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Sociedad y marginación

En el siguiente texto encontrarás algunas ideas para contestar las preguntas que encontrarás al final, o también para hablarlo con tus amigos.

KAWANAKE

        Uno de los lugares más bellos de la tierra es Kawanake, en Canadá. Tiene grandes bosques, lagos de aguas cristalinas y ríos profundos. Hace muchos años una tribu amerindia tuvo que emigrar del valle de Mohawk, en el estado de Nueva York y establecerse cerca de lo que hoy es la capital de Canadá: Montreal. Eran tiempos en los que las fronteras no existían para los nativos, que veían la tierra como patrimonio de sus moradores. Allí formaron una comunidad de gentes afables y tranquilas, pero de músculos endurecidos por la crudeza de una tierra azotada  por el extremado frío de los larguísimos inviernos. Antiguamente vivían de la caza y de la pesca. Pero los mohawks saben que la vida ha cambiado para todos ellos y las tradiciones poco pueden frente a las sociedades poderosas de los blancos. Por eso, presionados por la mano del hombre fuerte, abandonaron sus ancestrales costumbres y aceptaron vivir en las reservas.

        Todo empezó cuando en tiempos remotos aparecieron por aquellos lares hombres blancos. Les quitaron las tierras que siempre les habían pertenecido. Muchos indios murieron en los combates. Pero no hubo otro remedio que firmar la paz. Ese día el jefe mowaks enterró su hacha de guerra y le enseñó dónde la enterraba a su primogénito. Ojalá nunca tuvieran que desenterrarla. Pero debía saber dónde estaba enterrada. Y trasmitir este saber a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Porque los hombres con los que habían firmado la paz les habían obligado muchas veces a firmar tratados que siempre luego incumplían.

        Doscientos años más tarde, Billy Tres Ríos desconocía las palabras de su antepasado. Vivía en Oka, un pueblo separado a unos treinta kilómetros de Montreal. Era un joven indio mohawk de dieciocho años que había nacido en una época en la que ser descendiente de caudillos de los antiguos pobladores era poco importante. Estaba a punto de terminar sus estudios en la escuela municipal de Oka y tenía la ilusión puesta en una beca del fondo local para la integración indígena que le permitiera acceder a la Universidad de Montreal. Quería licenciarse en Leyes. Billy estaba profundamente enamorado de Sara, la hija mayor del jefe de la policía local. Solo cuatro cosas lo diferenciaban del resto de los jóvenes y hacían de él un auténtico mohawk: una larguísima cabellera sujeta por una trenza multicolor, el orgullo de haber nacido en una tierra que habían pisado sus antepasados, los ritos de la gente de su raza y el amor por un lugar que era la memoria de su origen: el territorio sagrado de Kawanake.

        Por lo demás Billy hacía una vida similar a la de cualquier otro joven. Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, le gustaba acompañar a Sara a su casa, donde merendaban, charlaban, escuchaban música o estudiaban. La madre de Sara le apreciaba mucho por su bondad y porque era el mejor amigo de su hija.

        Cierto día al regresar a su casa, encontró a su padre con la mirada triste y el corazón lleno de aturdimiento. No le preguntó nada pero intuyó que algo muy serio le preocupaba. Al día siguiente le prohibieron ir a la escuela. Y es entonces cuando preguntó qué era lo que pasaba.

        -El Ayuntamiento de Oka ha vuelto a romper el tratado de paz firmado con nuestro pueblo. Ahora tienes que seguirme. Lo sabrás todo a su debido tiempo.

        Billy siguió a su padre por un sendero que atravesaba las praderas y acababa en la montaña. Padre e hijo conocían bien ese lugar sagrado para los mohawks. Billy padre escarbó la tierra con sus propias manos y desenterró una vieja hacha. Estaba envuelta en fibras vegetales que la habían conservado espléndidamente.

        -Éste es el viejo símbolo de nuestra libertad. Tal vez tengamos que volver a implorar su fuerza.

        Billy seguía sin entender nada. Después supo que el Ayuntamiento había decidido urbanizar ese territorio y construir un complejo turístico-deportivo. El proyecto estaba terminado, e incluía dos campos de golf diseñados sobre algunas de las tumbas que habían hecho de ese lugar un santuario indígena. No podía dar crédito a lo que oía. Sería un error.

