Creo que cualquier ser humano es como un pequeño avión de papel. En algún momento de su vida (o mejor, en varios...) es lanzado a volar una vida independiente, sea profesional, emocional, laboral...
Algunos se enganchan en el primer cable que se cruzan, o en alguna rama desafortunada, y ahí quedan... Otros ven truncado su vuelo tempranamente... Otros vuelan lejos, lejos, juguetones y aventureros...
Las manos que los lanzan varían, dependiendo de la ocasión: padres, amigos, parejas, profesores...
Creo que, como profesionales, somos pequeños aviones de papel, lanzados por nuestros docentes, artífices del milagro cotidiano de la educación.
Y uno, que tantos aviones reales ha lanzado, sabe que no es lo mismo tirarlos desde la acera o desde la plaza que desde el 12º piso de un edificio. La altura inicial, la del punto de partida, influye y ayuda mucho a definir la longitud del vuelo, y su recorrido.
(Aunque también debo aceptar que las caídas en picado, desde esas alturas, son más estrepitosas)
La altura, el nivel de la educación de partida, es un factor determinante en la profesión. Y no me refiero a niveles formales (terciario, universitario, técnico) o a años de estudio. Esas son trivialidades oficiales. Me refiero a calidad de educación. Esa altura permite ver una amplia perspectiva de horizontes lejanos, los mismos que vemos desde un 12º piso al lanzar nuestro avioncito, y que los peatones, allá abajo, no pueden ver, y quizás ni siquiera intuir.
Quedarnos a nivel del suelo implica desconocer la existencia de esos horizontes, y enviar nuestro avioncito en vuelos cortos... O intuir (o soñar, o enterarnos por los gritos del vecino del 12º piso) de la existencia de horizontes lejanos, y subir, por nuestra cuenta, hasta allá arriba. Esto es loable, y es, quizás, una de las mejores experiencias de la vida, sobre todo para algunos que tienen almas emprendedoras. Pero el tiempo invertido (si bien es una bellísima inversión, y muy fructífera) podría haber sido empleado y aprovechado en vuelos y vuelos de nuestro avión.... Nada malo, pero a uno le da pena...
Ciertamente, una vez lanzado el avión (desde la altura que sea), suele ocurrir que algún viento le da un poco más de ímpetu a las alitas de papel. Esa es la formación de postgrado.... Algunas brisas hacen revolotear al avión en círculos complejos que no llevan a ningún sitio. Los ventarrones los destrozan... Y los vientos viajeros se los llevan lejos, fuera de la vista y de la mano que soltó el avión...
¿Hacia que realidad volar? El mundo nos muestra dos caras, las dos máscaras del teatro clásico, sonriente y dramática. Personalmente, aprovecho lo mejor del desarrollo y la inteligencia humana y lo canalizo, desde mi profesión, con las pocas herramientas que poseo, hacia la realidad que me rodea, que no siempre es la mejor. ¿Hacia qué otra realidad voy a trabajar, sino hacia la latinoamericana, mi realidad, la realidad que me duele, la realidad donde nací, la realidad que veo cada día y cada minuto? Llámense indígenas, campesinos, villeros o estudiantes, llámense niños o ancianos o profesionales, es la gente a la que me debo, y a la que debo proporcionar mis servicios.
Mi cara y mi mente están vueltas hacia los avances de otros mundos, de otros ámbitos. Mis manos y mis pies están aquí, junto con mi corazón.... ¿Hacia qué realidad debemos orientar nuestra profesión? Hacia la nuestra. Los modelos europeos, americanos, se revelan, a veces, “ingenuos” para nuestras perspectivas. Adaptémoslos, aprovechemos sus logros, y re-construyámoslos desde nuestras perspectivas, desde nuestras categorías.... No pretendamos vivir realidades imposibles; aprovechémoslas, sí, y reconozcamos nuestra realidad, propia e independiente, trabajemos en ella, por ella y con ella y conduzcámosla hacia donde deseamos llegar.
¿Qué perfil es preciso diseñar? Un perfil más humanista, más social... y más completo. Una formación que permita comprender la realidad, las condiciones y las necesidades del usuario latinoamericano. Y una profesión que nos comprometa con el cambio, con la lucha por superar crisis y con la traducción –a nuestro espacio- de los avances tecnológicos... Así borraremos brechas y tenderemos puentes. ¿Qué otra responsabilidad profesional puedo tener, sino la de servir a mi comunidad, si mi profesión es servicio?
¿Quiero que la realidad sea como la pienso, utópica y perfecta, o pensaré de acuerdo a mi realidad, casi deshecha? Creo que somos seres humanos, almas libres y voladoras, avioncitos de papel encarcelados en un tapiz de piel, carne y rodeados de cemento... Y creo que la realidad nos moldea, pero no nos limita. Y si bien no podemos cambiar las inmensas estructuras sociales (que nosotros mismos nos hemos tomado la molestia de construir, por cierto), podemos aportar granos de arena que permitan limar sus bordes cortantes, sus asperezas y astillas, las cuales, desde hace tanto tiempo, nos lastiman....
¿Podemos cambiar los planes de estudio, los perfiles profesionales, las responsabilidades sociales? Claro que podemos... ¿o son realidades impuestas por alguna Divinidad Superior, o por fuerzas naturales incontrolables? Las creamos nosotros, y como tales, podemos cambiarlas.... Empecemos por dejar de lado las jerarquías verticales, y empecemos a trabajar juntos en sentido horizontal, en equipo. No es cuestión de poder: es cuestión de formación y de ganas. No esperemos a que los docentes, los directivos, los rectores, los responsables de nuestro mundo profesional, bajen de sus altares: abordémoslos, hagámoslos bajar mediante reclamos justos, contínuos y bien planteados. Pues se trata de nuestra formación, de nuestra vida y de nuestros sueños y proyectos.
¿A cuántos de nosotros nos enseñaron a investigar, a escribir un artículo, a diseñar proyectos, a pedir becas y subsidios, a aplicar instrumentos de investigación social, a alfabetizar, a animar a la lecto-escritura, a construir una biblioteca de la nada? ¿A cuántos nos explicaron las posibilidades de cambio que pueden lograrse empleando solamente nuestras manos? ¿A cuánto nos dijeron que la única manera de cambiar las estructuras y las ideas es involucrarse en los organismos de poder y hacer que nos escuchen mediante discursos inteligentes? ¿O quizás fundieron nuestro plomo y nos moldearon como un soldadito más, para ocupar un lugar más en un puesto pre-determinado, con el cuento de que el mundo es difícil e inmutable, y de que no vale la pena esforzarse en cambiar nada? Somos más que eso, somos más que lo que nos dijeron que somos...
Quizás para muchos de nosotros ya sea tarde: una mano ignota ya nos lanzó... Pero nos duele –desde nuestra posición, enredados en un cable o en una rama- ver que otros tantos avioncitos serán lanzados hacia el mismo destino, hacia el mismo vacío lleno de ramas y cables. Confiamos en que la altura aumente, en que no se pierda de vista el suelo, en que se vuele en equipo, y en que se aprovechen los miles de vientos viajeros que a diario cruzan nuestro aire y que son pasaporte para ciertos de horizontes lejanos, aún por alcanzar...
Hay espacios para hacerlo. Falta empezar.
Un abrazo enorme para todos, desde mi Córdoba otoñal....
Lic. Edgardo Civallero
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