EN EL DOMINIO DE LAS PRUEBAS
Imaginemos un padre que, con pretexto
de amor, decidiese hurtar un hijo querido de toda relación con las fatalidades del mundo.
Semejante fruto de tal devoción afectiva sería mantenido en un sistema de excepción.
Para evitar accidentes climáticos inevitables, descansaría exclusivamente en la estufa, durante la fase de cuna y, puesto al frente de peligros y vicisitudes, mal terminada la infancia, Se encerraría en una ciudadela
inexpugnable, donde solamente prevaleciese la ternura paterna, para entusiasmarlo de mimos.
No frecuentaría ninguna escuela, a fin de no tolerar profesores rigurosos o sufrir la influencia de colegas que no le manifestasen el mismo nivel; alfabetizado, así en el reducto doméstico, apreciaría únicamente los asuntos y héroes de ficción que el genitor le escogiese.
Se le aislaría de todo contacto humano para no afrontar problemas y desconocería todo el ambiente noticiario para no recoger informaciones que
desfigurasen la suavidad interior.
Candidez inviolable e ignorancia completa.
Santa inocencia e inaptitud absoluta.
Llega, sin embargo, el día en que el progenitor, naturalmente
vinculando a otros intereses, se ausenta compulsivo del hogar y, alcanzado por la necesidad, el mozo es obligado a entrar en la corriente de la vida común.
Hecho ya hombre, sufre el conflicto de la readaptación, que le rasga la carne y el alma, para que se le recupere el tiempo perdido y el hijo acaba viendo la demencia y crueldad donde el padre suponía cultivar preservación y cariño.
La imagen ilustra claramente la necesidad de la encarnación del
espíritu en los innumerables mundos de inmensidad cósmica, de manera que se perfeccionen las cualidades y se le instituya la responsabilidad en la conciencia.
Dificultades y luchas se asemejan a materiales didácticos en la escuela, el andamio en la construcción; parcelada la cultura o levantando el edificio, desaparecen unos y otros.
Bendigamos, pues, las disciplinas y las pruebas con que la Infinita Sabiduría nos purifica las fuerzas, tornándonos rígido el carácter.
Ingenuidad es predicado encantador en la personalidad, pero si el trabajo no la transforma en tesoro de experiencia, laboriosamente adquirido, no pasará de flor preciosa a confundirse en el polvo de la tierra, al primer golpe de viento.
Espirito:
EMMANUEL
Médium: Francisco Cândido Xavier
Del libro: “Libro de la Esperanza” – Edición CEC
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