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relato sobre "Matriz" por ALberto Andriulo   Lista de mensajes  
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muchos saludos a todos, espero se encuentren muy bien!
les dejo la versión en español del relato de nuestro amigo Alberto Andriulo de Italia que nos comparte su experiencia del concierto "Matriz".

con cariño,
Gloria




Concerto “MATRIZ”

di

TEREZA SALGUEIRO

& Lusitânia Ensemble

 

Exilles, 1 agosto 2009

 

Hora: las once y treinta.  Es el primer sábado de agosto. Etiqueta roja para las carreteras.  Que manía ahora de identificar la gravedad del tráfico con los colores, ni que fuera un paciente para hospitalizar.  Y no es el peor  color, está el negro, en general dedicado a los fines de semana a caballo del “ferragosto”.(fiesta Italiana del 15 de agosto que celebraba el fin de labores agrícolas)  Tomo mi auto, reviso la gasolina, las llantas, el estado del parabrisas (bastante limpio, pero pienso ya en como se ensuciará después de pocos kilómetros, cuantos mosquitos despachurrados!),  en  cero el kilometraje parcial (y sí, cuando hago viajes largos me divierto siempre viendo cuantos recorro en tan poco tiempo), doy una ojeada rápida al atlas de carretera, memorizo los nombres de las carreteras que tendré que recorrer (A12, A26, A21, carretera de circunvalación al sur de Turín, A32), pongo el primer cd que me acompañará en el viaje (¡Mira el caso!: “Matriz” de Tereza Salgueiro) y finalmente me voy.  Calle de casa, de las calles acostumbradas que recorro todos los días y emboco la carretera, para mí sinónimo de viajes largos con metas lejanas.  Esta vez he revisado poco el trayecto en Google Maps, tal vez un poco más en el atlas de carreteras, tanto sé que cerca de Turín llamaré a Mino, mi buen “personal Tom Tom Go” que me llevará a destino.  Por ahora estoy en la parte que lleva a Génova, lástima que Nicoló no está, habría pasado por él con gusto, será para la próxima, por esta vez no puedo más que desearle feliz estancia en Galles.    A la altura de la Versilia veo el trafico que aumenta, los adelantamientos que se hacen siempre más difíciles, los coches que respetan poco o nada las distancias de seguridad y entrar entre dos automóviles en el carril de adelantamiento se vuelve un riesgo.  Después de pocos kilómetros veo el relampaguear  de ambas flechas de los últimos coches de la fila que se ha formado adelante.  He partido tarde, comienzo a pensar, menos mal que de todos modos hay todavía mucho tiempo.  Y en cambio se descubrirá que el único trecho de carretera donde tengo que reducir velocidad hasta casi detenerme.  Luego, aún dentro de Génova, donde la carretera se transforma en una calle citadina normal con la velocidad máxima de cincuenta kilómetros por hora, los coches avanzan, despacio, pero avanzan.  Dejada atrás la Liguria, con el mar entrevisto en el breve espacio entre una galería y otra, encuentro el bello panorama plano y un poco monótono que me lleva a Alejandría.  Carretera a tres carriles que invita a empujar un poco el acelerador, permaneciendo siempre en los límites consentidos, y ocupando la mayor parte del tiempo el carril de la derecha, el de los vehículos “lentos”.  Durante el trayecto me detengo en uno que otro autogrill, bebo uno que otro café para mantenerme despierto, bebo a sorbos del fresco té de durazno, pierdo tiempo, como diría Guido Gozzano, al observar “las cosa buenas de pésimo gusto” que se encuentran solo en estos bancos, justo para romper la monotonía del viaje.  Hago abastecimientos y cambio disco.  Menos mal que la última vez que estuve en Lisboa hice acaparamiento de cds, ahora es la hora de escuchar a Jorge Fernando.  Hay algunas piezas que me gustan mucho, también el dueto con Amalia no está mal aunque la voz de la fadista está gastada.  No está a la altura. No está de la mejor forma. Parece la voz de una mujer muy anciana, pero el tema  de la canción y el homenaje sincero hacen una pequeña obra maestra.  Me acerco a Turín, alargo la mano para alcanzar el celular y lo encuentro… apagado!  Pienso en Mino que me regañará, quien sabe ya cuantas veces me habrá llamado!  Lo enciendo y en efecto encuentro que me ha llamado hacía pocos minutos.  Mientras pienso detenerme en el próximo autogrill para telefonarle, suena el celular.  Establecemos donde encontrarnos.  Después de casi una hora lo alcanzo en el lugar fijado.  Apenas entro en el bar veo a Anna, su esposa, a la  que saludo y, sentado en un taburete, él, el Meccola, radiante por mi presencia.  Intercambiamos saludos y luego me dice que estamos esperando una muchacha que viene también al concierto.  En efecto, después de pocos minutos llega ella, la muchacha.  Antonella, este es el nombre con el cual la llamaré en este relato para cubrir su identidad y proteger su privacidad, es de una belleza extraordinaria, alta, esbelta, una silueta de bailarina de tango con piernas bien torneadas, brazos ahusados, dos bellísimos ojos oscuros, frente espaciosa, cuello ebúrneo, cabello lacio y castaño, un rostro luminoso y un estrechar de mano decidido que expresa su carácter fuerte y dulce al mismo tiempo.  Nos encaminamos hacia Exilles, Mino guía la pequeña caravana, yo me enfilo inmediatamente después, dejando que sea propiamente Antonella, con la compañía de Anna, a cerrar el cortejo de autos.  Lo sabía.  Mino conoce muy bien estas calles y hunde el pedal del acelerador, yo no le hago frente y me le quedo atrás, la muchacha que expresa su personalidad aún con el modo de conducir, me sigue pero, a la primera ocasión, no deja escapar un adelantamiento (rebasar).

