó demostrado en todos los procesos abiertos posteriormente.

Las consecuencias de Malvinas fueron numerosas y tuvieron réplicas como las de
un terremoto durante los últimos 25 años.

La primera fue el rápido desmoronamiento de la dictadura genocida y una
apresurado retorno a la vigencia de la Constitución con las elecciones que
consagraron a Raúl Alfonsín –contra todo pronóstico– en las elecciones de 1983.

Las Fuerzas Armadas, responsables primeras pero no únicas de la guerra absurda y
criminal, comenzaron un acelerado proceso de desgaste, divisiones internas y
búsquedas de chivos expiatorios, limitadas a defender con ahínco el secreto (el
pacto mafioso) de las acciones aberrantes y de las desapariciones de miles de
personas.

En realidad, en los años noventa culmina un ciclo de la historia del Ejército, y
por arrastre, de la de sus colegas de la Marina y la Fuerza Aérea. El Ejército
argentino moderno nació en dos guerras infames: la de la Triple Alianza, que
descuartizó el Paraguay –último sobreviviente del antiguo Virreinato de la
Plata, que había buscado un camino independiente de los imperios– y la de la mal
llamada “conquista del Desierto”, que no fue otra cosa que la extinción
sistemáticamente planificada de los pueblos originarios. En los dos casos se
buscaba la extensión territorial, a fin de repartir las tierras entre los dueños
del poder. Este fue el Ejército real, y no aquel de las leyendas escolares, que
habría nacido del pueblo en la verdadera gesta de lucha contra las invasiones
Inglesas, y luego, en las guerras por la Independencia. Ése, el de la epopeya,
murió en los años 20, cuando se dejó a San Martín abandonado en Guayaquil,
renunciando a la Patria Grande, mientras el resto se exterminaba en las guerras
civiles.

El Ejército moderno, que tuvo su bautismo de fuego en el exterminio de
paraguayos e indios, se forjó en la represión de los primeros de Mayo a
comienzos del siglo pasado, en la Semana Trágica; en la Patagonia Rebelde
–fusilando a los peones laneros—; en la matanza de los quebrachales, para
proteger los intereses de la Forestal; en los golpes de Estado, los
fusilamientos de anarquistas, de obreros, en los bombardeos aéreos a los civiles
en Plaza de Mayo, en Trelew, en la Triple A. Y como broche de esa sangrienta
trayectoria, en la masacre sistemática, planificada hasta en sus mínimos
detalles, que comenzó en la madrugada del 24 de marzo de 1976. Allí
transformaron a la Nación en su propio botín de guerra. Secuestrar, torturar,
violar, robar los bebés a sus madres en cautiverio, para después asesinarlas.
Finalmente, el fango de las peleas internas (cara blancas y caras pintadas) en
diciembre de 1990, y su adicción incurable al contrabando de armas y otros
ilícitos menores a lo largo de un cuarto de siglo. Todo fue posible. Pero
también hay que decir que fue posible porque esas Fuerzas tenían mandantes.
Autonomizadas por momentos, siempre respondieron cuando la dominación del poder
hegemónico se veía amenazada.

Malvinas fue una aventura, pero no una improvisación.



Entre 1977 y 1982, la Argentina compró armas por unos 2.000 millones de dólares.
Aviones Dagger (versión israelí del Mirage 5), tanques Kurassier, 6 fragatas
misilísticas a Alemania. Helicópteros. Aviones franceses y misiles de Estados
Unidos. En 1982, los bombarderos Super Etendard a Francia. Y durante la misma
guerra de Malvinas –cuando estaba vigente el bloqueo a la venta de armas
dispuesto por los aliados de Gran Bretaña– se gastaron centenares de millones de
dólares en la compra de armas a Israel, mediante una operación de triangulación
con el Banco Ambrosiano (del cadenal Marzincus) como intermediario.

“No había mejor opción que el uso de la Fuerza para llevar a la Gran Bretaña a
la mesa de negociaciones”, aseguró el ex comandante de la Armada y ex Almirante
Jorge Isaac Anaya, ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que juzgó a
los jefes de Malvinas. Y agregó: “En el año 1978 el almirante Massera propuso a
los comandantes del Ejército y la Fuerza Aérea la ocupación de Malvinas. Tenía
conocimiento de que el Comando de Operaciones Navales tenía planes secretos
sobre cómo había que hacer para ocuparlas”. En la estrategia misma de
superviviencia de la dictadura estaba, desde el inicio, algún conflicto
territorial. Estuvieron a punto de llegar al enfrentamiento bélico con Chile,
que hubiese significado pérdidas materiales en vidas humanas muy superiores a
las de la guerra de Malvinas.

No se trataba, pues, de la ocurrencia de un general borracho, a quien en un
delirio alchólico viniera la idea de ocupar las Islas. A Churchill le gustaba
tanto el whisky como a Fortunato Galtieri, y ésa no fue la causa de la segunda
Guerra Mundial, como no lo fue la “locura” de Hitler.

