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CHILE : LA FUNA DE LOS NUESTROS... (2a Parte)   Lista de mensajes  
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Hola:

Me llamo Pedro Gallegos y soy hermano de Marcelo Salinas, marido de Jacqueline
Drouilliy, ambos detenidos desaparecidos. Michelle, hermana de Jacqueline es
autora de una carta publicada recientemente en la revista TheClinic. Al respecto
quisiera enviarles el siguiente comentario

La carta de Michelle Drouilly a TheClinic constituye un pequeño hito,
porque viene a hacer pública parte de una historia familiar hasta ahora
soterrada, en la cual, el sufrimiento causado por la desaparición de nuestros
respectivos hermanos, se mezcla con desencuentros, interrogantes, silencios y
sinsentidos. Un poco de todo ello hay en la denuncia que mi concuñada hace de la
actuación de Roberto Moreno. La rabia de Michelle es comprensible e incluso
compartible, pero su texto omite algo igualmente importante, a saber, el hecho
de que todas las personas que en su día estuvimos en el área de influencia de
Roberto Moreno - y cuando digo Roberto Moreno, lo mismo vale para Pascal,
Enríquez o como quiera que se llamen, o sea que estamos ante una suerte de
arquetipo- si bien èramos jóvenes ­ algunos , como yo, apenas adolescentes- ,
gozábamos de suficiente autonomía intelectual como para eligir por voluntad
propia el camino por el que habíamos de transitar. Obviamente, estoy usando la
definición jurídica de "voluntad" y me hago cargo de la "dulce coacción" que
aquella retórica desmesurada de los 60 y 70 llegó a ejercer sobre toda una
generación de jóvenes generosos y románticos. ¿Hace falta subrayar aquí que la
paternidad de esa retórica no es atribuible a Moreno, sino a los grandes mitos y
monolitos de la revolución latinoamericana? Roberto Moreno y sus camaradas se
limitaron a aplicar en Chile las lecciones de los precursores, a combinar el
pseudoanálisis económico con el verbo encendido y visionario, para persuadirnos
de que la toma del poder por parte del proletariado y su vanguardia (o sea
nostros), ya no es que fuese posible y deseable, sino que era una verdad
científicamente demostrada. En esta perspectiva, el golpe y el terror de
Pinochet vinieron a significar poco más que un mero contratiempo en la marcha
inexorable de una historia cuyas leyes el Partido y sus taumaturgos de la
Comisión Política no sólo dominaban al dedillo a nivel cognitivo, sino también
eran capaces, si se terciaba, de inventar y decretar. (véase Operación Retorno).

Al filo de la vejez y ante una dictadura que ya no requiere de la fuerza bruta
para perpetuar el cumplimiento de su programa, viene uno a darse cuenta de que
nuestro objeto del deseo, el poder, no era aquella fortaleza, que los manuales
de marxismo-leninismo situaban al exterior de nosotros y
que podíamos tomar por asalto para redimir a la humanidad, sino más bien una
materia viscosa capaz de embadurnar a todo individuo cada vez que, en los
grandes o pequeños lances de su vida, entabla relación con sus semejantes. Eso,
Roberto Moreno probablemente no se lo planteara en aquel entonces ( y que ahora
le traiga sin cuidado es también más que probable). Mientras esperaba el gran
asalto al Palacio de Invierno, él se ejercitaba, casi instintivamente, diría yo,
en asaltos a escala pequeña sobre personas como las que describe Michelle
Drouilly en su carta a TheClinic. Pero lejos de ver en ello la acción de un
desalmado traidor a los más nobles principios de la causa, me atrevo a pensar
que él simplemente actuó de acuerdo con las exigencias que le imponía su función
de intelectual orgánico, o como quiera que se le llamase a los que gestionaban
la verdad en el MIR o en cualquier colectivo del género.

El tema es tan antiguo como lo es la relación entre el saber y el poder. Ya
Platón define al sofista, en el concierto de los oficios o actividades humanas,
como aquel que, con las armas de la persuasión, caza animales mansos "en las
praderas ubérrimas en riqueza y juventud". Desde esa perspectiva, el juicio a la
actuación de un individuo se convierte en juicio a la conducta de cada uno de
nosotros, los llamado militantes de base, los pequeños soldados que fuimos
"cazados" por esa figura del sofista latinoamericano que en su día contribuimos
a forjar y a mitificar, no sin antes haberla dotado de su buen Kalaschnikov,
para asegurarle una persuasión más efectiva, más sexy y más acorde con los
tiempos.



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Ref. : Carta de Michéle Drouilly a The Clinic o CHILE : LA FUNA DE LOS NUESTROS,
LAS MAS DOLOROSAS... LAS MAS NECESARIAS
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Sr. Director:

Con mucha tristeza leí la carta de Patricia Zalaquett, y no pude dejar de pensar
en nuestra propia historia, la de Jacqueline Drouilly, mi hermana, dete­nida
desaparecida. Tengo mi corazón encogido por la rabia y la sensación de traición.
Estos sentimientos permanecen desde hace 30 años.