Llegamos a casa de Mino.  Es una bellísima casa de montaña con todas las comodidades, que me recuerda otra casa de montaña en la que fui huésped de un primo, hace años, en el trentino.  Pero esta casa es más montañesa, es más parecida a las casas de montaña de “mi” Garfagnana.  Mino y Anna, óptimos dueños de casa, hacen los honores y yo siento de inmediato una extraña familiaridad con la habitación.  No sé como interactuar con los nuevos conocidos y les hago de inmediato entender como soy tonto: les muestro a todos la playera  con la cual he decidido ir al concierto:  una t-shirt blanca con cuello redondo y mangas cortas con la estampa de la foto oficial de Susana Pereira del ultimo trabajo de la Salgueiro, “Matriz”, ligeramente elaborada a la computadora, esto es, con la escritura añadida en blanco “Yo amo a Tereza Salgueiro” en el fondo oscuro de la foto.  Con la excusa de que la temperatura en montaña baja y en la noche refresca, me pongo encima una camisa roja (que le gusta mucho a Luisa, mi querida amiga fadista luso-pugliese), lista para esconder la playera en caso de evidente embarazo.  Antonella entiende de inmediato con quién y qué ha de hacer, afirmando que después del concierto nos desconocerá, ya  se saborea la figura que haremos delante de la artista, un espectáculo dentro del espectáculo.  Mino nos invita a darnos una escapada a Oulx, el pueblo más próximo, e inmediatamente después de habernos refrescado lo seguimos dejando a la esposa batallar entre los hornitos.  Tomamos el  coche y mientras llegamos al pueblecito vecino, hacemos oír a Antonella algunas piezas de Tereza, elogiándolas hasta quedar sin aliento.  Dejamos el coche en el lugar más inconveniente y nos dirigimos por las callecitas del pueblo donde se oye tocar una banda pueblerina.  Observamos la mercancía expuesta sobre algunos puestos, nos quitamos la sed en una fuente de agua montañesa, por cierto helada (en pisano se diría  “diaccia marmata”, es decir, helada como el mármol).  Antonella hace compras típicamente femeninas, algunos collares, mientras yo y Mino nos consolamos recíprocamente viendo que no nos sentimos mínimamente atraídos a tal genero de compras, tal vez una parte distintiva del ser hombres.  Ahí cerca hay un quiosco  que vende crepes con una discreta fila de clientes.  Antonella y Mino aprovechan una crepe modelo “hígado que hace yahoo!”,  yo esta vez: paso, la indisposición del día anterior me hace desistir, aunque a las insistencias de Antonella de probar un poco no sabría rehusarme.  Miro  alrededor y veo un panorama bellísimo, con montañas altas al fondo que me recuerdan la foto de un puzle que había hecho con mi madre cuando era pequeño y que por muchos años ha estado colgado en el garaje de la casa.  Caminamos por las calles del centro, hablamos entre nosotros y de improviso me encuentro frente a un negocio de flores.  Saludo a Mino con la mano, el entiende y entramos volando.  Compramos un bellísimo ramo de flores varias que, como todos los obsequios florales, empalidecerá de frente al natural esplendor de Tereza.  Antonella nos mira incrédula y se divierte viéndonos jugar a los admiradores perdidamente enamorados de la artista.  Regresamos a casa donde encuentro dos parejas de amigos de Mino con los cuales hago amistad y una suntuosa mesa con cada bien de Dios preparado por Anna.  Nos sentamos a la mesa por aquello de que, dada la hora próxima al concierto, debía de ser una cena frugal, pero Anna nos deleita con más : de cada viaje que hace a la cocina, regresa con algo que es un placer a los ojos, al paladar y al alma!  Es propiamente una cocinera perfecta, se ve que pone toda la pasión al preparar y servir los varios platillos y la mesa, como se sabe, no miente nunca.  Y sus comensales le rinden honor acabandose cada cosa.  Se platica de cosas sencillas y la conversación entre viejos amigos hace transcurrir el tiempo de prisa.  A un cierto punto Mino comienza a impacientarse, quiere ir al Fuerte rápido para ganar los lugares de la primera fila.  Antonella y yo nos preparamos y lo seguimos; los otros nos alcanzarán con otros coches. 