El sociólogo e historiador Vicente Palermo acaba de publicar el libro Sal en las
heridas (Sudamericana, Buenos Aires, 2007), en donde desarrolla una interesante
y necesaria polémica sobre Las Malvinas. No es un mero ensayo académico sobre la
guerra, sino una verdadera provocación, en el mejor sentido del término: busca
el significado de Malvinas en relación con la cultura de los argentinos. (Una
entrevista a Palermo realizada por Mario Wainfeld reproducimos en esta misma
entrega.)

Palermo no solamente echa sal en las partes de la herida de Malvinas aún
abiertas, sino que reabre cicatrices ya cauterizadas para aumentar el escociente
efecto de su sal. Compartiendo buena parte de su eficaz empeño desmitificador,
me permitiré apuntar aquí algunas discrepancias.

Diría que Palermo subestima el paro y la movilización del 30 de marzo de 1982.
Ciertamente, como él señala, eran unos pocos miles. Pero el carácter simbólico
de ser el primer paro general de una central obrera apenas reconstituída tras la
mayor masacre y derrota de la historia de los trabajadores argentinos –la de
1976—, no puede ser ignorado. Se manifestó en varias provincias, y hubo dos
muertos. En la Capital, la columna que marchó con la bandera de Paz, Pan y
Trabajo fue reprimida en una notable operación de la policía Federal, con empleo
de gases de última generación. Los mismos, para quienes puedan haber olfateado
sus efectos, que se tiraron la noche del 19 de diciembre, cuando comenzó la
implosión del gobierno de Fernando de la Rúa.

La consigna de Paz, ese 30 de marzo, no fue casual: estaba en el ambiente que se
preparaba una operación, la que se concretó el 2 de abril. Ya en febrero, un
columnista de La Prensa, muy enterado de los entretelones de las operaciones de
“inteligencia”, lo adelantó sin eufemismos.

Resistencias a la guerra



Palermo considera también irrelevante el rechazo a la guerra, en esos días, por
una minoría de la sociedad argentina. Pero esa resistencia existió, silenciosa y
silenciada, y produjo trabajos, documentos, testimonios importantes a la hora de
un balance histórico.

A fines de abril comenzó a circular un pequeño folleto, ¿La verdad o la mística
nacional?, firmado por el Círculo Espacio Independiente. Finaliza así: “analice
esta declaración, critíquela, hágala circular, reprodúzcala por cualquier medio.
En algún lugar de nuestro país tal vez nos encontremos”.

El trabajo, que había sido escrito por Carlos Alberto Brocato, poeta,
intelectual de larga trayectoria en la lucha sindical y política, fue
reproducido por el semanario judío Nueva Presencia. En ese número del semanario
se expresaban muchas de las ideas del progresismo de la época sobre el
conflicto. El editorial, firmado con las iniciales del director, HS, propone
“Ganar la guerra y retornar a la democracia”. En sus páginas interiores, Raúl
Alfonsín: “antes que nada hay que poner de manifiesto el resultado de una acción
que se inscribe en la vieja aspiración de los argentinos. Las Fuerzas Armadas
han producido un episodio que contó con el aval del pueblo. Se trata, en
esencia, de un hecho que puede significar un arranque para terminar
definitivamente con la decadencia” (Nueva Presencia, Nº 258)

Página seguida, el trabajo del Círculo Independiente (Brocato) denuncia que la
mistificación de la “causa” Malvinas se montó sobre tres falacias. La falacia de
una soberanía nacional, que escondía la evidencia de que el pueblo había sido
despojado del ejercicio soberano del poder. Se llamaba soberanía a una cuestión
territorial. Aquellos que no se inmutaban ante el remate del verdadero
patrimonio nacional, y que habían llegado al poder matando y sometiendo a todo
aquel que se les oponía, se constituían en los intérpretes y representantes de
la soberanía. Una segunda falacia se montaba en relación al colonialismo. Aquí
encontraba un argumento la izquierda malvinera. Se trata de la dictadura de un
país oprimido que enfrenta a un imperio colonial, ergo una guerra justa; hay que
aliarse a los hasta ayer genocidas torturadores. Aquí no se establece diferencia
alguna, indica el documento, entre una usurpación de la soberanía nacional al
estilo de la praticada por Francia en Argelia, por Bélgica en el Congo, por
Inglaterra en la India, con una dominación como la de Gran Bretaña en el peñón
de Gibraltar o la de los Estados Unidos en Guantánamo. Esto último es Malvinas.

Y la tercera falacia es “que se nos acabó la paciencia”. Que ya se habían
agotado los tiempos de la negociación. “Hace ciento cuarenta años que los
ingleses no quieren entregarnos las islas; hace sólo catorce años que le vienen
dando largas a la resolución de las Naciones Unidas. ¿Por qué el 2 de abril de
1982 se ‘agotó la paciencia argentina’? Es una patraña. Una patraña en la que, a
conciencia, entra toda la dirigencia política argentina”

A partir de la difusión de esta declaración se organizan una serie de reuniones
donde participan activistas que comenzaban a organizar centros estudiantiles
–particularmente de Ciencias Económicas y Ciencias Exactas–, junto a viejos
militantes sindicales y políticos de izquierda (como José Lungarzo, Oscar
“Miguel” Posse, Ignacio Moiragui, entre muchos otros), Madres de Plaza de Mayo,
movimientos vecinales. Una actividad que confluye con el pronunciamiento
pacifista de sectores cristianos, como el Servicio de Paz y Justicia, y los
obispos Novack, de Quilmes, y Jaime de Nevares, de Neuquén, que van organizando
reuniones en la línea de denunciar el engaño y la manipulación. Una pequeña pero
efectiva red de esclarecimiento y debate.