Jacqueline tenía 24 años, un mari­do y una vida por delante. Todo le sonreía,
partía hacia su vida de adulta armada de un bagaje indestructible: educación en
el Colegio Alemán de Temuco, buenamoza, simpática, joven, inteligente, un papá
chocho, y una familia que la adoraba.

Esta triste historia comienza en Temu­co, principios de los años 70, cuando
Jac­queline se enamora de Marcelo Salinas - cuya hermana, Anita, era pareja de
Rober­to Moreno (el Pelao Moreno), dirigente de la Comisión Política del MIR- y
por primera vez escucha hablar de Revolución y se encandila con estos
personajes.

Vinieron los 4 a vivir a Santiago, compartían casa, y mi hermana, estu­diaba y
cuidaba los niños de su cuña­da. Llega el 73, y a pesar de saberse en peligro
Jacqueline no modifica su vida. En una oportunidad viajó a Temuco y visitó a su
mejor amiga y le dijo "El Pelao busca palomas pillas y valientes como nosotras,
para que sea­mos enlaces". A su vuelta a la capital, comenzó a realizar tareas
de chofer del auto donde Roberto Moreno hacía sus "reuniones clandestinas
móviles". En mayo del 74 es detenido Moreno, permaneciendo en la Academia de
Guerra de la FACH. Mi hermana, sin­tiéndose más comprometida aún con la familia
de su marido, no se cambió de casa ni nada, a pesar que en las noches llegaba el
comandante Ceballos Jones a buscar a su cuñada para llevarla a ver a su marido.

La situación se tornó insostenible, y la pareja se cambió de casa, pero la DINA
llegó a su antiguo domicilio, detuvo a la cuñada, la amenazaron con torturar a
sus hijitos, y ella entregó la dirección de Aranzazu Pinedo, la mejor amiga de
Jacqueline, quien a su vez entregó la de mi hermana. Y el horror comenzó. Mi
hermana sólo alcanzó a llevarse un chaleco rosado de lana artesanal, antes de
empezar el abomi­nable viaje por las casas de tortura. A mi papá lo echaron de
la pega y la familia decidió que debía irse al exilio conmigo y otra hermana...

Mi mamá se quedó en Chile, "por si Jacqueline aparecía". Mientras, Roberto
Moreno se iba a Cuba a vivir como un miembro más de la élite del Partido,
preparando para los otros, obviamente, la "Opera­ción Retorno" que dejaría un
reguero de muertos. Fueron años de plomo, empobrecidos, separados y tristes. Mi
familia lo pasó pésimo. Cuando ter­minó la dictadura y Moreno volvió a recoger
los frutos a Chile, nunca tuvo la decencia de visitar a mi madre, ni de
preocuparse de su situación, y tampoco de hacer nada por su cuñado
desapa­recido. Y en las pocas oportunidades que se refirió públicamente al MIR,
jamás tuvo la nobleza de mencionar a su cuñado Marcelo y a Jacqueline como
víctimas de la dictadura. Aun­que hubiese sido en agradecimiento al hecho que mi
hermana le cuidó sus hijos durante su prisión.

Este individuo dejó tras de sí sólo destrucción. La madre de sus hijos, debió
ser internada en una clínica psi­quiátrica (para morir prematuramente de cáncer
en el exilio), su cuñado desaparecido, su concuñada despare­cida, sus hijos
desperdigados. Pero no lloremos por él. Roberto Moreno vive una vida tranquila,
funcionario del Ministerio del Interior, sin problemas de insomnio, con un buen
sueldo y gozando, como nunca dejó de hacerlo, de las dulzuras del poder. De
disculpas, nada; de asumir responsabilidades políticas, menos.

Y curiosamente, lo que gatillo esta carta, fue el episodio del cuadro que
Patricia Zafaquett le pide a Barrueto. También en nuestra historia hay un
objeto. Un pequeño televisor blanco y negro, marca IRT, que estaba en nuestra
casa en la cocina, y donde un día llegó Jacqueline, y que con una voz regalona,
con la cual conseguía todo de mi papá, le dijo "Papíto, puedo llevarle la tele
al Pelao, que está preso. para que vean el Mundial que no tienen donde verlo", y
mi papá que era un hombre muy solidario se lo entregó con gusto, si con eso
podía paliar las privaciones que estaba sufriendo don Roberto Moreno.

¿Cómo detener el tiempo? En qué lugar del pasado debió alguien tomarla del brazo
y hablarle bajito, al oído y decirle: "no confíes, ninguno de aque­llos que te
embarcan en esto no te prote­gerá ni te defenderá", y así evitarle una muerte
atroz y años de sufrimientos para nosotros, su familia.

Tristemente, Michéle Drouilly.





Mar, 2 de May, 2006 8:13 am

ardillaparga
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Hola: Me llamo Pedro Gallegos y soy hermano de Marcelo Salinas, marido de Jacqueline Drouilliy, ambos detenidos desaparecidos. Michelle, hermana de Jacqueline...
Ardilla PARGA
ardillaparga
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2 de May, 2006
8:19 am
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