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DON NICOLAS DEL CASTILLO. Por José Martí   Lista de mensajes  
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DON NICOLAS DEL CASTILLO

Por José Martí
Relato
"El Presidio Político en Cuba" (1873)
Fragmentos

---------------------------------------------------------------------

Era el 5 de abril de 1870. Meses hacía que había yo cumplido diez y
siete años. Mi patria me había arrancado de los brazos de mi madre, y
señalado un lugar en su banquete. Yo besé sus manos y las mojé con el
llanto de mi orgullo, y ella partió, y me dejó abandonado a mí mismo.

Volvió el día 5 severa, rodeó con una cadena mi pie, me vistió con
ropa extraña, cortó mis cabellos y me alargó en la mano un corazón.
Yo toqué mi pecho y lo hallé lleno; toqué mi cerebro y lo hallé
firme; abrí mis ojos, y los sentí soberbios, y rechacé altivo aquella
vida que me daban y que rebosaba en mí.

Mi patria me estrechó en sus brazos, y me besó en la frente, y partió
de nuevo, señalándome con la una mano el espacio y con la otra las
canteras.

Presidio, Dios: ideas para mí tan cercanas como el inmenso
sufrimiento y el eterno bien. Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir
para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo
bueno, única vida verdadera.

¡Cuánto, cuánto pensamiento extraño agitó mi cabeza! Nunca como
entonces supe cuánto el alma es libre en las más amargas horas de la
esclavitud. Nunca como entonces, que gozaba en sufrir. Sufrir es más
que gozar: es verdaderamente vivir.

Pero otros sufrían como yo, otros sufrían más que yo. Y yo no he
venido aquí a cantar el poema íntimo de mis luchas y mis horas de
Dios. Yo no soy aquí más que un grillo que no se rompe entre otros
mil que no se han roto tampoco. Yo no soy aquí más que una gota de
sangre caliente en un montón de sangre coagulada. Si meses antes era
mi vida un beso de mi madre, y mi gloria mis sueños de colegio; si
era mi vida entonces el temor de no besarla nunca, y la angustia de
haberlos perdido, ¿qué me importa? El desprecio con que acallo estas
angustias vale más que todas mis glorias pasadas. El orgullo con que
agito estas cadenas, valdrá más que todas mis glorias futuras; que el
que sufre por su patria y vive para Dios, en éste u otros mundos
tiene verdadera gloria. ¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de
sufrimientos, si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran
sangre, ¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?

Era aún el día 5 de abril.

Mis manos habían movido ya las bombas; mi padre había gemido ya junto
a mi reja; mi madre y mis hermanas elevaban al cielo su oración
empapada en lágrimas por mi vida; mi espíritu se sentía enérgico y
potente; yo esperaba con afán la hora en que volverían aquellos que
habían de ser mis compañeros en el más rudo de los trabajos.

Habían partido, me dijeron, mucho antes de salir el sol, y no habían
llegado aún, mucho tiempo después de que el sol se había puesto. Si
el sol tuviera conciencia, trocaría en cenizas sus rayos que alumbran
al nacer la mancha de la sangre que se cuaja en los vestidos, y la
espuma que brota de los labios, y la mano que alza con la rapidez de
la furia el palo, y la espalda que gime al golpe como el junco al
soplo del vendaval.

Los tristes de la cantera vinieron al fin. Vinieron, dobladas las
cabezas, harapientos los vestidos, húmedos los ojos, pálido y
demacrado el semblante. No caminaban, se arrastraban; no hablaban,
gemían. Parecía que no querían ver; lanzaban sólo sombrías cuanto
tristes, débiles cuanto desconsoladoras miradas al azar. Dudé de
ellos, dudé de mí. O yo soñaba, o ellos no vivían. Verdad eran, sin
embargo, mi sueño y su vida; verdad que vinieron, y caminaron
apoyándose en las paredes, y miraron con desencajados ojos, y cayeron
en sus puestos, como caían los cuerpos muertos del Dante. Verdad que
vinieron; y entre ellos, más inclinado, más macilento, más agostado
que todos, un hombre que no tenía un solo cabello negro en la cabeza,
cadavérica la faz, escondido el pecho, cubiertos de cal los pies,
coronada de nieve la frente.

-¿Qué tal, don Nicolás? -dijo uno más joven, que al verle le prestó
su hombro. -Pasando, hijo, pasando -y un movimiento imperceptible se
dibujó en sus labios, y un rayo de paciencia iluminó su cara.
Pasando, y se apoyó en el joven y se desprendió de sus hombros para
caer en su porción del suelo.

¿Quién era aquel hombre?

