Optimismo. A pesar de su mal y de la tragedia de su vida, Rodrigo Heredia no pierde la fe en sí mismo y en los demás
Darwin Pinto Cascán
Cuando a Rodrigo Heredia los médicos le dijeron que tenía tres tumores que crecían en su cerebro, sintió que la vida y sus sueños de ser un gran director de cine se le venían abajo. Se sintió morir y dejó que los monstruos de la depresión y el dolor lo arrastren a la soledad y desamparo de la calle, donde se entregó a la mendicidad durante dos meses, sin un amigo que le tienda la mano, acompañado solamente por un cuaderno de anotaciones donde apunta, con letra clara y redonda, todo lo que le llama la atención. En sus noches largas de hombre sin futuro, acurrucado como un cachorro en los rincones de la ciudad y atormentado hasta la desesperación por el dolor de cabeza provocado por los tumores, Rodrigo imaginaba en el aire a un padre que nunca conoció y sacaba cuentas de su pasado para tratar de imaginarse un futuro que parecía incierto. Su madre estaba postrada por una embolia que la dejó paralítica hacía cinco años, él se había desmayado en su trabajo de vendedor de libros, lo habían echado del cuarto de alquiler donde vivía, estaba solo en la vida, durmiendo en pasillos de hospitales, calles, bancas, construcciones, comiendo lo que se podía, donde se podía, con quien se podía. A pesar de todo eso, a sus 18 años Rodrigo, nunca ha ido al estadio, prefiere el buen cine en vez de ir a las fiestas y se siente un tipo con suerte. Pero, vamos por partes. A María Elena Yaranis, su madre, le dio una embolia en 1997, cuando él tenía 13 años. Entonces tuvo que trabajar de cualquier cosa con tal de tener comida y techo para ambos. "Antes de que se enferme ambos trabajábamos, ella de empleada y yo de lo que sea. Éramos un equipo, los dos solitos", dice. Con lágrimas en los ojos reprocha con cariño el porqué su madre no disfrutó los pocos logros que él obtuvo, como las becas para el Centro Boliviano Americano, donde aprendió inglés y en el instituto de comunicación, Audiovisión. El mundo de ella era otro, había que sobrevivir al día siguiente. Cuando su mamá enfermó, Rodrigo no tuvo otra opción que vender las pocas pertenencias que tenían, una cama y algo de ropa. Empezó a trabajar en sitios donde le ofrecían techo y comida a su madre, razón por la cual no le pagaban. "En la barraca Alderete (carretera a Cotoca), cuando quise cobrar mi sueldo me dijeron que la plata se había ido en los cuidados de mi mamá y que debía irme", así deambularon hasta que de Riberalta, tierra natal de su madre, vino un pariente, se la llevó y supone que la cuida su abuelo, el padre de ella. "No tengo noticias, mi mamá no sabe que he tenido que mendigar". Cuando se llevaron a su madre, empezó a ganarse la vida vendiendo libros. Según dice, le iba bien, pero la mala alimentación le provocó un desmayo que lo hizo terminar en el hospital: le diagnosticaron un triple tumor cerebral. Eso ya era demasiado, era la gota que ponía a prueba la capacidad de la copa de la voluntad, del deseo de vivir. El mundo se le vino encima y por no poder trabajar fue echado del cuarto donde vivía. Se hizo un mendigo. "En ese tiempo mis compañeros de Audiovisión a veces me invitaban a comer o alguna persona para la que alguna vez trabajó mi madre, me reconocía en la calle y me llevaba para darme algo de comida", recuerda. Para él lo más desagradable de la calle fue la noche, el hambre que cada día se hacía más grande, el frío y la dureza de pasillos anónimos que le servían de cama, de cabecera, de colcha, de beso en la frente, de consuelo tras las palizas de los guardias que no querían extraños cerca. A eso se sumaba el dolor producido por compañeros de colegio que lo encontraban deambulando y se le reían en la cara. Mientras otros consumían clefa para soportar el hambre y el frío, Rodrigo, con el poco dinero de las limosnas, tomaba cafiaspirinas para mitigar el dolor de cabeza que le producían los tumores. Y aquí es donde aparece la suerte. Clara Menacho de Ferreira, mujer de fe lo acogió en su casa y le devolvió la dignidad de estar vivo. Cuando lo vio supo que estaba perdido. "Llegó andrajoso y con una libreta de anotaciones bajo el brazo. Estaba flaco y anémico", dice ella. Rodrigo llegó a esa casa con los pensamientos desparramados, tocó la puerta, pidió comida y le dieron un hogar, provisorio, claro. Un tratamiento de 15 días a puro barro congelado, orín de gente, caré licuado y extratos de hierbas sirvieron para desintoxicarlo de los compuestos de la cafiaspirina. Lo alimentaron, le devolvieron la fe, la vida. Pero tiene que irse y no sabe dónde. Aún así nada lo ha derrotado, lo dice la fuerza de su mirada, lo dicen esas ganas de vivir que demuestra en cada gesto mientras explica sus proyectos como director de cine, los guiones que deben pulirse, los comerciales que ha escrito para Audiovisión, institución que ha confiado en él y le ha dado una beca de estudio para que empiece a construir sus sueños. Para él el cine lo es todo. La imagen y protección de su madre no le bastó para darle alegría en su niñez. De chico siempre se sintió marginado, "era el que paraba en los rincones", dice, y por más que piense, agrega que no hay un recuerdo grato de su infancia y es que le faltaban el padre, los hermanos, amigos, por eso siempre se sintió diferente. A los siete años, Rodrigo jugaba a hacer películas y a los ocho dice que ya escribía guiones. Para su madre estaba loco. Ella siempre quiso que trabaje en un banco. "Vas a morirte de hambre escribiendo" le decía. "Quiero romper con todo lo hecho en el cine boliviano. Aquí yo fui un miserable, quiero ser un gran director porque siento que tengo el talento y la voluntad". Su pasión por los filmes lo llevó a robar dinero a su madre para ver Forrest Gump y pedir dinero prestado, supuestamente para comer, e irse a ver El Señor de los Anillos. Son tantos sus sueños, por eso pide a la gente que lo colabore, no tiene libros ni ropa, hasta los calzoncillos son regalados. Dice que sólo tiene la vida, las ganas y las manos para trabajar, necesita $us 500 para comprar recetas, pagar electro encefalogramas y una tomografía que definirá si sus tumores son benignos o malignos. "Pido ayuda pero demuestro que tengo voluntad de poder, de ser, de superar, de crear". Para ayudarlo pueden llamar al 336-9757 o dirigirse a la avenida Santa Cruz número 674.
http://www.eldeber.com.bo/20020511/santacruz_8.html