Una vez llegados al Fuerte, dejamos el coche en un estacionamiento y comenzamos a subir hacia la entrada.  Antonella, que no tiene ninguna necesidad de ostentar su feminidad, no se rinde y aún en el prado y sobre el camino pedregoso lleva un elegante par de zapatos con tacón de aguja obligando al pobre Mino a contener los comentarios y yo, como Paolo Conte, que “no sabía si dar una mano a ella o a él”: por una parte me espera Tereza y el deseo de disfrutar su figura de cerca y por otra ayudar a quien permanece atrás.  No sé por cual hecho o alquimia de eventos, Antonella decide cambiarse los zapatos.  Con paso ligeramente más seguro alcanzamos a Mino que mientras tanto ha ocupado las ultimas tres sillas libres de la ultima fila y nos sentamos.  Esperamos la salida de los artistas;  a la hora del inicio el público aplaude para llamarlos.  El ocaso está casi completo.  Los faros laterales proyectan alternativamente luces azules y rojas sobre los bastidores del palco.  Algunos aplauden, del fondo desfilan los músicos, cada uno con su propio instrumento, seguidos por Tereza.  A medida que el público se entusiasma y el aplauso se hace más fuerte.  Inútil decir que por todo el concierto Mino y yo aplaudimos más fuerte que todos, ni que fuéramos una claque pagada (aplaudidores profesionales).   Suben al escenario, toman posición.  Teresa sube al último, atenta a los escalones de la breve escalerita.  De perfil parece una figura más fina, luego bajo los reflectores sobresale como ninguna otra artista. Se apagan las luces de la platea, se oyen las últimas afinaciones, después el silencio.  Las luces multicolores iluminan el palco, al unísono comienzan los primeros acordes, luego se añade la potente, límpida, aguda y mágica voz de Tereza.  La música se expande por todo el Fuerte, de los bastiones hacia las torres, del empedrado hacia el cielo, hasta ocupar todos los intersticios del alma de los presentes.  Un improviso sobresalto del corazón y tengo la piel de gallina.  Se ha iniciado la magia que solo esta cantante portuguesa de cuarenta años, de los cuales veintiuno dedicados a deleitarnos como voz solista de Madredeus, logra crear.  Lo siento por Anna que se que está de pie en alguna parte en la platea del Fuerte.  La busco con la mirada, insistentemente de derecha a izquierda, hasta que la encuentro.  Me levanto y le cedo el lugar, así podrá estar más cómodamente y en compañía de una amiga suya y de Antonella.  Yo en cambio me reencuentro un poco en compañía de los maridos amigos de Mino que sin embargo entiendo que no tienen ninguna intención de acercarse al palco.  Respeto su decisión y con la excusa de buscar a Mino me desengancho de su no obstante exquisita compañía.  Despacio, con paso afelpado, tratando en la semioscuridad  de no tropezar ni pisotear a los jóvenes que están sentados en el suelo no habiendo encontrado un lugar en las sillas, avanzo, llegando a las primeras filas.  Y a quien encuentro cómodamente sentado  en segunda fila con la maquinita fotográfica en el ojo lista para sacar una foto? Pero  al imposible Meccola!!!  Me siento en el suelo a tres pasos de él y comienzo a disfrutar de verdad el concierto.   Una canción detrás de otra, cada vez un aplauso más fuerte, cada vez un aplauso más sentido.  Tereza  sigue el entorno con la mirada, parece buscar una confirmación en el rostro de sus músicos.  Sí, Tereza, tenías dudas?  Es un éxito también esta noche, también en esta plaza.  Tu espectáculo, un poco más difícil respecto a los anteriores, está logrando agrado también aquí, también en Exilles.  Mi pensamiento corre y correrá más veces durante la velada hacia Ivano, hacia el otro del grupo “los tres cochinitos”  como lo ha rebautizado Mino, que por un trabajo de último momento ha tenido que renunciar a este espectáculo.  En el Fuerte resuenan las notas de la canción con el texto de Dom Dinis “Mi Madre Velida”, de las canciones populares, y luego de Carlos Paredes “Dancas Palacianas”,  en un “crescendo” de belleza hacia los virtuosismos de “Senhora do Almortao”, “Vira da Desfolhada”, “Cancao da Roda” y “As Armas do Meu Adufe”.  Llegados cerca del primer tercio del concierto veo a Mino que se levanta, entiendo que cosa quiere hacer y esta vez no me quiero encontrar sin preparación, me siento en su lugar y ruedo el botón de la cámara hacia video.  