The Passion
Fernando es un chico de catorce años. Como mucha gente en todo el mundo se apresuró a asistir en el cine a la película The Passion of the Christ, de Mel Gibson. Era la primera vez en su vida que no pudo acabar las palomitas; ni siquiera las empezó. A la salida del cine comentó:
- me he sentido identificado muchas veces…
- ¿Como por ejemplo? – le pregunté
- En la cruz, se ve a Jesús, sangrando, sufriendo mucho por los hombres y detrás están los soldados jugando a los dados, como si no pasara nada…
- ¿y bien?
- Pues que así me veo yo en Misa cuando me distraigo: pensando en mis cosas, cuando en realidad está pasando algo grande.
¡Ha funcionado!
Un señor iba con su burro cargado al mercado del pueblo vecino. Su burro se paró en mitad del camino y no había forma de moverlo: le gritó, le empujó, le apaleó y nada. Pasaba por allí un cura y, al ver la patética estampa, se acercó al lugareño y le aconsejó:
- Así no conseguirás nada. Reza un Padrenuestro con fe, acaricia al animal y háblale con cariño al oído: verás como así se mueve.
El indígena le miró con incredulidad, miró luego al burro, cerró los ojos, juntó las manos y rezó un pausado Padrenuestro. Luego acarició al burro en la crin y le dijo unas palabras al oído. El burro se puso a caminar sin más…
El cura, atónito, comentó:
- Si no lo veo, no lo creo.
Los primeros que deben tener fe, son los que aconsejan…
Una cita para maestros y formadores:
Un maestro afecta a la eternidad; nunca se sabe dónde termina su influencia de Henry Adams (extraído del libro Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom, ed. Maeva, 10ª edición, que recomiendo vivamente).
Me decía mi viejo profesor que ahora nos tocaba a nosotros (a nuestra generación) dar el paso en la formación de los demás y no escondernos para ver si otros lo hacen por nosotros.
Decir también lo bueno…
Emeka vino a despedirse, después de haber estado recibiendo formación durante más de seis años: al día siguiente partía hacia los Estados Unidos donde se había enrolado con los Marines. Desde el primer día en que le conocí había sido un chico despierto, inquieto y franco. Recuerdo que en su primera semana rompió un cristal de la puerta de la entrada, de una pedrada (indirecta, claro). Como su padre se hallaba lejos, tomé sobre mí la responsabilidad de formarle y de hacerle ver sus fallos, con lealtad, para que mejorara. Diligentemente recibió siempre, con entereza y alegría, las correcciones y observaciones. Y aquel día se despedía:
- Me voy y estoy muy agradecido a todos vosotros…
- Para eso estamos…
- Quería decirte una cosa, por si puede ayudar – me dijo
- Vale, dime.
- He echado en falta durante estos años que también me dijeras las cosas positivas, lo bueno que también había hecho…
Después de listarle todas las cosas buenas que recordaba que había hecho, me hice el firme propósito de también decir lo bueno, en el futuro, a las personas que formo para que nunca nadie pudiera reprocharme que no lo había hecho…
El hombre invisible
Hablar, actuar en el momento oportuno. La omisión consiste en no actuar cuando se debe…
Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello. (Gabriel Jiménez Emán, 1950, los 101 cuentos en una línea
Fuente: grupo yahoo anecdonet
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