La vida no tiene fronteras (1)
Cuando en estos días somos afortunadamente tantos los
que acudimos a las manifestaciones contra la guerra,
me viene a la memoria otra manifestación a la que
también asistí, hace veinte años, para protestar, esa
vez, contra el aborto.
Debo explicar, para que se entienda la relación entre
estos dos hechos, que ya hace veinte años mi defensa,
como ser humano, del derecho a nacer en paz, se
enmarcaba en un contexto antibelicista y de condena
ante cualquier atentado a la vida de las personas en
general (pena de muerte, hambre, terrorismo...).
Precisamente en aquellos años me declaré objetor de
conciencia, como reacción personal ante la realidad de
la guerra de Las Malvinas, que, por la conveniencia
personal y la obcecación de algunos dirigentes
políticos, llevó a combatir entre sí a argentinos y
británicos, sin mayor culpa que el hecho de haber
venido al mundo en un país o en el otro.
También el pasado 15 de febrero, día de
manifestaciones históricas a nivel mundial aproveché,
como tantos otros, la oportunidad de manifestarme
contra la guerra (además de participar en otros actos
y manifiestos posteriores, tan necesarios),
enarbolando una defensa integral de la vida. De hecho,
mi pancarta, bajo un «no a la guerra» en grande,
condenaba otros crímenes: «terrorismo, aborto, hambre,
maltrato a mujeres e inmigrantes, pena de muerte».
Como ya fue comentado en los medios de comunicación,
en las manifestaciones del pasado día 15 marchamos
unidos colectivos de diversa procedencia social,
adscripción ideológica, gente de lo más variado, gente
de paz. Dicha experiencia me confirmó en la convicción
de que debemos caminar unidos en la defensa de la paz,
de la justicia, de la libertad, de la solidaridad y,
en definitiva, de la vida.
De hecho, la vida no tiene fronteras, salvo si
pensamos en la guerra, en las matanzas y genocidios,
en todos los asesinatos que, agujereando y destruyendo
la vida, marcan ciertamente una frontera, para
situarse más allá: en el ámbito de la muerte. Pero la
vida no tiene fronteras en sí misma, es un solo valor,
cuya defensa no puede llevarse a cabo de manera
fragmentada. Por ello es preciso abolir las barreras
artificiales, erróneas, que a veces han hecho que en
la defensa de la vida prevalezca un debate, cuando
menos, divisorio, de incomprensiones, de
intolerancias, de fanatismos. Son diversos los
aspectos desde los cuales es preciso insistir en la
ausencia de fronteras para la vida. Antonio Márquez
Prieto .
Opina sobre esta noticia
PuP!
3.- La vida no tiene fronteras: “Pensemos en las
víctimas” (2)
La vida no tiene fronteras, en primer lugar, desde el
punto de vista de las víctimas. Los genocidios y
holocaustos que en general han sido perpetrados en
distintos momentos de nuestra historia mundial
reciente, y los que se continúan produciendo en
distintas zonas del planeta claman por igual. Entre
ellos es quizá, de mayor actualidad, el que viene
sufriendo de forma lenta el pueblo iraquí –rehén al
mismo tiempo de Sadan Hussein y de George Bush-, y que
puede empeorar de forma bastante más trágica, en el
caso de que los planes bélicos se lleven a término.
Pero igualmente hay que recordar el hambre y la
miseria que sigue azotando a pueblos enteros, la gran
cantidad de niños que continúan muriendo bajo las
lacras de la malnutrición, la falta de agua, la falta
de asistencia médica, la explotación laboral infantil,
o los desastres medioambientales –recordemos
Chernóbil-; la nuevas y viejas formas de esclavitud,
las matanzas a cargo de guerrillas militares,
paramilitares, carteles y terroristas particulares o
estatales –pensemos en Colombia, o en Palestina-.
Decir que en España hemos pasado en veinte años del
aborto a la guerra preventiva es aludir al hecho de
que no hay ataques a la vida de carácter puntual, sino
una progresión en la que se entiende que todos, es
decir, la humanidad, estamos en peligro.
Hace veinte años no podíamos imaginar que tendríamos
más de treinta mil embriones humanos congelados en
alguna parte, cuya vida está detenida, como si nada,
en espera, quién sabe, de la muerte definitiva, o de
la utilización como cobayas para seguir alimentando
los «avances» científicos (cuando podría utilizarse la
vía de la adopción y, sobre todo, impedir que siga
aumentando el número de embriones congelados). ¿Cómo
condenar a un Hitler, teniendo en cuenta lo que
hacemos o consentimos?
