por Manuel Guerrero Antequera
Frente al cúmulo de informaciones que dan cuenta acerca de las prácticas de
corrupción que operan y han operado en el aparato del Estado en democracia,
hemos quedado reducidos al tipo de sentimiento de enajenación que
seguramente experimentó el Sr. Samsa cuando amaneció convertido en cucaracha
sin poder hacer más que sentir pena por su situación. Porque ¿qué otra cosa
se puede hacer ante la magnitud de lo que se está conociendo sino unirse al
trágico coro de perros abandonados que aúllan a la luna con la sensación de
no poder cambiar su rumbo? Es el efecto paralizante de lo que toma
apariencia como totalidad cerrada, de pesadilla sin fin que todo lo
contiene.
Y es penoso constatarlo y duro decirlo, pero peor no reconocerlo: la
corrupción sistemática evidencia que tenemos una democracia débil, timorata.
No hemos sido capaces de construir una sociedad que ponga límites no solo a
las violaciones a los derechos humanos de la dictadura militar y civil de
derecha, sino a la lógica del saqueo que también la caracterizó. Podremos
apelar a que la corrupción forma parte de la lógica de la economía
neoliberal, que el capitalismo es intrínsecamente perverso, que los mandos
medios son tales por cuales, pero dichos enunciados, de ser ciertos, solo
vienen a afirmar lo que precisamente no hemos sido capaces de cambiar. Pues
admitir que Chile es un país de temblores no es suficiente para que las
casas no se caigan, por lo que poco aporta indicar solamente lo dado, lo que
interesa es cómo hacerle frente para transformarlo. Y ahí nos ha faltado
coraje e imaginación.
Por lo que no basta con caer en el nihilismo fácil de la denuncia “todos lo
hacen, ya todo da lo mismo, son todos narcos”, pues tal sentencia tiene la
paradójica virtud de no solo constatar la impotencia de quien la enuncia
sino que suele ser utilizado como fundamento para la emergencia de
populismos autoritarios deseosos de “salvar a la Nación” para “limpiarla”.
Y ya sabemos que quienes suelen ser regularmente limpiados por parte de
tales movimientos no son los corruptos, sino las personas y organizaciones
que lentamente han logrado levantar cabeza para defender o exigir derechos,
detener atropellos o simplemente soñar con tiempos mejores. Claramente no es
un Comité de Salvación Pública lo que requerimos.
Como ciudadanos debemos traspasar las parálisis asociadas a las defensas
corporativas o las condenas retóricas principistas y desde la posición en
que cada quien participa en la sociedad debemos exigirnos más. Y no solo por
la permanente deuda que hemos adquirido con quienes se jugaron el pellejo
para alcanzar la democracia y a quienes la corrupción vuelve descaradamente
la espalda ridiculizando, en los hechos, su generosa entrega. El combate a
la corrupción debe ser una forma de quebrar la posibilidad que ésta se
instale como modo normal de vivir la vida en sociedad. Debemos dar la
batalla por el bien de la democracia misma. Se ha de denunciar e investigar
la corrupción, sí, pero solo como momento de una verdadera profundización de
la democracia, para la cual le es consustantiva la transparencia, el
rendimiento de cuentas, y sobre todo, el control social ciudadano, la
fiscalización permanente por parte de los propios usuarios y beneficiarios
de cualquier sistema. Lo que necesitamos son mecanismos efectivos para el
ejercicio del poder soberano del pueblo.
El verdadero poder está en el poder transformador de la ciudadanía, y éste
solo emerge desde la participación y la organización. Y así como existen
auditorías privadas y públicas para los estados financieros de las empresas,
requerimos de veedurías comunitarias en todas las actividades de la
administración; promoción de la participación de la ciudadanía y de las
organizaciones comunales en la elaboración de presupuestos y en la
formulación, seguimiento y evaluación de las decisiones de política pública
que afectan a todas las entidades territoriales; creación de sistemas de
información para que los ciudadanos y las ciudadanas tengan acceso en tiempo
real a la información sobre la administración pública; desarrollar modelos
ciudadanos de evaluación y calificación de la gestión pública. Y nuevamente
queda claro que el Congreso requiere urgente que se incorporen a él ideas,
representación y sensibilidades que existen en la ciudadanía pero que por
egoísmo del sistema de partidos vigente no pueden participar del debate, la
legislación y la fiscalización de lo que ocurre en el país.
Porque los escándalos que estamos conociendo deben remecernos no para
lanzarnos a la letanía del lamento, la búsqueda de mesías, o el llamado a la
tabula rasa para comenzar todo desde cero, sino para romper la pesadilla de
quedar convertidos en cucarachas. Pues no olvidemos jamás que el Cóndor,
bajo mil rostros y garras, siempre querrá ir por más carne. Cortémosle el
vuelo con más democracia y mayor justicia social.
Saludos,
Manuel.
http://manuelguerrero.blogspot.com <http://manuelguerrero.blogspot.com/>