Algún tiempo atrás, el hogar familiar era monótono. Trabajar, comer, dormir y cierto descanso alrededor del fuego. De vez en cuando eran solicitados sus componentes para asistir en la plaza mayor de la aldea, a una representación de “cómicos”, comediantes, o saltimbanquis. Unos eran malabaristas, otros echaban fuego por su boca, o lucían a un animal salvaje amaestrado, acompañados indefectiblemente por una moza de generosas carnes y de algunos graciosos o bufones. Uno de ellos, al terminar la función, pasaba la boina, porque tan sólo ese era su sustento. De ahí viene el dicho: “Pasar más hambre que el perro de un volatinero”.
Hasta que el hombre perfeccionó la tecnología y con ella apareció la televisión; ya no fue necesario abandonar el hogar, con todas las incomodidades que ocasiona. Entonces en la pantalla se instalaron los cómicos, o al menos las actuaciones que deseaban cumplir el mismo papel. Las función en educación, comunicación e información, se vio soslayada por lo más fácil y apetecible: la distracción, y con ello los cómicos se instalaron dentro del propio hogar. Las gentes ya no tuvieron que desplazarse. Pero aunque “la mona se vista de seda, mona se queda”.
Y los cómicos con la audiencia asegurada -su eterno problema era que la gente saliera de sus casas para ir a verlos-, comenzaron a disputarse la audiencia; sobrevino cómo captar la atención de las gentes para sus malabarismos. Así se ha llegado hasta el agonizante Gran Hermano, a los “reality shows”, y demás. Pero esa pantalla de cristal, ha demostrado tener un magnetismo singular que los titiriteros nunca alcanzaron. En ello reside su fuerza, y su tiranía, que esclaviza a muchos, tanto como a otros escandaliza.
Titanic, esa película que nos transporta en medio de la tragedia que aún angustia el ánimo, tiene entre muchos, un acierto según esta columneja, o cipejo (diminutivo despectivo de cipo), que comienza a atravesar la sequía de noticias veraniega; es cuando en las últimas escenas, comparecen en pantalla de nuevo los “cómicos” que han desempeñado papeles.
Resultan que están ¡vivos! los que se habían ahogado en las frías aguas del mar del Norte. Eran tan sólo actores, aunque hubiéramos participado de su tragedia; buenos y bien dirigidos, y con unos magníficos efectos especiales, que para eso los americanos son únicos. Ayudaría mucho a borrar la impresión nefasta y anti-todo, que dejan determinados programas, si la actitud final del espectador fuera la de aplaudir, o no, como al final de cualquier representación.
Se esclavizaría menos al inocente telespectador, y sería más ridículo el alboroto de muchos ante lo que han visto. ¿Cuándo no ha habido representación de obras escandalosas? Lo que ocurre es que había que salir de casa, mojarse si llovía, o arrastrar un asiento, o dejar a alguien con los niños, etc. Ahora no, junto al cenicero, el perro, o el periódico, los cómicos hacen lo que pueden, buscarse el sustento; pues que lo encuentren, mientras cada familia continúa en su convivencia.
Un saludo
Francisco González www.iespana.es/chavales www.iespana.es/comoestudiar www.iespana.es/valores
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