Los estudiantes también se han manifestado contra la
guerra en Irak. Lo hicieron el mismo día que
comenzaron a caer las bombas sobre Bagdad y han vuelto
a salir el 26 de marzo. La funesta manía de pensar,
que diría Unamuno, me ha llevado a plantearme si los
jóvenes que se han manifestado son los mismos que se
entregan al botellón en otros momentos; si un joven
puede conciliar manifestación hoy y botellón mañana.
Seguramente, habrá de todo: habrá "botellones" que se
manifiestan y "botellones" a los que les trae todo sin
cuidado. Y, entre los concienciados manifestantes, los
habrá aficionados al botellón, desertores del mismo y
de costumbres saludables. Con lo antedicho no
pretendo, en absoluto, deslegitimar o ridiculizar las
manifestaciones estudiantiles, sobre todo, porque esas
expresiones de rechazo a la guerra, actos de violencia
aparte, me parecen totalmente encomiables. En
realidad, en estas líneas, no deseo ocuparme de la
descerebrada "cruzada" contra Irak, sino de la
juventud y de algunas carencias educativas de los
jóvenes; las cuales, dicho sea de paso, habrá que
anotarlas, más bien, en el "debe" de la sociedad
adulta. El contraste entre el refugio en el botellón y
la participación en las manifestaciones lo utilizo
para expresar lo que, a mi modo de ver, representa una
fractura importante en muchos jóvenes: la ruptura
entre los valores a los que se adhieren y sus hábitos
de conducta. Lo que pretendo en estas líneas es
afirmar algo tan simple como que los problemas de una
parte importante de la juventud española -y,
seguramente, de la juventud occidental en general- no
se cifran en lo que piensan, sino en lo que ha! cen;
o, casi mejor, en lo que no son capaces de hacer. Si
hubiese que juzgar a los jóvenes por la escala de
valores que sostienen, tal vez habría que darles, por
lo menos, un notable alto. Si, por el contrario, los
juzgásemos por sus conductas, me temo que la
calificación bajaría muchos enteros. Nuestra juventud
es, mayoritariamente, tolerante, solidaria, contraria
a la violencia doméstica, convencida de la igualdad
entre los sexos, acogedora con los inmigrantes,
sensible a las injusticias, demócrata, respetuosa con
el medio ambiente, defensora de la democracia y de los
derechos humanos y, por supuesto, amante de la paz y
contraria a las guerras. La educación en valores ha
dado, pues, sus frutos. 3.- Los jóvenes ansían un
proyecto de felicidad personal (II) La otra cara de
la moneda es que el consumo de drogas y de alcohol se
dispara; que el fracaso escolar no para; que la
violencia en las aulas va en aumento y que su
comportamiento doméstico se está deteriorando; que la
precocidad y promiscuidad sexual amenazan su futuro
afectivo. Hay cierta contradicción entre la conciencia
ecológica de los jóvenes y sus hábitos consumistas,
que les lleva, por ejemplo, a no concebir su
existencia sin disponer de vídeo, radiocassette,
walkman, cámara de fotos, ordenador o móvil (¿existe
en España algún joven que no lo tenga?); o entre la
alta estima de la solidaridad (al 57,2% de los jóvenes
españoles les gustaría colaborar en alguna ONG, según
el informe Jóvenes Españoles 99, dirigido por Javier
Elzo) y su compromiso real con ese valor (sólo el 9,3%
estaba implicado en algún tipo de voluntariado).
Tampoco son muy coherentes, a veces, en su alta
valoración del cuerpo, que contrasta con algunas
prácticas de riesgo y el hábito tan ! insano como
extendido de las salidas nocturnas. Para referirse a
la contradicción entre la escala de valores que han
asumido los jóvenes y lo que realmente viven, Javier
Elzo habla de hiatus entre los valores finalistas y
los valores instrumentales. Así, sostiene Elzo,
"invierten afectiva y racionalmente en los valores
finalistas (pacifismo, tolerancia, ecología, lealtad,
etc.) a la par que presentan grandes fallas en los
valores instrumentales (esfuerzo, responsabilidad,
compromiso, abnegación, etc.), sin los cuales todo lo
anterior corre el riesgo de quedarse en un discurso
bonito". Tal vez haya que dar una vuelta de tuerca en
el ámbito educativo, que comienza -conviene no
olvidarlo- en la familia, y pasar de la educación en
valores a la educación en virtudes, es decir, en
hábitos que capaciten para actuar en conformidad con
los valores asumidos. Pienso que las deficiencias
educativas que detectamos ahora proceden de haber
reducido la educación ética a educación cívica. La
crisis social de valores y la consturcción de una
sociedad plural -es mi interpretación- ha llevado a
centrar la educación en la formación de ciudadanos,
mediante la transmisión de unos valores compartidos,
olvidándonos de capacitar a los jóvenes, mediante
hábitos o virtudes, para realizar no sólo los valores
de la convivencia, sino su propio proyecto de
felicidad personal. Transmitir ideas no basta; es
preciso formar hábitos arraigados, virtudes, que
capaciten a las jóvenes generaciones para abordar un
proyecto personal de felicidad compartida y
comprometida con la mejora de la po! lis. Francisco
Santamaría .
=====
Un saludo
Francisco González
www.irabia.org/chavales10/index.htm
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