Lenta agonía revelaba su rostro, y hablaba con bondad. Sangre
coagulada manchaba sus ropas, y sonreía.

¿Quién era aquel hombre?

Aquel anciano de cabellos canos y ropas manchadas de sangre tenía 76
años, había sido condenado a diez años de presidio, y trabajaba, y se
llamaba Nicolás del Castillo. ¡Oh, torpe memoria mía, que quiere aquí
recordar sus bárbaros dolores! ¡Oh, verdad tan terrible que no me
deja mentir ni exagerar! Los colores del infierno en la paleta de
Caín no formarían un cuadro en que brillase tanto lujo de horror.

Más de un año ha pasado: sucesos nuevos han llenado mi imaginacón; mi
vida azarosa de hoy ha debido hacerme olvidar mi vida penosa de ayer;
recuerdos de otros días, hambre de familia, sed de verdadera vida,
ansia de patria, todo bulle en mi cerebro, y roba mi memoria y
enferma mi razón. Pero entre mis dolores, el dolor de don Nicolás del
Castillo será siempre mi perenne dolor.

Los hombres de corazón escriben en la primera página de la historia
del sufrimiento humano: Jesús. Los hijos de Cuba deben escribir en
las primeras páginas de su historia de dolores: Castillo.

Todas las grandes ideas tienen su gran Nazareno, y don Nicolás del
Castillo ha sido nuestro Nazareno infortunado. Para él, como para
Jesús, hubo un Caifás. Para él, como para Jesús, hubo un Longinos.
Desgraciadamente para España, ninguno ha tenido para él el triste
valor de ser siquiera Pilatos.

¡Oh! Si España no rompe el hierro que lastima sus rugosos pies,
España estará para mí ignominiosamente borrada del libro de la vida.
La muerte es el único remedio a la vergüenza eterna. Despierte al fin
y viva la dignidad, la hidalguía antigua castellana. Despierte y
viva, que el sol de Pelayo está ya viejo y cansado, y no llegarán sus
rayos a las generaciones venideras, si los de un sol nuevo de
grandeza no le unen su esplendor. Despierte y viva una vez más. El
león español se ha dormido con una garra sobre Cuba, y Cuba se ha
convertido en tábano y pica sus fauces, y pica su nariz, y se posa en
su cabeza, y el león en vano la sacude, y ruge en vano. El insecto
amarga las más dulces horas del rey de las fieras. El sorprenderá a
Baltasar en el festín, y él será para el Gobierno descuidado el Mane,
Thecel, Phares de las modernas profesías.

¿España se regenera? No puede regenerarse. Castillo está ahí.

¿España quiere ser libre? No puede ser libre. Castillo está ahí.

¿España quiere regocijarse? No puede regocijarse. Castillo está ahí.

Y si España se regocija, y se regenera, y ansía libertad, entre ella
y sus deseos se levantará un gigante ensangrentado, magullado, que se
llama don Nicolás del Castillo, que llena setenta y seis páginas del
libro de los Tiempos, que es la negación viva de todo noble principio
y toda gran idea que quiera desarrollarse aquí. Quien es bastante
cobarde o bastante malvado para ver con temor o con indiferencia
aquella cabeza blanca, tiene roído el corazón y enferma de peste la
vida.

Yo lo ví, yo lo ví venir aquella tarde; yo lo ví sonreir en medio de
su pena; yo corrí hacia él. Nada en mí había perdido mi natural
altivez. Nada aún había magullado mi sombrero negro. Y al verme
erguido todavía, y al ver el sombrero que los criminales llaman allí
estampa de la muerte, y bien lo llaman, me alargó su mano, volvió
hacia mí los ojos en que las lágrimas eran perennes, y me dijo:
¡Pobre! ¡Pobre!

Yo lo miré con ese angustioso afán, con esa dolorosa simpatía que
inspira una pena que no se puede remediar. Y él levantó su blusa, y
me dijo entonces:
-Mira.

La pluma escribe con sangre al escribir lo que yo ví; pero la verdad
sangrienta es también verdad.

Ví una llaga que con escasos vacíos cubría casi todas las espaldas
del anciano, que destilaban sangre en unas partes, y materia pútrida
y verdinegra en otras. Y en los lugares menos llagados, pude contar
las señales recientísimas de treinta y tres ventosas.

¿Y España se regocija, y se regenera, y ansía libertad? No puede
regocijarse, ni regenerarse, ni ser libre. Castillo está ahí.

