La soledad
Miguel Ángel Marti García. Convivencia
Hay veces que no tenemos a nadie con quien compartir nuestra vida, y entonces aparece la soledad: esa angustia de sentirse solo, abandonado. No hablamos ahora, claro está, de la soledad buscada para un fin determinado. Nos estamos refiriendo a esa otra soledad que produce sufrimiento, que deja al hombre acongojado, sin un asidero al que cogerse.
La soledad querida es buena porque nos permite estar más cerca de nosotros mismos y obtener de nosotros lo mejor. En cambio, la soledad impuesta por la vida trae consigo un dolor moral muy profundo. Todos los hombres, en el fondo, por muy intensas que sean nuestras relaciones sociales, estamos un poco solos: nunca los demás nos conocen como nos gustaría que nos conocieran.
Pero para algunos hombres, a esa soledad, vamos a llamarla natural, se les suma la soledad de no tener a nadie con quien compartir las penas y las alegrías de la vida. Las personas no estamos hechas para estar solas. Nuestro deseo de convivir no es fruto de un capricho, sino la exigencia de una necesidad, por eso el hombre solo enferma, porque no puede realizarse como persona.
La compañía de otros hombres le es algo natural. Es en sus relaciones con el otro donde el yo adquiere su verdadera dimensión, aunque esas relaciones sean origen de problemas y estén sembradas de obstáculos y dificultades. La convivencia -lo hemos visto en envíos anteriores- no es siempre idílica; sin embargo, es preferible a la soledad.
El hombre puede buscar en el mundo de las cosas un sustitutivo de los otros, pero las cosas indefectiblemente siempre le son insuficientes, no satisfacen por completo al corazón del hombre. Pueden distraerle por un determinado tiempo, pero, al fin, el hombre siente la necesidad, la imperiosa necesidad, de comunicarse con los demás, y de no poder hacerlo sufre, con un dolor profundo que le impide vivir positivamente su propia vida. A él acuden, entonces, la melancolía, la angustia, la tristeza, la depresión... y no encuentra la forma humana de poder remontar esa soledad que le viene impuesta. Es esa impotencia la fuente máxima del dolor de quien está solo: el no poder hacer nada para evitar esa situación y, sobre todo, ese sentimiento que le ahoga hasta inutilizarlo.
Francisco González
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