Laura
Fuente: es.catholic.net
Autor: Marcelino de Andrés
Soy una chica de 16 años, a punto de cumplir los 17, y hasta ahora, no he
encontrado la felicidad completa. Yo no me refiero a la verdadera, sino a la
completa o plena felicidad; es decir, el estar siempre y en todo momento
feliz. Puede que tampoco la haya buscado, porque me cuesta creer en ella. No
alcanzo a creer que alguien pueda llegar a ser feliz siempre y en todo
momento. Es como decir: "Desde hoy soy feliz". No. Yo pienso que uno puede
tener "momentos de felicidad", aunque sea por una milésima de segundo sólo,
pero durante ese tiempecito eres verdaderamente feliz, aunque poco después
ya no lo seas.
Me doy cuenta de que momentos de felicidad paso muchos al día, quizá porque
soy muy alegre e intento ocultar muchos de mis problemas. Y eso que vivo de
felicidad -tantísimos momentos al día- los disfruto y los vivo muy
intensamente, y me alegro mucho de ello.
Mis padres se separaron cuando yo acababa de cumplir los 13 años. Mi madre
se fue a vivir al extranjero, y mi hermana, de tres años, se fue con ella.
Yo me quedé aquí con mi padre y mi hermano de 12 años.
Entonces, con mi padre tenía momentos muy felices a pesar de todo. Pero mi
padre por mucho que se esforzaba, no llegaba a entender mis problemas,
gustos y querencias. Por ello, yo soñaba con que mi madre y mi hermana
vinieran aquí y volviésemos a estar todos juntos. Yo la necesitaba mucho.
Hace aproximadamente cuatro meses, mi madre decidió venir a vivir aquí.
Vivíamos los tres hermanos con ella. Pero, ¿era realmente feliz entonces?
No. Ahora mi padre estaba en una zona de la ciudad y nosotros en otra. Y eso
no me gustaba. Pensé que pronto me acostumbraría a ello o se volverían a
juntar. Sin embargo, no ha sido así.
Empezamos el colegio, e íbamos todos los días a verle por la tarde. Pero eso
no era todo. La felicidad que yo había buscado durante tres años se esfumaba
poco a poco. Vivir con mi madre no era tan fácil. No me entendía, ni yo a
ella, y la relación por un tiempo, se hizo insoportable... Hay momentos en
que nos llevamos relativamente bien, pero ella sigue pensando que soy la
niña que dejó y no entiende que haya cambiado.
Con esto quiero decir que yo buscaba una felicidad completa y ahora creo que
se fue de mis manos...
Reflexión:
Este testimonio no encierra sólo una llamada a poner nuestra felicidad
únicamente en lo que no corre el peligro de desintegrarse, sino que además
muestra claramente lo que una persona puede llegar a influir en la felicidad
de otra. No tengo miedo en afirmar que el tomar una decisión egoísta
(opuesta al amor) que acarrearía infelicidad en otros, es un verdadero
atropello, y más si esos otros son los propios hijos. Nadie tiene el derecho
de hacerlo. Sólo amando se es feliz. Así lo ha experimentado también Román,
de 18 años, y nos dirá en su testimonio: "...la verdadera felicidad, la que
me llena y me deja nuevo, es la felicidad que obtengo después de haber hecho
una obra buena. Sí, después de haber hecho cualquier minucia que sé hace más
feliz a alguien".
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