Lo veo pasar junto con el ramo de flores, enciendo la cámara, me pongo en pie y retomo la escena para inmortalizarla para la posteridad:  Mino que ofrece, con simplicidad y una conmoción que solo yo conozco por haberla ya vivido muchas otras veces, las flores a Tereza, la cual las recibe con igual simplicidad y una sonrisa pura de alegría, casi infantil.  Mino regresa a su lugar satisfecho como un sargento que recibe los encomios de su capitán por la misión cumplida, yo le cedo el lugar y me busco otro.  Noto que entre el palco y la primera fila hay bastante espacio ya conquistado por algunos jóvenes.  Yo, que joven lo soy todavía dentro, no me dejo desmoralizar: me siento en el suelo, en acto de postración, en la primera fila que así se ha creado, delante de todos, con mi Tereza a pocos metros de mí y que por el resto del concierto podré adorarla silenciosamente.  La pieza sucesiva “Treme-Terra”, interpretada solo por los percusionistas, esta vez, respecto al concierto de Costabissara, me ha parecido arreglado de modo que el público pudiera participar más.  Aplausos de no terminar en cada pieza, Tereza agradece, sonríe y agradece, y espera a que terminen para iniciar una nueva pieza, pero el llanto caprichoso de un niño que tiene bien otras exigencias conmueve a todos, incluso a Tereza que espera, sonríe de nuevo y, esta vez, sobre su rostro se lee el hecho de ser madre.  Llegamos a los fados tradicionales de Alan Oulman “Com que Voz” y de Alberto Janez “Foi Deus”.  Aquí Tereza cierra los ojos, el rostro ligeramente contraído trasmite una concentración absoluta, se tiene casi la sensación de una plegaria.  Se espera el total silencio de la platea, como de obligación cuando se trata de fado.  Las notas, el lirismo de los textos y la estrepitosa voz de Tereza  inquietan por la sublime belleza aún a quien, como yo, no es más un novicio en el fado (lo sabes, Tereza, te lo he pedido ya muchas veces  después de los conciertos de hacer un disco enteramente de fado, para cantar fado se necesita de voz y sentimiento, ambas cosas, y al máximo nivel, que lo tienes solo tu).  Vamos hacia el final, los artistas cierran el concierto, agradecen al público y dejan el palco, para después regresar después de los insistentes aplausos y el repetido “bis!”  y “Tereza, mais uma!”.  Después de tantas fotos, decido que la ultima canción y la salida de los artistas la quiero grabar en un pequeño video que luego terminará con los saludos de Mino.  Terminado el concierto vemos a Tereza entrar en una pequeña estancia del Fuerte, tal vez equipada como camerino para la ocasión y punto de descanso de los artistas.  Mino y yo non acercamos a la puerta, una mujer de la organización nos dice que esperemos y que Tereza recibirá a los admiradores en otra sala del fuerte.  Inmediatamente después de la contraorden nos dejan pasar.  Somos los primeros en ser acogidos, entramos en esta sala desnuda con unas fotos en blanco y negro colgadas de las paredes y una silla al centro con unos objetos apoyados encima.  Tereza todavía en vestido de escena, bellísima, sonriente, viene a nuestro encuentro.  A este punto podría decir que recibí un golpe en la cabeza y que no recuerdo nada.  Vivo, como cada vez, en un estado estático, cada vez me prometo hablar largamente en portugués y en cambio, como se decía en la escuela, hago escena muda.  Ni que fuera un adolescente en su primera cita!  Por eso lo que platicaré podría ser solo una pequeña parte de lo que ha sucedido: escribiré solo lo que recuerdo.  Teresa está bellísima con su vestido rojo, muy femenino, luce una sonrisa centelleante.  Parece una diosa caída del cielo!!!  Nos acercamos y Mino toma la palabra.  Le da los saludos de algunos de nuestros amigos comunes como los de la pintora Monica y de todos los de la lista de correos de “madredeus_italia”, y de la lista de correos mexicana “poeticasaudadedemadredeus”, le pide autografiar algunas fotos que representan fans como Gloria y Marcela para poderlas enviar a México y le ofrece un rotulador que escribe con tinta plateada.  Eh aquí, ahora Tereza se acuerda de Mino y del otro concierto en el que le ofreció un rotulador igual!  