Este ejemplo nos habla tanto del perdón y cómo el perdón a quien beneficia de forma inmediata es a nosotros mismos. Porque no tendríamos compasión sino conociéramos el dolor de haber sido ofendidos… y tampoco sabríamos lo que cuesta perdonar de no ser así; tampoco sabríamos lo que se siente tener que pedir perdón si jamás ofendimos a nadie ni lo posiblemente humillante que puede resultar para alguien el aceptar una grave falta y encima enfrentar a su víctima. El beneficio es mutuo. Perdonar nos sirve de mucho, no dejando de nuestra parte residuos de odios inconclusos que se alarguen, incluso por existencias. Nadie es un diamante que todos quieran tener, así que todos tenemos nuestros defectos y virtudes, amores, y temores, errores y aciertos. Todos tenemos obsesores en nuestra existencia, algunos mas otros menos pero nadie está exento de esta situación. Y si están a nuestro lado es porque de alguna forma Dios lo ha permitido y si lo ha permitido no es para torturarnos sino para que tanto ese hermano como nosotros en algún momento lleguemos al punto donde las manecillas del reloj del perdón y el arrepentimiento se encuentren y se logre lo que decíamos más adelante, romper el circulo del odio. Parte de esos trabajos que se realizan en los centros espiritas es precisamente ese, esa reconciliación entre dos hermanos que el odio, que en el fondo no es más que un profundo dolor que ha sido causado por el otro, y ese hermano no sabe canalizarlo sino como una posible venganza . Pero no estamos solos en esta tarea, sino que nuestros guías de hacer falta los tranquilizan o hacen para que se mantengan al margen, no excediendo así la verdadera Justicia Divina. Los que hoy se odian, mañana pueden llegar a ser grandes amigos. No olvidemos que el perdón es una beneficio grande para quien lo ejerce, pues gana para sí mismo y para el otro, que al ver el arrepentimiento podría ablandar su corazón y llegar a la reconciliación que tanto se desea. Pidamos muchas veces perdón a Dios por lo que sabemos y lo que no sabemos, pero siempre confiemos en la justicia divina que no da ni más ni menos, sino lo que en justicia nos corresponde. De nuestra parte está poner en práctica el tan conocido pensamiento: “Sin caridad no hay salvación.†Samsara |
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