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LAMENTOS SELLADOS
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Autor*: (c) *Jesús Alejandro Godoy
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No había nada inconcluso en los ojos del anciano. Se sentaba. Se volvía a
poner de pie, cavilaba un instante, sonreía y se sentaba nuevamente.
Ciertamente no había nada inconcluso.
Solamente su valor, sus ansias ya vencidas y su lealtad maltrecha, era lo
único que le quedaba. No tenía nada más. De vez en cuando pensaba en que su
cuerpo no coincidía con su mente y con sus anhelos, pero también sabía que
ya todo estaba terminado para él, y para sus días.
Se puso de pie una vez más. Caminó hasta un gran espejo que estaba en una de
las paredes del living despintado, miró su rostro surcados por las arrugas,
sonrió.
—Que bien Dante, que bien... —murmuró con gesto amargo—.
Se palpó uno de sus bolsillos buscando algo. Introdujo su mano temblorosa en
uno de ellos, y sacó un bollo de tela sucia remendada, con varias manchas de
infinitos colores. Lo sacudió con un movimiento torpe. Un haz de luz que se
colaba por el cristal de una ventana, dejó ver miles de partículas de polvo.
Miró la tela: era un pañuelo arrugado y maloliente.
Se secó unas pocas lágrimas que surcaban sus ojos marrones, ya entregados al
tiempo y al olvido.
Miró hacia el marco de la puerta que accedía a la cocina. Sobre éste, una
enorme rajadura era la que dominaba la habitación; sobre ella, una araña de
patas largas, se pavoneaba cerca de unos cables eléctricos descoloridos.
Miró el cieloraso. Se rascó uno de sus tobillos ennegrecidos por várices,
con la puntera de su zapato negro. Se acomodó un poco su pantalón deportivo
azul, y con un movimiento gracioso, palpó su remera verde estampada al torso
con el rostro de un cantante; levantó el brazo y olió su axila.
"No está tan mal" pensó. Miró nuevamente la rajadura en la pared, que
serpenteaba dejando ver un poco algunos ladrillos gastados. Recordó que esa
rajadura, era la que su madre le había pedido insistentemente que reparara
cuando él era joven.
"¿Cuántos años tenía? ¿Veinte, treinta?" pensó. Se encogió de hombros.
Recordó que nunca se había llevado del todo bien con su madre, pero no
quería perder ése momento lamentado el recuerdo de la persona que según él,
le había arruinado la vida. Sólo quería estar ahí, solo, y disfrutar de ése
momento... su cumpleaños.
Miró nuevamente el espejo.
"Sesenta años" pensó. Sesenta años...
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