Recuerdo que hablamos un poco, le habremos dicho como estuvo magnifico el concierto y de nuestro absoluto agrado.  Le pido si puede autografiarme la cubierta del librito del disco y con mi renovada sorpresa, renovada puesto que sucede después de cada concierto,  Tereza me escribe la dedicatoria sin preguntarme nunca el nombre, “Para Alberto…”. Yo me quedo maravillado porque pienso en cuantos admiradores hay en el mundo y con todo esto se acuerda de mi nombre.  Me quedo un poco en silencio mirándola todavía con mucho afecto después de haberle agradecido.  A este punto no me queda más que la ultima embarazosa petición:  el autógrafo en mi playera.  Teresa mira la playera, lee la escritura y suspira un “Ahhhh!!!!”.  Le ofrezco un rotulador negro con la punta gruesa.  La escena resulta ya embarazosa en sí, pienso que moriré de cosquillas sintiendo la punta del rotulador sobre la piel.  Trato de salir de la situación tomando la playera de la orilla inferior con ambas manos y despegarla del cuerpo, tratando de estirarla a fin de que pueda escribir encima más fácilmente.  Agradezco de nuevo a Tereza por esta ultima locura mía y le pido (todavía! En suma se ha entendido que no quisiera dejarla) poder tomar una fotografía con ella y con mi t-shirt apenas firmada.  Esto de la fotografía es ahora ya un ritual que me acompaña desde el primer concierto que ví de Madredeus.  Podría hacer un álbum con las fotos de nosotros dos: se vería el despiadado paso del tiempo en mí, mientras para Tereza parece que el tiempo se ha detenido como en el caso de Dorian Grey, es más hay quien sostiene que ahora es más bella que antes.  Teresa es de admirar por la disponibilidad con la que trata a sus fans y se concede a este mi último capricho: Mino y yo damos la cámara fotográfica a dos personas que están ahí en la puerta y nos ponemos en pose a los lados de la cantante.  Uno dispara de inmediato, el otro demora un poco, haciendo mi felicidad obvia y haciendo impacientar a Mino.  Solo entonces me doy cuenta de la situación: en la puerta hay decenas de personas que nos miran y tres cámaras fotográficas que relampaguean.  Un par son las nuestras, la otra aparece de no se donde y me hace susurrar un “Hey, ahora me he convertido en una celebridad!”.  Agradecemos todos, beso por una ultima vez a Tereza con la promesa de reencontrarla en el próximo concierto en Italia y, feliz como una Pasqua, salgo del improvisado camerino dejando finalmente el lugar a otros admiradores.  Las emociones no han terminado, aunque ninguna podrá superar las apenas probadas.  Esta vez me he recordado que entre los centenares de cds de música portuguesa tengo un trabajo de Pedro Jóia, “A espera do Armandinho”. Paso cerca del palco y encuentro a Rui Lobato, un percusionista del grupo, al cual pregunto donde puedo encontrar al notable guitarrista.  Una señora del entorno, oyendo mi pregunta interviene y se presta a llevarme.  Le sigo los talones junto con Mino.  Toca a una puerta, la abre, dentro están todos los artistas que se están cambiando ropa, grita el nombre y Pedro  se presenta a la puerta.  Le pido en portugués si me puede autografiar su disco.  El me responde que sí y mientras busca la página donde poner la firma, me pregunta donde lo he adquirido.  Y como muestra de estar gratificado, creo ser el único aquí en Italia, en esta ocasión, de pedirle el autógrafo, tanto que prefiere llevarme dentro del camerino para poder cómodamente apoyarse sobre una mesa para escribir la dedicatoria y firmarlo.  También Pedro, tan disponible, pido tomar una foto juntos.  Me volteo  y veo a Mino detrás de mi que gentilmente se presta a retratarnos juntos.  La fiesta ha terminado, nos reencontramos todos juntos, yo, Mino, Anna, Antonella, y un par de parejas, amigos de Mino y Anna para comentar la velada.  Anna nos dice que mientras nosotros estábamos dentro del camerino con Tereza, alguien ahí fuera por la larga espera ha preguntado quién éramos y que alguien más le ha respondido que creía que fuésemos periodistas y que la estuviésemos entrevistando!  La temperatura es ideal para permanecer un poco más al fresco, pero desafortunadamente algunos tienen que ir a casa y por eso nos dirigimos hacia la salida enfrentando el descenso.  Saludamos a los amigos y nos dirigimos hacia casa.