En paralelo, el 7 de mayo de 1982, se publica en Le Monde una declaración que
firman Julio Cortázar, Osvaldo Bayer, Osvaldo Soriano, entre los más conocidos
de cientos de exiliados políticos argentinos residentes en París, Madrid y
México, pronunciándose en términos similares a los de la resistencia interior.

Dos trabajos, entre muchos, publicados al calor de los acontecimientos dan
cuenta de estas posiciones entre los exiliados argentinos. En Cuadernos
Políticos, de México, Adolfo Gilly publica “La guerra del capital”, un ensayo en
donde se señala la confluencia de dos crisis, la de los militares y la de
Thatcher, como desencadenante de la guerra de Malvinas:

“En términos precisos lo dijo, desde el lado de la minoría británica que se
opuso a la guerra colonial, el historiador Edward Thompson:

‘La guerra de las Falkland no es sobre los habitantes de las islas. Es sobre `no
perder la cara´. Es sobre la política interna. Es sobre lo que sucede cuando uno
le tuerce la cola a un león… es un momento de atavismo imperial, mezclado con
las nostalgias de quienes hoy llegan al final de su edad madura’.

Como era fácilmente previsible para cualquiera menos inepto e ignorante que los
militares que gobiernan Buenos Aires, Thatcher no iba a dejar pasar esta
oportunidad de hacer una guerra, posiblemente costosa pero seguramente ganada
desde un comienzo, para unificar en su apoyo a la opinión pública británica y
subordinar a su política imperial a la oposición laborista, jamás reacia a
apoyar tales empresas”. (Gilly)

Tony Blair acaba de decir que él hubiese actuado igual que la dama de hierro.
¡Luego de la invasión a Irak, qué duda cabe!

En los documentos, ahora desclasificados, encontramos la prueba de esos
análisis.

Apenas unas horas antes del desembarco de las tropas argentinas en Malvinas, se
registra la siguiente comunicación telefónica, entre el presidente
norteamericano Ronald Reagan y Galtieri:

Reagan … “estimo imprescindible continuar con las negociaciones y buscar una
alternativa al uso de la fuerza. Créame, señor presidente, que tengo buenas
razones para afirmar que Gran Bretaña respondería con la fuerza a una acción
militar argentina”.

Galtieri se niega a aceptar las indicaciones del jefe de occidente.

Alejandro Dabat y Luis Lorenzano escriben “Conflicto malvinense y crisis
nacional” (Libros de Teoría y Política, México, 1982), en donde realizan una
exhaustivo análisis y una documentada investigación sobre la crisis de la
dictadura y de la sociedad argentina que desembocó en Malvinas.

Quedaron en desamparo, como bien lo señala Palermo, los ex combatientes. No
pudieron entender la parte que les tocó en esta trágica opereta.

El capitán de infantería y paracaidista Carlos Arroyo describió al tribunal de
las FFAA que juzgó los hechos las marchas y contramarchas del alto mando:

“Las raciones frías llegaban no a todas las posiciones. Pero inconsumibles
porque los alimentos se congelaban a temperaturas de 10 y 12 grados bajo cero y
no contaban con calentadores para descongelarlas. Inservibles. Falta de
alimentación y de ropas adecuadas al frío. La movilidad del enemigo superó todo
lo esperado.

El 50 por ciento de los soldados a su mando (150) o eran conscriptos con solo
dos meses de instrucción o reincorporados de la clase anterior que habían hecho
la colimba como cocineros, mozos, talabarteros, peluqueros, etc.” (Página 12)

A la hora de hacer su balance, el ex comandante del Ejército en tiempos de
Carlos Menem, el teniente general Martín Balsa, admitió que “fuimos a un
conflicto para el que no estábamos preparados…Se planificó sobre dos supuestos:
que Gran Bretaña no iba a reaccionar y que Estados Unidos permanecería neutral.
Ninguno de lo dos supuestos se dio”.

A 25 años de la guerra, las Fuerzas Armadas no han dado todavía a conocer
oficialmente el informe de la comisión por ellos mismos designada, presidida por
el teniente general retirado Benjamín Rattembach, para estudiar por qué
perdieron la guerra. Sí se sabe que la comisión Rattembach pidió la pena de
muerte para todos los jefes militares que dirigieron la guerra de las Malvinas.

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*Carlos Abel Suárez es miembro del Consejo de Redacción de SINPERMISO.




Vie, 6 de Abr, 2007 6:35 pm

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