Ciudad del Vaticano, 8 de diciembre de 2003.
Jesús está presente en los niños Queridos hermanos y hermanas:
1. Con el sugestivo rito de la imposición de la Ceniza, inicia el
tiempo de la Cuaresma, durante el cual la liturgia renueva en los creyentes
el llamamiento a una conversión radical, confiando en la misericordia
divina.
El tema de este año –"El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí
me recibe" (Mt 18, 5)– ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la
condición de los niños, que también hoy en día el Señor llama a estar a su
lado y los presenta como ejemplo a todos aquellos que quieren ser sus
discípulos. Las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo son
tratados los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la
Iglesia. Asimismo, son un estímulo para descubrir la sencillez y la
confianza que el creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios, el
cual ha compartido la misma suerte de los pequeños y de los pobres. A este
propósito, Santa Clara de Asís solía decir que Jesús, "pobre fue acostado en
un pesebre, pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo"
(Testamento, Fuentes Franciscanas, n. 2841).
Jesús amó a los niños y fueron sus predilectos "por su sencillez, su
alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro" (Ángelus,
18.12.1994). Ésta es la razón por la cual el Señor quiere que la comunidad
les abra el corazón y los acoja como si fueran Él mismo: "El que reciba a un
niño como éste en mi nombre, a mí me recibe" (Mt 18, 5). Junto a los niños,
el Señor sitúa a los "hermanos más pequeños", esto es, los pobres, los
necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los
enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con
indiferencia y rechazarlos, es como si se hiciera lo mismo con Él, ya que Él
se hace presente de manera singular en ellos.
Esa foma de ser humildes 2. El Evangelio narra la infancia de Jesús
en la humilde casa de Nazareth, en la que, sujeto a sus padres, "progresaba
en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2,
52). Al hacerse niño, quiso compartir la experiencia humana. "Se despojó de
sí mismo –escribe el Apóstol San Pablo–, tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y
se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2,
7-8). Cuando a la edad de doce años se quedó en el templo de Jerusalén,
mientras sus padres le buscaban angustiados, les dijo: "¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,
49). Ciertamente, toda su existencia estuvo marcada por una fiel y filial
sumisión al Padre celestial. "Mi alimento –decía– es hacer la voluntad del
que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
En los años de su vida pública, repitió con insistencia que
solamente aquellos que se hubiesen hecho como niños podrían entrar en el
Reino de los Cielos (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 15; Lc 18, 17; Jn 3, 3). En sus
palabras, el niño se convierte en la imagen elocuente del discípulo llamado
a seguir al Maestro divino con la docilidad de un niño: "Así pues, quien se
haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos" (Mt
18, 4).
"Convertirse" en pequeños y "acoger" a los pequeños son dos aspectos
de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro
tiempo. Sólo aquél que se hace "pequeño" es capaz de acoger con amor a los
hermanos más "pequeños".
Admiración por los que acogen a los niños 3. Muchos son los
creyentes que buscan seguir con fidelidad estas enseñanzas del Señor.
Quisiera recordar a los padres que no dudan en tener una familia numerosa, a
las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del
éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos
aquellos valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la
existencia.
Pienso con grata admiración en todos los que se hacen cargo de la
formación de la infancia en dificultad, y alivian los sufrimientos de los
niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la
falta de alimentos y de agua, por la emigración forzada y por tantas
injusticias existentes en el mundo.
Junto a toda esta generosidad, debemos señalar también el egoísmo de
quienes no "acogen" a los niños. Hay menores profundamente heridos por la
violencia de los adultos: abusos sexuales, instigación a la prostitución, al
tráfico y uso de drogas, niños obligados a trabajar, enrolados para
combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar,
niños pequeños víctimas del infame tráfico de órganos y personas. ¿Y qué
decir de la tragedia del SIDA, con sus terribles repercusiones en África? De
hecho, se habla de millones de personas azotadas por este flagelo, y de
éstas, tantísimas contagiadas desde el nacimiento. La humanidad no puede
cerrar los ojos ante un drama tan alarmante.
Sólo el sufrimiento de Cristo es respueta al dolor humano 4. ¿Qué
mal han cometido estos niños para merecer tanta desdicha? Desde una
perspectiva humana no es sencillo, es más, resulta imposible responder a
esta pregunta inquietante. Solamente la fe nos ayuda a penetrar en este
profundo abismo de dolor.
Haciéndose "obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8),
Jesús ha asumido el sufrimiento humano y lo ha iluminado con la luz
esplendorosa de la resurrección. Con su muerte, ha vencido para siempre la
muerte.
Durante la Cuaresma nos preparamos a revivir el Misterio Pascual,
que inunda de esperanza toda nuestra vida, incluso en sus aspectos más
complejos y dolorosos. La Semana Santa nos presentará nuevamente este
misterio de la salvación a través de los sugestivos ritos del Triduo
Pascual.
Queridos hermanos y hermanas, iniciemos con confianza el itinerario
cuaresmal, animados por una más intensa oración, penitencia y atención a los
necesitados. Que la Cuaresma sea ocasión útil para dedicar mayores cuidados
a los niños en el propio ambiente familiar y social: ellos son el futuro de
la humanidad.
Tratar a Dios como Padre 5. Con la sencillez típica de los niños nos
dirigimos a Dios llamándolo, como Jesús nos ha enseñado, "Abbá", Padre, en
la oración del Padrenuestro.
¡Padre nuestro! Repitamos con frecuencia a lo largo de la Cuaresma
esta oración; repitámosla con profunda devoción. Llamando a Dios Padre
nuestro, nos daremos cuenta de que somos hijos suyos y nos sentiremos
hermanos entre nosotros. De esta manera, nos resultará más fácil abrir el
corazón a los pequeños, siguiendo la invitación de Jesús: "El que reciba a
un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe" (Mt 18, 5).
Con estos deseos, invoco sobre cada uno de vosotros la bendición de
Dios por intercesión de María, Madre del Verbo de Dios hecho hombre y Madre
de toda la humanidad.
Vaticano, 8 de diciembre de 2003.
JOANNES PAULUS PP II
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Francisco González
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