El abuelo ha muerto esta mañana
Autor: Marcelino de Andrés
Sonó el teléfono. Estábamos sentadas en la cama mi amiga y yo. Nos encontrábamos en su casa, y, como es lógico, ella se dirigió al teléfono para contestar... Era una compañera de clase y me dijo que mis padres me estaban buscando. No me preocupé en absoluto, había pasado toda la mañana fuera de casa, visitando en el hospital a la madre de mi amiga.
Sin pensarlo más, colgamos el teléfono y llamé a mi casa. Respondió mi padre con una voz extraña. Rápidamente me dijo que salíamos en ese momento de viaje hacia el pueblo de mi abuelo. Me quedé paralizada; bueno, mejor dicho, alucinada. Era sábado..., las cuatro de la tarde... El lunes había que ir al colegio... Bueno, nada encajaba.
Se me ocurrió preguntar si algo había pasado. Inmediatamente después mi padre me dijo: "Sí, salimos ahora, el abuelo ha muerto esta mañana". Me quedé sin habla. Era un golpe durísimo para mí. Era imposible... Un instante después solté el teléfono sin poder contener las lágrimas; mi padre
seguía al teléfono... Me llamaba... Pero me era imposible responderle. Mi amiga cogió el teléfono y se despidió de mi padre por mí, quedando en que vendría a buscarme poco después.
No podía contener las lágrimas, pues era un sentimiento horrible de impotencia en que me parecía que todo era mentira. Pero, por otro lado, sabía que no lo era. Fueron unos minutos malísimos, pero poco a poco me iba calmando. Algo dentro de mí me decía que no me preocupara, que se había ido a otra vida mucho mejor que esta. Que al fin y al cabo, algún día debía llegar ese momento; que si Dios le había llamado, sería por algo. Todas estas afirmaciones junto con un sentimiento de tristeza recorrían mi cabeza a grandes velocidades.
Pronto llegaron mis padres a recogerme y nos dirigimos hacia el pueblo del abuelo. Fue un viaje largo. El tiempo fue pasando muy lentamente. Una vez allí, el entierro, el funeral... Todo fue durísimo para nosotros.
Había pasado un mes durante el verano con él.
Siempre creí que era el hombre con más fortaleza de la Tierra. A pesar de la diabetes, las cataratas (de las que le habían operado múltiples veces), el riñón y numerosas enfermedades que fue arrastrando tras de sí durante su vida, se mantenía firme y pocas veces se quejaba. A pesar de todo lo que he nombrado antes y otras muchas cosas, como una hernia, etc., Dios se lo llevó sin sufrimiento; fue un paro cardíaco. Nunca nos lo hubiéramos imaginado... Los médicos solían decir que lo único que tenía bien era el corazón.
Pero ahora me pongo a pensar cómo Dios se lleva a una persona a su lado del mejor modo, sin sufrimiento. Pienso también en las personas sin fe, que no tienen a Dios. ¡Qué difícil hubiera sido para ellas aceptarlo! Me siento privilegiada porque tengo la confianza de que ha ido al cielo y aún si no ha conseguido llegar todavía, yo estoy dispuesta a rezar por él para que lo haga pronto, porque sé que Dios es misericordioso y le va a acoger en el cielo junto a
Él.
Le doy gracias a Dios por haberme dado la fe para creer en Él, para ser plenamente feliz, a pesar de perder a alguien que quieres, porque tienes la seguridad de que pronto te reunirás con él en el cielo.
Reflexión:
Quizá la mejor reflexión es la que Marlén misma hace al final de su testimonio. Cuántos que no poseen a Dios ni creen en Él, en las mismas circunstancias que ella, se revelan ante un hecho irreversible. Cuántos se dejan sepultar por la desesperación y el sinsentido. "Pero con Él todo se ilumina, todo gana un sentido, todo se hace amable y bello, incluso la cruz, todo se llena de esperanza, todo se hace huella de Dios" (P. Marcial Maciel, carta del 4 de abril de 1981)
Francisco González
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