Ví la llaga, y no pensé en mí, ni pensé que quizás el día siguiente
me haría otra igual. Pensé en tantas cosas a la vez; sentí un cariño
tan acendrado hacia aquel campesino de mi patria; sentí una compasión
tan profunda hacia sus flageladores; sentí tan honda lástima de
verlos platicar con su conciencia, si esos hombres sin ventura la
tienen, que aquel torrente de ideas angustiosas que por mí cruzaban,
se anudó en mi garganta, se condensó en mi frente, se agolpó a mis
ojos.

Ellos, fijos, inmóviles, espantados, eran mis únicas palabras. Me
espantaba que hubiese manos sacrílegas que manchasen con sangre
aquellas canas. Me espantaba de ver allí refundidos el odio, el
servilismo, el rencor, la venganza; yo, para quien la venganza y el
odio son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la
tierra. Odiar y vengarse cabe en un mercenario azotador de presidio;
cabe en el jefe desventurado que le reprende con acritud si no azota
con crueldad; pero no cabe en el alma joven de un presidiario cubano,
más alto cuando se eleva sobre sus grillos, más erguido cuando se
sostiene sobre la pureza de su conciencia y la rectitud indomable de
sus principios, que todos aquellos míseros que a par que las espaldas
del cautivo, despedazan el honor y la dignidad de su nación.

Y hago mal en decir esto, porque los hombres son átomos demasiado
pequeños para que quien en algo tiene las excelencias puramente
espirituales de las vidas futuras, humilde su criterio a las acciones
particulares de un individuo solo. Mi cabeza, sin embargo, no quiere
hoy dominar a mi corazón. El siente, él habla, él tiene todavía
resabios de su humana naturaleza.

Tampoco odia Castillo. Tampoco una palabra de rencor interrumpió la
mirada inmóvil de mis ojos.

Al fin le dije:
-Pero, ¿esto se lo han hecho aquí? ¿Por qué se lo han hecho a usted?

-Hijo mío, quizás no me creerías. Di a cualquiera otro que te diga
por qué.

La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida. Mi
sombrero negro estaba demasiado bien teñido, mis grillos eran
demasiado fuertes para que no fuesen lazos muy estrechos que uniesen
pronto a aquellas almas acongojadas a mi alma. Ellos me contaron la
historia de los días anteriores de don Nicolás.

Un vigilante de presidio me la contó así más tarde. Los presos
peninsulares la cuentan también como ellos.

Días hacía que don Nicolás había llegado a presidio.

Días hacía que andaba a las cuatro y media de la mañana el trecho de
más de una legua que separa las canteras del establecimiento penal, y
volvía a andarlo a las seis de la tarde cuando el sol se había
ocultado por completo, cuando había cumplido doce horas de trabajo
diario.

Una tarde don Nicolás picaba piedra con sus manos despedazadas,
porque los palos del brigada no habían logrado que el infeliz
caminase sobre dos extensas llagas que cubrían sus pies.

Detalle repugnante, detalle que yo también sufrí, sobre el que yo,
sin embargo, caminé, sobre el que mi padre desconsolado lloró. Y ¿qué
día tan amargo aquel en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las
grietas de mi cuerpo, y él colocarme unas almohadillas de mi madre
para evitar el roce de los grillos, y vio al fin, un día después de
haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas
aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de
sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el
cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amargísimo aquél! Prendido a aquella
masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el
vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la
pierna triturada, rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis
llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores
anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo
me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi
sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos
esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquél! Y yo todavía no
sé odiar.

Así también estaba don Nicolás.

Así, cuando llegó del establecimiento un vigilante y habló al brigada
y el brigada le envió a cargar cajones, a caminar sobre las llagas
abiertas, a morir, como a alguien que le preguntaba dónde iba
respondió el anciano.