No podíamos tampoco imaginar que surgiría un nuevo
crimen de guerra, que, bajo el nombre de «daño
colateral», parece haber encontrado una terminología
«aceptable», sin que se revuelvan las tripas de todos.
Una gran cantidad de víctimas igualadas por la misma
condición: sin vida, sin voz. Sería interesante
preguntarse por su mensaje, si tuvieran vida y voz
para expresarlo. Pero a buen seguro sería un mensaje
único.
Quizá alguno estaría tentado de mantener su
planteamiento parcial, consistente en defender la vida
poniendo fronteras. Y así, según el caso, estar
dispuesto a condenar sólo algunos atentados a la vida.
Se trata de un planteamiento unilateral y parcial, en
el que cada parte aparece descalificada, en relación a
las otras partes.
Si, en cambio, enfocamos el asunto desde una
perspectiva multilateral, y partiendo del noble
planteamiento de respetar a los que piensan de forma
distinta, es preciso dar además el paso decisivo,
abriéndonos a la idea de que la vida no tiene
fronteras.
La defensa de la vida necesita una voz única, porque
la memoria de unas víctimas y el silencio para con
otras es injusto, y nos conduce históricamente a la
desprotección de la vida sin más, al aumento de los
atentados contra la misma, de «novedosos» atentados,
no suficientemente condenados a nivel social. Nos
conduce a una desprotección de todos, porque todos
estamos en peligro. Antonio Márquez Prieto .
Opina sobre esta noticia
Pup!
4.- La vida no tiene fronteras: “durante todas sus
etapas” (3)
La vida no tiene fronteras, en segundo lugar, desde el
punto de vista temporal. No existen fronteras entre
las edades de la vida. Y sin embargo, a semejanza del
trato que reciben los inmigrantes, de los que sólo nos
diferencia haber llegado a estas tierras mucho antes
que ellos, otorgamos un trato desigual, y a veces
mortífero, a quienes tratan de abrirse camino entre
las aguas del líquido amniótico. Como a los
inmigrantes de pateras, que se afanan por alcanzar la
frontera de la playa, y luego la frontera del permiso
de trabajo o del de residencia, ponemos fronteras
igual de artificiales e injustas a estos seres humanos
que luchan por salir a flote, por alcanzar la costa de
la pared del útero, o por salir a la luz del mundo
exterior.
Recientemente la Audiencia Provincial de Málaga ha
condenado, por un crimen, afortunadamente frustrado, a
dos mujeres ucranianas sorprendidas mientras
intentaban matar a golpes a una niña, hija de una de
las condenadas, que pocos minutos antes acababa de
nacer.
Los propios vecinos –de uno de los barrios más
humildes y populares de la ciudad- acudieron en
defensa de la criatura, y se organizaron
espontáneamente para llamar a la policía, retener por
la fuerza a las mujeres, y llevar al hospital a la
niña, que, felizmente, logró sobrevivir, tras recibir
unos cuidados médicos encomiables. Todo el vecindario
y la opinión pública habían condenado el crimen mucho
antes de hacerlo la Audiencia Provincial. ¿Por qué?
Porque la niña había conseguido traspasar la frontera,
y, habiendo salido al exterior, había llegado a
resultar visible a los ojos de todos.
¿No es cierto que unas horas antes, aún en el seno
materno, no habría encontrado una protección tan
decidida por parte de algunos? Y sin embargo, como los
vecinos declararon a la prensa, la niña, en el momento
de ser agredida por ambas mujeres, aún conservaba la
posición fetal: signo revelador, que parecía indicar
su procedencia, en unos momentos en que todos
parecemos olvidar de dónde vienen los niños. De verdad
que no quiero ser irónico, sino hablar con el corazón
en la mano sobre el aborto en general.
Es cierto que se trata de algo muy complejo, ante el
cual, sin embargo, considero imprescindible que se
abra un debate que actualmente sencillamente no
existe. En El País del pasado 26 de febrero se leía la
noticia de que los casos de aborto provocado no han
dejado de aumentar en España, hasta llegar a suponer
en la actualidad un 15% del total de embarazos. Es una
tristísima constatación de un verdadero genocidio
infantil que nadie ve, pero que no nos puede dejar
dormir en paz. Cuando menos, abramos el debate, con
sinceridad, sin prejuicios, para buscar soluciones
verdaderas, aceptables socialmente. Antonio Márquez
Prieto .
Opina sobre esta noticia
PuP!
