Y después... ¿qué?
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Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
No sé a ti, pero a mí me encanta ir a los parques de atracciones. Y me gusta por dos motivos. Primero, porque me divierto como un enano. Y segundo, porque me da un gusto enorme ver junto a mí tanta gente que también se lo pasa "bomba".
A veces uno quisiera que toda la vida discurriese como en un parque de atracciones. Pasar de un momento a otro del día en eterna diversión. Y, aunque te parezca un disparate, sí se puede. Al menos en cierto modo.
Casi todo en la vida tiene su lado divertido o agradable. Sólo hay que saber encontrárselo. Y eso depende de cada uno. Conozco personas que son expertas en descubrir el lado positivo de las cosas. Gozan de todo. Llevan la sonrisa tatuada en el rostro. Da la impresión de que en su vida no hay cuestas arriba, ni problemas, ni sufrimiento alguno. Pero lo curioso es que estas personas sí pasan por momentos difíciles, por problemas y sufrimientos -como tú y como yo-. Y, ¡vaya!, no es que estén todo el
día en la discoteca, ni viendo la tele, ni el parque de atracciones... Sin embargo, viven felices.
Porque resulta que no es lo mismo ser feliz que divertirse. Es cierto: las diversiones nos ayudan a estar contentos. Pero, podemos llenar la semana de entretenimientos y fiestas sin vivir satisfechos y dichosos.
Sé de muchos jóvenes cuya existencia durante el curso escolar gira en torno a dos ejes: los fines de semana y los “puentes”. Según ellos, son éstos los únicos momentos en los que pueden “gozar y divertirse” a lo grande (y no tengo por qué dudar que sea así). Bien, y ¿por qué a estos jóvenes les asalta de nuevo la misma sed, cuando hace apenas unas horas que se han hartado de diversión? Da la impresión de que les pasa algo así como a un hidrópico. Que cuanto más bebe, mayor es su sed y nunca se sacia. Pero en el caso de esos jóvenes, el problema no está en ellos. No están enfermos como el hidrópico. El problema está quizá en esas diversiones que les ofrecen sólo
una satisfacción pasajera.
No hace mucho recibí la carta de un chico, Enrique, de 16 años en la que me cuenta un poco su experiencia de la felicidad. Entre otras cosas me dice: “Yo he buscado de mil maneras la felicidad en mi vida. Con los amigos, saliendo con chicas, bebiendo, fumando... en fin, haciendo todo lo que la gente de mi edad acostumbra a hacer para divertirse. Pero aún así, tengo que decir que sólo he obtenido un placer momentáneo; algo que, al fin y al cabo, quedaba en nada después de unas horas”.
Creo que todos hemos sentido alguna vez lo mismo que Enrique. Nos hemos entregado en cuerpo y alma a alguna diversión o actividad que nos agrada. Y de repente, nos asalta el pensamiento: “De esto ya está bien, y ahora... ¿qué?”. Sin duda hemos experimentado el gustillo de alcanzar algo que perseguíamos con ilusión, eso que a lo mejor nos ha costado sangre conquistarlo. Y de pronto, nos damos cuenta de que no nos ofrece más que una chispa fugaz de
felicidad.
Si eso nos pasa en cosas importantes, que exigen tanto de nosotros, imagínate en las que no son más que simples entretenimientos momentáneos. Y es que, por más que te esfuerces en prolongar al máximo cualquier placer o diversión, ¿cuánto logras alargarlo? Quizá unos minutos, o unas horas, o -siendo demasiado generosos- unos días... Y, después..., ¿qué?
Reflexiona un poco... Si te gusta la discoteca, ¿recuerdas cuántas noches sin pegar ojo has aguantado moviendo el esqueleto al ritmo de la batería y de la guitarra eléctrica? Y después..., ¿qué? Si te encanta ver la televisión, piensa: ¿cuántas horas has resistido hipnotizado delante de la pantalla de tu televisor? Y después..., ¿qué? Si te derrites ante una bandeja de boquerones en vinagre, reconoce: ¿cuántas raciones te has llegado a comer? Y después, (además del dolor de estómago)..., ¿qué? Si te electriza el sólo hecho de tocar un balón de baloncesto, dime: ¿durante cuántos partidos consecutivos te has
logrado mantener en pie? Y después..., ¿qué?
Sin duda todo lo que nos divierte sanamente es una buena ayuda para nuestra felicidad. Nos hace pasar momentos sumamente agradables, incluso saludables. Mucho más cuando se trata de ir conquistando grandes metas y nobles ideales. Pero el sentir la insatisfacción del “y después..., ¿qué?” puede ser motivo de reflexión.
Nos ayuda a percatarnos de que la verdadera felicidad no puede construirse sólo sobre esas satisfacciones caducas o diversiones momentáneas. Sabemos que terminan siendo como pompas de jabón. En un abrir y cerrar de ojos, se esfuma la belleza multicolor que nos tuvo encandilados y entretenidos por un tiempo. Se nos escapan como el aire entre los dedos cuando menos lo pensamos.
La felicidad verdadera ha de consolidarse sobre algo mucho más profundo y duradero. Debe radicarse en lo más hondo de tu alma. Debe estar cimentada sobre algo que resista todo tiempo y circunstancia; algo que nazca puro de dentro
para ser dado como riqueza, sin que empobrezca al que lo da. Y ese algo es el amor.
Lo único que realmente queda y dura para siempre, más allá de todo tiempo, es el amor; y lo que se haya hecho por amor a Dios y a los demás. Todo el resto, tarde o temprano, desaparece. Sólo el amor resiste el tiempo y la eternidad. De ahí que sólo en el amor hecho entrega y donación se encuentre la auténtica dicha y el gozo imperecedero y eterno.
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Francisco González
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