Es la cantera extenso espacio de ciento y más varas de profundidad.
Fórmanla elevados y numerosos montones, ya de piedra de distintas
clases, ya de cocó, ya de cal, que hacíamos en los hornos, y al cual
subíamos, con más cantidad de la que podía contener el ancho cajón,
por cuestas y escaleras muy pendientes, que unidas hacían una altura
de ciento noventa varas. Estrechos son los caminos que entre los
montones quedan, y apenas si por sus recodos y encuentros puede a
veces pasar un hombre cargado. Y allí, en aquellos recodos
estrechísimos, donde las moles de piedra descienden frecuentemente
con estrépito, donde el paso de un hombre suele ser difícil, allí
arrojan a los que han caído en tierra desmayados, y allí sufren,, ora
la pisada del que huye del golpe inusitado de los cabos, ora la
piedra que rueda del montón al menor choque, ora la tierra que cae
del cajón en la fuga continua en que se hace allí el trabajo. Al pie
de aquellas moles reciben el sol, que sólo deja dos horas al día las
canteras; allí, las lluvias, que tan frecuentes son en todas las
épocas, y que esperábamos con ansia porque el agua refrescaba
nuestros cuerpos, y porque si duraba más de media hora nos auguraba
algún descanso bajo las excavaciones de las piedras; allí el palo
suelto, que por costumbre deja caer el cabo de vara que persigue a
los penados con el mismo afán con que esquiva la presencia del
brigada, y allí, en fin, los golpes de éste, que de vez en cuando
pasa para cerciorarse de la certeza del desmayo, y se convence a
puntapiés. Esto, y la carrera vertiginosa de cincuenta hombres,
pálidos, demacrados, rápidos a pesar de su demacración, hostigados,
agitados por los palos, aturdidos por los gritos; y el ruido de
cincuenta cadenas, cruzando algunas de ellas tres veces el cuerpo del
penado; y el continuo chasquido del palo en las carnes, y las
blasfemias de los apaleadores, y el silencio terrible de los
apaleados, y todo repetido incansablemente un día y otro día, y una
hora y otra hora, y doce horas cada día: he ahí pálida y débil la
pintura de las canteras. Ninguna pluma que se inspire en el bien,
puede pintar en todo su horror el frenesí del mal. Todo tiene su
término en la monotonía. Hasta el crimen es monótono, que monótono se
ha hecho ya el crimen del horrendo cementerio de San Lázaro.

-¡Andar! ¡Andar!

-¡Cargar! ¡Cargar!

Y a cada paso un quejido, y a cada quejido un palo, y a cada muestra
de desaliento el brigada que persigue al triste, y lo acosa, y él
huye, y tropieza, y el brigada lo pisa y lo arrastra, y los cabos se
reúnen, y como el martillo de los herreros suena uniforme en la
fragua, las varas de los cabos dividen a compás las espaldas del
desventurado. Y cuando la espuma mezclada con la sangre brota de los
labios, y el pulso se extingue y parece que la vida se va, dos
presidiarios, el padre, el hermano, el hijo del flagelado quizás, lo
cargan por los pies y la cabeza, y lo arrojan al suelo, allá al pie
de un alto montón.

Y cuando el fardo cae, el brigada le empuja con el pie y se alza
sobre una piedra, y enarbola la vara, y dice tranquilo:
-Ya tienes por ahora: veremos más tarde.

Este tormento, todo este tormento sufrió aquella tarde don Nicolás.
Durante una hora, el palo se levantaba y caía metódicamente sobre
aquel cuerpo magullado que yacía sin conocimiento en el suelo. Y le
magulló el brigada, y azotó sus espaldas con la vaina de su sable, e
introdujo su extremo entre las costillas del anciano exánime. Y
cuando su pie le hizo rodar por el polvo y rodaba como cuerpo muerto,
y la espuma sanguinolenta cubría su cara y se cuajaba en ella, el
palo cesó, y don Nicolás fue arrojado a la falda de un montón de
piedra.

Parece esto el refinamiento más bárbaro del odio, el esfuerzo más
violento del crimen. Parece que hasta allí, y nada más que hasta
allí, llegan la ira y el rencor humanos; pero esto podrá parecer
cuando el presidio no es el presidio político de Cuba, el presidio
que han sancionado los diputados de la nación. Hay más, y mucho más,
y más espantoso que esto.

Dos de sus compañeros cargaron por orden del brigada el cuerpo
inmóvil de don Nicolás hasta el presidio, y allí se le llevó a la
visita del médico.

Su espalda era una llaga. Sus canas a trechos eran rojas, a trechos
masa fangosa y negruzca. Se levantó ante el médico la ruda camisa; se
le hizo notar que su pulso no latía; se le enseñaron las heridas. Y
aquel hombre extendió la mano, y profirió una blasfemia, y dijo que
aquello se curaba con baños de cantera. Hombre desventurado y
miserable; hombre que tenía en el alma todo el fango que don Nicolás
tenía en el rostro y en el cuerpo.

Don Nicolás no había aún abierto los ojos, cuando la campana llamó al
trabajo en la madrugada del día siguiente, aquella hora congojosa en
que la atmósfera se puebla de ayes, y el ruido de los grillos es más
lúgrube, y el grito del enfermo es más agudo, y el dolor de las
carnes magulladas es más profundo, y el palo azota más fácil los
hinchados miembros; aquella hora que no olvida jamás quien una vez y
ciento sintió en ella el más rudo de los dolores del cuerpo, nunca
tan rudo como altivo el orgullo que reflejaba su frente y rebosaba en
su corazón. Sobre un pedazo mísero de lona embreada, igual a aquel en
que tantas noches pasó sentada a mi cabecera la sombra de mi madre;
sobre aquella dura lona yacía Castillo, sin vida los ojos, sin
palabras la garganta, sin movimiento los brazos y las piernas.