5.- La vida no tiene fronteras: “Todos debemos
defender todas las vidas” (4)
La vida no tiene fronteras, en tercer lugar, desde el
punto de vista de sus defensores, que debemos estar
unidos ante los intentos de crear entre nosotros
falsos conflictos. En efecto, existen quienes inventan
conflictos artificiales para salir beneficiados,
reproduciendo siempre el mismo esquema: una
contradicción entre dos bandos, cuya radicalización de
posturas consigue esconder el hecho de que es posible
una conciliación, y de que la muerte no es la única
alternativa. Es el esquema planteado actualmente con
ocasión del «conflicto» con Irak, en el que se
presenta a dicho país como gravísima amenaza para
Occidente, debiendo ser por tanto destruido. La
radicalización de posturas, como intentan algunos,
debería llevar a esconder o ignorar que la guerra no
es la única solución, que el pueblo iraquí no es
nuestro enemigo, que hay otras vías para conseguir el
desarme, y, sobre todo, que existen quienes pretenden
amasar grandes fortunas gracias a dicha guerra,
haciéndonos ! creer que nos están defendiendo de buena
fe. El mismo esquema se reproduce en el falso
conflicto planteado respecto de las células madre
embrionarias. Se intenta presentar a los embriones
congelados o hipotéticamente clonados como enemigos de
los diabéticos, a los cuales se les promete la vida,
en tanto que a los embriones se les asegura la muerte.
Lo que deliberadamente se oculta es que las células
madre extraídas a los embriones humanos, aun teniendo
un potencial mayor de momento, no son la única
alternativa posible, debiéndose contar también con las
células madre adultas –cuya investigación es
prometedora-, con las donaciones de tejidos o con
otras posibles vías. Y, sobre todo, se oculta el hecho
de que son los grandes laboratorios los interesados en
el aprovechamiento del «material biológico» de los
embriones, una vez que consigan hacer totalmente legal
su «uso», debido a los gigantescos beneficios que todo
ese negocio puede deparar. Otros ejemplos podrían
citarse de falsos conflictos sociales entre falsos
enemigos, cuando por debajo existe un verdadero pero
inconfesable interés económico por parte de algunos,
que pretenden mejorar su posición o conservar sus
privilegios. Lo cierto es que estos conflictos
aparentes, que silencian quién es el más interesado y
beneficiado, tienen en común que se nos presentan como
si! tuvieran una única solución: salvar sólo a uno,
debiendo «sacrificarse» al otro. Y sin embargo,
debemos empeñarnos en encontrar soluciones para salvar
la vida de todos. Por ello los defensores de dicho
empeño, es decir, ecologistas, católicos, musulmanes,
objetores, pacifistas, feministas, sindicalistas,
comunistas, centristas, etc., estamos todos, desde el
respeto mutuo, necesariamente unidos en el mismo
objetivo.
Ciertamente vivimos en un país democrático, rodeado de
países democráticos. Pero de la misma forma que la
democracia ateniense, que otorgaba el derecho de
participar en las decisiones públicas a unos
privilegiados, al tiempo que cimentaban su sociedad
política y económica sobre la pena de muerte, la
esclavitud y otras forma de explotación, hoy puede
decirse que nuestra democracia es igualmente
excluyente. Hay muchísimos que no tienen voz, o que no
tienen voto, o no aportan beneficio económico, o cuya
explotación genera dinero para alguien, y que son
arrojados o mantenidos fuera del sistema, de la
justicia, del progreso y de la vida. Si no existieran
la explotación laboral infantil, la esclavitud sexual
o de otro tipo, la violencia de género, el escándalo
del hambre, las guerras toleradas o promovidas desde
nuestros propios países, el desprecio por la vida de
los embriones humanos, por los inmigrantes, etc.,
podríamos decir que respetamos los derechos humanos,
elemento indisp! ensable de cualquier democracia.
Por lo demás, en un régimen democrático, mucho más que
en ningún otro, el que calla, pudiendo expresarse,
consiente y se hace copartícipe de las decisiones
políticas que se adoptan. Por ello es imprescindible
hablar, a pesar de todo, aunque parezca que no va a
servir para nada. Queda la esperanza de que aumente el
número de los que alcen su voz. Incluso, de que
aumente significativamente. Queda la esperanza de que
haya quien escuche, aunque sea en otros lugares,
aunque sea en un tiempo futuro. Queda, como mínimo, la
constatación de que hemos manifestado nuestro rechazo
ante tanta injusticia y tanto genocidio, para que
nadie nunca pueda decir con razón que también se hizo
en nuestro nombre.--- Antonio Márquez Prieto es
Profesor Titular de Derecho del Trabajo en la
Universidad de Málaga. Antonio Márquez Prieto
ww.piensaunpoco.com
=====
Un saludo
Francisco González
www.irabia.org/chavales10/index.htm
__________________________________________________
Do you Yahoo!?
Yahoo! Web Hosting - establish your business online
http://webhosting.yahoo.com