«Cada vez oigo la palabra cultura me entran ganas de llevarme la mano a la pistola», fanfarroneba uno de los jayanes militares del Tercer Reich. Era comprensible que para imponer ideas en aquella Alemania de Husserl y sus discípulos, de Einstein, Heinsenberg o Schrödinger, de los padres del expresionismo cinematográfico, de Thomas Mann y de tantos otros, hubiese primero que eliminar la independencia de espíritu que siempre lleva consigo la cultura. Sin embargo, alguien que hoy día tuviese el mismo afán totalitarista que aquel militar nazi, ¿debería guardar semejante actitud de recelo hacia la cultura? Porque no es necesario ser muy agudo para comprobar que –simplificando un poco, pero no demasiado– sólo hay dos voces independientes en el rebaño del pensamiento único. Una es la del movimiento antiglobalización, que, a pesar de estar repleto jóvenes románticos y descerebrados, tiene algunos valores que deberían estudiarse con rigor; la otra es la de Juan Pablo II, quien como viejo que no oculta su vejez y como disidente intelectual es motivo continuo de escándalo. Pero obviados estos dos bastiones de la independencia de espíritu –y alguna honrosa excepción más–, ¿qué queda en el panorama cultural que no esté diluido en el discurso único, por mucho que se hable de lo políticamente incorrecto? ¿Y qué atención dedica el mundo de la cultura oficial a estos dos planteamientos tan divergentes con los modos establecidos?
Últimamente se considera que cultura es cualquier manifestación espontánea, natural, aquello que brota libremente; yo prefiero seguir viéndola como algo que se cultiva con mimo, algo buscado tesoneramente. Quizá por eso me sorprende ver a los muchachos de Operación Triunfo en las páginas de cultura de los periódicos, me causa estupor la desmesurada importancia que se concede al fútbol o me llena de alborozo –incluso risa– el aplomo con que se habla de la feria del libro como de uno de los acontecimientos culturales más notables de cada temporada. Porque ¿sobre qué parcela de la vida arroja luz cualquiera de estos tres eventos? (Es importante usar esta palabra: evento; se conoce que alguien la ha descubierto y de repente todo son eventos a nuestro alrededor, vivimos una sorprendente proliferación de eventos) La feria del libro no deja de ser una feria. Las hay gastronómicas, de ganado, de maquinaria agrícola o de libros, pero lo importante en todas ella es lo mismo: exhibir y vender. Y Operación Triunfo, ¿qué mérito real tiene, además del de haber conseguido que se venda una cantidad ingente de discos? Y del fútbol mejor no hablar. De unos jugadores que cobran lo que cobran, que fuera del campo se dedican a hacer anuncios publicitarios y dentro de él parecen más preocupados de engañar al árbitro que de jugar… ¿qué puede decirse? ¿Dónde quedan las virtudes características del deporte? ¿Por qué es difícil no reírse hoy día al oír el refrán aquel que decía eso de “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”? A veces –sé que no es la única verdad, pero casi– parece que el único caballero que queda por estas tierras de Dios es el caballero don Dinero.
Vivimos en una sociedad de consumo. Cuando hay beneficios económicos todo parece marchar bien, y lo que no produce dinero carece de sentido. Esto puede resultar exagerado, pero repárese en cómo la palabra empresa va convirtiéndose en algo exclusivamente relacionado con la economía; empresa –que antaño era una palabra de más significados que en el presente– es algo organizado para ganar dinero, casi ni se concibe que pueda ser otra cosa. Es bueno el descubrimiento del papel que la economía juega en la sociedad y en la historia, es necesaria una economía saneada para que haya prosperidad humana, pero a veces uno piensa que la sociedad se está enterrando bajo montones de monedas, acciones y golden shares. Quizá nos asustamos en su tiempo con el materialismo economicista y teórico del marxismo, pero tengo para mí que es mucho más virulento el capitalismo práctico que nos envuelve.
La cultura, el arte, el desarrollo del espíritu requieren tiempo, esfuerzo y cierta dosis soledad y silencio. Son cosas que se construyen a largo plazo y que son intrínsecamente contrarias a las estrategias de mercado. No producen dinero (al menos no directamente) y su medio natural de expansión es personal: de padre a hijo, de amigo a amigo, de maestro a discípulo. Sabemos que una sociedad vive de su cultura, y cuando ésta se agota o anquilosa toda la sociedad termina por fracasar. Por eso, los cenizos como yo nos asustamos al comprobar las pocas condiciones que reúne el capitalismo, tal y como se entiende en nuestro tiempo, para facilitar las cosas del espíritu, porque el espíritu no es un producto mercantil y no genera rentas. Se supone que en una democracia es la opinión del pueblo la que manda. Y sin patrones espirituales, sin el reposo necesario para sopesar la vida, con la urgente necesidad del bienestar material, ¿cómo puede ser la opinión del pueblo? ¿No se hace demasiado inquietante el fantasma del populismo: pan y circo?
Me parece que la expresión “sociedad de consumo” es muy lúcida. Se habla de sociedad y se habla de consumo, pero tengo una terrible sospecha. ¿Qué consume nuestra sociedad? ¿No se estará consumiendo a sí misma? Jaime Esteban Monasterio
Un saludo
Francisco González www.iespana.es/chavales www.iespana.es/comoestudiar www.iespana.es/valores
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