CUARENTONES DEFRAUDADOS
:Vencidos por el tiempo y las promesas, tras entregarlo todo, la
generación nacida en los años sesenta carga en sus espaldas el
fracaso socialista".
Por Iraida Concepción Urrutia
La Habana, Cuba
CubaNuestra
La Nueva Cuba
Febrero 9, 2004
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La generación nacida en los sesenta cumplió, o está por cumplir, 40
años. En Cuba, esas cuatro décadas han definido circunstancias muy
diferentes a las del resto del mundo para la fuerza técnica
calificada. Los cuarentones de hoy se espantan al mirar atrás y
recordar con qué promesas comenzaron su vida, y tienen terror de
comparar lo que esperaron tener con lo que tienen. Diríase que han
sido cuatro décadas en que la opción individual de cientos de miles
ha sido una carrera desatinada hacia ninguna parte, azuzados por
himnos y consignas que cada vez suenan más cascados, más obsoletos.
Cuba, ¿la espera interminable?
Desde la infancia del cuarentón de hoy, cuando vestía su almidonado
uniforme de pionero y aprendía a jurar que sería como el Ché, todos
lo convencieron de que el futuro sería indefectiblemente luminoso.
Las estrecheces de los hogares cubanos eran compensadas con la fe en
ese futuro mejor.
No importaban los apagones, las movilizaciones cañeras, los zapatos
plásticos, el gofio como sustento infantil, si el país era una
inmensa obra en construcción donde a toda hora sonaban las
concreteras y los martillos, y que se iba llenando de escuelas,
hospitales y viviendas. Hechos en serie, es cierto, pero que
anticipaban el supuesto bienestar del futuro.
No importó tampoco que rusos, búlgaros y checos se metieran en todo y
modificaran en un periquete las más criollas tradiciones de trabajo,
pues a cambio inundaban el país de petróleo y tractores, camiones y
Ladas, pomitos de compota y películas de guerra, chícharos y
maquinaria pesada con la que se construiría la industria del futuro.
Luego, y a pesar de la "hostilidad del imperialismo", casi todos los
cuarentones de hoy fueron llevados por sus padres a aquellas famosas
Vueltas a Cuba, donde podían hospedarse en los mejores hoteles del
país; mientras los más afortunados daban la vuelta aún más lejos, en
las "giras por los países socialistas", donde el futuro parecía
brillar en todo su esplendor.
La inocencia de los cuarentones de hoy se fue perdiendo en las becas
donde se libraban sórdidas batallas nocturnas y los profesores tenían
odaliscas particulares. Era el tiempo de otros sacrificios: inventar
un pantalón campana con tela de saco de harina, esconderse para oír
la música favorita en emisoras enemigas, sobrevivir con la asquerosa
pitanza servida en bandejas de aluminio, la lucha por conservar unos
centímetros más de pelo, la primera afeitada con la cuchilla Gillette
que le mandaron a alguien, pegada en una postal desde el país enemigo.
Detrás de las cuchillas, un buen día vino "la Comunidad". Hubo que
sonreírle a señoras teñidas de rubio, fragantes y sonrosadas, que se
asombraban de lo grandes que estaban los muchachos, y regalaban
productos de la maldita sociedad de consumo, donde, al parecer, nadie
tenía que sacrificarse tanto para asegurarse un futuro luminoso. Pero
lo mejor era no pensar en cuestiones metafísicas: llegaba el momento
de escoger con qué carrera cada adolescente iba a construir el
futuro. Sonaba la hora de estudiar en la universidad.
Los cuarentones de hoy se vieron, de pronto, instalados en
Novosibirsk o en Vladivostok, en Bakú, Tashkent o Tbilisi, estudiando
especialidades con nombres insospechados en el pequeño país caribeño:
Física Nuclear, Electrónica aplicada a la computación, SAD-PT y así
por el estilo.
Predominaban las carreras técnicas, pues todos querían ser ingenieros
o científicos para hacer que el futuro llegara más rápido. Mientras,
los cuarentones de hoy que se quedaron, invadían también
frenéticamente las escuelas de ingeniería y sólo unos pocos,
desafiando la oleada tecnicista, hacían unos tímidos estudios
sociales.
El que no iba a ser médico o ingeniero, tenía el sagrado deber de
meterse en el Destacamento Pedagógico, con vocación o sin ella. ¿No
era acaso lo que necesitaba la patria? Las nuevas generaciones
hervían de entusiasmo, pues con una juventud casi totalmente
profesional no habría país que compitiera con éste.