        -No hay ningún error. Las decisiones están tomadas. Queda una última reunión en el Ayuntamiento. Yo defenderé nuestros derechos. Pero me temo que será inútil.

        Efectivamente fue inútil. A pesar de los buenos razonamientos de Billy  padre, la decisión estaba tomada. La sala se llenó de cólera cuando al final añadió que si tan poca importancia daban al descanso de sus padres, ¿por qué no construían los campos de golf sobre sus cementerios?

        Se produjo un alboroto difícil de apaciguar. Algunos gritaron:

        -¡Fuera, fuera!

        Billy elevó el tono de su voz diciendo que si él los había escuchado en silencio, esperaba lo mismo por parte de ellos; pero, nuevamente, se había equivocado. Tal vez el no saber escuchar formara parte de su civilización.

        Abandonó el Ayuntamiento seguido de cuantos miembros de su comunidad habían acudido a la reunión. Como sucediera en épocas anteriores a los indios se les complicaron las cosas. Las autoridades locales les pidieron los títulos de propiedad del suelo. Sólo tenían la palabra de los antiguos gobernantes de la ciudad, por lo que no podían presentar ningún documento legal. Ante la total inexistencia de papeles, Kawanake quedó convertido en terreno de titularidad pública y, por lo tanto, el Ayuntamiento podía disponer libremente de él.

        Pocos días después el territorio sagrado de los mohawks fue invadido por inmensas máquinas dispuestas a allanar el terreno. Los indios vieron en ellos una provocación. En señal de protesta, decidieron no asistir al trabajo. Muchos fueron despedidos. Celebraron reuniones clandestinas y entendieron que los hombres blancos les habían declarado una nueva guerra. Hubo luchas. Las fuerzas policiales no tardaron en llegar. Los indios parecían dispuestos a morir en defensa de la memoria de sus antepasados y se enfrentaron a quienes días atrás habían sido sus vecinos y amigos. El padre de Sara intentó apaciguar los ánimos. Pero no lo consiguió. Vinieron refuerzos del ejército y las cosas se complicaron más aún.

        En el pueblo Billy Tres Ríos se disponía a abandonar la casa de Sara cuando supo lo del enfrentamiento. Había sonado el teléfono.

        -Billy -dijo la madre de Sara- las cosas no andan bien por ahí fuera.

        -¿Qué es lo que ha sucedido?

        -No lo sé. Mi marido ha recomendado que no salgamos de casa esta noche.

        Quedó paralizado por una extraña sensación de angustia. Recordó el hacha de guerra y quiso volver con su gente. La madre de Sara le advirtió que los ánimos estaban muy exaltados entre la población y que salir de casa podía ser extremadamente peligroso. Alojó a Billy en una pequeña habitación contigua a la de Sara. Pero el indio no pudo dormir. Decidió escaparse de casa. No lo hizo: repentinamente la calle se había convertido en un hervidero de blancos que clamaban venganza por la muerte de un policía. De los ojos de Billy se descolgaron dos gruesas lágrimas. Él creía entender todo de las cosas de los mayores, pero no le cabía en la cabeza que un campo de golf fuera más importante que un lugar sagrado. Recordó las palabras de su padre: “Pocos blancos habrían permitido la instalación de un campo de fútbol en la iglesia de un pueblo o en un cementerio”. Lo que estaba contemplando lejos de acobardarle le fortaleció. Se vistió apresuradamente, salió de su cuarto, y golpeó con los nudillos la puerta de Sara. Se abrió. Billy le dijo que tenía que regresar con su gente.

        -¡Estás loco, estás loco! Si sales ahora podría pasarte algo. Espera a que amanezca, será lo mejor.

        -No, Sara. Los teléfonos no funcionan y mi familia estará muy preocupada. Tengo que irme ahora, estar con los míos...

        -¡No seas testarudo!

        Billy insistió en que la decisión estaba tomada.

        -Está bien, cabezota. Iré contigo. Mi padre estará patrullando y nadie se atreverá a molestarnos.