Mino me hospeda gentilmente, me ofrece dormir en el plano superior de una cama esplendida a manera de castillo que me recuerda que desde los tiempos del servicio militar no dormía tan en alto. …la cama es comodísima y espaciosa, me concilia fácilmente el sueño.  Mientras tanto vuelvo a pensar en el concierto y en mi consentida.  Tal vez estoy ya soñando o tal vez estoy todavía en estado de duermevela que lo precede, cuando me parece estar frente a Tereza, o tal vez son solo mis consideraciones personales.  De todos modos estoy pensando que el titulo de “Divina” le pertenecía solo a la Callas. Solo una mujer en el mundo podía adornarse con este titulo.  Las demás eran cantantes o, a lo más, señoras del bel canto.  Yo pienso que este titulo es único en el sentido de que con él solo una mujer a la vez en el mundo se puede adornar.  Tal vez el mío es exceso de amor dentro de tus comparaciones y, por eso, mi juicio no es imparcial, pero creo firmemente después de ella solo tú, Tereza, mereces de verdad de poder escribirlo delante de tu nombre y esta noche, como si hubiese habido la necesidad, lo has demostrado todavía una vez más.  “Mais uma vez”, apunto, Divina Tereza.

 

Exilles, 2 agosto 2009

 

Alberto Andriulo



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zagui7
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muchos saludos a todos, espero se encuentren muy bien! les dejo la versión en español del relato de nuestro amigo Alberto Andriulo de Italia que nos comparte...
gloria maria Echeagar...
zagui7
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13 de Ago, 2009
7:21 pm

GRACIAS GLORIA Y ALBERTO!!!! Marcela...
Marcela Ortiz
maoraz2001
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13 de Ago, 2009
7:37 pm
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