Pero cuando los cuarentones de hoy terminaron sus estudios, se
encontraron que no había dónde utilizarlos. La mayoría de las
especialidades que habían estudiado resultaban completamente
inútiles, pues en Cuba aún no se podían aplicar los novedosos
conocimientos adquiridos.
Los que venían de tierras distantes regresaron con sus visiones
particulares del socialismo -—que extrañamente no se parecían mucho
entre sí-—, pero compartían un status de aristócratas técnicos muy
chic. Además, regresaban cargados de símbolos del futuro socialista
que hacían sonreír a los que conocían el otro "futuro" (el pasado):
muebles, bibelots e incluso exóticas mujeres con axilas sin depilar.
No obstante, la riqueza soñada nunca pareció más real que cuando el
cuarentón de hoy empezó a trabajar en el desatinado sistema
empresarial cubano. Muy pocos lograron avanzar en su especialidad: la
mayoría era necesaria para dirigir con nuevas estrategias aquellas
entidades donde el socialismo había ya materializado su ineficacia
económica.
La "política de cuadros" y el Partido acogieron con brazos abiertos
la nueva hornada de profesionales, pues la ineficacia, obviamente, se
debía a la caterva de jefes veteranos que, dormidos en los cojines de
sus medallas militares, no daban pie con bola en la economía
política, ni en los planes quinquenales. Siguiendo el ejemplo de la
gran Rusia, había que emprender la "rectificación de errores".
Lo que nadie podía imaginarse era el vuelco total de la historia que
empezó con la perestroika. Ni lo que siguió: la caída del Muro de
Berlín arrastrando al bloque del Este. Y por extensión, tampoco nadie
previó la onda expansiva que haría tambalearse al país caribeño en
ese abismo llamado Período Especial.
Muchos cuarentones de hoy, más o menos situados, emigraron en balsa
en 1994, dejando sus Ladas y su carné del Partido; el resto se quedó
vegetando y se convirtió en aquella masa famélica que se lanzaba al
campo a cambiar las ropas por plátanos y los zapatos por cerdos, pues
para entonces ya sus hijos ocupaban el primer puesto indiscutible en
el orden de prioridades de la supervivencia.
Por primera vez, la fe del cuarentón de hoy se estremeció
profundamente. Las promesas en las que siempre creyó debían
reconsiderarse. Del enternecedor optimismo que lo alimentaba hasta
entonces, cayó en el desconcierto, la incertidumbre y el miedo.
Para colmo, la apertura de tiendas en divisas (fuera de su alcance)
lo condenaron a una competencia desgarradora con sus contemporáneos
por descubrir y explotar algún medio de entrada de dólares, para lo
cual sus estudios especializados no le servían de nada. Así, cientos
de arquitectos, ingenieros y médicos fueron a servir cócteles y
limpiar habitaciones en hoteles para turistas, que encontraron muy
distintos de cuando, dichosos, daban la Vuelta a Cuba con sus padres
y donde ahora sus propios hijos no podían entrar.
Esa época fue más oscura por la muerte de las ilusiones que por la
muerte de la economía. El cubano se acostumbró a la degradación
total, aun cuando la crisis se suavizaba lentamente. Los valores
éticos tradicionales fueron puestos al revés como un abrigo viejo. No
es extraño, entonces, que la voluntad de la nación -—salvo honrosas
excepciones-— se aplanara a un nivel animal, de manipulación absoluta
por parte del gobierno.
Y he aquí al cuarentón de hoy, que todavía lleva dentro al pionerito
de pañoleta que creía en el futuro luminoso, sin saber qué decir a
sus hijos adolescentes que odian la idea de estudiar en la
universidad, le piden jeans de 20 dólares y sueñan, sin excepción,
con ser camareros o emigrar a Estados Unidos. Su vida es un círculo
vicioso de trabajo inútil, colas interminables y malabares con el
salario. No puede ni tirar una canita al aire: los romances cada día
son más caros.
Se desliza hacia los cincuenta sin que ninguno de sus sueños se haga
realidad. Se le ponen los dientes largos cuando se entera del éxito
de sus contemporáneos que lograron instalarse "afuera".
A veces, atormentado por el insomnio, se pregunta por qué no tuvo
valor para echarse al mar en una balsa y dónde fue a parar el paquete
de promesas en que le enseñaron a creer. Quisiera saber para qué
sirvió tanto sacrificio, tanta juventud malgastada. Le parece mentira
que ya está en el futuro, en aquel futuro que imaginaba tan distinto.
Es muy duro admitir que su cuota de futuros se ha agotado.
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*Iraida Concepción Urrutia