        -Escúchame, Sara. Si vienes con mi gente, correrás peligro. Hay quien no lo entenderá. No debemos vernos hasta que las aguas vuelvan a su cauce.

        -¡No te haré caso, Billy! Entre tu gente tengo muchos amigos y necesito demostrar que hay blancos que pensamos de otra manera. Te quiero Billy... No puedo dejarte solo.

        Bajaron la escalera con el sigilo de un felino y protegidos por la noche se dirigieron a casa de Billy. No encontraron a nadie.

        -Esto es demasiado preocupante -dijo el chico- como también lo es el silencio de las calles. Tienen que estar todos en la pradera de Kawanake.

        Y hacia allí se dirigieron dando un rodeo por el pueblo. Lo que vieron a lo lejos les destrozó el corazón. Grandes barricadas presagiaban batalla. Tuvieron que volver a dar otro rodeo. Pero una patrulla civil de hombres armados los sorprendió en la huida. Le propinaron a Billy una paliza. Y solo lo dejaron por la valentía de Sara que se enfrentó a ellos.

        Sara limpió las heridas de Billy. Atentos, por si surgían nuevos encuentros, continuaron hasta llegar en paz  junto a los mohawks. El padre del chico abrazó a su hijo, y también a Sara. Y después de preguntarle qué le había pasado, se dirigió a Sara y le dijo que mejor volviera a su casa, que podía ser peligroso permanecer allí. Pero ella les dijo que prefería quedarse. A pesar de todo invitó a su hijo a que llevara a Sara a su casa. Pero cuando estaban regresando una partida de enfurecidos comenzaron a perseguirles. Y solo gracias a la destreza de Billy que se conocía el bosque como la palma de su mano pudieron librarse de ellos.

        -Te llevaré a un lugar muy especial. Allí estaremos tranquilos.

        Sara y Billy se dirigieron al antiguo poblado mohawk, donde cien años antes habían sido confinados sus antepasados. La distancia no era mucha. Pero deberían cruzar el río San Lorenzo, pues las últimas tormentas habían destruido el viejo puente de madera que habitualmente transitaban los indios. Decidieron atravesar el cauce en una de las balsas que los mohawks utilizaban en la celebración de sus más viejas ceremonias rituales. Billy conocía bien la zona.

        -¿Sabes Billy? Me gusta conocer el lugar que tanto amas. Nosotros no tenemos esos puntos de referencia. Los blancos parecen que pasamos sobre la tierra como un tifón o una tormenta. Te envidio.

        El anochecer del día siguiente fue intranquilo para el padre de Sara. Supo por su esposa que Billy durmió en su casa y que luego tal vez se hubieran ido juntos. ¿Pero dónde estaban?... Él confiaba en que Billy cuidaría a Sara, pero tal y como estaban los ánimos podían pasarles de todo... Decidió despojarse de su uniforme y salir a buscarlos. Primero fue a donde los mohawks. El padre de Billy palideció de terror.

        -¡Creía que estaban en tu casa! Anduvieron por aquí y mi hijo le acompañó en el regreso...

        -No. No están en mi casa.

        -Tal vez huyeran de esta guerra absurda.

        -Escúchame, Billy -dijo el policía-. Hemos sido amigos durante toda nuestra vida, hemos pasado buenos y malos momentos juntos. Yo no sé nada de política, pero creo que lo que están haciendo no está bien. Yo solo obedezco órdenes que no quiero que empañen nuestra amistad. Nadie sabe que he venido aquí. Te propongo un pacto: deja a un hombre en tu lugar y vayamos a buscar a nuestros hijos.

        Acompañados por otros dos indios que aún recordaban el viejo arte del rastreo, se introdujeron en el bosque. Llegaron hasta la orilla del río. Pero allí se dieron por vencidos. El rastro acababa allí.

-No han podido cruzar. El puente está destrozado.

        El padre de Billy pensó de inmediato en el viejo poblado y en las balsas.

        -Los indios solemos hablar a nuestros hijos de ese lugar donde descansan las almas de nuestros muertos.

        Se dirigieron hacia las balsas. No fue necesario que llegaran al poblado sagrado. En una orilla del río, atrapados por los arbustos, flotaban los cuerpos ahogados de Sara y Billy. Los dos padres lloraron como nunca y maldijeron la guerra. Extrajeron los cadáveres de los chicos y los besaron hasta la desesperación, como si de esa forma pudieran devolverles la vida.

