Estimados Colegas:
Me parece muy provechoso el debate que se ha generado en torno a nuestros
honorarios profesionales.
Quiero traer como analogía lo que me acontece ejerciendo la profesión de
abogado.
La abogacía es una actividad en la cual cada profesional puede pactar el
honorario que percibirá por una tarea determinada.
No obstante, existe una ley de honorarios y aranceles que fija pautas para una
razonable estimación.
La ley tutela tanto el derecho del abogado de percibir sus honorarios, como el
del cliente o la personal obligada al pago, de abonar un honorario justo.
Sucede muy a menudo que en sus regulaciones judiciales de honorarios los jueces
se aparten de estas pautas e incurran en violaciones a la ley arancelaria.
En estos casos, el profesional no sólo puede recurrir ante un Tribunal Superior
para que revea la cuestión, sino que también tiene la posibilidad de denunciar
esa irregularidad ante el Colegio de Abogados que puede intervenir acompañando
al profesional en su reclamo.
Creo que se impone repensar el actual marco legislativo y administrativo en el
cual ejercemos nuestra profesión, para darle la jerarquía que ella se merece
frente al avasallamiento del que lamentablemente es y seguirá siendo víctima por
parte de mezquinos intereses económicos que privilegian la cantidad sobre la
calidad.
Y es por ello que los convoco a debatir a fin de proponer ante la Legislatura la
sanción de una ley específica por la que se cree el Colegio de Locutores de la
Ciudad de Buenos Aires, y sus similares en cada provincia, un Código de Etica
Profesional, y un Tribunal de Disciplina.
Porque me pregunto: si todo da lo mismo, entonces por qué no puedo operar si soy
bueno manejando un bisturí o porque no les pido a cualquiera de Ustedes que
firme un escrito patrocinando una demanda. Total, es sólo una firma.
Pero no es sólo la firma, y no es sólo una buena voz, sino lo que hay detrás de
una firma o de una buena voz.
Quiero compartir con Ustedes algo que no sé si es ficción o realidad, pero que
en cualquier caso grafica perfectamente lo que deseo expresar.
Un empresario sufrió un desperfecto con su computadora. Entonces decidió llamar
a un técnico para que la revisara. Cuando el técnico la vio, ajustó un tornillo
y automáticamente la computadora volvió a funcionar perfectamente. El empresario
entonces le preguntó al técnico cuánto le debía por el servicio que le había
prestado. Y éste le respondió que eran $ 1.000.- Sorprendido, el empresario le
reprocho diciéndole que le parecía increíble que un simple ajuste de tornillo le
costara $ 1.000. A pesar de eso, le dijo al técnico que le iba a abonar esa suma
pero que necesitaba una factura que la justificara. Entonces el técnico le
extendió una factura en la que escribió estos conceptos: 1) Ajustar el tornillo:
$ 1.- 2) Aprender que ése era el tornillo que debía ajustarse: $ 999.-
Deseo dejar expresa constancia que esta iniciativa no implica
cuestionamiento alguno a la actividad que desarrolla la Sociedad Argentina de
Locutores.
Más aún imagino su perfecta coexistencia con el Colegio de Locutores, entidad
ésta de Derecho Público, en la defensa y jerarquización de nuestros intereses
profesionales.
Bruno Pablo Zito
Locutor Nacional Nº 3.339 Com.Fe.R.
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