Cuando se llega aquí, quizás se alegra el alma porque presume que en
aquel estado un hombre no trabaja, y que el octogenario descansaría
al fin algunas horas; pero sólo puede alegrarse el alma que olvida
que aquel presidio era el presidio de Cuba, la institución del
Gobierno, el acto mil veces repetido del Gobierno que sancionaron
aquí los representantes del país. Una orden impía se apoderó del
cuerpo de don Nicolás; le echó primero en el suelo, le echó después
en el carretón.Y allí, rodando de un lado para otro a cada salto,
oyéndose el golpe seco de su cabeza sobre las tablas, asomando a cada
bote del carro algún pedazo de su cuerpo por sobre los maderos de los
lados, fue llevado por aquel camino que el polvo hace tan sofocante,
que la lluvia hace tan terroso, que las piedras hicieron tan horrible
para el desventurado presidiario.

Golpeaba la cabeza en el carro. Asomaba el cuerpo a cada bote.
Trituraban a un hombre. ¡Miserables! ¡Olvidaban que en aquel hombre
iba Dios!

Ese, ése es Dios; ése es el Dios que os tritura la conciencia, si la
tenéis; que os abraza el corazón, si no se ha fundido ya al fuego de
vuestra infamia. El martirio por la patria es Dios mismo, como el
bien, como las ideas de espontánea generosidad universales.
Apaleadle, heridle, magulladle. Sois demasiado viles para que os
devuelva golpe por golpe y herida por herida. Yo siento en mí a este
Dios, yo tengo en mí a este Dios; este Dios en mí os tiene lástima,
más lástima que horror y que desprecio.

El comandante del presidio había visto llegar la tarde antes a
Castillo. El comandante del presidio había mandado que saliese por la
mañana. Mi Dios tiene lástima de ese comandante. Ese comandante se
llama Mariano Gil de Palacio.

Aquel viaje criminal cesó al fin. Don Nicolás fue arrojado al suelo.
Y porque sus pies se negaban a sostenerle, porque sus ojos no se
abrían, el brigada golpeó su exánime cuerpo. A los pocos golpes,
aquella excelsa figura se incorporó sobre sus rodillas como para
alzarse, pero abrió los brazos hacia atrás, exaló un gemido ahogado y
volvió a caer rodando por el suelo.

Eran las cinco y media.

Se le echó al pie de un montón. Llegó el sol: calcinó con su fuego
las piedras. Llegó la lluvia: penetró con el agua las capas de la
tierra. Llegaron las seis de la tarde. Entonces dos hombres fueron al
montón a buscar el cuerpo que, calcinado por el sol y penetrado por
la lluvia, yacía allí desde las horas primeras de la mañana.

¡Verdad que esto es demasiado horrible? ¡Verdad que esto no ha de ser
más así?

El ministro de Ultramar es español. Esto es allá el presidio español.
El ministro de Ultramar dirá cómo ha de ser de hoy más, porque yo no
supongo al Gobierno tan infame que sepa esto y lo deje como lo sabe.

Y esto fue un día y otro día, y muchos días. Apenas si el esfuerzo de
sus compatriotas había podido lograrle a hurtadillas, que lograrla
estaba prohibido, un poco de agua con azúcar por único alimento.
Apenas si se veía su espalda, cubierta casi toda por la llaga. Y, sin
embargo, días había en que aquella hostigación vertiginosa le hacía
trabajar algunas horas. Vivía y trabajaba. Dios vivía y trabajaba
entonces en él.

Pero alguien habló al fin de esto; a alguien horrorizó a quien se
debía complacer, quizás a su misma bárbara conciencia. Se mandó a don
Nicolás que no saliese al trabajo en algunos días; que se le pusiesen
ventosas. Y le pusieron treinta y tres. Y pasó algún tiempo tendido
en su lona. Y se baldeó una vez sobre él. Y se barrió sobre su cuerpo.

Don Nicolás vive todavía. Vive en presidio. Vivía al menos siete
meses hace, cuando fuí a ver, sabe el azar hasta cuándo, aquella que
fue morada mía. Vivía trabajando. Y antes de estrechar su mano la
última madrugada que lo vi, nuevo castigo inusitado, nuevo
refinamiento de crueldad hizo su víctima a don Nicolás.
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Mié, 19 de May, 2004 12:37 pm

hectorlemagne19
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