        -Ellos eran jóvenes y se amaba. ¿Por qué han tenido que morir así?

        Regresaron al pueblo. Al llegar a la plaza de Oka cesaron los gritos y las amenazas. Las muertes inútiles de Sara y Billy se convirtieron en una tregua que todos respetaron.

        El padre de Billy decidió enterrar a su hijo en las tierras sagradas de Kawanake

        El padre de Sara quiso que su hija fuera enterrada junto a Billy.

        -Ellos se quería, Juntos han muerto. Y juntos han de seguir.

        Los cuerpos de ambos muchachos fueron depositados sobre unas parihuelas tiradas por caballos. Fueron inhumados. Sobre la tumba de Sara su padre puso una cruz. Billy padre rodeó la tumba de su hijo con piedras y otros símbolos que habían pertenecido a su hijo.

        -Gracias por permitir que enterraran a mi hija en le territorio sagrado de tu gente. Espero que sus muertes sean las últimas.

        -Es doloroso -dijo el indio- que hayan tenido que morir nuestros hijos para que los blancos podáis comprender.

        -Escucha, Billy. He presentado mi dimisión como responsable de la policía de Oka. No puedo obedecer órdenes que van contra mi conciencia. Es la prueba de que también yo amo la paz.

        -Te suplico que ahora me dejes. He de permanecer a solas con la sombra de mi hijo.

        El viejo se arrodilló y comenzó el ritual de los cantos fúnebres aprendidos de sus padres.

        Pero las muertes del policía, de Sara y de Billy no fueron suficientes. El Ayuntamiento siguió con su plan. Los indios siguieron con sus creencias. Pero al final nada pudieron hacer. Entregaron sus armas. Solo pidieron tiempo para desenterrar a los suyos, y marcharse lejos, lejos de las miradas egoístas de los blancos. El traslado se hizo en otoño. Los indios sintieron la angustia de haber vuelto a perder una guerra injusta. El tiempo solo les había enseñado esto: saber perder.

        Billy y Sara permanecieron juntos en la ladera de la montaña. Desgraciadamente sus padres nunca volvieron a ser amigos. El padre de Sara recordaría siempre lo que le dijo el padre de Billy: “Solo sabéis sembrar la destrucción y el odio. Un día pensé que blancos e indios podríamos vivir como hermanos, pero no puede ser nuestro hermano aquel hombre cuya fe es menos importante que un campo de golf. Estoy orgulloso de ser un pobre indio, aunque los indios estemos acostumbrados a perder”.

 

(Adaptación del capítulo Kawanake, de VARA, Mariano: Los derechos torcidos. Ed. Edelvives, 1994)

 

 

 2.- Para pensar

·        ¿Cuál es la idea central de esta historia? ¿Qué has sentido al leerla?

 

 

·        Si hubieras vivido esa historia, junto a quién te pondrías ¿Por qué? Da razones para defender tu postura. ¿Qué se hubiera podido hacer para evitar el conflicto?

 

 

·        Buscar en el diccionario la palabra racismo. A raíz de ella, hacer una redacción con este tema: ¿Se vive en tu entorno la solidaridad? ¿Cómo puedes vivirla tú?...

 

 

·        ¿Te parece que en nuestra sociedad se respetan los compromisos adquiridos de modo verbal? ¿Te parece importante respetar compromisos que otros han adquirido de modo verbal?

 

·        ¿Qué valor tiene o debería tener la palabra dada a otra persona?

 

·        Se puede hacer un debate sobre las causas que originan conflictos como el que se describe en la historia. Aclarar quién es solidario y quién no lo es en la historia.

 

Si quieres más información, puedes acudir a

www.iespana.es/chavales (pagina web para chavales de Eso - Bachiller, sus padres o profesores).  

www.iespana.es/comoestudiar (Técnicas de estudio)

Listas de Correo: (sus contenidos son casi identicos, simplemente es para faclitar el acceso si ya tien cuenta en alguno de estos sitios)

http://www.eListas.net/lista/chavales  (para chavales de 13 a 18)

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